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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 83

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Capítulo 83: 83 | El último segundo de la creación

Elsa

El vacío blanco que emanaba del Segador de Eras no era una ausencia de color, sino una saturación de orden absoluto que devoraba la textura de la vida. Bajo el ataque de la Unión Total de Elsa y Kaelen, el Segador no sangró, sino que se fragmentó. Su cuerpo de cristal translúcido se abrió como una flor geométrica, revelando su verdadera forma: el Reloj del Juicio Final.

No era un mecanismo de engranajes y resortes, sino una esfera de gravedad negativa donde billones de hilos de luz —las líneas temporales de todo lo que fue y podría ser— convergían en un solo punto de presión. En el centro de ese torbellino de eones, el Segador latía como un corazón de cuarzo, dictando el fin de la anomalía que representaba el Norte.

—EL TIEMPO NO ES UNA OPCIÓN. ES UNA CONSTANTE —la voz del Segador resonó dentro de nuestras mentes fundidas, vibrando con la frialdad de un sol agonizante—. SI EL NUDO NO SE DESATA, EL MECANISMO SE DETENDRÁ PARA TODOS. VUESTRA FELICIDAD ES EL ANCLA QUE AHOGA AL UNIVERSO.

Kaelen y yo, flotando en la crisálida de platino, sentimos el peso de esas palabras. El “Spicy” de nuestra unión era ahora una presión física; nuestras esencias estaban tan apretadas que sentía sus miedos como si fueran mis propios nervios. Él temía que el Segador tuviera razón; yo temía que mi egoísmo fuera la tumba de Aidan. Pero en la Unión Total, la duda no tenía dónde esconderse.

—¡No le escuches, Elsa! —la voz de Kaelen en mi conciencia era un rugido de fuego y plata—. ¡Él no es la justicia, es la inercia! ¡El universo no quiere orden, quiere sentido! ¡Y nosotros somos el único sentido que este mundo ha conocido en eones!

Nos lanzamos hacia el interior del Reloj.

Entrar en el cuerpo del Segador fue como sumergirse en un mar de memorias líquidas que intentaban congelarnos. El Reloj del Juicio Final activó su defensa definitiva: la Regresión del Alma.

De repente, ya no estábamos volando hacia el núcleo. Estábamos de nuevo en la Galería de los Esclavos del Volumen 1. Pero esta vez, Kaelen no se detenía frente a mi jaula. Me miraba con indiferencia y seguía de largo, comprando a otra mujer, dejándome morir en la oscuridad del desierto.

—Es solo una ilusión, Elsa… —susurró la parte de Kaelen que aún estaba conmigo. —Pero se siente tan real… —respondí, sintiendo el frío de las cadenas en mis muñecas.

El Reloj nos mostraba todas las versiones donde el “error” se corregía solo. Vimos una vida donde Kaelen moría a manos de Malakor antes de que yo naciera. Vimos una vida donde yo nunca despertaba mi luz y terminaba mis días como una sombra sin nombre en las minas de obsidiana. Cada imagen era un tajo en nuestro nudo, intentando recordarnos que nuestra unión era un milagro estadísticamente imposible y, por lo tanto, ilegal.

—¡NADA DE ESTO IMPORTA! —rugió la voluntad de la Unión.

No usamos nuestra magia para atacar las visiones. Usamos nuestra Pasión. En medio del Reloj del Juicio Final, Elsa y Kaelen se buscaron no como reyes, sino como amantes desesperados. En ese plano de existencia pura, nuestro deseo se convirtió en una anomalía térmica que empezó a derretir el cristal estéril de la regresión. El erotismo de nuestra alma fundida era el veneno para el mecanismo del Segador: un fuego que no respondía a la entropía.

Llegamos al núcleo. El corazón de cuarzo del Segador estaba rodeado por doce manecillas de luz que giraban en sentido contrario a las agujas del reloj, borrando los segundos de nuestra existencia.

—¡Aidan, ahora! —gritamos a través del vínculo.

En el Castillo de Hierro, Aidan estaba de pie bajo las ramas del Árbol de Platino. Su rostro estaba bañado en lágrimas, pero su mano no temblaba. El Sextante de la Discordia, imbuido con la energía de la Unión Total, brillaba con una luz que desafiaba a la eternidad.

—Yo soy el que teje el ahora —susurró el niño, clavando su poder en las raíces del árbol—. ¡Y yo digo que el tiempo se detiene aquí!

Aidan proyectó una ancla de realidad directamente al interior del Reloj. Fue el puente que necesitábamos.

Kaelen y yo tomamos la espada de platino —nuestra voluntad hecha acero— y la clavamos en el centro exacto del corazón de cuarzo del Segador. El impacto no produjo un sonido metálico, sino un alarido de realidad desgarrándose. La energía contenida de billones de segundos robados estalló en una supernova de colores.

—¡IMPOSIBLE! ¡EL CERO NO PUEDE SER DIVIDIDO! —gritó el Segador mientras su estructura empezaba a implosionar.

—Nosotros no dividimos el cero —dijo Kaelen, su voz resonando con la fuerza de todas las líneas temporales que habíamos salvado—. ¡Lo multiplicamos por el infinito!

El Reloj del Juicio Final estalló.

La explosión nos lanzó de regreso al plano físico. Caímos sobre las aguas del Mar de Hierro, que ya no eran de sangre ni de mercurio, sino de un azul profundo y natural. El cielo del eclipse se había desvanecido, reemplazado por un amanecer real que no habíamos visto en años. El sol, un sol de oro y fuego, asomaba por el horizonte, barriendo la blancura estéril de la Sincronía.

Flotábamos en el agua, todavía unidos por las manos, sintiendo cómo la crisálida de la Unión Total se disolvía lentamente. Mis pulmones ardían por el aire puro, y mi piel, marcada por las batallas del tiempo, sentía el calor del sol con una intensidad casi dolorosa.

Kaelen me atrajo hacia él en el agua, rodeando mi cuello con sus brazos. Sus ojos, que habían visto el fin del universo, ahora solo me veían a mí. No había coronas, ni ejércitos, ni príncipes entre nosotros. Solo la carne, el cansancio y el milagro de seguir respirando.

—Lo hemos logrado, Elsa —susurró, y su voz temblaba de una emoción que el Segador nunca pudo procesar—. El tiempo… ha vuelto a moverse. Pero esta vez, se mueve a nuestro ritmo.

Me besó allí mismo, en medio del mar, un beso que fue una toma de posesión definitiva de nuestra realidad. El “Spicy” de este momento fue la gloriosa simplicidad de lo humano: el sabor de la sal, el calor del sol en nuestros rostros y la certeza de que el “mañana” ya no era una amenaza, sino una página en blanco que escribiríamos juntos.

Regresamos al Castillo de Hierro a pie por la costa, escoltados por un Valerius que nos miraba como si hubiéramos regresado de entre los muertos —lo cual, en cierto sentido, era verdad—. El castillo estaba en silencio, pero era un silencio de paz, de gente despertando de una pesadilla milenaria.

Al llegar al Corazón del Castillo, encontramos que el Árbol de Platino se había transformado una última vez. Sus ramas ya no eran de cristal frío, sino de una madera blanca y vibrante que florecía con hojas de todos los colores conocidos. En su base, Aidan dormía profundamente, con el Sextante convertido en un simple amuleto de piedra sin poder.

—El Árbol ha absorbido el tiempo del Segador —dijo una voz familiar.

Me giré y vi a Elara. Pero ya no era la guardiana distante de la Línea C. Era una mujer joven, de carne y hueso, vestida con ropas sencillas del Norte. Su rostro seguía teniendo nuestra mezcla, pero sus ojos ya no eran relojes; eran humanos, llenos de una vida que apenas comenzaba.

—¿Elara? —pregunté, acercándome a ella con cautela.

—El nudo ha ganado, madre —dijo ella, sonriendo con una ternura que me hizo llorar—. Al destruir al Segador, habéis creado una Línea Unificada. Ya no hay paradojas, ni mundos espejo. Habéis fundido todo el dolor y toda la esperanza en este único presente. Yo… yo ya no soy una posibilidad. Soy vuestro futuro, pero un futuro que tendrá que esperar a nacer de forma natural.

Kaelen se acercó y puso su mano sobre el hombro de su hija del futuro —o de la que algún día sería su hija—. —Entonces, ¿somos libres?

—Sois libres de vivir —respondió Elara—. Pero recordad: el tiempo es un regalo que se gasta. No lo desperdiciéis en dioses ni en máquinas. Usadlo en vosotros.

Esa noche, el Castillo de Hierro celebró la Fiesta de la Primera Mañana. No hubo protocolos, ni discursos reales. Solo una cena íntima en el jardín, bajo las hojas del nuevo árbol. Kaelen y yo nos retiramos a nuestros aposentos antes de que la fiesta terminara. No necesitábamos el aplauso del mundo; necesitábamos el silencio del otro.

En nuestra habitación, bañada por la luz de la primera luna de la nueva era, nos despojamos de nuestras túnicas rotas. El erotismo de esta noche no tuvo la desesperación del ritual, sino la gratitud de la supervivencia. Cada caricia de Kaelen en mi espalda, cada roce de mi boca en sus cicatrices, era una oración de agradecimiento al destino por habernos dejado el uno al otro.

—No más guerras, Elsa —susurró Kaelen contra mi piel, su calor solar envolviéndome en un abrazo que prometía una eternidad de noches como esta.

—No más guerras, mi Rey. Solo nosotros.

Los dos soberanos fundidos en el sueño más profundo de sus vidas, mientras fuera, el mundo empezaba a girar de nuevo, un segundo a la vez, bajo la vigilancia de un Árbol de Platino que guardaba el secreto del nudo más grande jamás tejido.

Sin embargo, en el rincón más oscuro de la biblioteca del castillo, el antiguo libro de Malakor se abrió por sí solo. En la última página, que antes estaba en blanco, empezaron a aparecer letras doradas.

“EL FIN DEL TEJIDO ES EL INICIO DE LA CANCIÓN. EL VOLUMEN FINAL: EL REINO DE LAS ALMAS LIBRES.”

La historia de Elsa y Kaelen había vencido al tiempo, pero el universo todavía tenía una última pregunta para ellos. Y la respuesta no estaría en su poder, sino en su legado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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