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LA NUEVA ERA - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Puertas Cerradas
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10: Puertas Cerradas 10: Puertas Cerradas Después de explorar el edificio por unas horas, a Marcos le pareció raro que no hubiera zombis y le resultó muy extraño, pero decidió no darle importancia y volver con Juan para seguir caminando a otra zona.

Las chicas también lo encontraron raro, pero decidieron seguir a Marcos para salir del edificio, ya que la vista era desagradable.

Mientras salían del hospital, dejaban atrás una cantidad de cadáveres, tanto de hombres como de mujeres y niños.

Marcos, al salir del hospital junto a su grupo, se dirigió donde estaba Juan y le dijo: —No hay suministros en el hospital.

Juan, al escucharlo, se enojó, pero mandó a sus hombres que lideraran el camino y dijo que tenían que seguir avanzando.

Marcos y su grupo siguieron avanzando, sabiendo que algo raro pasaba.

Después de horas de caminar y cuando el sol ya se estaba escondiendo, Juan ordenó: —Hay que encontrar un refugio.

Dense prisa.

Unas horas después, antes de que el sol cayera por completo, lograron llegar a una base de supervivientes.

Juan sonrió al saber que podría aumentar su número de hombres y esclavos y golpeó la puerta de la base para ver si alguien contestaba.

Después de un rato, una voz habló detrás de la puerta: —¿Quiénes son?

No saben que esta es una zona peligrosa para caminar con tantas personas.

—Solo buscamos refugio —respondió Juan—.

Si nos permiten quedarnos y hablar con su líder, les podemos dar algunas cosas que quizás les sirvan.

La persona detrás de la puerta pensó por un momento y luego dijo: —Lo veré con nuestro líder.

Si él lo permite, haremos un trato.

Juan aceptó y esperó pacientemente.

Después de un rato, la puerta se abrió y la misma persona les indicó: —Sígannos y no hagan nada raro, o abriremos fuego contra todos.

Juan obedeció la orden y mandó que todos entraran.

Al ver lo que había del otro lado, se quedó impresionado: no solo tenían muchas armas, sino también muchos suministros.

“¿Quiénes son?”, pensó.

Marcos y su grupo entraron muy tranquilos, ya que era una oportunidad para negociar con el líder o al menos conseguir una oportunidad de escapar.

Marcos miró a sus compañeras.

Las chicas, al verlo, supieron que algo estaba planeando y solo asintieron con la cabeza mientras entraban.

El Precio de la Supervivencia Después de un rato, Juan y su grupo fueron a ver al líder de la base para negociar algunas cosas.

Marcos y su grupo se acercaron a una de las personas del grupo de supervivientes y le preguntaron si se podría hacer un intercambio.

El hombre los miró y respondió: —Después podrán hablar con Ricardo para ver si tienen algo que le interese.

Si es así, tengan por seguro que aceptará su intercambio.

Marcos y su grupo se dirigieron a la zona donde fueron llevados y se sentaron a descansar.

—Tengo hambre —dijo Silvia.

—Yo igual —respondió Lara.

Ana miró su mochila y comentó: —Solo me quedan dos latas de comida.

Marcos las observó y dijo: —Primero tenemos que cambiar algo que tengamos para conseguir comida y agua.

Luego les preguntó si tenían algo que pudieran intercambiar.

—Mi mochila está vacía —dijo Lara.

—Tengo partes de computadoras, como discos duros y RAM, pero nada más —respondió Silvia.

Ana dudó por un momento antes de decir: —Tengo un celular viejo que funciona, pero no tiene cargador.

Por eso está apagado, aunque aún le queda un 20% de batería.

Marcos pensó que quizás tenían una oportunidad de conseguir suministros.

A pesar de ser un celular viejo, aún funcionaba y podía ser útil de varias formas.

Entonces, para negociar, decidió mostrar las partes de computadora y el celular que todavía tenía batería.

Estoy seguro de que lo más valioso es el celular, ya que ese modelo tiene señal en cualquier parte.

Eso nos da una buena oportunidad de conseguir recursos.

La Negociación Mortal Después de un rato, Juan y su grupo regresaron de hablar con el líder y se veían muy enojados.

Uno de los supervivientes del otro grupo llamó a Marcos y su equipo para negociar.

—Ricardo quiere ver qué tienen para ofrecer.

Juan y los demás los miraron con rabia, dejando claro que la negociación con el líder no había sido favorable para ellos.

Marcos y su grupo siguieron su camino, decididos a conseguir suministros.

Mientras tanto, Juan discutía con sus hombres.

—Nos están pidiendo dos cajas de suministros solo por quedarnos una noche —gruñó uno de ellos—.

No nos dieron otra opción.

—¿Y qué haremos si Marcos consigue algo en su intercambio?

—preguntó otro.

Juan sonrió con malicia.

—Si consiguen bastante, se lo quitaremos todo.

Así recuperamos lo que perdimos.

Se cruzó de brazos y añadió: —Por cierto, ¿cuántos hombres nos quedan?

—Solo diez leales a nosotros.

Marcos y su grupo son cuatro, el resto murió en el camino.

Juan volvió a sonreír.

—Tengo un plan.

Iremos con este grupo a un laboratorio cercano.

El líder de la base busca a su hermano y acepté acompañarlo hasta allí.

En ese momento, lo tomaremos de rehén, mataremos a Marcos y nos quedaremos con las chicas para nuestra diversión.

¿Entendido?

Los hombres de Juan rieron junto con él, sus expresiones llenas de locura.

Mientras tanto, Marcos y su grupo llegaron a una sala donde un hombre alto miraba un mapa, planificando una ruta.

Marcos se acercó y le dijo: —Si planea ir al laboratorio, le conviene tomar la ruta por el túnel.

Aunque haya zombis, es más segura que las otras.

Las demás están llenas de cadáveres en descomposición y podrían estar contaminadas.

El hombre lo miró con curiosidad.

—Me sorprende que sepas eso —dijo, presentándose como Ricardo.

Marcos estrechó su mano.

—Lo sé gracias a una persona de mi grupo.

Llamó a las chicas para que se presentaran.

Lara fue la primera, seguida de Ana.

Finalmente, Silvia tomó la palabra.

—Los zombis que mueren, después de unos días, empiezan a liberar toxinas que pueden contagiar a las personas con el virus —explicó—.

Lo descubrimos en el hospital que investigamos.

Algunos cuerpos comenzaban a liberar un vapor verde, pero no nos acercamos.

Hizo una pausa y concluyó con seguridad: —Estoy convencida de que ese vapor es una nueva forma de contagio.

Ricardo quedó impactado por la información.

—Gracias por compartir esto.

Ahora, tengo entendido que quieren hacer un intercambio.

¿Qué tienen para ofrecer?

Marcos tomó la palabra.

—Tengo un celular viejo con batería, pero sin cargador.

Con este modelo pueden obtener señal en cualquier parte y contactar a alguien con un teléfono similar o con una radio en la misma frecuencia.

También tengo piezas de computadora que podrían servir para armar una.

Ricardo cruzó los brazos, tentado por la oferta.

—El celular me interesa.

Pero las piezas de computadora no nos sirven mucho.

No tenemos a nadie capaz de sacarles provecho.

Marcos asintió.

—Podemos negociar solo por el celular, pero necesito suministros a cambio.

—¿Cuántos?

—preguntó Ricardo.

—Al menos 15 latas de comida enlatada.

Y si aceptas, te daré información importante antes de que vayas al laboratorio.

Falsas Promesas Ricardo lo pensó por un momento, sus ojos fijos en los de Marcos, evaluando la situación antes de hablar.

—Está bien —dijo finalmente—.

Dime la información primero.

Si me sirve, te daré quince latas de comida y algunas cosas más.

Solo si es útil para mí, ya que como líder es mi deber cuidar a mis hombres.

Marcos, sorprendido por la revelación de que Ricardo era el líder del grupo, asintió sin dudar.

No era el momento para cuestionarlo.

Necesitaban los suministros.

Marcos y las chicas comenzaron a explicar rápidamente: —Cuando investigábamos el hospital, no encontramos ningún zombi —dijo Marcos—.

Había cadáveres, sí, pero nada que nos atacara.

Eso solo puede significar dos cosas: Los zombis son personas que están muertas y su cuerpo se está descomponiendo, así que es cuestión de tiempo para que mueran solos.

Puede haber algo más peligroso que los zombis, quizás versiones más fuertes o algo más.

Ricardo los miró con seriedad, su rostro imperturbable, pero su mirada se endureció cuando mencionaron la segunda posibilidad.

—¿Te refieres a los zombis mutantes?

—preguntó, la voz grave y fría—.

Son más fuertes, más rápidos, y además pueden tener habilidades únicas.

He peleado con algunos de esos.

He visto cómo algunos incluso pueden generar ácido en sus cuerpos.

Pero no son invencibles.

Son más difíciles de matar, pero no invencibles.

Si hay un zombi mutante por la zona, eso sí es un problema.

Dependiendo del tipo y sus habilidades, podría ser un gran peligro.

Marcos asintió con la cabeza, aunque un escalofrío recorrió su espalda al escuchar la descripción.

—Exactamente —afirmó—.

Nuestra información te será útil, ¿verdad?

Ricardo no respondió inmediatamente.

En cambio, cruzó los brazos y los observó durante un largo rato.

Finalmente, sonrió levemente.

—Sí.

De hecho, les daré más cosas, ya que su información resultó muy útil.

Esperen aquí, voy a buscar los suministros para terminar el trato.

Mientras Ricardo se alejaba, un silencio incómodo se instaló entre el grupo de Marcos.

Silvia observó a su alrededor con desconfianza, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde de su chaqueta.

Ana frunció el ceño, como si estuviera analizando cada detalle de la conversación.

—No me gusta —dijo Silvia en voz baja—.

No confío en este tipo.

—Es cierto —respondió Marcos, sintiendo el peso de la desconfianza que se había instalado en su pecho—.

Aún no sabemos si todo esto es una trampa.

—¿Por qué no le pediste más comida?

—preguntó Ana, con una mirada que reflejaba la misma incertidumbre.

—Si nos está dando tantas cosas, tal vez podemos conseguir más.

Marcos negó con la cabeza.

—No podemos arriesgarnos a que se vea demasiado obvio.

Si le pedimos más, podría empezar a sospechar que estamos planeando algo.

Pero lo que me preocupa es lo que dijo sobre los zombis mutantes.

Nos está dando mucha información a cambio de algo tan simple como un teléfono y unos mapas.

Eso no suena bien.

Silvia suspiró.

—De todas formas, no tenemos muchas opciones.

Ya veremos qué pasa.

Ricardo regresó poco después, trayendo consigo una caja con suministros.

Colocó las latas de comida en el suelo con un gesto calculado.

—Aquí tienen lo que pedí.

Quince latas de comida, cinco botellas de agua y un cuchillo.

No es mucho, pero espero que eso les sirva.

Marcos no pudo evitar sentirse sorprendido.

No esperaba tanto.

—Esto es más de lo que esperaba —dijo, sin ocultar su sorpresa.

Ricardo se cruzó de brazos, su mirada fija en ellos.

—Les daría mucho más si su información fuera aún más valiosa.

Pero ya saben, soy un hombre de palabra.

Y, sobre todo, no soy tonto.

Y ahora, tengo una pregunta para ustedes.

Silvia, ¿dijiste que eres científica?

Silvia lo miró con cautela, pero asintió lentamente.

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Solo curiosidad —respondió Ricardo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Había algo inquietante en su tono, como si estuviera calculando algo más grande que una simple conversación.

El ambiente se tensó un poco más, pero Marcos decidió no presionar.

—Bueno, ya que mencionas curiosidad, ¿podrías darnos un mapa más actualizado por dos latas de comida?

—preguntó Marcos, con voz firme, sin esperar que Ricardo aceptara.

Ricardo se quedó inmóvil por un momento, su rostro impasible.

Luego, estalló en una risa baja, casi burlona.

—Me estás ofreciendo las mismas latas de comida que yo ya les di.

¿De verdad piensan que voy a caer en esa trampa?

Marcos lo miró fijamente, sin cambiar su expresión.

—Solo pensé que sería un buen intercambio, Ricardo.

Ricardo se calmó, pero la sonrisa que le dedicó a Marcos fue fría y calculadora.

—Está bien, no me haría mal dárselos.

Ven, les daré unos mapas.

No hace falta que me den nada más, ya que la información sobre las toxinas que liberan los zombis cuando mueren ya es suficiente.

Pero, como les dije, si quieren algo más, tendrán que ganárselo.

Por ahora, les doy lo que pidieron.

Ricardo fue a buscar una carpeta con varios mapas y la entregó sin más palabras.

Marcos los tomó con cautela, asegurándose de que nadie los viera.

—Gracias —dijo, tomando los mapas con una mezcla de gratitud y desconfianza.

Ricardo los miró fijamente.

—Prepárense.

Partiremos al anochecer.

Asegúrense de estar listos para lo que venga.

Marcos y su grupo asintieron sin dudar.

Aunque los suministros eran una ventaja, una sombra de desconfianza seguía acechando en el aire.

Antes de irse, Marcos le dijo a las chicas que guardaran las latas de comida en sus mochilas y se aseguraran de ocultar bien el cuchillo.

No querían que los demás pensaran que habían conseguido algo más de lo que realmente habían obtenido.

Al salir de la zona de intercambio, Juan los observó con una mirada burlona, claramente sin creer que habían conseguido algo valioso.

—¿Para qué necesitan una caja si no consiguieron nada?

—preguntó, casi riendo con desdén.

Marcos lo miró con calma, sin inmutarse.

—No pudimos conseguir suministros, así que solo tomamos la caja para usarla como leña para hacer fuego —respondió con tranquilidad, antes de alejarse.

Juan, convencido de que no había nada que valiera la pena robarles, se alejó sin pensarlo dos veces, lanzando una última mirada a las chicas.

Marcos y Lara lo observaron irse, sintiéndose aliviados de haberlo engañado.

—Vamos a descansar —dijo Silvia, exhalando pesadamente, aliviada de la tensa negociación.

Encontraron un lugar cómodo para sentarse y hacer un pequeño fuego con ramas secas.

Marcos, con cuidado, sacó una lata de comida y la abrió, compartiéndola con las chicas.

Intentaba mantener la calma, pero algo en el aire le decía que las cosas estaban lejos de ser simples.

—Por ahora comeremos esto para no levantar sospechas —dijo Marcos en voz baja—.

Los mapas que escondí en mi mochila serán útiles más adelante.

Tal vez el grupo de Ricardo sea nuestra oportunidad para escapar de Juan.

¿Qué piensan?

Silvia, aunque aliviada, seguía con la mirada fija en el fuego, sus dedos jugando con su chaqueta.

—No sé, Marcos.

A pesar de que conseguimos lo que queríamos, algo no me gusta de todo esto.

No puedo confiar tan rápido en Ricardo.

Ana suspiró, mirando hacia el horizonte con desconfianza.

—Yo también siento que algo no cuadra.

Lara cruzó los brazos, con los ojos entrecerrados, como si algo estuviera rondando en su mente.

—Creo que Ricardo no es del todo de fiar.

Mientras tú negociabas, vi que uno de sus hombres tramaba algo.

Puede que sean peores que Juan.

Marcos asintió, preocupado.

El aire se volvía cada vez más pesado con la sensación de que el peligro estaba más cerca de lo que imaginaban.

—Si es así, apenas lleguemos al laboratorio, tendremos que buscar la manera de escapar.

Ahora tenemos que descansar.

Mañana, sí o sí, nos iremos de aquí.

Las chicas asintieron con determinación.

Nadie decía nada, pero todos sabían que el futuro era incierto.

Lo único claro era que no podían confiar en nadie más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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