La Oscura Venganza de una Novia Abandonada: ¡Hasta que la Vida Nos Separe! - Capítulo 188
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Capítulo 188: Golpes
Durante una fracción de segundo, Zane no estuvo seguro de si estaba viendo bien. La realidad de la escena se volvía infinitamente peor —¿o era mejor?— por el hecho de que los dos ocupantes de la habitación parecían perdidos en su propia burbuja.
Estaban tan absortos el uno en el otro que ni siquiera se percataron de su presencia. No al principio.
En la suite principal, un espacio tan grande que fácilmente podría haberse dividido en dos habitaciones distintas, Olive estaba de pie junto al ventanal que iba del suelo al techo.
Llevaba puesto un camisón sedoso de color rosa pálido que le rozaba los muslos, revelándolo todo y nada a la vez.
Tenía la mirada fija en el jardín privado de abajo, la razón por la que había elegido esa habitación —porque le permitía respirar el aroma de la tierra húmeda y la soledad, muy alejada del zumbido mecánico de los coches y del incesante ajetreo de la ciudad.
A su lado, a menos de un paso, se encontraba Noah.
Sus labios estaban peligrosamente cerca del pabellón de su oreja mientras le susurraba algo que solo ella debía oír, y su cuerpo se curvaba hacia el de ella como si quisiera adueñarse de aquel espacio.
Tenía una mano apoyada en el cristal de la ventana, y su presencia se cernía sobre ella con una naturalidad informal y depredadora. No vestía más que una sudadera negra ancha y unos pantalones con cordón; un atuendo muy informal, y muy discreto, si uno pretendía permanecer oculto en las sombras de la noche.
Zane se puso en marcha antes de que su mente consciente pudiera siquiera registrar el movimiento.
Para cuando Olive lo vio, con la boca abierta por la sorpresa y un destello de culpa en los ojos, Zane ya estaba lanzando el primer puñetazo.
Como fue una sorpresa total, el golpe impactó con una fuerza brutal. Noah se tambaleó y su cabeza se sacudió hacia atrás antes de desplomarse en el suelo.
Cuando alzó el rostro, sobresaltado, la sangre ya empezaba a brotarle de la comisura de los labios. Parecía completamente desconcertado cuando Zane se abalanzó sobre él, dando comienzo a un brutal festival de puñetazos.
Zane ni siquiera estaba seguro de si estaba moliendo a golpes al imbécil que tenía debajo solo por su hermana, o si estaba descargando su furia por el hecho de que ese hombre también salía con Gianna.
Noah tardó una eternidad agónica en orientarse, en sobreponerse al absoluto absurdo de que Zane estuviera allí a las tres de la madrugada.
Cuando por fin lo logró, empezó a defenderse, mientras sus oídos —que retumbaban de dolor— oían con claridad los gritos frenéticos de Olive, que les suplicaba que pararan.
La ignoró, concentrando hasta la última gota de su energía en quitarse a Zane de encima. Pero fue en vano.
No podía ni lanzar un puñetazo sin recibir dos a cambio; y lo que era peor, Zane se movía con una precisión fluida y aterradora, esquivando los contraataques de Noah con facilidad.
«¿Cuándo se ha puesto tan duro este tío? ¿Desde cuándo al larguirucho y empollón del heredero le han salido estos cojones?», pensó débilmente, limitándose al final a bloquear los golpes que iban a su cara.
Sus labios se apretaron en una fina línea ensangrentada mientras se maldecía una y otra vez por haber respondido al mensaje de Olive. Menuda zorra. Sin embargo, en el fondo sabía que aquello no era una encerrona. La furia de Zane era demasiado visceral, demasiado caótica.
Sintió a Olive detrás de ellos, arañando y tirando de la ropa de Zane. Habría suspirado de alivio cuando Zane por fin detuvo la embestida para escuchar a la mujer, de no ser por el último y contundente puñazo que atravesó su guardia.
Fue el golpe que lo dejó KO.
Mientras Noah sentía que se sumía en el oscuro vacío de la inconsciencia, hizo el sangriento juramento de hacerle pagar a Zane el estropicio en que había convertido su cara.
—¡¿Pero qué coño, Zane?! —gritó Olive, mirando el sangriento desastre en que se había convertido la cara de Noah.
Zane la ignoró. Apretó la mandíbula con furia, mientras sus puños, enrojecidos e hinchados, se abrían y cerraban a ambos lados de su cuerpo.
Las palabras que quería gritar eran demasiado retorcidas, demasiado venenosas para pronunciarlas en voz alta. Pero finalmente se giró para clavarle la mirada a su hermana, y ella retrocedió visiblemente, aterrorizada por la frialdad gélida y desconocida de sus ojos.
¿Quién era ese hombre que se hacía pasar por su hermano?
Antes de que ella pudiera pronunciar una palabra más, él salió de la habitación a grandes zancadas.
Olive temblaba; con las piernas como gelatina, caminó con paso vacilante hacia Noah, que yacía tendido en el suelo como un hombre muerto.
Al instante, los ojos se le llenaron de lágrimas. Ella había provocado esto. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no podía, simplemente, dejar atrás el pasado?
En realidad no esperaba que él fuera a venir en mitad de la noche, y mucho menos que su hermano fuera a entrar por esa puerta.
Antes de que pudiera alargar la mano para tocarle la cara a Noah y evaluar el alcance del daño en sus atractivos rasgos, la voz de Zane resonó desde el umbral como un disparo.
—¡Aléjate de él!
Ella dio un respingo, y la amenaza férrea y absoluta de su voz la hizo vibrar de pies a cabeza. Al girarse, lo vio con un cubo que estaba segura de que contenía agua.
—¿Qué vas a…?
Zane no respondió. Avanzó y le arrojó todo el contenido del cubo a la cara a Noah. El hombre dio una sacudida, convulsionando como un cadáver al que le aplicaran una descarga de alto voltaje.
El agua arrastró la mayor parte de la sangre, dejando al descubierto una nariz torcida, probablemente rota, y unos labios que ya se estaban hinchando hasta volverse dos cordones amoratados.
—¡Lárgate! —ordenó Zane, rompiendo el breve y denso silencio—. Y no quiero volver a verte cerca de este sitio nunca más.
Noah se incorporó, con el sabor a cobre de la humillación en la lengua.
Oyó a Zane gritarle a Olive cuando intentó ayudarlo. —¡No lo toques! ¡Como lo hagas, renegaré de ti!
Hermanos. Noah se habría reído de su propia estupidez, del absoluto descuido de no haberse dado cuenta de la conexión, pero no podía por culpa de su lengua hinchada y ensangrentada.
Cuando consiguió ponerse en pie, ladeó la cabeza hacia Zane, que seguía echando humo por las orejas, con aspecto de estar listo para otro asalto.
—Esta vez me has pillado por sorpresa, por eso…
—¿Ah, sí? —Zane se hizo crujir los nudillos y le hizo un gesto con la mano para que se acercara—. Ya estás avisado. Venga.
Noah era lo bastante inteligente como para saber cuándo retirarse y luchar otro día. Se tragó otra amarga dosis de humillación. —No sabía que era tu hermana.
Sin embargo, no había ni rastro de disculpa en su tono; sus ojos estaban llenos de una chulería que hizo que los músculos de Zane volvieran a tensarse.
—¡Lárgate, Noah! ¡O puede que Gianna se entere de lo que haces en casa de otra mujer a las tres de la madrugada! —espetó Zane entre dientes.
Como estaban enzarzados en un tenso enfrentamiento, Zane no vio el repentino destello de dolor que cruzó la mirada de su hermana al oír el nombre de la otra mujer.
Aquella amenaza, sin embargo, fue lo único que frenó la respuesta que Noah tenía en la punta de la lengua; una respuesta que, esta vez, probablemente lo habría mandado a la cama de un hospital.
Gianna. Joder.
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