LA NUEVA ERA - Capítulo 13
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13: Refugio entre Sombras 13: Refugio entre Sombras Después de su intensa conversación sobre el futuro inmediato, el grupo decidió que debían moverse rápidamente hacia su próximo objetivo: un pequeño pueblo donde esperaban encontrar más recursos y, con suerte, respuestas sobre el virus.
Ana había escuchado rumores de que el pueblo albergaba a un científico que podía tener información crucial.
—Tenemos que ser rápidos y cuidadosos —dijo Marcos, revisando el mapa bajo la luz del amanecer—.
Este lugar está a unos días de distancia, pero si nos organizamos bien, llegaremos sin demasiados problemas.
El sol ascendía con parsimonia, pintando el cielo con tonos anaranjados y rosados.
El grupo comenzó su viaje a través del bosque, un lugar que, a pesar del caos que reinaba en el mundo, seguía lleno de vida.
Los trinos de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas creaban una sinfonía natural que los acompañaba en su camino.
La luz del sol se filtraba a través del denso follaje, proyectando sombras en constante movimiento.
Marcos lideraba el grupo, mapa en mano, asegurándose de que mantenían el rumbo correcto.
—Sigamos hacia el este por esta ruta.
Nos sacará del bosque y nos llevará a la carretera principal —dijo, señalando una línea curva en el mapa.
Lara caminaba a su lado, su mirada alerta escaneando los alrededores.
—Nunca se sabe qué podría estar acechando en estos bosques.
Más vale estar preparados para cualquier cosa.
Detrás de ellos, Silvia y Ana avanzaban juntas, hablando en voz baja sobre sus experiencias.
Silvia relataba anécdotas de sus días en el laboratorio, mientras Ana compartía las enseñanzas y consejos de su abuelo.
Cada palabra revelaba un poco más sobre sus personalidades y fortalezas, fortaleciendo el vínculo entre ellas.
Pronto, los árboles comenzaron a espaciarse y el bosque dio paso a un campo abierto.
Las altas hierbas ondulaban con la brisa, y flores silvestres de vivos colores punteaban el paisaje.
En la distancia, una pequeña carretera serpenteaba entre colinas y valles.
—Es hermoso —comentó Lara, deteniéndose un momento para apreciar la vista—.
Es difícil creer que el mundo esté en ruinas cuando ves algo así.
Marcos asintió, guardando el mapa.
—Es un recordatorio de lo que estamos luchando por preservar.
Pero no podemos detenernos mucho tiempo.
A medida que avanzaban, las evidencias del colapso del mundo eran imposibles de ignorar: coches abandonados, casas en ruinas y caminos desmoronados.
Cada escena era un recordatorio de la fragilidad de su situación.
Una pausa necesaria Durante una parada para descansar, el grupo se sentó en un círculo, compartiendo las escasas provisiones que llevaban.
—Debemos racionar nuestra comida con cuidado —dijo Marcos, abriendo una lata de frijoles—.
No sabemos cuánto tiempo nos tomará llegar al pueblo.
Ana ascendiendo mientras sacaba una botella de agua de su mochila.
—Cada gota y cada bocado cuentan.
Es mejor que nos acostumbremos a esta nueva realidad.
Para aliviar la tensión, compartieron historias y anécdotas.
Silvia recordó una ocasión en la que un experimento en su laboratorio salió mal, provocando una lluvia de espuma que terminó en risas.
—Era un desastre, pero en retrospectiva, fue uno de los días más divertidos —dijo entre risas.
Lara también compartió una historia de su infancia.
—Una vez intenté construir un fuerte en el jardín trasero.
Mi madre fingia no se dio cuenta, pero luego apareció con mantas y almohadas para ayudarme a mejorarlo.
Aunque las risas aliviaron el ambiente, Marcos se encargó de recordarles que debían mantener el enfoque.
—Es bueno recordar los buenos tiempos, pero no podemos bajar la guardia.
No sabemos lo que nos espera.
Un claro y una decisión El camino los llevó a un valle estrecho, flanqueado por colinas cubiertas de vegetación densa.
La atmósfera se volvió más opresiva, y el grupo avanzó en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
Al llegar a una intersección, Marcos consultó el mapa nuevamente.
—Tomemos la carretera a la izquierda —dijo—.
Es más larga, pero menos peligrosa.
Ana miró hacia la distancia, buscando alguna señal de vida.
—Esperamos que este científico realmente tenga respuestas.
Necesitamos toda la ayuda posible.
Una noche de calma Con el sol descendiendo en el horizonte, el grupo encontró un claro junto a un arroyo donde decidieron acampar.
El murmullo del agua y el crepitar de la fogata les ofrecían un raro momento de paz.
—Es sorprendente cómo algo tan simple como un fuego puede traer tanta tranquilidad —comentó Lara, observando las llamas danzantes.
—Nos recuerda que aún hay cosas buenas en este mundo —respondió Silvia—.
Incluso en medio del caos.
Marcos se giró hacia Ana, quien observaba pensativa el fuego.
—Mañana llegaremos al pueblo.
¿Estás segura de que este científico puede ayudarnos?
Ana suspiró, con una mezcla de esperanza y duda en su voz.
—No estoy segura, pero es nuestra mejor opción en este momento.
Debemos intentarlo.
Con la promesa de un nuevo día, el grupo cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio y la esperanza de encontrar respuestas al final del camino.
Mientras el fuego seguía crepitando suavemente, el amanecer prometía traer un nuevo capítulo en su viaje.
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