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LA NUEVA ERA - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Refugio y Revelaciones
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3: Refugio y Revelaciones 3: Refugio y Revelaciones Mientras Marcos, Don Pedro y Carlos aseguraban la entrada, María, junto a Juan y Sofía, exploraba el edificio.

Laura, por su parte, se dirigió al comedor en busca de provisiones.

Los pasillos de la escuela, cubiertos de polvo y escombros, eran testigos mudos de un pasado abandonado.

Laura revisó los cajones de la cocina, los armarios y las estanterías, pero no encontró nada útil.

Justo cuando estaba a punto de darse por vencida, notó una pequeña puerta al fondo del comedor.

Empujó con cautela y descubrió una despensa completamente abastecida.

Había estantes llenos de comida enlatada y paquetes de agua potable, suficientes para sobrevivir durante al menos tres años.

Sus ojos se abrieron con asombro.

—¿Cómo es posible?

—murmuró, recorriendo con la mirada la increíble cantidad de suministros.

Mientras tanto, María y los niños inspeccionaban las aulas.

No encontraron mucho más que pupitres rotos y pizarras cubiertas de polvo, pero en una de las salas de mantenimiento descubrieron algo inesperado: un generador y varios bidones de gasolina.

—Al menos tendremos luz —susurró María con alivio.

Cuando cayó la noche, el grupo se reunió alrededor de una pequeña fogata que Carlos había encendido con madera vieja.

El fuego titilaba suavemente, proyectando sombras en las paredes.

María compartió su hallazgo.

—Encontramos un generador y algo de gasolina —dijo—.

Al menos podremos tener algo de electricidad.

Laura, aún impresionada, habló después.

—Y en el comedor encontré comida y agua, más de lo que podríamos necesitar.

Es increíble.

Todos se quedaron boquiabiertos ante la noticia, excepto Marcos, que ya lo esperaba.

—Nosotros terminamos de atrancar las puertas y las ventanas —informó Carlos, mirando a Don Pedro y a Marcos—.

Ahora estamos mucho más seguros.

El grupo guardó silencio por un momento y luego todas las miradas se posaron en Marcos.

—¿Qué pasa?

—preguntó, confundido.

—Marcos…

—dijo María con cautela—.

¿Qué es este lugar realmente?

¿Cómo es posible que tenga tantos suministros?

Él suspiró y se cruzó de brazos antes de responder.

—Esta escuela cerró hace años por falta de alumnos.

Venía aquí a jugar con mis amigos cuando estaba abandonada.

En algún momento, algunos comerciantes empezaron a almacenar productos aquí.

Compraban mercancía a granel y la guardaban para venderla después.

Supongo que dejaron todo atrás cuando comenzó el caos.

—¿Y el generador?

—preguntó Laura.

—No tengo idea.

Quizás uno de esos comerciantes lo trajo para conservar productos de noche —respondió Marcos.

Carlos intercambió miradas con los demás y luego sonrió.

—No importa el porqué.

Lo importante es que este lugar es seguro y tenemos provisiones.

Laura asintió, emocionada.

—Esto nos da una verdadera oportunidad de sobrevivir.

Don Pedro miró a Marcos con gratitud.

—Estoy muy agradecido de haberte conocido, muchacho.

Nos diste una esperanza cuando más la necesitábamos.

Marcos le sonrió, pero su expresión se ensombreció un poco.

—Gracias, Don Pedro.

Pero… no puedo quedarme.

El grupo se quedó en silencio.

María frunció el ceño.

—¿Cómo que no puedes quedarte?

—Tengo que seguir mi camino.

Hay algo que debo hacer —respondió Marcos con seriedad.

Carlos suspiró y cruzó los brazos.

—Nos has ayudado mucho y te hemos tomado aprecio después de todo lo que pasamos juntos.

Antes de que te vayas, queremos que nos recuerdes.

—¿Cómo?

—preguntó Marcos, curioso.

—Contándote nuestras historias —dijo Carlos con una sonrisa—.

Así sabrás con quién estuviste.

Marcos sonrió y asintió.

—Está bien.

Don Pedro, tú primero.

El anciano tomó una bocanada de aire y comenzó.

—Mi nombre es Don Pedro.

Fui médico antes de que todo esto ocurriera.

Tenía una esposa y dos hijos.

Los perdí en el primer brote.

Me quedé solo… sin nada.

Pero encontré una razón para seguir adelante cuando conocí a Laura.

Desde entonces, hemos luchado juntos.

Laura puso una mano en su brazo con afecto.

Luego, María habló.

—Yo era profesora de escuela antes del apocalipsis.

Mi esposo murió en un accidente de tráfico.

Desde entonces, he estado sola con Juan y Sofía, tratando de encontrar un hogar seguro para ellos.

Carlos continuó.

—Yo fui bombero durante muchos años.

Cuando todo comenzó, pensé que podría proteger a mi familia.

Pero… no fue así.

Los perdí a todos.

Ahora solo intento encontrar un propósito.

Finalmente, Laura tomó la palabra.

—Era estudiante de medicina cuando el mundo colapsó.

Perdí a mi familia y me quedé completamente sola… hasta que encontré a Don Pedro.

Él me ha enseñado mucho.

Se ha convertido en la familia que me arrebataron.

Marcos escuchó en silencio, asimilando cada historia.

—Gracias por compartir esto conmigo —dijo con sinceridad—.

Ahora, es mi turno.

Tomó aire y comenzó.

—Me llamo Marcos.

Nací y crecí en esta ciudad.

Tuve una infancia feliz, con padres amorosos.

Pero cuando cerraron esta escuela, nos mudamos a una cabaña en el bosque.

Mis padres venían aquí de vez en cuando a buscar suministros y me enseñaron todo sobre la supervivencia.

Mi madre es médica y también me enseñó algunas cosas.

Hizo una pausa y bajó la mirada.

—Cuando el brote comenzó, vi las noticias en la televisión y supe que mis padres habían venido a la ciudad en busca de provisiones.

No sé qué les pasó… pero tengo que averiguarlo.

El grupo quedó en silencio.

—Tal vez evacuaron a otra ciudad —sugirió María—.

Muchos lo hicieron.

—Es una posibilidad —agregó Carlos.

—Quédate con nosotros —insistió María—.

No es seguro viajar solo.

Marcos negó con la cabeza.

—Lo siento —dijo, con determinación—.

Tengo que encontrarlos.

No sé si siguen vivos… pero tengo que intentarlo.

Un Nuevo Compañero de Viaje A la mañana siguiente, nos levantamos uno a uno con el sonido tenue del viento colándose por las ventanas rotas.

María trajo comida para todos, repartiendo raciones con una sonrisa cálida.

Observé a mis compañeros mientras desayunaban, compartiendo pequeñas conversaciones y sonrisas.

A pesar del caos del mundo exterior, en ese momento parecía que todo estaba bien.

Me sentí agradecido de haberlos conocido.

Carlos se acercó con una pequeña bolsa en la mano.

—Marcos, te aparté algunos suministros —dijo—.

Si necesitas más, puedes revisarlo en el comedor.

Le dediqué una sonrisa.

—Gracias, Carlos.

Pero no puedo llevar demasiado, mi mochila es pequeña.

Después de arreglar mis cosas y despedirme, todos intentaron una vez más convencerme de quedarme.

—Marcos, aquí estás seguro —dijo María con preocupación.

—Es peligroso allá afuera —añadió Don Pedro.

—Tienes un lugar con nosotros —insistió Laura.

Apreciaba su preocupación, pero mi decisión estaba tomada.

—Gracias por todo —dije con sinceridad—.

Cuídense.

Salí de la escuela con cautela, avanzando por las calles en ruinas.

El silencio era inquietante, roto solo por el sonido del viento y el crujido de escombros bajo mis botas.

Después de caminar un rato, encontré una pequeña tienda abandonada y decidí revisarla en busca de provisiones.

Me moví con sigilo entre los estantes vacíos hasta que, de repente, escuché un ruido detrás de mí.

Me giré de inmediato y vi a una mujer.

Ambos nos quedamos inmóviles, evaluándonos mutuamente.

Sus ojos se abrieron con alarma y dio un paso atrás, lista para huir.

—¿Estás infectado?

—preguntó con desconfianza.

Mantuve la calma y levanté las manos ligeramente en señal de paz.

—Todavía no —respondí con voz tranquila—.

¿Y tú?

—No —dijo, sin bajar la guardia—.

Estoy viajando sola.

La observé con más atención.

Parecía agotada y hambrienta.

Decidí abrir mi mochila y saqué un par de latas de comida, tendiéndoselas.

—Si tienes hambre, toma.

Ella dudó un momento, pero finalmente aceptó la comida.

—Gracias —dijo en voz baja, sin sonreír—.

Me llamo Lara.

Asentí.

—Soy Marcos.

Estoy buscando a mis padres.

No sé si siguen vivos, pero tengo que intentarlo.

Lara me observó con seriedad.

—Yo también estoy buscando respuestas —murmuró.

Guardamos silencio por un momento.

Luego, le hice una propuesta.

—Si quieres, puedes venir conmigo.

O si prefieres, conozco un lugar seguro donde hay sobrevivientes.

Ella me miró con cautela, evaluando mis palabras.

—No sé…

No conozco a nadie aquí.

Le sonreí con tranquilidad.

—No te preocupes.

Te protegeré.

Y juntos podemos encontrar las respuestas que buscamos.

Lara mantuvo la mirada en mí por unos segundos más, como si tratara de decidir si confiar o no.

Finalmente, asintió lentamente.

—De acuerdo.

Iré contigo.

Y así, mi viaje ya no sería en solitario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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