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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 49

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49: página 49 49: página 49 Marc detuvo el Panhard a los pies de la ascensión hacia el Gran San Bernardo.

El camino estaba bloqueado no por carne, sino por puestos de control de acero reforzado.

De las sombras de los búnkeres suizos no salieron niños riendo, sino los “Pacíficos de Hierro”.

Eran soldados de las fuerzas especiales suizas cuya piel había sido reemplazada por placas de cerámica balística unidas mediante quistes de tejido conectivo ultra-resistente.

Sus ojos habían sido sustituidos por sensores multiespectrales que brillaban con un rojo gélido.

No hablaban.

No sentían odio.

Solo ejecutaban el protocolo de “Eutanasia por Distancia”.

Científicamente, Thorne había implementado la “Sincronización de Red Táctica”.

Los soldados no tomaban decisiones individuales; el parásito procesaba los datos de balística y viento a través de la red de la cúpula de ionización y enviaba impulsos eléctricos directamente a los músculos de los tiradores.

Era imposible que fallaran un disparo.

Una bala de tungsteno impactó en el blindaje del Panhard, perforándolo como si fuera papel.

Marc se arrojó al suelo de la cabina justo cuando una segunda bala le rozaba el hombro, arrancándole un trozo de su piel nácar.

El suero goteó sobre el metal, siseando, pero Marc se dio cuenta de la trampa: si no podía acercarse a ellos, su veneno era inútil.

—”¿Cómo vencerás a la perfección, Marc?” —La voz de Thorne retumbó en su cabeza—.

“Tus enemigos no tienen alma que puedas corromper con tu culpa.

Son solo extensiones de mi voluntad geométrica”.

Marc comprendió que para avanzar debía usar su propia debilidad como un arma.

Su cuerpo estaba al límite del colapso térmico.

Si lograba convertir su sudor corrosivo en un aerosol masivo, podría crear una cortina de humo química que cegara los sensores ópticos de los soldados.

Científicamente, Marc activó una “Excreción Glandular de Emergencia”.

Forzó a su corazón a latir a 220 pulsaciones, elevando su temperatura interna hasta casi los 46 grados.

El dolor fue como si le vertieran plomo derretido por las venas.

Su piel empezó a emitir un vapor blanco denso, cargado de partículas de plata y nitratos.

Al abrir la escotilla, una densa nube de suero vaporizado se expandió por el valle.

Los sensores de los Pacíficos de Hierro, diseñados para la precisión óptica, se volvieron locos.

El vapor de Marc no solo bloqueaba la visión; al ser iónicamente activo, creaba un campo de estática que saboteaba la Sincronización de Red de Thorne.

Marc corrió por la ladera, aprovechando el caos sensorial.

Cuando alcanzó el primer puesto de control, los soldados intentaron disparar, pero sus armas —conectadas por cables nerviosos a sus brazos— se encasquillaron al entrar en contacto con la atmósfera ácida que Marc arrastraba.

Marc no los golpeó; simplemente pasó junto a ellos.

La proximidad de su cuerpo a 46 grados fundió las placas cerámicas y licuó los cerebros de los soldados dentro de sus cascos en un estallido de vapor gris.

No era una pelea; era una reacción química en cadena.

Marc estaba dejando de ser un hombre para convertirse en una bomba biológica andante que avanzaba hacia el corazón de la pirámide.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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