La pareja no reclamada del Alpha - Capítulo 22
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22: ¿Limpió QUÉ mientras ella estaba inconsciente?
22: ¿Limpió QUÉ mientras ella estaba inconsciente?
Serena se despertó sobre Dex.
Su primer pensamiento desorientador fue la tela.
Seda.
Un camisón corto que no recordaba haberse puesto.
Su segundo pensamiento fue la sensación, en cada lugar donde la piel de él tocaba la suya.
Entonces, su aroma la golpeó.
Bosque después de la lluvia.
Limpio, profundo y mucho más fuerte de lo que recordaba.
¿Siempre había sido así o era que hasta ahora se daba cuenta?
Los recuerdos la arrollaron como una ola.
Fragmentos.
Fuego.
Sus manos, su boca, agitando una tormenta en su interior.
Ni siquiera abrió los ojos, pero sus pensamientos corrían a toda velocidad.
¿Así se sentía el vínculo de pareja?
¿Le había cambiado la ropa?
¿La había limpiado mientras estaba inconsciente?
Oh, demonios, era virgen, así que definitivamente había sangre.
Dioses.
Su cara ardía lo suficiente como para rivalizar con una forja.
Aegon: Está molesta.
Dexmon: Lo sé.
Sus brazos se tensaron a su alrededor.
—Oye…, estás bien —susurró él, besándole la coronilla.
Entonces, una extraña oleada de calma y adoración la golpeó con fuerza.
Casi como si se la hubieran infundido, pero no era suya.
¿Acababa de hacer eso Dex?
Sus ojos se abrieron de golpe en el mismo instante en que él los hizo girar a ambos.
La espalda de ella chocó contra la cama, y el cuerpo de él se cernió sobre el suyo.
—¿Qué pasa?
—preguntó él, besándole la sien.
Luego la mejilla.
La frente.
La comisura de sus labios.
Por todas partes.
Ella empezó a reír, y eso lo hizo reír a él a mitad del beso.
Parte del estrés que sentía se desvaneció, pero no todo.
Entonces, lo entendió.
Él comprendía.
—Tuve que limpiarte.
El olor de lo que hicimos me estaba volviendo loco.
Sus labios encontraron los de ella.
Sabía que ella ahora lo sentía.
No era el vínculo profundo que compartirían una vez que su loba sanara, pero lo sentía, tal como lo haría cualquier pareja una vez que estuviera marcada.
Se apartó un segundo después.
—No podré parar.
Y Alaric ya está furioso porque te marqué.
Su mano se deslizó hacia su cuello.
Dex la observó con atención.
—Quería preguntarte primero…, pero mi lobo…
Ella lo interrumpió bruscamente con un beso, sintiendo su preocupación.
No era necesario.
Culpar al lobo era la excusa más antigua en la historia de los cambiantes.
De alguna manera, funcionaba todas y cada una de las veces.
El beso comenzó a profundizarse, pero un golpe seco en la puerta los sobresaltó a ambos.
—Un momento —gritó Dex, saliendo de la cama.
Se puso unos pantalones y una camisa, y luego alcanzó una bata de seda que colgaba en su armario.
La mirada de Serena se desvió hacia ella, con un destello de curiosidad.
Nunca la había visto antes.
—La compré para ti —dijo él, cruzando la habitación.
Ya se la estaba poniendo antes de que ella pudiera responder.
Alaric entró en la habitación y le lanzó una mirada a Dex.
—Te dije que estaba enfadado —dijo Dex, sonriendo.
Alaric se pellizcó el puente de la nariz.
—Fue envenenada hace tres días, recibió una inyección de EpiPen hace dos, y fue marcada ayer.
—Hizo una pausa—.
Por los Dioses.
—Es mi pareja destinada —anunció Dex con orgullo, levantando una de las manos de Serena y presionando un beso en sus nudillos.
Serena se sonrojó, sorprendida por el gesto.
Alaric se detuvo a mitad de un suspiro y luego sonrió.
—La pareja más atractiva de Drakenfell.
Una combinación perfecta.
Exasperante, pero perfecta.
El cumplido cayó como una moneda lanzada a un pozo.
Sincero, pero claramente deseaba poder recuperarla.
Le entregó una bandeja con tónicos, que Serena bebió de un trago.
—Nada de actividad física —dijo con severidad—.
Nada.
Tómate el día con calma.
La boca de Dex se abrió con la rapidez de un hombre que ya había calculado exactamente cuántos resquicios legales existían en esa frase.
—Nada —repitió Alaric, fulminándolo con la mirada.
Su mirada se detuvo en Dex.
—Es una orden médica.
Dex levantó las manos.
—Te oigo.
Alaric resopló, claramente sin estar convencido, y salió de la habitación negando con la cabeza.
Aegon: No confía en ti.
Dexmon: Dije que lo oí.
Aegon: Oyes muchas cosas.
No obedeces ninguna.
Dex levantó a Serena en brazos antes de que ella tuviera la oportunidad de protestar, alzándola de la cama como si no pesara nada.
—Dex…
Ya la llevaba en brazos a través del umbral arqueado hacia su cámara de baño, donde una bañera exenta echaba vapor.
—Estás dolorida —murmuró contra su sien, besándole la mejilla, luego la mandíbula y después la comisura de sus labios—.
Puedo sentirlo.
Sus besos la hicieron reír, sin aliento y sonrojada.
Se quitó la camisa con un solo movimiento fluido.
Ella todavía estaba atrapada entre la turbación y el encanto cuando él alcanzó el cinturón de la bata de ella y lo desató.
Le quitó el camisón de seda por la cabeza y entonces se quedó helado, olvidándose de cómo respirar.
Ella adquirió un tono escarlata más intenso bajo su mirada.
—Ese sonrojo —murmuró.
Su mano acunó suavemente el rostro de ella—.
No tienes ni idea de lo que me provocas.
La tomó en brazos y la llevó hasta el baño de mármol, introduciéndola con cuidado.
Serena gimió en cuanto el agua caliente tocó su piel.
El calor, las hierbas, el aroma.
La sensación era increíble.
Tenía los músculos doloridos y le dolía el cuerpo.
Dex se deslizó detrás de ella y la atrajo suavemente contra su pecho, rodeándola con sus brazos.
Aegon: Nunca hemos compartido un baño con nadie.
Dex: Lo sé.
Aegon: Vamos a hacer esto todos los días a partir de ahora.
—Mi pareja no habla mucho por las mañanas —comentó él a la ligera, con un tono juguetón en la voz mientras le mordisqueaba la oreja.
Ella rio, suave y un poco insegura, sin saber muy bien qué decir.
Era mucho que asimilar.
Su vocabulario se había reducido a sonrojos, y él parecía perfectamente capaz de interpretarlos.
—Gracias por cuidarme.
—Tragó saliva y se giró para mirarlo.
Sus ojos verdes estaban abiertos y sinceros, llenos de una gratitud sin reservas.
Dex tragó saliva, con un nudo en la garganta.
No se había preparado para que la gratitud se sintiera así: sin fingir, sin reservas, dirigida directamente a él.
Fue su sinceridad lo que más lo golpeó.
Decía cada palabra en serio y lo miraba como si se las hubiera ganado.
—Siempre te cuidaré.
Le lavó el pelo y los hombros, cuidadoso y atento.
Aegon: Le has lavado el pelo.
Dexmon: Soy consciente.
Ella se giró en el agua y extendió los brazos hacia él.
—No estás lo suficientemente bien como para lavarme a mí.
—Su tono era firme, pero su determinación se derritió en dos segundos por la risita de ella—.
Esto va en contra de mi buen juicio.
Sus risas se entrelazaron, naturales y sin reservas.
Le recordaron a Dex quién era antes de que la guerra y el deber lo endurecieran.
Perdería con gusto todas las discusiones si eso significaba volver a oír la suya.
Era pura y amable de una forma que nadie más parecía notar.
Nadie excepto él.
Dex quería cuidarla.
Aegon: Usa el jabón de lavanda ahora.
Dex: ¿Vas a narrar todo el baño?
Aegon: Sí.
Después de ayudarla a salir del baño, la envolvió cuidadosamente en una toalla antes de coger la suya.
Con delicadeza, le cepilló el pelo y la besó.
La oreja.
La cabeza.
La sien.
La mejilla.
Toda ella.
Había pasado oficialmente de ser un «alfa posesivo» a un «depredador doméstico».
Y cepillarle el pelo a una mujer como si fuera un deber sagrado.
Si Gavriel viera esto, nunca le dejaría olvidarlo.
Antes de que ella pudiera protestar, la levantó en brazos y la llevó a la cama, donde la esperaba un camisón de seda limpio.
Se lo puso por la cabeza, tratando el momento con ternura.
Cada pequeño acto se sentía instintivo.
Natural.
Correcto.
Cuidarla no se sentía como un esfuerzo; se sentía como estar en casa.
Ella se quedó dormida mientras él la abrazaba, y él no quería soltarla.
En ese momento, se dio cuenta de algo aterrador y verdadero: la amaba.
Aegon: ¿Te acabas de dar cuenta?
✦✦✦
Serena durmió otro día completo, su cuerpo recuperándose en incrementos lentos y obstinados.
Cuando finalmente se movió, Dex estaba sentado a su lado, absorto en lo que parecía un informe oficial.
Una mano le acariciaba suavemente la espalda, como si no se hubiera movido en horas.
—Tienes deberes —dijo ella en voz baja, frunciendo el ceño—.
No tienes que seguir…
—No —la interrumpió él, sin siquiera levantar la vista—.
Solucionado.
—No puedes simplemente pausar todo para cuidarme.
—Puedo y lo haré.
Intenta detenerme.
Entonces se le ocurrió otro pensamiento, menos racional pero mucho más apremiante.
No quería abusar de la hospitalidad en sus aposentos.
Dex sintió su vacilación a través del vínculo de pareja, como si estuviera sopesando cuidadosamente sus opciones.
Su mirada se clavó en ella, aguda y concentrada, tratando de entender.
—Oh, claro —dijo Dex, como si se le acabara de ocurrir—.
Hice que trajeran tus cosas.
Aegon: «Oh, claro».
Como si no hubieras organizado su mudanza con la precisión de una operación logística de guerra.
Dexmon: Fue una transición natural.
—¿Que hiciste qué?
—Tranquila.
Lo hice hace días.
—Dex —dijo ella, medio riendo, medio incrédula—, ¿no es un poco rápido?
¿Estás seguro?
Él bufó como si ella lo hubiera ofendido personalmente.
Luego se desparramó sobre ella como una estrella de mar, reclamando el espacio como un niño pequeño, territorial y demasiado grande, que hubiera cantado «¡mío!» a voz en grito.
—Eres mía —masculló contra el hombro de ella, con voz ahogada y obstinada.
Ella rio, sin aliento, tratando de apartarlo.
—Eres ridículo.
—No —la corrigió, sin dar más detalles.
Ella soltó otra risa ahogada mientras él la abrazaba con más fuerza.
La estrujó de la misma manera que un niño abraza a un peluche cuando le dicen que tiene cinco minutos antes de irse a la cama.
Con desafío.
La idea de que ella estaba invadiendo su espacio era absurda.
La quería a su alcance.
A la vista.
En todo momento.
Preferiblemente, en contacto.
—Sigues siendo mía —añadió, como si se lo recordara en caso de que lo hubiera olvidado en los últimos tres segundos.
Sintió las emociones de él por primera vez a través del vínculo de pareja.
No dominio ni certeza.
Nervios.
Una tensión contenida y silenciosa que se esforzaba mucho por no mostrar.
Se preparó para que ella dijera que no.
—Ahora vives aquí —dijo él con firmeza—.
Lo he querido desde el momento en que te traje.
La besó, suave y prolongadamente, y luego apoyó su frente en la de ella.
—Mía —dijo de nuevo, esta vez más suave.
Sintió más nervios emanar de él y se dio cuenta de que necesitaba oírlo.
—Tuya —dijo ella, apretándolo también.
Aegon: El alfa más temido de Skardos, deshecho por una palabra de cuatro letras de una mujer que pesa menos que tu armadura.
Dexmon: ¿Has terminado?
Aegon: Voy a saborear esto durante semanas.
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