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LA NUEVA ERA - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 El Primer Día
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1: El Primer Día 1: El Primer Día El sol se escondía tras las montañas, tiñendo el cielo de un tono anaranjado oscuro.

Marcos, un joven de 19 años con ojos oscuros que reflejaban su inquietud, miraba fijamente la televisión.

Los reportes sobre la extraña enfermedad que se extendía rápidamente por la ciudad lo llenaban de preocupación.

Su mente estaba en su familia, que había salido a la ciudad ese mismo día.

Su padre, un hombre experimentado en supervivencia, le había enseñado técnicas para sobrevivir en situaciones extremas.

Desde joven, Marcos había aprendido a usar cuchillos, encender fuego sin cerillas y construir refugios improvisados.

Ahora, su instinto de supervivencia comenzaba a tomar el control.

Recordaba la última conversación con su padre: —Siempre debes estar preparado, hijo.

Nunca sabes cuándo puede ocurrir algo.

Sus padres habían salido a la ciudad para comprar suministros, pero no habían regresado.

La ansiedad crecía en su pecho como una sombra que se extendía cada vez más.

Mientras preparaba su mochila con comida enlatada, agua, el botiquín de primeros auxilios y su navaja de confianza, los reportes en la televisión se volvían cada vez más alarmantes.

La enfermedad, que al principio parecía una gripe común, rápidamente se convertía en algo mucho más siniestro.

Los síntomas incluían fiebre alta, delirios y, finalmente, un comportamiento agresivo y violento.

Las imágenes de los infectados atacando a cualquiera a su alrededor eran aterradoras.

La situación se salía de control en cuestión de horas.

Marcos intentó contactar a su familia y amigos, pero las líneas telefónicas estaban saturadas y las redes sociales se llenaban de rumores y pánico.

Sabía que tenía que actuar rápido.

Cerró las ventanas y puertas de su casa, asegurándose de que no hubiera ninguna entrada para los infectados.

Su hogar, que una vez fue un refugio seguro, ahora se sentía como una trampa.

Antes de salir, dejó una nota para su madre y su padre: Nota: Salí a la ciudad para buscarlos.

Como no tengo noticias, decidí ir a buscarlos.

La ciudad está lejos, así que dormiré en el bosque esta noche.

Seguiré mi camino temprano mañana.

Espero encontrarlos pronto.

Con amor, Marcos Con una última mirada a su hogar, Marcos salió a las calles desiertas.

Decidió dormir en el bosque cerca de la ciudad, utilizando una técnica que su padre le había enseñado: dormir en un árbol para mayor seguridad.

Encontró un roble robusto y pasó la noche en una de sus ramas, envuelto en una manta y con su navaja cerca.

En la oscuridad, mientras el viento silbaba entre las hojas, Marcos no podía dejar de pensar en sus padres.

¿Dónde estarían?

¿Estarían bien?

¿Qué estaba pasando realmente?

Y, sobre todo, ¿qué le esperaba en la ciudad?

Con esos pensamientos rondando su mente, decidió cerrar los ojos e intentar dormir.

Al día siguiente, con el primer rayo de sol, Marcos retomó su camino hacia la ciudad, sin saber qué lo esperaba.

La Ciudad del Caos Al entrar en la ciudad, un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Sentí miedo, un sentimiento indescriptible.

La ciudad que solía visitar con mi familia para comprar suministros estaba destrozada.

Los edificios estaban en ruinas, los autos volcados y el aire olía a muerte.

A medida que avanzaba por las calles, vi cuerpos esparcidos por el suelo.

Algunos estaban destrozados, con sus entrañas al descubierto; otros parecían haber sido abandonados en plena huida.

El horror fue demasiado.

Me llevé una mano a la boca, pero no pude evitarlo: vomité al costado de la calle.

Respiré hondo, intentando calmarme, cuando escuché un grito desgarrador.

—¡Ayuda!

¡Por favor, alguien ayúdeme!

Era la voz de una mujer, proveniente de un edificio cercano.

Sin pensarlo, corrí en su dirección.

Al llegar, lo que vi me dejó paralizado: un grupo de figuras humanas se movía lentamente dentro del edificio.

Pero no eran personas…

sus cuerpos estaban cubiertos de sangre, con pedazos de piel colgando de sus extremidades.

Su carne podrida emitía un olor nauseabundo.

Al parecer, no me habían notado todavía, pero cuando uno de ellos giró la cabeza y me vio, dejó escapar un gruñido inhumano.

En un instante, todos se abalanzaron sobre mí.

Mi instinto me gritó que corriera.

Busqué desesperadamente una salida y vi una escalera de emergencia en el costado del edificio.

Justo cuando pensaba que no tenía oportunidad, alguien desde arriba me gritó: —¡Aquí!

¡Salta a la escalera!

Sin pensarlo dos veces, corrí hacia ella.

Me impulsé con todas mis fuerzas y logré aferrarme a uno de los peldaños.

Subí lo más rápido que pude, sintiendo a los zombis forcejeando debajo de mí.

En cuanto llegué a la ventana, la persona que me había llamado me agarró del brazo y me ayudó a entrar.

Con un fuerte golpe, soltó la escalera, dejándolos atrapados abajo.

—¿Estás bien?

¿Te lastimaste al subir?

Me sacudí el polvo de la ropa y respiré hondo, tratando de recuperar el aliento.

—Estoy bien… gracias.

El hombre me observó con una leve sonrisa.

—Me llamo Carlos, soy bombero.

—Yo soy Marcos —respondí, aún jadeando.

Carlos me llevó a una sala donde un grupo de personas estaba reunido.

Vi a una mujer de rostro amable abrazando a dos niños pequeños que me miraban con curiosidad.

—Ella es María, y estos son Juan y Sofía —dijo Carlos, señalándolos.

La mujer se acercó y, para mi sorpresa, me abrazó con fuerza.

—Gracias por venir —susurró—.

Estábamos desesperados.

También me presentó a los demás: un anciano llamado Don Pedro y una joven llamada Laura, que tenía una herida en la pierna.

Con el paso de los días, me fui acercando a los niños.

Juan y Sofía eran curiosos y juguetones, y me recordaban a mi infancia.

María me contó que habían perdido a su padre cuando todo comenzó y que solo querían encontrar un lugar seguro.

Carlos me explicó que habían hallado aquel edificio abandonado y lo convirtieron en un refugio improvisado.

Tenían suministros para varios días, pero sabían que no podían quedarse allí para siempre.

La noche siguiente, nos reunimos alrededor de una pequeña fogata que Carlos encendió en una habitación con ventilación.

María nos contó historias de antes del apocalipsis, y los niños rieron y jugaron como si por un momento el horror del exterior no existiera.

Pero la realidad nos golpeó de nuevo cuando un fuerte ruido retumbó en la puerta.

BAM BAM BAM Los zombis habían encontrado nuestro refugio.

—¿Qué vamos a hacer?

—preguntó Laura con voz temblorosa.

Carlos miró a María y luego a mí.

—Tenemos que encontrar un lugar más seguro… y rápido.

El corazón me latía con fuerza.

Miré a las personas que estaban conmigo y supe que no podía dejarlas morir.

Tenía que hacer algo.

Tomé aire y dije con firmeza: —Yo tengo una idea.

Conozco un lugar que podría ser seguro.

María me miró con esperanza.

—¿Dónde?

—Confíen en mí.

Nos miramos unos segundos.

No había otra opción.

Y así, comenzamos a planificar nuestra huida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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