LA NUEVA ERA - Capítulo 33
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Capítulo 33: Vulnerabilidad en silencio
Marcos estaba en la cocina, a punto de preparar algo de comida con las latas de suministros que tenía en su mochila. En ese momento, escuchó a una de las chicas hablar dormida. Por precaución, decidió verificar si no era un zombi. Pero al ver que las tres seguían dormidas, se dirigió hacia la cocina. Pensaba en lo fuerte que era Lara, porque, a pesar de que todas las noches hablaba del día en que perdió a toda su familia, había logrado llevarlo bien hasta ahora. Marcos pensaba que él no sabría cómo lidiar con eso en una situación similar. Con una sonrisa, prosiguió a preparar la comida.
Después de un rato, Lara se despertó. Se levantó sin despertar a Ana ni a Silvia, y se dirigió a la cocina. Al llegar, vio a Marcos sentado en la mesa, desayunando, con una olla de comida en el centro de la mesa. Lara se acercó a él.
Marcos, al darse cuenta de su presencia, le sonrió y le dijo:
—Buenos días, Lara. ¿Tu pierna está mejor?
Lara respondió:
—Sí, al menos ahora puedo caminar sin tu ayuda, jajaja. ¿Y qué hiciste para desayunar, Marcos?
—Nada, abrí una lata de pescado que estaba en mi mochila y revisé las otras de aquí. Todo está bien, no te preocupes. Puedes agarrar un plato y desayunar tranquila —respondió Marcos, sonriendo.
Lara, con una sonrisa, le agradeció y comenzó a comer. Después de unos minutos, Lara le preguntó si se encontraba bien. Marcos no sabía a qué se refería, así que le contestó:
—¿A qué te refieres con “bien”?
Lara, con tono serio, dijo:
—No hemos hablado mucho desde que nos conocimos. He notado que has estado ocultando tus nervios detrás de esa sonrisa falsa.
Marcos se quedó en silencio, sin saber qué responder.
—No sé a qué te refieres con una sonrisa falsa —dijo, tratando de evadir la conversación.
Lara lo miró fijamente y le dijo:
—No sirve de nada mentir más, Marcos. Te conozco desde hace tiempo. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo estaba totalmente destruida y tú me ayudaste a mejorar.
Marcos asintió, recordando.
—Sí, me acuerdo. Nunca imaginé que te ibas a volver tan fuerte. Cuando te conocí, Lara, estabas muy mal mentalmente. Recuerdo que fue un proceso largo de semanas, apoyándote para que pudieras llevar la carga que tenías. Te enseñé algunas técnicas de combate y de supervivencia, pero como no podías dormir, entrenabas técnicas de combate casi toda la noche. Me alegra ver que ahora puedes descansar bien. Hace mucho que no te veía dormir tanto.
Lara lo miró con gratitud.
—Todo fue gracias a tu ayuda, Marcos. Y, por favor, permíteme ayudarte ahora. Desde que conocimos a Silvia y Ana, has actuado como un líder, tomando decisiones para que no estemos en peligro, pero se nota que de alguna manera te está afectando. Permíteme ayudarte.
Marcos, forzando una sonrisa, respondió:
—No sé a qué te refieres.
Lara, mirando con seriedad, dijo:
—Deja de mentir. Estoy preocupada por ti. Por favor, Marcos, cuéntame qué te pasa.
Marcos, tomando aire y dejando caer algunas lágrimas, confesó:
—Tengo miedo. No sé dónde están mis padres. No sé si estoy haciendo lo correcto. Desde que conocí a Silvia y Ana, o desde que nos unimos al grupo de Juan, han pasado cosas que nunca pude haber imaginado. No pude seguir buscando a mis padres. Tengo miedo de que estén muertos. Cuando me enfrenté a Umbral, supe que si no hubiera encontrado el pantano en el mapa, no sé qué hubiera pasado. Era muy fuerte. No estoy seguro de poder proteger a este grupo. Si el virus y los zombis siguen siendo más peligrosos, no sé qué hacer. Pero no quiero darme por vencido. Quiero saber dónde están mis padres. Y quiero ayudar a crear una cura.
Con lágrimas en los ojos, Marcos admitió que tenía miedo y no sabía si podría hacerlo solo.
Lara se levantó de su asiento y lo abrazó.
—No estás solo, Marcos. Tienes un grupo, nos tienes a nosotras. Puedes desahogarte y contarme todas tus preocupaciones. No tienes que cargar todo solo. Tú me ayudaste, me escuchaste y cargaste una parte de mi peso para aliviar mi dolor. Yo haré lo mismo por ti, Marcos. Estaré siempre que lo necesites.
Después de terminar de comer y calmarse, Marcos dijo que iba a lavar los platos que habían ensuciado. Lara le ofreció su ayuda.
—Gracias por estar aquí para mí —dijo Marcos, mirando a Lara con una sonrisa.
—Siempre estaré aquí para ti —respondió Lara con firmeza—, porque tú hiciste lo mismo por mí.
Poco después, Silvia y Ana se despertaron y se dieron los buenos días. Silvia preguntó cuánto tiempo había estado dormida.
—No sé, yo también acabo de despertarme —respondió Ana.
Silvia, levantándose y dirigiéndose a donde estaban los demás, se encontró con Lara, quien le comentó que en la mesa había comida para ella y Ana, por si querían desayunar. Lara también le dijo que, si preferían, podían lavarse los dientes antes de comer.
Silvia, arrugando la nariz, le contestó:
—Es asqueroso comer primero y después lavarse los dientes.
Ana, al llegar al lugar donde estaban Silvia y Lara, vio lo que parecía ser una discusión, y por el miedo a que terminara en un conflicto mayor, decidió tomar otro camino. Agarró su mochila, sacó su cepillo de dientes y se lavó los dientes. Al terminar, se encontró con Marcos, quien le dijo:
—Buenos días, Ana. En la cocina hay comida, y si lo necesitas, estaré en la bañera revisando que el agua del tanque no esté contaminada.
Ana le agradeció por preparar la comida y le dijo que iría a comer. Al llegar a la cocina, notó que todo estaba limpio y pensó que Marcos y Lara se habían encargado de la limpieza. Se sentó a comer y, al probar el pescado, pensó que estaba delicioso. Recordó a su abuelo, a quien le encantaba el pescado, especialmente el pescado asado. Terminó de comer y pensó que, después de esto, debería ver si Marcos necesitaba ayuda.
Mientras tanto, Lara y Silvia ya se habían cansado de discutir por cosas sin importancia. Lara, un poco molesta, le dijo a Silvia que tenía sus propios motivos para comer antes de lavarse los dientes y que no le importaba su opinión.
Silvia, visiblemente disgustada, respondió:
—Es asqueroso —y se fue a lavarse los dientes y comer.
Después de lavarse los dientes, Silvia se dirigió hacia la cocina, donde vio a Ana.
—¿Ya terminaste de comer? —preguntó Silvia.
—Sí, la comida estaba en la mesa. Yo ya terminé y lavé mi plato. Ahora voy a ver si Marcos necesita ayuda, ya que ya terminé. —respondió Ana.
Marcos, al terminar de revisar el agua del tanque, pensó en lo contentas que estarían las chicas al saber que el agua estaba segura. En ese momento, recordó que debía revisar la comida en las latas que habían encontrado en la cabaña, para ver si eran comestibles. Así que se dirigió rápidamente hacia la cocina. En el pasillo, terminó chocando con Ana.
—Lo siento, no era mi intención chocarte —dijo Marcos, algo avergonzado.
Ana le contestó con una voz temblorosa:
—No pasa nada, pero por favor, ¿puedes salir de encima de mí y sacar tu mano de mi cintura?
Marcos, muy avergonzado, le pidió disculpas.
—Lo siento mucho, Ana. No fue mi intención.
—Está bien —le dijo ella—. ¿Necesitas ayuda con algo?
Marcos respondió:
—Creo que Lara sí necesita ayuda. Ella me dijo que revisaría las habitaciones para ver si encontraba algo útil. Además, me dijo que quería asegurar que todo estuviera bien, así que tal vez necesite algo de ayuda.
En ese momento, Marcos le preguntó a Ana si sabía por qué Silvia estaba usando su camisa de laboratorio.
—Lo noté cuando las vi después de derrotar a Demoledor, pero no le di importancia en ese momento —dijo Marcos.
Ana explicó:
—Silvia usó mi remera para agarrar el cuchillo que estaba cubierto de ácido del mutante. Y como no tenía una remera de repuesto, decidí darle mi camisa de laboratorio para que no estuviera semi desnuda en ese momento.
Marcos, al escuchar eso, comentó:
—Entonces, la batalla fue más dura de lo que pensaba.
Ana le respondió:
—Sí, bueno… Voy a ir a ayudar a Lara. Suerte, Marcos.
—Igualmente —dijo Marcos, mientras se dirigía a la cocina. Mientras caminaba, no pudo evitar pensar en lo suave que era la cintura de Ana. Al mirarla, pensó que parecía tan indefensa en ese momento. Se regañó mentalmente: ¿Qué demonios estoy pensando? Controlate, Marcos, Lara tenía razón. Después de desahogarme con ella, me siento mejor. Pareciera que me quitó una carga de encima.
Después de unos minutos, Marcos llegó a la cocina y pensó que el camino se había alargado por sus pensamientos. Al notar que Silvia ya estaba allí, le dio los buenos días.
Silvia le dio los buenos días también y le dijo:
—Llegaste en el momento justo, recién terminé de lavar mi plato y la olla de comida.
—Así que terminaste de comer y lavaste la olla para que no acumules gérmenes, bien hecho —comentó Marcos.
Silvia le respondió:
—Sí, pero quiero mostrarte algo. Revisando la cocina, me di cuenta de que detrás de las bolsas de basura encontré un rifle a presión junto a una pistola. Parece estar en mal estado. ¿Qué piensas, Marcos?
—Tienes razón, están en mal estado y bastante deterioradas, pero creo que puedo repararlas para que funcionen de nuevo, si encontramos los elementos correctos. Hiciste un gran descubrimiento, Silvia —comentó Marcos.
Silvia, enojada, dijo:
—Voy a revisar los alrededores de la casa para asegurarme de que todo esté bien y no haya sorpresas.
—Está bien —respondió Marcos—. Y si necesitas algo, grita.
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