La Novia Sustituta del Alfa Furioso - Capítulo 80
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Capítulo 80: La mirada en la distancia
(MAYA)
Los ojos de Quentin están muy abiertos por la conmoción y el miedo. —T-Tú…
—Traidor —dice el cambiador, con la voz ronca por el desuso. Quentin palidece—. ¿C-cómo es posible?
—Traidor —repite el hombre desnudo antes de clavar su mano libre en el pecho de Quentin. Le veo arrancarle el corazón aún palpitante, con el brazo ahora cubierto de sangre. El gran cambiador gorgojea sangre antes de que lo suelte y se desplome en el suelo.
Está muerto.
Con el corazón martilleándome en el pecho, giro lentamente la cabeza para mirar boquiabierta al cambiador de pelo plateado. No me está mirando a mí, sino al cadáver. Deja caer el corazón al suelo y, entonces, por fin, sus ojos se encuentran con los míos.
Abro la boca para suplicarle que no me mate, pero cuando me mira, siento una extraña sensación en la boca del estómago: una sensación de familiaridad, una calidez que nunca antes había sentido.
El tiempo se detiene mientras nos miramos, y esta conexión innegable me sacude hasta la médula. El corazón me tiembla dentro del pecho e intento mantener la compostura. No es momento de tener alucinaciones. Trago saliva, diciéndome en silencio que me controle.
—Tenemos que salir de aquí. —¿Por qué mi voz suena tan ronca?
Se acerca a mí y yo gesticulo inmediatamente con las manos. —No soy el enemigo. He estado intentando ayudarte.
No se detiene. Cierro los ojos con miedo, solo para sentir su aliento caliente en mi frente. Cuando me arriesgo a mirarlo, veo que está olfateando las heridas de mi cabeza.
—Estás herida.
La textura grave de su voz me hace darme cuenta de que le cuesta hablar. Miro a mi alrededor, pero no hay agua. Le di la última botella hace horas.
—Mira, tenemos que salir de aquí. Hay veinte guardias fuera de este lugar. No sé dónde está el «exterior», pero conozco el camino de entrada. He memorizado los pasos.
Estoy balbuceando, y él me observa con atención.
Sus ojos se dirigen hacia la puerta abierta de la celda y empieza a caminar en esa dirección. Doy unos pasos, pero la cabeza me da vueltas y me tambaleo. Empiezo a caer, pero antes de chocar contra el suelo, me sujeta con un brazo alrededor de la cintura. Sus ojos se clavan en los míos y siento la misma punzada de atracción, una que no tiene cabida en nuestra situación actual.
«Creo que Quentin me ha golpeado demasiado fuerte. Por fin me he vuelto loca». —Débil.
Me siento un poco insultada por el comentario del hombre desnudo, pero antes de que me dé cuenta, me levanta y me carga sobre el hombro como un saco de patatas. Protestaría si no me doliera tanto el cuerpo herido. Mientras me saca de la celda, me pregunto vagamente cómo es capaz de caminar con tanta facilidad. Sin embargo, no soy de las que le miran el diente a un caballo regalado.
Una oleada de náuseas me golpea y me doy cuenta de que tengo una conmoción cerebral. No puedo permitirme desmayarme ahora mismo, así que fuerzo los ojos para mantenerlos abiertos y digo: —Sé cómo salir de aquí. ¡Esa puerta no! Sigue todo recto. Hay otra escalera, al final del todo.
Parece que llegué aquí hace eones, pero mientras mi compañero me lleva, recuerdo los pasos que dio Cassian aquel día. Cada paso, cada curva, cada giro. Lo recuerdo todo. Guío al cambiador hacia la escalera y siento que me duele la cabeza con cada sacudida mientras sube los escalones. En un momento dado, sus rodillas casi ceden y se me encoge el corazón.
—Puedo caminar. Te lo prometo, puedo. Bájame. —Él gruñe y me sujeta con más fuerza.
Sin embargo, cuando llegamos a lo alto de la escalera, nos topamos con un problema. Hay una gran puerta de hierro sin más apertura que el ojo de una cerradura. Está cerrada con llave.
El cambiador me mira de reojo y yo mascullo: —No había previsto esto.
Vacila, cambiando el peso de un pie a otro, antes de bajarme con cuidado. Antes de que pueda detenerlo, embiste la puerta con el hombro.
—¿Q-qué estás haciendo? —grito, conmocionada—. ¡Te vas a hacer daño!
Sigue haciéndolo.
—¡Para! —Intento detenerlo, pero me aparta de un empujón. Me desplomo débilmente en el suelo.
Unos segundos después, oigo crujir la puerta. Y luego un sonido más fuerte. Retrocede unos pasos y se lanza contra la puerta una última vez. Se abre de golpe y él sale a la libertad. Me pongo en pie a duras penas y le sigo, solo para que la consternación se apodere de mí.
Estamos ante una vasta llanura abierta. No hay nada en kilómetros a la redonda.
—¿Y ahora qué? No importa a dónde vayamos, nos rastrearán. No podremos alejarnos lo suficiente antes de que nos encuentren.
En cuanto las palabras salen de mi boca, oigo gritos. Unas luces brillantes inundan de repente las oscuras llanuras, y me doy cuenta de que se han percatado de nuestra ausencia.
Mierda.
—¡Corre! —grito—. ¡Tenemos que correr!
Pero él no me escucha. Da un paso al frente y mira a su alrededor.
—¡A qué esperas! —le grito—. ¡No se lo pongas fácil, idiota! ¡Corre!
Me ignora y, cuando intento alejarme cojeando, tira de mí hacia atrás, empujándome para que me quede a su espalda. Cuando le miro a la cara con incredulidad, dispuesta a reprenderle de nuevo, me doy cuenta de que está concentrado en algo a lo lejos. Sigo su mirada y veo grandes lobos corriendo en nuestra dirección.
¿Veinte? ¿Cuarenta?
No, ahora parecen ser cientos.
—Estamos tan jodidos —mascullo, mientras el pavor se apodera de mí.
Se vuelve para mirarme y su cuerpo empieza a estremecerse. Su transformación es lenta, y veo cada centímetro de ella: huesos que se rompen, piel que desaparece bajo el pelaje. Es lo más aterrador que he presenciado jamás, y lo más fascinante. Vi a Finn, el hijo de Corrine, cambiar varias veces mientras crecía, pero su transformación siempre fue muy rápida.
Entonces me doy cuenta de lo que este cambiador está a punto de hacer. Le bloqueo el paso, con los brazos bien abiertos. —¿Estás loco? ¡No puedes enfrentarte a todos! ¡Mira en qué estado estás!
Gruñe, apartándome con el hocico. Hay sed de sangre en sus ojos, un brillo feroz mientras mira por encima de mi hombro a los lobos que se acercan. Me hace preguntarme si busca su propia porción de venganza.
—¡Espera! —Me palpo los bolsillos. Había otra cosa que cogí al salir del laboratorio antes. Algo de lo que me había olvidado por completo. Es un vial azul que contiene un líquido parecido a una bebida energética. Había planeado dárselo en cuanto volviera a su forma humana, pero con todo lo que pasó se me fue de la cabeza. Si va a luchar contra los lobos que se nos echan encima, va a necesitar toda la ayuda posible. Desenrosco el tapón y se lo tiendo—. Abre la boca.
No duda y obedece mi orden de inmediato. Le echo el líquido en la boca y tiro el frasco a un lado. Me mira de reojo antes de echar a correr. Suelta un aullido y yo trago saliva.
Me alejo unos pasos de la puerta por la que hemos salido, no quiero que alguien me ataque desde allí. Al darme la vuelta, por fin contemplo el edificio en el que he estado cautiva durante más de seis meses.
Es una mansión. Una enorme mansión de estilo victoriano. Salimos por lo que debió de ser la entrada de servicio. La voz se me atasca en la garganta cuando intento llamar al lobo plateado, que se aleja cada vez más de mí. En esta casa hay cambiadores que me arrastrarán de nuevo adentro si me quedo por aquí mucho más tiempo.
Mientras me muevo, intentando seguir al lobo, siento una agonía con cada respiración. Estoy segura de que me he fracturado el cráneo y me he lesionado algunas costillas, teniendo en cuenta cómo me zarandeaba Quentin.
El lobo plateado ya ha empezado a atacar al enemigo.
No sé por qué nadie de la mansión nos persigue. Cuando se encendieron las luces, la alarma se extendió claramente. En un momento dado, las fuerzas me fallan y caigo. El mareo es abrumador.
La desesperación me inunda. ¿Cómo se supone que voy a escapar si ni siquiera puedo caminar? ¿Y si el lobo plateado decide que no vale la pena ayudarme? ¿Y si me deja atrás?
Me he esforzado mucho por mantener el optimismo y la determinación en los últimos seis meses. He aguantado por pura puta fuerza de voluntad, negándome a que mis circunstancias me consumieran, creyendo que escaparía. Pero justo cuando saboreo la libertad en la punta de la lengua, siento que flaqueo.
Todavía en el suelo, ahora me arrastro, moviéndome hacia la lucha que tiene lugar delante de mí.
El lobo plateado es rápido y fuerte. A pesar de lo debilitado que está, se defiende. Es un luchador feroz, que arrasa con el enemigo como si no fueran más que molestos mosquitos. Observo con la respiración contenida, dándome cuenta de que la diferencia de fuerza entre ellos es astronómica.
Tiene que ganar. He hecho lo que he podido. Todo lo demás depende de él ahora. Con suerte, se acordará de mí y me llevará con él.
El corazón me late con rapidez, cada pulso retumba en mis oídos mientras le observo. Se mueve con fluidez entre el enemigo, como un bailarín. No hay movimientos bruscos, ni vacilaciones. Su objetivo es matar.
Y, de repente, han desaparecido. Es el único que queda en pie.
Me arrastro hasta él. Da un paso para alejarse de mí, y digo débilmente: —No puedes… No puedes dejarme atrás. —Sigue moviéndose, pasando por encima de los cuerpos.
La angustia se me anuda en la garganta. —¡Si me dejas atrás, te mataré!
Justo en ese momento, oigo gritos desde la mansión. Vienen. Vienen a por mí, a por él.
Mis labios tiemblan de miedo mientras miro de nuevo al lobo, solo para darme cuenta de que ahora está a mi lado. ¿Cómo ha…? ¿Cómo se ha movido tan rápido?
Usando sus dientes, me levanta por el cuello de la camisa y me lanza por los aires. Suelto un breve grito antes de aterrizar en su lomo, quedándome sin aliento.
Gruñe y empieza a correr. Instintivamente, mis dedos se hunden en su pelaje y me aferro con todas mis fuerzas. No sé adónde se dirige, pero voy a contar las victorias una a una.
Es tan rápido que tengo que hundir la cara en su pelaje para evitar que el viento me azote. También me duele tanto la cabeza que siento que voy a desmayarme ya.
Oigo a los lobos perseguirnos y aprieto los ojos con fuerza. Cuanto más corremos, más débiles se vuelven los aullidos y gruñidos. Finalmente, reúno el valor para mirar hacia arriba. Seguimos en las llanuras, pero nuestro enemigo está muy por detrás. ¡Ha conseguido dejarlos atrás! Miro a mi alrededor y veo el contorno de una barrera a lo lejos. A medida que nos acercamos, reconozco de qué tipo es, y el pavor me consume.
—Tienes que saltarla —le digo con voz ronca—. Es una valla eléctrica. Tú… ¡Oh, no!
La valla es muy alta. A medida que nos acercamos, su altura es más que evidente. Es imposible que ni siquiera este lobo pueda superarla.
Acelera el paso y se me revuelve el estómago. Seguramente no piensa… ¡No puede dar ese salto!
Sale volando por los aires y yo me abrazo a su cuerpo, preparándome para la peor descarga eléctrica del mundo. Morir frita.
Supongo que es una forma como otra cualquiera de morir.
Entonces siento un golpe seco y abro los ojos de golpe. Lo hemos conseguido.
¿Lo hemos conseguido?
Miro por encima del hombro, con el corazón en un puño. De verdad que lo hemos conseguido.
Veo árboles en el horizonte. El lobo se dirige hacia ellos.
Bien. Pero todavía no estamos fuera de peligro. Aún tenemos que correr mucho más para poner suficiente distancia entre esa mansión y nosotros. Espero que el lobo tenga fuerzas para hacerlo.
Mis propias fuerzas se desvanecen rápidamente. Incluso seguir agarrada se está convirtiendo en un problema. Apoyo la cabeza en su cuello y cierro los ojos. Espero no desmayarme y caerme. Espero que no me deje atrás si lo hago.
Mi agarre en su pelaje se debilita.
El susurro de las hojas a mi alrededor me dice que hemos llegado al bosque. El lobo sigue adelante y siento una punzada de culpa. Debe de estar cansado. Ya no viene nadie detrás de nosotros, pero no soy tan estúpida como para creer que se han rendido.
La cabeza me palpita. Estoy empezando a perder la concentración.
Toda la fuerza de voluntad del mundo no me permitirá aguantar más. Siento que mis dedos aflojan el agarre, y entonces caigo.
El mundo se oscurece a mi alrededor y no puedo hablar. Siento la lengua pastosa en la boca.
Mis hombros son lo primero que golpea el suelo y me sumerjo en una oscuridad total.
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