La novia del rey vampiro - Capítulo 15
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15: Advertencia 18+ 15: Advertencia 18+ — Punto de vista de Guisell —Tío, por favor, discúlpame —logré balbucear, conteniendo el aire en mis pulmones—.
Vine a limpiar, no sabía que estarías aquí.
No quise interrumpir, vendré más tarde, por favor, tengo que irme a lavar las sábanas.
Intenté dar media vuelta, pero la voz de mi tío, fría y cortante, me detuvo en seco.
—Oh, vamos, Guisell, no es necesario.
Ven aquí, quisiera ver cómo están tus heridas.
El tono era engañosamente suave, una trampa de seda y acero.
—No hay necesidad, tío —supliqué, retrocediendo un paso hacia la puerta, sintiendo el marco de madera contra mi espalda.
—Ven aquí, Guisell —insistió, y su voz perdió toda pretensión de amabilidad—.
Solo quiero ver cómo te curaste, o le diré a tu tía que estás como nueva y que le robaste pomadas para curarte mas rápido, se molestara guisell y la próxima vez que ella te dé una paliza, no la detendré.
La amenaza flotó en el aire, densa y venenosa.
Cada músculo de mi cuerpo gritaba para huir, pero el miedo me paralizó.
—Sí, tío, voy enseguida Caminé hacia él como se camina hacia el castigo, me hizo sentarme a su lado en el sofá de cuero, que crujió bajo mi peso.
Pude ver su mirada, que ya no se fijaba en mis ojos, sino que recorría mi cuerpo con una lenta, obscena avaricia.
Se detuvo en mi pecho.
—Eh, mis senos —murmuró, y un hilillo de saliva se asomó en la comisura de sus labios—.
Ya eres toda una mujer, muy hermosa por cierto Me puse tan nerviosa que me levanté de un salto, pero fue demasiado tarde.
Sentí su mano, grande y áspera, cerrándose como una garra alrededor de mi brazo.
Su otro brazo me agarro la cintura y, de repente, estaba encima de mí, me sentía enjaulada y me aplastaba contra los cojines del sofá.
Su peso era abrumador, el olor a whisky y tabaco me envolvía, haciéndome marear.
Yo peleaba, golpeando su espalda con mis puños cerrados, pataleando en el aire, pero era inútil.
Él era una montaña de fuerza bruta.
Con un gruñido de impaciencia, me dio una fuerte bofetada en la cara que hizo estallar viendo estrellas blancas en mi visión.
Mientras me tambaleaba, aturdida, sentí cómo amarraba mis muñecas con una de sus manos.
Sabía que esta vez nadie vendría a ayudarme.
Un grito desgarrado escapó de mi garganta, seguido de un llanto convulsivo.
Él no me escuchaba.
Comenzó arrancándome mi vestido, la tela vieja y gastada pasó con un sonido crujiente.
Mi sostén fue arrancado como si fuera papel, y sentí el aire frío de la habitación sobre mi piel desnuda.
Luego, su boca, húmeda y caliente, se cerró sobre uno de mis senos, succionando con una brutalidad que me hizo gritar de nuevo.
—Guisell —jadeó él, alzándose un poco—.
He soñado con esto todos los días.
Hoy serás mía, toda mía.
Estos senos son el cielo.
Ya quiero penetrarte y sentirte toda, Guisell.
Sus palabras me taladraban los oídos, más violentas que sus golpes.
Luché con la poca fuerza que me quedaba, pero vi, con horror creciente, cómo con su mano libre empezaba a bajarse los pantalones y los calzoncillos.
Un grito de pánico absoluto se congeló en mi garganta.
Y entonces, llegó el dolor.
Un dolor tan intenso, tan desgarrador y profundo en mi vientre, que creí que mi cuerpo se partía en dos.
Él gimió arriba de mí, un sonido animal de placer, y comenzó a moverse con ritmo salvaje.
Yo dejé de luchar; El dolor era un muro infranqueable que consumía toda mi conciencia.
Mordía mis labios hasta sacarme sangre para no seguir gritando, mientras él me mordía el cuello y los hombros, marcándome como si fuera su propiedad.
De pronto, me tiré al suelo de madera.
El impacto me sacudió los huesos.
Con manos rudas, me puso de espaldas y volvió a montarme, con más fuerza, si era posible.
—Tío, por favor, suéltame ya —lloré, mi voz era un hilo quebrado de desesperación—.
No me hagas más daño, soy tu sobrina.
Su respuesta fue otra bofetada brutal que hizo eco en la habitación.
Siguió moviéndose con una furia creciente, hasta que, con un gruñido ronco y final, sentí un fluido cálido y repulsivo dentro de mí.
En ese instante, todo se detuvo.
Me soltó como si de repente me hubiera contaminado.
—Lárgate —escupió, ajustándose la ropa—.
Y si dices una palabra, tu tía te matará, lo sabes no te creerá nada a ti, la hija de su hermanastro.
Me levanté del suelo, temblando como una hoja, mi cuerpo era un solo latido de dolor.
Reconocí los jirones de mi ropa, incapaz de cubrirme del todo.
Salí de ahí tambaleándome, con la sangre caliente y pegajosa resbalándome por las piernas.
Mis lágrimas no dejaban de caer, formando charquitos oscuros en el suelo polvoriento del pasillo.
Bajé al sótano, me encerré con llave y me desplomé en el rincón más oscuro.
Me dolía todo el cuerpo, pero el dolor dentro de mí, en el alma, era infinitamente peor.
Estaba más herida que ayer, rota de una manera que sabía que nunca sanaría.
El último hilo de esperanza se había cortado.
Ya no quería vivir.
Quería morir.
Y estaba decidida: lo haría hoy.
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