LA NUEVA ERA - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Sobrevivientes en el Desastre
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2: Sobrevivientes en el Desastre 2: Sobrevivientes en el Desastre —Yo tengo una idea —dije, mirando a los demás—.
Conozco un lugar que podría ser seguro.
Está cerca y podríamos convertirlo en nuestra base.
María me miró con esperanza.
—¿Dónde?
Le dediqué una leve sonrisa, tratando de infundir confianza.
—Confíen en mí.
Carlos, el bombero, asintió con decisión.
—Vamos, yo dirigiré el camino.
Tengo un hacha.
Síganme por la salida de emergencia.
María, Juan, Sofía, Don Pedro, Laura… tenemos que salir de aquí ya.
María se inclinó hacia los niños y les tomó las manos con suavidad.
—Vamos, Juan, Sofía, tenemos que irnos.
Los pequeños se levantaron con miedo reflejado en sus rostros.
Sus ojos grandes y asustados me hicieron pensar en lo difícil que era para ellos entender todo lo que estaba pasando.
Me agaché frente a ellos, intentando aligerar la tensión.
—¿Quieren escuchar un chiste?
—pregunté con una sonrisa.
Ambos parpadearon sorprendidos, sin responder.
—¿Por qué el zombi fue al médico?
Juan frunció el ceño y preguntó, curioso: —¿Por qué?
—Porque tenía un virus.
Los niños se rieron nerviosamente.
Carlos miró hacia la salida y levantó una mano para pedir silencio.
Su expresión se tensó.
—Hay un zombi adelante.
Todos contuvimos la respiración.
La criatura tambaleante aún no nos había visto.
Carlos, sin dudarlo, apretó con fuerza el mango de su hacha y corrió hacia él.
Con un movimiento rápido y preciso, descargó el filo del arma sobre su cabeza.
Un sonido seco y húmedo se escuchó al hundirse en el cráneo.
El cuerpo cayó pesadamente al suelo.
Carlos respiró hondo y limpió el hacha contra su pantalón.
—Sigamos —susurró, haciendo una señal para que lo siguiéramos.
María, temblorosa, apartó las manos con las que había cubierto los ojos de Juan y Sofía.
No quería que vieran esa escena, pero era inevitable que, tarde o temprano, entendieran la realidad en la que vivíamos.
Nos apresuramos a salir del edificio y comenzamos a alejarnos lo más rápido posible.
La ciudad, devastada, parecía un cementerio de edificios en ruinas.
Carlos rompió el silencio.
—¿Dónde está el lugar seguro que dijiste?
—Síganme —respondí—.
Es un lugar que solía visitar cuando era niño con mis amigos.
A medida que avanzábamos, mis recuerdos me guiaban.
Entonces, al dar la vuelta en una calle estrecha, lo vi.
—Es allí —dije, señalando un edificio entre las sombras del atardecer—.
La escuela donde solía jugar cuando era niño.
Está abandonada y podría ser segura.
Los demás me miraron con esperanza.
Carlos asintió.
—Vamos, tenemos que llegar antes de que caiga la noche.
Y con ese pensamiento, aceleramos el paso, con la incertidumbre pisándonos los talones La Escuela Abandonada—La escuela está justo adelante —dije, señalando el edificio con el dedo.
La estructura antigua se alzaba frente a nosotros, sus ventanas rotas y paredes desgastadas por el tiempo daban la impresión de haber sido abandonada por años.
Aun así, dentro de todo el caos que nos rodeaba, se veía como la mejor opción.
Carlos escaneó la zona con la mirada, evaluando cualquier posible peligro.
—Parece seguro… por ahora —murmuró, con el hacha lista en su mano.
María se acercó con Juan y Sofía aferrados a su ropa.
La preocupación se reflejaba en su rostro.
—¿Estás seguro de que esto es una buena idea, Marcos?
—preguntó en voz baja.
Asentí con confianza.
—Sí, conozco esta escuela como la palma de mi mano.
Hay un sótano donde podemos refugiarnos y una salida de emergencia si necesitamos huir.
Don Pedro, que había permanecido en silencio hasta ahora, frunció el ceño.
—¿Y qué hay de la comida y el agua?
—inquirió con tono grave.
—El comedor de la escuela podría tener algo útil —respondí—.
Tal vez encontremos provisiones.
Laura, que estaba observando la zona con atención, levantó una mano señalando algo en la distancia.
—¿Qué es eso?
Todos seguimos la dirección de su dedo.
Una figura se movía en la penumbra de la calle.
No caminaba como los zombis que habíamos visto antes.
Su silueta era más grande, su postura más firme, como si estuviera buscando algo.
Carlos tensó la mandíbula.
—No sé qué demonios es, pero no pienso quedarme para averiguarlo.
Entremos.
Nos apresuramos hasta la entrada principal de la escuela.
Carlos alzó su hacha y, con un golpe certero, rompió la cerradura de la puerta.
La madera crujió y la puerta se abrió con un chirrido inquietante.
Uno a uno, nos deslizamos al interior.
Carlos fue el último en entrar y cerró la puerta con cuidado.
El aire dentro estaba viciado por el polvo y la humedad.
La luz tenue del atardecer se filtraba por los cristales rotos, proyectando sombras largas y amenazantes en el suelo.
Todos nos quedamos en silencio cuando, a través de una de las ventanas, vimos cómo la criatura que Laura había señalado pasaba lentamente por la calle.
Ahora que estaba más cerca, su tamaño era aún más evidente.
Era mucho más grande y corpulento que los zombis normales.
Sus músculos deformados y su piel llena de llagas hacían que pareciera una aberración.
Apreté los dientes y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Después de unos segundos eternos, la criatura siguió su camino sin percatarse de nuestra presencia.
Carlos exhaló aliviado y miró al grupo.
—¿Qué demonios era eso?
Nadie tenía una respuesta.
Don Pedro fue el primero en romper el silencio.
—No importa qué era.
Lo que importa es asegurarnos de que no pueda entrar aquí.
Tenemos que atrancar la puerta y revisar la escuela.
María asintió.
—Es una buena idea.
Yo llevaré a Juan y Sofía para revisar algunas aulas.
Tal vez encontremos algo útil.
Laura se acomodó la mochila en el hombro.
—Yo revisaré el comedor en busca de comida o agua.
Carlos miró a Don Pedro y a mí.
—Bien.
Mientras tanto, Marcos y Don Pedro, atranquemos la puerta.
No quiero sorpresas desagradables esta noche.
Todos asintieron y nos pusimos manos a la obra.
Cada uno tenía una tarea.
Sabíamos que no teníamos tiempo que perder si queríamos que la escuela se convirtiera en nuestro refugio seguro.
La noche se acercaba, y con ella, el peligro acechaba en cada sombra.
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