LA NUEVA ERA - Capítulo 38
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Capítulo 38: Entre Ruinas y Recuerdos
Antes de que aparezca el sol, Ricardo se despierta y grita con fuerza:
—¡Todos prepárense de inmediato!
Sus hombres obedecen al instante y comienzan a cargar armas, suministros y otros objetos en las camionetas. Después de unas horas, están listos para partir hacia la ciudad más cercana. Dejan atrás un paisaje de destrucción: autos en llamas, calles llenas de muertos vivientes y un hedor a sangre y podredumbre que solo significa una cosa… las cosas se pondrán aún peor.
Mientras conducen, Ricardo observa algo entre las ruinas y ordena:
—Deténganse cerca de esas casas. He visto movimiento humano.
Luis lo mira con curiosidad y pregunta:
—¿Crees que sea el grupo de Marcos?
Ricardo frunce el ceño.
—Tal vez. Ya estamos muy lejos del lugar donde les perdimos el rastro, pero podría ser una posibilidad.
Luis asiente.
—Bueno, ¿qué hacemos?
—Entraré a investigar —responde Ricardo con voz fría.
Ricardo sube hasta el piso veinte de un edificio en ruinas. Justo cuando está por llegar, nota que una puerta se está cerrando apresuradamente. Con un rápido movimiento, la detiene y observa quién está dentro. Frente a él hay una familia: un anciano, una mujer y una niña pequeña.
El anciano, con voz temblorosa, suplica:
—Por favor, no nos haga daño… solo nos estamos escondiendo de los mutantes.
La niña se aferra a la ropa de su madre, quien trata de calmarla con una mirada asustada.
Ricardo los observa fríamente y pregunta:
—¿Han visto a unos jóvenes pasar por aquí? Un chico y tres chicas.
El anciano, desesperado, suplica de nuevo:
—Por favor… no le haga daño a mi hija y a mi nieta. No hemos visto a nadie desde que comenzó este infierno.
La madre, con lágrimas en los ojos, también le ruega:
—Se lo suplico… márchese.
Ricardo no se convence de la respuesta. Saca su arma y la apunta directamente al anciano. Con una voz aterradora, dice:
—Si quieres que tu hija y tu nieta sigan con vida, harás lo que yo diga. Tengo un grupo de hombres ahí afuera a los que les encantaría divertirse con ellas… así que más vale que me digas lo que quiero escuchar.
La niña y la madre empiezan a llorar y a suplicar desesperadamente.
—¡Por favor, no nos haga daño! ¡Se lo suplicamos!
El anciano, con el rostro pálido, insiste:
—Le juro que no hemos visto nada… hemos estado aquí desde el inicio de esta pesadilla… no sé de qué me habla… pero por favor, no nos haga daño…
Ricardo se queda en silencio. Considera matarlos… pero en ese momento, Luis entra en la habitación con calma y dice con tono relajado:
—Vaya, vaya… ¿qué está pasando aquí? Miren a quién tenemos… dos hermosas damas y un anciano…
Ricardo, molesto, le dirige una mirada asesina.
—¿Qué demonios haces aquí, Luis?
Luis sonríe despreocupado.
—Vamos, amigo… he estado esperando demasiado tiempo y quise ver qué estabas haciendo.
Ricardo gruñe con impaciencia.
—Estoy haciendo algo importante. ¿Podrías irte y dejarme terminar con esto?
Luis lo observa fijamente, esta vez con una mirada seria.
—No lo creo, amigo.
Ricardo entrecierra los ojos.
—¿Me estás desafiando?
Luis suelta una carcajada.
—Jajaja, nunca haría eso… pero como tu amigo, no puedo dejar que pierdas tu humanidad. Así que esto termina aquí. Y si quieres, hasta podemos pelear como en los viejos tiempos.
Ricardo lo mira con desprecio.
—Ya te derroté hace mucho… ¿no aprendiste la lección cuando peleábamos en el ring profesional?
Luis suspira y responde con sinceridad:
—Sé que no tengo oportunidad de ganarte… pero no voy a permitir que cometas una estupidez. ¿Lo entendiste, Ricardo? ¿O acaso tengo que dejártelo más claro?
Ricardo se queda en silencio unos segundos. Finalmente, baja el arma y dice con frialdad:
—Está bien… solo esta vez te dejaré pasar esto… pero la próxima vez, no tendrás tanta suerte. ¿Entendido, Luis?
Luis sonríe.
—Más claro que el agua, Ricardo.
Luego, Luis se gira hacia la familia y les habla con un tono amable:
—Lamento mucho lo ocurrido… no queremos causar más problemas. Aquí tienen algunos suministros. No es mucho, pero si los administran bien, les durará unos tres días.
La madre y la hija lo miran con lágrimas en los ojos y le agradecen con sinceridad.
—Gracias… pero… ¿de verdad ya no nos harán daño?
El anciano miró con desconfianza a Luis y les dijo con firmeza:
—Aléjense y tengan cuidado… ya les hemos dicho todo lo que sabemos. Ahora márchense y dejen a mi familia en paz.
Luis levantó las manos en señal de calma.
—Tranquilo, don. No les haré daño, ya me iba de todas formas. Así que relájese —respondió con tono despreocupado.
Cuando ambos hombres salieron del edificio, la familia se abrazó en la oscuridad de la habitación. Sus rostros reflejaban terror e incertidumbre sobre lo que el futuro les depararía. Solo podían aferrarse a la fuerza de su abrazo mientras una densa aura de desesperación se apoderaba de aquel cuarto polvoriento, lleno de tierra y cubierto de objetos inútiles que usaban para atrancar las ventanas. La puerta, con una traba rota, apenas ofrecía seguridad.
Afuera, Ricardo miró a su amigo y preguntó con seriedad:
—¿Lograste obtener información útil?
Luis sonrió con ironía.
—Jajaja… ¿De verdad crees que amenazar a una familia es una estrategia inteligente? Eso fue un golpe bajo, Ricardo.
Ricardo apretó los dientes.
—No te pregunté eso.
Luis suspiró y respondió con voz firme:
—Ya lo sé… y no, no me dijeron nada que no supieras ya.
Ricardo asintió con frialdad.
—Está bien. Espero que hayas entendido mi advertencia. Ahora sube a la camioneta… nos vamos.
—Tienes razón, aún queda mucho camino por delante —dijo Luis, subiéndose al vehículo.
Más tarde…
Después de unas horas de viaje, uno de los hombres de Ricardo gritó:
—¡Los vehículos están al límite! ¡Deberíamos parar antes de que el sol se oculte!
Ricardo apretó los dientes, molesto por la situación.
—Bien… descansaremos en aquel edificio. Pero a cambio de eso, quiero que mañana todo esté listo para continuar el viaje. ¿Entendido?
—¡Sí, Ricardo! —respondieron los hombres al unísono.
Luis, tratando de aliviar la tensión, palmeó la espalda de su amigo y le dijo:
—Vamos, amigo. Relájate un poco. Ven a tomar algo conmigo.
Ricardo lo miró con seriedad.
—¿Por qué actúas así en un momento como este?
Luis sonrió con calma.
—Porque quiero que te relajes. Vamos, todo estará listo para mañana.
Mientras se alejaban para beber, Luis guiñó un ojo a los demás, indicándoles que aprovecharan para descansar mejor.
Al llegar a una habitación segura dentro del edificio, Ricardo preguntó:
—¿Qué te apetece tomar?
Luis rió.
—Mmm… qué pregunta difícil. ¿Todavía quedan botellas de alcohol?
Ricardo asintió y abrió una. Tras darle un trago, se la pasó a Luis.
—¿Ves? Es mejor estar relajado que estar enojado todo el tiempo —comentó Luis, bebiendo un sorbo.
Ricardo bufó.
—No estaría enojado si siguieras órdenes.
Luis lo miró con seriedad.
—Mira, seguiré tus órdenes siempre y cuando sean correctas y justas. Pero después de lo que ibas a hacer hoy… nunca te escucharía. Sé que estás desesperado por encontrar a tu hermano, pero tienes que tomarte las cosas con calma. Nunca te había visto así de furioso.
Ricardo suspiró y confesó con voz grave:
—No sé por qué… pero cuando el grupo de Marcos se me escapó por un descuido y los hombres de Juan intentaron matarme… creo que eso me afectó más de lo que imaginé. No fue el hecho de acabar con los hombres de Juan… sino haber dejado escapar a Marcos y su grupo mientras me entretenía con ellos.
Luis asintió con comprensión.
—Así que era eso… no tenía ni idea. Pero dime, ¿por qué fuiste amable con Marcos y las chicas en la negociación? Hasta tienes ese celular con sellos por todas partes… lo usas para dar órdenes a los grupos que exploran la zona, ¿verdad?
Ricardo se quedó en silencio unos segundos antes de responder:
—No lo sé… simplemente me recordaron a mi hermano. Parecían un grupo débil, con pocas posibilidades de escapar. Los únicos que parecían tener buena condición física eran Marcos y una de las chicas. Las otras dos… bueno, no parecían tan fuertes en ese aspecto.
Luis lo miró con curiosidad.
—Mmm… bueno, no sé qué decirte. Lo único que puedo recomendarte es que te lo tomes con calma. Mira, si mañana no haces ninguna locura, te diré algo que podría ayudarte a encontrarlos.
Ricardo lo miró con interés.
—¿Y qué es tan importante como para hacerme esa promesa?
Luis se cruzó de brazos.
—Escuché rumores sobre un científico en una ciudad cercana… parece que tiene información sobre el brote. Pienso que el grupo de Marcos pudo haber ido a buscarlo.
Ricardo reflexionó sobre esa posibilidad y respondió con el ceño fruncido:
—Es posible… pero no estoy seguro.
Luis lo miró con firmeza.
—No pierdes nada con intentarlo. Si encuentras primero al científico, puede que también encuentres a Marcos.
Ricardo suspiró y miró a su amigo con seriedad.
—Es verdad… pero viajar hasta allá consume combustible y recursos valiosos, ¿lo sabes?
Luis asintió.
—Lo sé… pero en este punto, creo que es mejor plan que amenazar a gente que no sabe nada.
Ricardo apretó los labios y, tras unos segundos de silencio, dijo:
—Está bien… seguiremos tu idea. Buscaremos al científico.
Luis sonrió.
—Perfecto. Yo me retiro… te dejo descansar. Tomé demasiado, iré a preparar los vehículos.
Cuando Ricardo se quedó solo, con mucho cuidado sacó algo de su chaqueta… una carta de su hermano. Se la había enviado antes de que comenzara el brote.
La miró detenidamente, como si fuera un recordatorio constante de que su hermano aún podía estar vivo… o muerto.
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