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La novia del rey vampiro - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 El arrebato de guisell
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18: El arrebato de guisell 18: El arrebato de guisell Punto de vista de Guiselle “Tío, por favor, no me toques.

Devuélveme mi ropa.” Mi voz sonó como un hilito de aire, un susurro aterrado que se perdió entre los árboles del jardín.

Dentro del palacio, a solo unos metros de distancia, estaban mi tía, Eira y Emmet.

Pero a él no le importaba.

Mis palabras se estrellaban contra él como si fueran mentiras, como si mi terror fuera un juego.

“Guiselle, ya sé.

Pero ¿no crees que será muy divertido que estemos juntos?” dijo él, y su voz, un susurro grasiento, me recorrió la espalda como un insecto.

“Además, nadie escuchará tus gritos aquí.

Te he visto venir aquí y así que aquí estoy, además puedo esperar, pronto Eira se casará, y tu tía casi no estará, siempre querrá estar con su hija.

Tú y yo…

podemos iniciar un amor.

Te va a gustar demasiado.” Sentí cómo su mano, pesada y húmeda, comenzaba a acariciar mi hombro.

Un escalofrío de repugnancia y pánico me recorrió todo el cuerpo.

¿Qué le pasaba?

Él debía cuidarme, protegerme, no…

no hacerme esto.

¿En qué mundo delirante creía que yo podría sentir algo por él, sino un odio visceral?

Mi mente era un torbellino.

Si corría, si salía disparada hacia la casa, ¿y si me veían así, desnuda y temblorosa?

No me creerían.

Mi palabra contra la del hombre que traía la prosperidad a esta familia.

Solo conseguiría una paliza de la que dudaría salir con vida.

“Tranquila, Guiselle.

Tengo tiempo para hacer las cosas que quiero.

Tu ropa está detrás de esa piedra.” Su sonrisa era una grieta siniestra en su rostro.

“Ahora debo ir a arreglar unos negocios con Emmet, el futuro esposo de mi hija.

El que nos dará estabilidad.

Una estabilidad en la que ya no te necesitaremos, Guiselle.” ¿A qué se refería con eso de nuevo?

Mis pensamientos se enredaban, pero una oleada de alivio inmediato, agudo y culpable, me inundó cuando lo vi alejarse.

Me abalancé hacia la piedra, mis dedos temblorosos encontraron la tela áspera de mi vestido.

Agradecí a Dios que se hubiera ido.

Me lo puse a toda prisa, sintiendo la tela horrible y gastada como una armadura contra su recuerdo.

Era un trapo feo, sí, el vestido que me dio mi tía, pero en ese momento era mejor que la seda más fina; era mi escudo.

Casi sin aliento, entré en el gran comedor.

La escena era deslumbrante y me hizo sentir aún más pequeña.

Ahí estaba Eira, irradiando una belleza fría y perfecta.

Su cabello brillaba como oro bajo la luz de los candelabros y el vestido rojo escarlata se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, acentuando cada curva.

Era imposible no entender por qué Emmet se había enamorado de ella.

Y entonces lo vi a él.

Emmet.

Con un traje negro impecable que parecía luchar por contener la musculatura de sus hombros y espalda.

Su cabello caía sobre su rostro con una elegancia despreocupada, pero era su mirada lo que me enganchó: una mezcla de ternura y profundidad que, en ese instante, estaba nublada por algo…

¿molestia?

“Guiselle, aquí estás.” La voz de mi tía me cortó como un cuchillo.

“Quiero que te comportes.

No cenarás con nosotros.

Dirás que te sientes indispuesta y te largarás al sótano.

No te necesito aquí todo el tiempo.” Su desprecio era tangible.

“Mira, todos te están viendo, y es porque estás horrible.

Solo te quedarás un rato y te vas.” Bajé la mirada, sintiendo el peso de las miradas curiosas y desdeñosas.

Claro, todos lucían espectaculares, y yo era un espantapájaros en el lado de los cisnes.

Las amigas de Eira tenían que llegar en cualquier momento.

Sería mejor desaparecer.

Pero fue demasiado tarde.

“Miren lo que nos trajo el viento, chicas.” La voz burlona de Mónica resonó en el salón.

“Pero si no es más que la huérfana, Guiselle.

¿Qué haces aquí?

Está prohibido.

¿Acaso quieres morir?” “Me dieron permiso para estar aquí,” intenté defenderme, con una voz que deseaba ser firme pero que se quebró.

“Déjame en paz, no quiero problemas.” Como siempre, mis súplicas cayeron en oídos sordos.

Seguían acosándome, pero en medio del acoso, sentí una mirada distinta.

Alcé la vista y encontré los ojos de Emmet fijos en mí.

No eran burlones, sino preocupados, llenos de una lástima que me quemó más que el desprecio.

Luego, sentí la mirada gélida de Eira.

La vi caminar hacia nosotros, con la elegancia de una pantera, y supe, con un frío que se apoderó de mis entrañas, que aquel sería mi final.

“Chicas, ¿qué creen que están haciendo?

Dejen en paz a Guiselle.

Ella es parte de la familia y debe estar aquí.” Quedé paralizada.

¿Eira defendiéndome?

¿Se había golpeado la cabeza?

Vi cómo Emmet no me quitaba la mirada de encima, y noté que Eira también lo había notado.

Un destello de ira cruzó sus ojos antes de que una máscara de dulzura volviera a su lugar.

“Guiselle, ven.

Vamos afuera a hablar.

Chicas, síganme, por favor.

Tenemos que hablar.

Tienen que dejar de portarse así con mi prima.” Tan ingenua, tan desesperada por un poco de bondad, la seguí tímidamente, con el corazón latiendo como un pájaro enjaulado.

Llegamos al patio trasero, donde la piscina reflectante brillaba bajo la luna.

Y entonces, Eira me abrazó.

Por un segundo, un segundo de loca esperanza, creí que el amor de Emmet la había cambiado, que la bondad de él, de quien todo el mundo hablaba —el hombre que ayudaba a huérfanos, a ancianos, que daba refugio a los desamparados—, había logrado ablandar su corazón.

Pero el abrazo se convirtió en una presión feroz.

Su dulzura se esfumó como humo.

“Eres estúpida, Guiselle.

¿Crees que no veo cómo miras a Emmet?” Su susurro era venenoso, su sonrisa, una mueca cruel.

“No te cansas de ser una zorra, ¿verdad?

Quieres robarte a mi prometido.

Pero no dejaré que eso pase.” El miedo me paralizó.

Sentía cómo sus uñas se clavaban en mis muñecas, un dolor agudo que me sacó de mi estupor.

Y entonces, cruzó la línea final.

“Tu madre era igual que tú.

Una zorra que intentó seducir a mi padre.” El mundo se detuvo.

“¡Cállate, Eira!

Eso no es cierto.

Tu padre es un cochino.

Mi madre nunca hizo eso.” Mi voz temblaba de rabia y dolor.

Ella se retorcía de risa, disfrutando cada espasmo de dolor que recorría mi cuerpo.

Habló de mi madre, de la mujer más noble que he conocido, con una bajeza que quebró algo dentro de mí.

Tanto coraje, tanto dolor acumulado durante años, estalló.

Ya no podía más.

Con un grito ahogado que era pura rabia, empujé a Eira con todas mis fuerzas.

El chapuzón en la piscina fue estruendoso.

El tiempo se ralentizó.

Sus amigas empezaron a gritar, voces agudas y desesperadas pidiendo ayuda.

Y cuando voltee, ahí estaba él.

Emmet, sus ojos, ya no tiernos, sino de preocupación, estaban clavados en mí.

Luego, en el agua, donde Eira se debatía, aterrorizada por su trauma, incapaz de nadar.

Emmet corrió como un rayo.

Se lanzó a la piscina, la sacó del agua con tanta ternura y, arrodillándose, le dio aire de boca a boca.

Fue entonces cuando llegaron todos a ver la escena, la fiesta entera se congregó en el patio, y como si un director invisible lo hubiera coreografiado, cada par de ojos se posó sobre mí, acusadores, horrorizadosy condenatorios.

Los ojos de Emmet se alzaron hacia los míos, y en ellos ya no había lástima, sino una decepción profunda y una furia helada.

No podía estar ahí.

No podía respirar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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