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La novia del rey vampiro - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 La calma fragil
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17: La calma fragil 17: La calma fragil Estas semanas habían sido una tregua inesperada, un suspiro de paz en mi tonta existencia.

Mi tía y eiraa se hallaban sumergidas en un torbellino de compras y preparativos, mientras que mi tío, aliviadoramente, había emprendido un viaje.

Por un instante, casi creí que se habían olvidado de mí.

Aproveché esa ausencia para sanar mis heridas, tanto las visibles en la piel como las más profundas, las que llevo tatuadas en el alma.

Mis escapadas al lago se convirtieron en mi único consuelo; allí, contemplando el agua serena y gélida, lograba que mi corazón encogido encontrara un momento de paz , todo parecía mejorar, y ese respiro me sabía a felicidad efímera.

Esta mañana, mi tía murmuró algo sobre una fiesta de compromiso, quizás alguien en esta casa de sombras esté a punto de encontrar una felicidad que a mí me es negada, en cuanto a Emmet, solo lo he visto a lo lejos.

No sé por qué, pero últimamente me mira de un modo extraño, con una intensidad que roza el fastidio, o tal vez solo sea yo, imaginando fantasmas donde no los hay.

Las manzanas de hoy están particularmente frescas, su dulzura es un bálsamo momentáneo.

Sin embargo, al dar la última mordida, una oleada de asco repentino me invade, amarga y violenta.

Desde ayer, una debilidad profunda se ha apoderado de mis huesos.

Rezo para que sea solo el acercamiento a mi menstruación, siempre irregular e impredecible, visitándome solo cada tres meses, un recordatorio más de la delgadez que me consume.

Hasta mi cabello, esa cascada de rizos rojos que una vez tuvo vida, yace ahora apagado y mustio, como el resto de mí.

Aunque no importa.

He estado planeando colarme en la oficina de mi tío.

Su viaje se ha prolongado por tres meses, una bendición para mí, aunque por el tono de los gritos que atraviesan las paredes cada vez que mi tía habla por teléfono, supongo que para ella no lo es tanto.

—Con que aquí estás, Guisell —una voz cortante como un cuchillo helado me sacó de mis pensamientos.

Era Suly, la más antigua de las sirvientas, con sus ojos fríos y su boca siempre torcida en un gesto de desprecio—.

Tu tía me dijo que tuvieras limpia toda la vajilla.

En unos días habrá una fiesta para la señorita Eira , será su compromiso con el señor Emmet.

Realmente es muy afortunada tu prima —escupe las palabras, envenenándolas—.

Yo no sé por qué tú no eres nada comparado con ella, vives peor que nosotras, no sé qué hiciste, pero ya no metas en problemas a tu familia y deberías ayudar, has andado muy floja últimamente, si no te apuras, le tendré que decir a tu tía.

Hizo una pausa dramática, saboreando mi incomodidad antes de soltar la última y más cruel de las dagas: —Ah,y por cierto, también tienes que limpiar la oficina de tu tío, el llegará en dos días, y tienes que dejarlo todo impecable Sentí que el suelo cedía bajo mis pies, un frío más intenso que el del lago me recorrió la espalda, no quería volver a verlo no soportaba la idea, el mundo, por un momento, perdió todo su color.

—No te preocupes, Suly —logré balbucear, con una voz que no reconocía como mía—.

Pronto iré a hacer lo que dices, pero por favor, no le digas nada a mi tía, te lo suplico.

Juro que seré más rápida.

Ella solo me miró, con una expresión tan cargada de animosidad que mi sola presencia parecía ofenderla hasta lo más profundo de su ser, no pude aguantar su mirada., en cuanto se dio la vuelta, corrí hacia el baño más cercano, donde las náuseas que había contenido estallaron y vomité la amarga manzana y toda mi desesperanza.

No dudaba que esta debilidad provenía de la mala alimentación y del eco de las palizas que marcaban mi cuerpo, pero no había tiempo para el descanso, tenía que limpiar las vajillas para la maldita fiesta.

Subí las escaleras corriendo, decidida a empezar antes de que mi tía regresara.

Pero ya era demasiado tarde.

Al cruzar la sala, los vi, Eira y Emmet, sentados juntos en el sofá de terciopelo, formando un cuadro de perfecta armonía del que yo era la pincelada fuera de lugar.

—Hola, Guisell.

¿Cómo estás?

—la voz de Emmet sonó tranquila, pero sus ojos me escudriñaban con esa rareza que no lograba descifrar—.

Eira me dijo que estabas ocupada, oye por cierto, estás realmente invitada a nuestra fiesta de compromiso.

Para que no hagas planes, debes estar ahí, Guisell.

—Claro, señor Emmet.

Ahí estaré —respondí, mecánicamente, bajando la mirada.

Entonces, mi tía irrumpió en la estancia como un rayo —¡Pero aquí estás,Guisell!

Deberías ir a tu recámara a bañarte, he dejado un vestido en tu cama.

Emmet quiere que estés presente hoy en la cena; vendrá su abuelo y… tu tío también llegará esta noche —pronunció esas últimas palabras con una intención siniestra—.

Así que necesito que seas rápida, lo que estás haciendo lo harán las sirvientas, no sé por qué siempre andas haciendo las cosas tú.

No entendía nada.

¿Por qué tanta súbita inclusión?

¿Qué juego era este?

Decidí que era mejor retirarme, bajaría al sótano a lavar y planchar las sábanas, por si acaso, no quería romper mi racha de supervivencia; quería seguir, aunque fuera un día más, sin que los golpes renovaran mis moretones.

Al llegar al frío y húmedo sótano, lo vi, el vestido, tal como ella había dicho, era un traje enorme, que sin duda había pertenecido a Eira en un pasado remoto.

Estaba pasado de moda, descolorido a un gris ceniciento, y en la falda se abría un desgarro, un ojo vacío que me miraba con burla.

La humillación estaba tejida en cada fibra.

No podría ponerme eso, no lo haría, tomé una decisión desesperada, iría a bañarme al lago, esperando que nadie me viera escabullirme., el camino fue tranquilo, el aire fresco limpiaba mis pulmones, no me crucé con ni con Eira ni con mi tía.

El agua del lago estaba helada, un frío que calaba los huesos pero que, a la vez, era purificador, por un momento, cerré los ojos y dejé que la quietud me abrazara, ahogando el zumbido de mis temores, hasta que, al abrirlos, distinguí una silueta entre los árboles, una sombra alta e inmóvil que me observaba.

El pánico, agudo y instantáneo, me traspasó el corazón, mi mirada se volvió frenética, buscando mi ropa entre la hierba, pero no estaba, había desaparecido.

Y entonces, la figura emergió de entre las sombras, la luz del atardecer bañó su rostro, y el aire se heló en mis pulmones, no era un desconocido.

Era mi tío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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