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La Presa del CEO - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 Hania Bishop solo sentía que su cuerpo ardía.

Aturdida, no sabía lo que estaba pasando.

Extendió la mano, pero esta se posó sobre un cuerpo que se sentía fuerte y tan frío como el hielo.

Pero el calor dentro de su cuerpo la impulsó a acercarse más y a abrazarlo con fuerza.

En ese momento, Hania no sabía que su largo cabello negro estaba esparcido sobre la gran cama blanca, dándole un aspecto seductor y a la vez inocente.

Todavía quedaban algunas prendas de mujer esparcidas alrededor de la cama.

Toda la decoración de la habitación era negra, a excepción de la sábana blanca.

Incluso las cortinas negras que rodeaban la cama estaban bordadas con líneas doradas oscuras.

Sobre la gran cama, la luz tenue iluminaba los cuerpos suaves y firmes que estaban entrelazados.

Al día siguiente, Hania abrió sus ojos adoloridos.

Parecía recordar vagamente que había tenido un sueño húmedo durante la noche.

El rostro de Hania se sonrojó al instante.

¿Qué le pasaba?

¡Cómo era posible que de repente tuviera esa clase de sueño!

Sin embargo, ¡sentía que aquel sueño había sido demasiado real!

Hania no pudo evitar hacer una mueca de amargura.

Cómo podía ella…

Después de todo, en su corazón solo había una persona.

Hania intentó dejar de pensar en ello, así que se levantó de la cama para prepararse para su ensayo.

Sin embargo, como si le hubieran arrebatado toda la energía del cuerpo, volvió a desplomarse sobre la cama.

Como si toda su fuerza se hubiera esfumado.

Frunció el ceño y miró a un lado.

Inesperadamente, vio el apuesto rostro de un hombre a su lado.

Se tapó la boca rápidamente, esforzándose por ahogar un grito.

Sus ojos se abrieron de par en par mientras su corazón latía desbocadamente.

Su mente incluso se quedó en blanco.

Un sueño húmedo, sumado a lo que veía ahora…

Eso significaba que no había sido un sueño, sino la realidad.

Hania estaba conmocionada y asustada.

«¿Qué está pasando?», pensó.

Apenas recordaba algo de la noche anterior.

Al intentar hacer memoria, solo recordaba que ayer fue el banquete de compromiso de su hermana mayor y…

de él.

Se sentó sola en un rincón y bebió una copa de vino.

Y entonces…, ¿qué pasó?

Ni siquiera podía recordarlo con claridad.

En ese momento, Hania sintió que la cabeza estaba a punto de estallarle.

Se esforzó por ponerse en pie y se levantó de la cama, presa del pánico.

En lo único que podía pensar era en huir, y ni siquiera se le pasó por la cabeza lidiar con el hombre que yacía en la cama.

Hania estaba tan avergonzada que le temblaban las manos mientras se vestía.

Luego, salió de la habitación presa del pánico.

Deseaba que nada de aquello hubiera ocurrido.

No fue hasta que llegó a la calle, dando tumbos, y miró hacia atrás, como en trance, que se dio cuenta de que acababa de salir de un hotel internacional.

Hania no pudo evitar cubrirse el rostro.

Se había acostado con un hombre al que no conocía de nada…

Los transeúntes la miraban fijamente.

Al notar sus miradas, se tocó la cara y descubrió que estaba mojada por las lágrimas.

No solo eso, tenía el maquillaje corrido por el rostro, por lo que nadie podía ver su verdadera cara.

Le temblaba todo el cuerpo; estaba perpleja y confundida.

¿Qué había pasado la noche anterior?

¿Cómo había acabado todo así?

Justo cuando dio un paso más, tropezó y se cayó, y el teléfono se le salió del bolsillo.

Hania miró la pantalla en negro de su móvil.

Al intentar recogerlo, descubrió que estaba apagado.

Cuando encendió el teléfono, vio docenas de llamadas perdidas de su hermana.

Sin previo aviso, el teléfono volvió a sonar.

Era una llamada de su hermana, Bella Bishop.

De inmediato, las lágrimas brotaron de sus ojos.

Tras mucho dudar, contestó la llamada.

—Hania, ¿dónde has estado toda la noche?

—¿Por qué no me avisaste cuando te fuiste del banquete?

No podía encontrarte.

Y además tu teléfono estaba apagado.

La voz suave de su hermana mayor sonaba al otro lado del teléfono.

Al oír su voz, Hania lloró con más fuerza, pero tuvo que contenerse.

Parecía que Bella aún no se había enterado de su situación.

Pero no podía dejar que su hermana lo supiera.

De lo contrario, Bella se disgustaría.

Además, Bella acababa de comprometerse ayer.

Había sido un día muy feliz para ella.

No quería arruinar la felicidad de su hermana…

otra vez.

Por lo tanto, Hania se obligó a mentir.

No quería que Bella notara que estaba llorando.

—Hermanita, yo…

me encontré con unos antiguos compañeros de clase.

Hacía mucho que no los veía, así que salí a charlar con ellos y luego me fui a casa.

Siento haberte preocupado…

Bella pareció aliviada y su tono se suavizó.

—No pasa nada, pero anoche te fuiste de mi fiesta de compromiso sin avisar.

No puedes volver a hacerlo.

Después de todo, serás mi dama de honor en la boda.

Me caso el mes que viene, así que, oye…, mi dama de honor, no puedes desaparecer de mi boda…

Al oír eso, una expresión de amargura asomó a los ojos de Hania.

Solo pudo bajar la cabeza y susurrar: —Está bien, hermanita.

Hizo todo lo posible por no llorar.

Lo que le estaba pasando era bastante absurdo, y significaba un cierre definitivo para su historia con aquel hombre.

Así que tenía que olvidarlo y solo podía darles su bendición.

Cuando Bella colgó el teléfono, un destello de fastidio cruzó por sus ojos.

No sabía por qué se había cometido semejante error la noche anterior.

¡Lo había planeado todo a la perfección!

En ese momento, en el dormitorio, el hombre abrió lentamente los ojos.

Su guardaespaldas personal, John Martin, estaba de pie frente a él, temblando de miedo.

No se atrevía a hablar.

Cuando llegó a primera hora de la mañana, encontró al presidente tumbado en la cama.

¡Con solo una mirada, se dio cuenta de lo que había ocurrido en esa cama!

John sintió que se le ponían los pelos de punta.

¡No se esperaba que el presidente pudiera tener una aventura de una noche estando borracho!

¡Era la primera vez que veía a una mujer lo bastante audaz como para tomar la iniciativa de seducir al presidente, y que además lo había conseguido!

Después de todo, él era muy consciente de que el presidente era un maniático de la limpieza y que, por lo general, no tocaba a las mujeres.

Solo podía haber una razón para ello.

El presidente debía de considerarlas sucias.

Si no fuera porque llevaba tantos años sirviendo al presidente, habría sospechado que la razón por la que al presidente no le interesaba ninguna mujer era su orientación sexual.

¡Pero no se esperaba que el presidente fuera a perder la virginidad de esa manera!

Mientras tanto, David Miller irradiaba ira y fastidio.

Miró fijamente la mancha de sangre en la cama a su lado y los mechones de pelo negro que ella había dejado caer accidentalmente.

Sus ojos eran tan fríos como el hielo.

¿Después de acostarse con él, se había marchado así sin más?

—Encuéntrala, cueste lo que cueste.

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