La Princesa Oculta En La Academia Alfa Solo Para Chicos - Capítulo 388
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Capítulo 388: #Capítulo 388 – Pastelito
—Esa he sido yo, cariño —dice la chica, viéndome mirar mi camisón blanco y, de nuevo, pareciendo leerme la mente. Extiende una mano para dar una suave palmadita sobre la mía—. No te preocupes, querida. Como te dije, aquí tenemos reglas. En cuanto Gabriel te trajo al palacio, me hice cargo de ti. —Me sonríe como si mantenerne a salvo hubiera sido un gran placer para ella—. Te cambié, te limpié y te metí en la cama. No te preocupes, cielo.
Exhalo lentamente, creyéndola de forma absurda, aunque ahora debería ser mucho, mucho más precavida. Pero hay algo en esos dulces ojos marrones… Dios, es imposible pensar que pueda estar mintiendo. Mi loba da un gañido de confirmación en mi alma; sigue recelosa de todo lo demás, pero a ella sí la cree.
—¿Y tú quién eres? —susurro, negando con la cabeza, sin poder creerlo todavía. Que estoy aquí, que me han arrancado de mi vida.
—Soy Pippa —dice, dedicándome una sonrisa feliz.
—De acuerdo —susurro.
Entonces doy un respingo que casi toco el techo en cuanto oigo unos suaves golpes en la puerta.
—Oh, no te preocupes, Ariel —dice Pippa, volviéndose hacia la puerta—. Solo es mi Alfa, que te trae algo de comida. ¿Tú…? —me mira, dubitativa—. ¿Te… importa? ¿Si entra?
—Emm… —digo, vacilando, mirando hacia la puerta, completamente insegura de lo que quiero.
—Oh, no te preocupes —susurra Pippa, inclinándose hacia mí como una conspiradora—. Es muy agradable, el hombre más dulce que conocerás. No… —vacila, mirando a su alrededor como si alguien pudiera estar escuchando y no le gustaran sus palabras. Cuando vuelve a mirarme y habla de nuevo, baja la voz—. No es ni de lejos tan… complicado. Como Gabriel.
Gabriel. ¿Ese es su nombre? ¿Mi compañero?
Me quedo mirando fijamente a Pippa y los golpes vuelven a sonar suavemente. Ella hace una mueca y mira hacia la puerta.
—De acuerdo —susurro, asintiendo—. Emm, claro. ¿Supongo que puede entrar?
—Eres un sol —dice, levantándose y dejándome un beso en la mejilla. Me giro hacia la puerta sin tener ni la más remota idea de qué esperar mientras ella corre hacia allí. Sin embargo, cuando llega, vacila y señala el baño con la cabeza—. ¿Te gustaría… ir a ponerte una bata, Princesa? Para… ¿estar más cómoda delante de un hombre?
La sonrisa encantadora y alentadora que me dedica me da a entender que… probablemente debería ir a hacerlo.
—Eh, claro —digo, vacilando, pero luego me levanto de la cama. Hago una pequeña mueca de dolor por los moratones y la rigidez que irradian por mi cuerpo, pero luego me dirijo al baño que ella me indica. Le dedico una pequeña sonrisa a Pippa mientras cierro la puerta tras de mí. En cuanto lo hago, pego la oreja a la madera y oigo cómo la puerta exterior se abre con un crujido y luego unas voces suaves mientras Pippa saluda a su Alfa, dándole la bienvenida a la habitación.
Exhalo lentamente y me muevo con rapidez por el baño; primero aprovecho para hacer mis necesidades y luego voy al espejo a lavarme las manos. Examino mi reflejo de cerca y observo que estoy pálida, pero… bien. Y que la bofetada que mi maldito compañero me dio ayer no dejó ninguna marca, probablemente como él pretendía.
Luego, echando un poco de pasta de dientes en un cepillo que encuentro al lado del lavabo, empiezo a lavarme los dientes mientras me giro y miro alrededor del baño, que es… sinceramente, probablemente el más lujoso en el que he estado en mi vida. Y, teniendo en cuenta que soy una princesa que no es ajena al lujo, eso… es mucho decir. El pan de oro y los ornamentos cubren casi todas las superficies disponibles y cada rincón está lleno, ya sea con un cómodo sillón o con estanterías con productos de baño.
Quiero decir, todo es muy bonito, pero es… excesivo.
De repente, deseo con todo mi corazón estar en el estúpido baño de la Academia que comparto con tres chicos Alfas. Gimo y me dejo caer contra la encimera de mármol, cerrando los ojos con fuerza y deteniendo el cepillo de dientes mientras bajo la cabeza, añorando a Jacks, a Rafe y a Jesse.
Dios, deben de estar todos tan preocupados por mí.
¿Qué… qué demonios voy a hacer? Si tan solo pudiera salir de aquí.
Abro los ojos de golpe y me giro bruscamente hacia el lavabo, escupiendo la pasta de dientes mientras me miro las muñecas. Porque esos grilletes, los de luz azul, ya no están. Cierro los ojos con fuerza, concentrándome para ir a ese otro mundo.
Y entonces jadeo cuando… cuando funciona.
Abro los ojos como platos cuando mis pies tocan la tierra, con el cepillo de dientes todavía en la mano. Pero entonces me giro, horrorizada, al darme cuenta de que…
Estoy en una especie de jaula demencial. Doy una vuelta completa, mirando perpleja el hierro que me rodea. Me acerco a él con vacilación, extendiendo primero la punta del dedo para darle un empujoncito. Está frío, pero… es muy real. Entonces lo agarro con la mano, sin dejar de mirar en todas direcciones, y tiro con todas mis fuerzas.
Pero el hierro no se mueve. Miro a través de los barrotes irregulares y me doy cuenta de que esta ni siquiera es la única jaula, que hay docenas, jaulas dentro de jaulas. Durante… kilómetros.
¿Pero… qué demonios?
Asustadísima, vuelvo al lugar donde aterricé originalmente y suplico que me envíen de vuelta, deseando la tranquila familiaridad de un cuarto de baño mientras ato cabos.
Por qué demonios…
Unos golpecitos suenan en la puerta.
—Ariel, ¿cariño? —Es Pippa—. ¿Estás bien?
—¡Sí! —grito, con la voz tensa—. Emm, un minuto.
Jadeando, me vuelvo hacia el espejo y escupo la pasta de dientes, frunciendo el ceño al darme cuenta de que sigo siendo una prisionera, aunque mi magia, de alguna manera extraña, funcione aquí. Pero ¿es esa la única magia que funciona?
Respiro hondo, desvío la mirada hacia un toallero en la pared e invoco mi don del calor, deseando que estalle en llamas. También recurro a mi marca, mi conexión con Luca, esperando desesperadamente cualquier soplo de viento, pero…
Resoplo decepcionada, con los hombros caídos, porque aunque pueda pasar al Mundo Oscuro y a las extrañas jaulas que hay allí, no puedo usar mi magia de fuego.
¿Qué demonios está pasando aquí?
Lentamente, me vuelvo hacia el espejo, con la mente a mil por hora mientras intento decidir qué hacer. Mi loba se pasea por mi alma, ansiosa y preocupada, con planes revoloteando en su mente; todos ellos apuntan en una dirección: llevarnos a casa, volver con Jackson.
Me miro el pecho, aliviada por esto, porque, sinceramente, la mitad de mí temía que quisiera que intentara algo con este nuevo compañero. Después de todo, cuando entré en contacto por primera vez con Jackson y Luca, incluso cuando entré en la misma habitación que ellos, se había vuelto completamente loca, animándome a buscarlos, a desnudarme, a meterme en sus camas.
«No», dice mi loba, sacudiendo su pelaje y enseñando los dientes. «Ese… es nuestro compañero. Pero está mal; su lobo tiene algo raro. Mal, como ese Príncipe que vimos en el Invierno Medio, en la reunión. El que estaba al lado del compañero de Ben. Estaba mal…, incorrecto…, antinatural…».
Exhalo lentamente, asintiendo, sabiendo que tiene razón. Lo de Gabriel… supimos, al instante, que tenía razón cuando afirmó ser nuestro compañero. Es… innegable, tan cierto como cuando vi a Jacks y a Luca en aquel manantial la primera noche y supe que eran míos.
Pero mi loba también tiene razón en que el Príncipe está… mal. Hay algo extraño en él, y tenemos que averiguar qué es.
Levanto la cabeza, con el pavor retorciéndose en mi vientre, y me miro de cerca en el espejo. Mi rostro pálido, mis ojos preocupados. —¿Qué demonios voy a hacer?
Mi loba aúlla, ansiosa y completamente sin respuesta.
Mis labios se contraen en una fina línea mientras considero mis opciones. Obviamente, mi mejor y más poderosa herramienta, la magia, no está a mi disposición. ¿Entonces? ¿Qué más tengo?
No puedo… no puedo abrirme paso luchando para salir. No contra Atalaxia, no con todos estos Alfas merodeando. Mi compañero, Gabriel, me lo dejó perfectamente claro anoche. Que no soy un rival físico para ellos. En voz baja, maldigo que mis padres no me dieran clases de lucha de niña y que no tuviera tiempo suficiente con Blaze en la academia. Incluso mientras mi mente se desvía hacia cosas más importantes, una parte de mí toma nota mental de inscribir a todas mis primas pequeñas en algún tipo de arte marcial en cuanto salga de esto, en cuanto llegue a casa.
Porque una cosa es segura. No voy a rendirme.
Voy a volver a casa… a casa con mi compañero y mi familia, en cuanto pueda.
Pero… ¿cómo lo hago?
Tuerzo la boca, repasando de nuevo mi arsenal de herramientas. Obviamente, si tuviera un rifle las cosas serían diferentes, pero… sí, un plan poco probable. ¿O acceso a algún veneno? Miro a mi alrededor en el baño, pero, vamos, no van a tener aquí nada más allá de lo ligeramente tóxico. Quiero decir, Newman me enseñó lo suficiente como para poder preparar algo si encuentro los suministros adecuados —y mantendré los ojos bien abiertos para encontrarlos—, pero aun así…
No es un camino muy directo para salir de aquí, ¿verdad?
Vuelvo a centrarme en mi reflejo en el espejo, en el único recurso que me queda.
¿Qué, me pregunto en voz baja, me diría Faiza que hiciera?
La respuesta me llega de inmediato, como si viviera en mi mente.
Sobrevive.
Me diría que sobreviviera. Que hiciera lo que fuera necesario para persistir en este mundo, para mantenerme intacta, para buscar cada oportunidad de escapar y trazar un plan para salir. Sobrevivir todo el tiempo que fuera necesario para encontrar esa vía de escape.
De… hacer que mis enemigos confiaran en mí lo suficiente como para bajar la guardia. Convencerlos de que no soy una amenaza. Aunque en mi corazón quiera arrancarles el corazón del pecho a todos y cada uno de ellos y prenderles fuego.
Bueno. Quizá no el de Pippa. Pero el de mi horrible compañero… el suyo, sin duda.
Inhalo lentamente, sabiendo exactamente lo que Faiza me diría que hiciera.
«Hazte la muerta, Pastelito», diría ella, dedicándome ese guiño patentado suyo, con los pies apoyados en su escritorio. «Deja que piensen que eres tan estúpida e insulsa como quieren que seas. ¿Y entonces, cuando llegue el momento?».
—Les cortaré las putas gargantas. Arrojo el cepillo de dientes al lavabo y me vuelvo hacia la puerta, sin molestarme en limpiar.
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