La novia del rey vampiro - Capítulo 11
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11: El encuentro 11: El encuentro Punto de vista de Guisell Mi tía me lo advirtió muy claramente hoy: “Vendrá el señor Emmet, así que tienes prohibido acercarte a él”.
Eira me amenazó de la misma forma.
Como es su novio, no quiere que mis ojos vean ni su sombra.
Así que aquí estoy, en el comedor, colocando las copas con sumo cuidado para que la mesa quede perfecta.
—¡Por fin haces algo bien, Guisell!
—escucho decir a mi tía, que está justo detrás de mí.
Me giré lentamente, manteniendo el temblor de mis manos.
—Tía, ¿me he ganado algo de comer, verdad?
Ya limpié todo lo que me pediste.
No he comido nada desde ayer.
—¿Ya, Ya estás reprochándome, Guisell?
—No, tía, para nada —negué con la cabeza, bajando la mirada—.
Solo que…
tengo hambre.
Solo eso.
—Sabes, Guisell —dijo con una voz fría y cortante—, no me molestes con tus cosas.
Ya está por llegar el novio de mi hija, si quieres comer, ve con las criadas y que te den la cubeta de la comida de los cerdos.
Comparte con ellos las sobras.
Sin decir una palabra más, salí arrastrando los pies hacia la cocina, con un nudo en la garganta y las lágrimas nublándome la vista.
Agarré la pesada cubeta de desperdicios y me dirigí al granero, donde los puercos gruñían hambrientos.
Mientras los observaba comer, solo se me ocurrió una idea.
Con mi tía distraída con los preparativos de la cena, podría robar unas cuantas manzanas y llevarlas a mi escondite.
Corrí entusiasmada hacia el gran manzano que crecía en el jardín.
Juro que cuando escapé de este lugar, me llevaré montones de manzanas y me prepararé una tarta enorme, acompañada de un vaso de leche tibia.
Sentí cómo empezaba a babear al imaginarlo; Hacía años que no probaba la deliciosa tarta de manzana que mi madre solía prepararme.
Corté varias manzanas y las coloqué con cuidado en el dobladillo de mi vestido, formando una bolsa improvisada.
Cegada por la emoción y la prisa, avancé rápidamente hacia el castillo sin prestar atención…
hasta que choqué contra lo que pensé que era una pared.
Me frote la frente adolorida y, al levantar la mirada, el corazón se me detuvo: no era una pared, era el señor Emmet.
— oh discúlpame, señor Emmet, no lo vi empecé a decir —balbuceando , con la voz temblorosa—.
No volverá a pasar, si me disculpa, tengo que llevar esto adentro, solo me observaba con una mirada divertida y desconcertado al ver tantas manzanas en mi vestido, así que intente alejarme de el hacia un lado.
Pero era demasiado tarde, su mano, fuerte y firme, me agarró del brazo.
En el forcejeo, las manzanas resbalaron de mi vestido y cayeron al suelo, rodando por el césped en un espectáculo bochornoso.
Pensé que ese era el peor momento posible, hasta que escuché la voz de Eira, sentí que el mundo se me venía encima; Mi cuerpo comenzó a temblar sin control.
—Así que aquí estás, Guisell?
—dijo Eira con una dulzura venenosa—.
¿Y qué son todas estas manzanas, de donde las sacaste ?
Ay, Guisell, no me digas que las ha robado, ¿verdad?
Quise defenderme, explicarme que solo eran unas cuantas frutas del jardín, pero las palabras se ahogaban en mi garganta.
No sabía si era miedo, vergüenza o simplemente la presencia de Emmet o lo que me esperaba después.
—Eira —interrumpió Emmet, con el ceño fruncido—, un vestido demasiado sucio y viejo empezó a decir , ¿por qué tu prima viste así eira, si es de la familia debería vestir como tu?
Eira empezó a tartamudear, buscando una explicación.
—Oh, Emmet, es que mi prima siempre es muy rebelde, ya sabes…
—Intentó tomar su mano, pero él rechazó el gesto con sutileza.
—Mira, Guisell —continuó Eira, forzando una sonrisa—, ya sabes que Emmet y yo somos novios verdad.
Emmet se liberó de su agarre y, para mi sorpresa, se inclinó para ayudarme a recoger las manzanas.
Mientras lo hacía, sentí su mirada fija en mí, pesada e inquisitiva, sabia que ya estaba en problemas Tenía que huir de allí antes de que llegara mi tía.
—Disculpe, señor Emmet —dije rápidamente, amontonando las frutas en mi vestido—, llevaré estas manzanas a la cocina.
—Oh, Guisell —respondió él con una calma que me perturbó—, me gustaría que cenaras con nosotros esta noche.
Al fin y al cabo, eres parte de esta familia.
A Eira no le agradó en absoluto la idea; su rostro se desencajo por un instante antes de que supiera disimular su odio con una máscara de serenidad.
—No, gracias —rechacé de inmediato, con la voz quebrada—.
En realidad, debo irme.
Y antes de que pudiera decir nada más, salí corriendo, con el corazón latiendo desbocado.
Sabía, con una certeza que me esperaba, eira le brillaban los ojos de odio y sabia que no lo dejaría pasar y solo de pensar lo que me esperaba me helaba la sangre, sabia que esta vez me había metido en un problema del que tendría que pagar un precio muy caro.
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