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La prometida del General Divino - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Nuestra primera misión
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1: Nuestra primera misión 1: Nuestra primera misión “¿Oh que dolor de cabeza, que pasó, dónde estoy?” Julián sintió que algo no estaba bien, porque hace poco se sintió desvanecerse en una cama de un hospital y ahora se encontraba en una cabaña algo rústica, hasta que de pronto escuchó.

“¡Armand Moore!

¿Estás bien, qué te pasa?” “Estoy bien, pero con un fuerte dolor de cabeza y”, “¿tú quién eres?” La voz sorprendida “¡Veo que te has recuperado bien!”, luego pensó, “ya puedo sentir tu cuerpo funcionando perfectamente, incluso has mejorado sustancialmente tu nivel de poder…” Entonces Julián respondió “Espera un momento por favor, acabo de despertar, dame un tiempo para adaptarme” Su maestro entendió que necesitaba tiempo, pero aún estaba sorprendido, “¡después de darme un susto te daré unos minutos y luego te irás!”.

Julián entendió y asintiendo frunció el frente por que no podía soportar el dolor de cabeza, por lo que volvió a desmayarse.

Luego de un rato el maestro volvió, “¡Armand Moore, despierta!”, estuvo caminando hasta que de pronto se detuvo a mirarlo.

“¡Bien, no tengo mucho tiempo; ahora escucha esto, ¡debes realizar una misión personal e importante para ti!”, luego de un momento continuó, “¡Debes ir a la ciudad Dragón y casarte con la nieta mayor de los Crown!”.

“Tengo un acuerdo matrimonial confirmado por su abuelo desde hace quince años, esta pieza de jade verde celestial es la señal de matrimonio, seguramente ella tendrá la otra mitad”.

Luego de una pausa siguió, “escribí los datos en la carta e incluí una foto de Luna”.

“¡Si no vuelves con un nieto sano y fuerte el próximo año, te patearé el trasero tan fuerte que no podrás sentarte en una semana!”.

Después entregó un pasaje de avión y una carta con las indicaciones; finalmente en tono de despedida le dijo, “Siento que ya has aprendido todo de mi e incluso estás superando mi nivel, así que de ahora en adelante, puedes continuar con el entrenamiento por tu cuenta para seguir creciendo, ¡¡¡adiós!!!”.

La madera aún olía a humo viejo y ungüentos; la cabaña respiraba con calma de monte, como si el mundo entero hubiera decidido tomarse una pausa.

Julián abrió los ojos y por un segundo creyó que estaba en su cama, en el piso de un apartamento donde las facturas y el café aguado marcaban la rutina.

La novedad vino cuando se incorporó y sintió que el cuerpo respondía con la precisión de quien ha practicado una disciplina toda la vida: un estiramiento limpio, memoria de guerrero, una técnica de respiración que no había aprendido en ninguna oficina del mundo corporativo.

No era un sueño.

O, si lo era, el sueño había sido entregado con manos de general.

Un roce, apenas: imágenes sin voz brotaron por oleadas.

No eran recuerdos de su infancia, ni las llamadas con su exnovia que lo dejaron sin explicación; Eran golpes, órdenes, un campo abierto, el silbido del viento cortando uniformes.

Y luego, la escena que le clavó un frío en la médula: una explosión marea, humo espeso, cuerpos que caían.

Un puñetazo, sangre que no era su sangre, y la última mirada de alguien que había entregado su vida en una línea donde nadie esperaba misericordia.

“¿Qué demonios…?”, murmuró Julián, y su propia voz le sonó pequeña en la cabaña grande.

Algo dentro de la cabaña respondió sin salir de su garganta: una presencia como de luz rota y fría.

Era memoria residual, no una invasión: trazos de una vida que se apagó en fuego y que, por una rareza —por la energía que había acumulado años de cultivo y de artes internas— no encontró reposo.

Armand había muerto; su cuerpo no había cedido porque su energía era demasiado densa para dejar escapar la forma.

Y la vida que Julián pensaba haber extraviado en un accidente en su ciudad anterior ahora le era prestada en un contenedor ajeno.

La explicación no vino en palabras claras.

Fue una certeza material: la sensación del jade pesado en un bolsillo, la textura de una carta en la mano derecha, la huella en la palma de un maestro que dijo una orden y cerró la puerta para siempre.

Había un juramento.

Había una misión.

Y sobre todo: había enemigos que habían apretado el gatillo para arrebatarle la vida a Armand.

Julián se río, un sonido suave, extraño.

La risa era su primer gesto: liviana, casi provocadora.

En su pasado reciente había aprendido una amarga lección sobre la entrega: amó con todo y fue abandonado.

La herida le había enseñado a vestir la ligereza como armadura; a seducir con sonrisa calculada antes que con promesas eternas.

El poder del general que ahora yacía en su pecho ofrecía venganza, estrategia y—por qué no—una vida nueva para probarse distinto.

«Bien», pensó.

«Si me das un cuerpo de leyenda, te daré un guerrero leal a su patria, un amante de la belleza femenina con sentido del humor y un gerente que sabe dónde invertir.» La sonrisa se volvió planificada.

Si aquel cuerpo podía pelear con un millón de Felinos bajo su mando, podía también abrir cuentas, leer saldos y entender flujos de capital.

Julián ya conocía el lenguaje de las empresas, las sutilezas de una negociación internacional, la manera en que un banco se inclina cuando la columna de activos luce sólida.

Armand traía ejército y temple; Julián traía astucia y la rabia domesticada de quien fue humillado.

Era, en apariencia, una mezcla rara: un general con gusto por el vino y la habilidad de un estratega financiero.

La memoria residual dejó caer otra imagen: la mano temblorosa de un viejo maestro, la entrega de una pieza de jade con una mitad del símbolo y la orden murmurada entre dientes: “Ve a Ciudad Dragón.

Cuida a la familia del Amo Crown.

Cubre tu deuda con la vida que te di” —o algo así; la voz era un eco que no dejaba el contorno exacto de las palabras.

La pieza de jade apareció en la palma de Julián como si el cuerpo lo reclamara: frío y pesado, con una rugosidad de siglos.

Lo miró y una corriente de respeto le cruzó el pecho.

No por los votos del general —esa era una maquinaria que Julián respetaba— sino porque entendió que la oportunidad que tenía era puntual: rehacer, no repetir.

El pasado de Julián tiraba de su ánimo con otros hilos.

Recordó la noche en que su novia se fue: los meses de promesas incumplidas, la factura emocional que quedaron.

Recordó a sus padres en la carretera, la casa vacía, los amigos que se volvieron extraños.

Eso lo había dejado con dos lecciones duras: el amor puede doler hasta hacerte invisible; La soledad enseña a no esperar rescates.

Pero había una tercera lección, menos confesada, que ahora lo impulsaba: el valor de la segunda oportunidad.

Se incorporó con la fluidez de un atleta y, por primera vez desde la catástrofe que lo había llevado a ese cuerpo, se permitió un pensamiento sin máscaras: no quería ser sólo un general impasible.

Quería divertirme.

Quería seducir a las bellezas del mundo con su encanto auténtico, no con hambre.

Quería que la próxima mujer que le entregara lealtad lo hiciera por decisión, no por compasión ni por miedo.

“Si vas a dejarme a carga de tu legado, Armand”, dijo en voz baja con una mezcla de respeto y descaro, espero que te guste el champagne y que no te importe que yo haga alguna broma en medio del informe táctico.

No contestó nadie y, aun así, la cabaña pareció asentir.

En la ventana, el sol subía con sosiego.

Afuera, dos hombres vestidos de uniforme esperaban como guardianes de una vida que no era la suya.

Julián se calzó las botas con un movimiento rápido, dejó el jade dentro del bolsillo interior del chaleco y se miró de reojo en el espejo: un rostro que combinaba la dureza de la guerra y la sutileza del cansancio.

Sonrió otra vez, esta vez sin ironía: la sonrisa de quien sabe que ahora tiene una oportunidad de reparar lo que en otra vida se rompió.

Antes de bajar, su mente trazó un plan en tres puntos, sencillo y afilado como un contrato personal: 1) Aprender rápido para sincronizar su mente con el cuerpo; 2) Usar su experiencia en negocios para generar recursos y proteger a quienes lo necesiten; 3) No dejar que el pasado le dictara el presente: seducir con respeto, amar con límites, y elegir a quien se quedará por voluntad.

Baja las escaleras.

Afuera, la brisa de la montaña pegó en la cara y, por un instante, Julián sintió que aquella vida prestada le pertenecía.

No era herencia ni usurpación: era un respiro que prometía posibilidad.

Subió al vehículo que lo llevaría al aeropuerto para dirigirse a la Ciudad Dragón, con la ligereza de quien ha perdido poco y, por eso mismo, no teme gastar una sonrisa.

“Vamos a hacer las cosas bien” murmuró, mientras cerraba la puerta.

Con estilo y con cuidado.

Y, si se presenta la oportunidad, con alguien que me quiera no por lo que doy, sino por lo que soy cuando no tengo que fingir.

La cabaña quedó detrás, el jade en su bolsillo era una fría pieza de arte divino, y en su pecho dos memorias latían a la vez: la disciplina del general y la fragilidad del hombre que aprendió a amar y perder.

Julián, recién nacido en aquel cuerpo, tomó el sueño como una señal con un gesto de audacia y una sonrisa preparada para conquistar un mundo que, hasta ahora, solo le había dado despedidas.

En el avión al mirar la carta doblada que tenía en la mano, Julián estaba estupefacto, no sabía qué hacer, no tenía idea sobre lo que sucedió hace un momento, había sido un sueño con recuerdos y pensamientos algo confusos, porque lo último que recordaba era que él estaba cruzando la calle, sintió un golpe fuerte en el costado, luego despertó levemente en el hospital y finalmente cuando cerró los ojos, de pronto apareció en este lugar totalmente confundido, con un entorno muy distinto al de su vida cotidiana, donde era un gerente de línea.

medios en una gran empresa.

Era soltero, había tenido muchos sueños, una novia que apenas y le dejaba darle un beso en la mejilla, una vida que empezaba a despegar, pero de pronto fue como si el cielo se hubiera cerrado y el mundo se hubiera puesto en contra, en un corto período de tiempo estaba sin vida social, porque se quedó solo, su novia le dijo, “el problema no eres tú, soy yo”; sus padres murieron en un accidente y sus amigos se alejaron, sintió que su vida era injusta, siempre anhelaba tener dinero y poder, para cubrir sus vacíos, además de sentirse culpable por no poder apoyar a sus padres en sus momentos más difíciles.

Por eso al momento de su ensimismo no pudo sentir cuando el camión se acercaba…

hasta que desapareció de ese mundo.

Ahora se encontraba en este lugar, un nuevo mundo.

Había recibido la misión de viajar para buscar a una persona que no conocía, pero por la foto se veía muy hermosa; decirle que tenían que casarse y lo más importante, encargar el primer bebé a petición de un anciano que se veía gruñón y un poco exótico.

Entonces, nuevamente sintió como una descarga eléctrica lo sacudía, mucha información, recuerdos y habilidades que pertenecían al cuerpo del general que estaba ocupando actualmente, comenzó a fluir por su mente y cuerpo.

Estaba sudando frenéticamente por el calor que emanaba de su interior, hasta que perdió la conciencia, luego se encontró en un espacio en blanco que se transformó en la fusión de dos conciencias, y finalmente pudo entender que estaba ocupando un nuevo cuerpo, con los recuerdos del verdadero Armand Moore.

Hace siete días el general Armand Moore había sufrido un atentado a manos de individuos no identificados, que habían confabulado con algunos subordinados, para detonar su vehículo de transporte, con él dentro de su campo de fuerza, no pudo salir ileso, por ello estuvo inconsciente durante una semana y fue llevado donde su maestro para que pueda tratarlo.

Sin embargo, sintió que su aura disminuyó durante los últimos días hasta que sufrió un paro cardíaco, sin signos vitales durante cinco minutos, y despertó repentinamente sobresaltado con dolores de cabeza.

Mientras tanto en el avión cuando leyó la carta que le entregó su maestro, el Viejo despeinado que no le dijo su nombre; pero por los recuerdos sabía que es la única persona en toda Eurasia que tiene el poder y el coraje de patearle el trasero delante del millón de guerreros bajo su mando, la élite de soldados más capaces para defender la frontera, que fueron formados y establecidos como Los Felinos.

Armand, según su maestro es huérfano, sus padres biológicos lo abandonaron cuando aún estaba en la cuna y no tiene recuerdos de ellos por más que busco en las memorias de Armand y solo pudo recordar la parte que le había contado el viejo maestro.

Él lo había encontrado mientras era un bebé y flotaba río abajo en una cuna.

Entonces el niño fue llevado de regreso a la montaña Estéril y entrenado como el único discípulo del Viejo maestro, quien lo trató como a su propio hijo y le enseñó todo lo que sabía en diversas áreas como la medicina, pintura, escritura, artes marciales, filosofía y el arte de la guerra.

Después de quince años de determinación y entrenamiento inquebrantables, Armand se había convertido en un hombre polifacético, de una contextura alta, rostro atractivo y muy buena estructura corporal.

Cuando estalló la guerra en el frente occidental, Armand fue seleccionado y enviado al frente para servir a su país.

Sus puños de hierro, su destreza física y su perspicacia intelectual destruyeron la arrogancia del enemigo, porque en cierta ocasión, él solo incursionó en el ataque a un sinnúmero de enemigos con la finalidad de asesinar al general de brigada, para salvar a sus compañeros.

Después de la batalla que lo hizo famoso, continuó sirviendo a su país durante los siguientes diez años con sus inquebrantables esfuerzos, así fue creciendo como militar y finalmente desarrolló a los soldados de élite en todo el occidente del país a los cuales denominó: “los Felinos”.

Actualmente tenía bajo su mando a un millón de Felinos que defendían la frontera del país; Hace tres años se le concedió el título de General Divino, ocupando entonces el puesto de comandante en jefe de Occidente; Cabe mencionar que en el país había cinco comandantes en jefe, siendo él, más joven y destacado de todos.

Por todo lo sucedido, Julián no esperaba que el día que regresara de la muerte, su maestro lo emparejaría con una mujer que no conocía, solo pudo leer su nombre y ver una fotografía de ella, preguntándose, “¿Quién es Luna Crown?”, se frotó las sienes manteniendo una mirada severa, teñida de impotencia, su maestro era un hombre extraño de modales y bastante testarudo.

Una vez que el anciano ordenara, nada ni nadie podía hacerle cambiar de opinión y como ya había arreglado este matrimonio, tuvo que obedecer la orden de casarse con Luna Crown en Ciudad Dragón.

También su obediencia era una forma de responder por todo lo que le había enseñado, en resumen, Armand era después de todo un hijo para el viejo maestro y todo lo que era, se lo debía a este hombre.

Tres horas después, el avión aterrizó en el aeropuerto central de Ciudad Dragón.

Julián que ahora era consciente, asumía la personalidad del General Armand Moore quedó profundamente impresionado cuando llegó a la ciudad.

“El aire aquí es mucho mejor sin duda, siento que puedo escribir una nueva historia; ¿bueno ahora que tenemos que hacer?”.

Frunciendo el ceño, “¡Ah!, claro el matrimonio, espero que sea fácil de resolver, tengo tanta curiosidad por ver a mi hermosa novia”.

Cuando salió de la puerta de llegada, vio tanta gente afuera del aeropuerto, mirando ansiosamente hacia adentro, la gente se enteró de que una persona importante vendría a Ciudad Dragón, por lo que se reunió afuera del aeropuerto con la esperanza de poder verlo.

Desafortunadamente, nadie podía, porque estaba protegido por los militares.

Varios soldados equipados con munición real estaban apostados en la entrada para mantener el orden, incluso a las personas más adineradas de la ciudad se les negó la entrada.

Armand caminó hacia la salida, miró alrededor y de pronto vio a una joven vestida elegantemente, con una larga cabellera que caía en cascada sobre sus hombros, un bello rostro, una figura alta y voluptuosa, con curvas que se complementaba perfectamente con su piel blanca, sus largas y sensuales piernas; él recordaba a su antigua novia y era comparar un taxi con un F1 o un vestido floral con un Qipao, a su vez notó que parecía algo incomoda esperando a alguien; Estaba perdida en sus sueños imaginando a esta hada con un hermoso Qipao, cuando de pronto sus ojos se encontraron, y sintió su mirada fría, hasta que desinteresadamente levantó su mano en dirección a Julián.

Algo sorprendido inclinó levemente su cabeza y la miro fijamente, luego escuchó una voz, “Vaya, vaya, miren esto señoritas, soy tan importante que todos los militares han venido a recibirme, porque ahora estoy de regreso en mi país, después de estudiar y graduarme en el extranjero, soy el hijo heredero de una de las corporaciones más importantes de Ciudad Dragón, ¡merezco esto y mucho más!”.

Derek Crown llevaba a dos mujeres en sus brazos y se autoproclamaba el heredero de una de las corporaciones más grandes de la ciudad Dragón, echando por los suelos el estatus y el trabajo de su prima, quien actualmente estaba a cargo y había desarrollado importantes logros; mencionando que ella solo seguiría algunos proyectos pequeños de manera ilegal o acostándose con la mayoría de los CEOs.

Armand ya detestaba a este sujeto solo con escucharlo; de pronto escuchó que alguien gritaba, “¡Oye pequeña basura déjanos pasar, estas estorbando!”.

Entonces percibió que se acercaba una patada por detrás, por lo que reaccionó rápidamente y pudo agarrar la pierna levantándola hasta que Derek pudo sentir como se desgarraba su entrepierna.

Mientras Derek se encontraba gimiendo de dolor, Armand dio media vuelta y se fue sonriendo a la hermosa hada, que se acercó porque estaba esperando a Derek por encargo de su mejor amiga.

Derek en medio del dolor pudo ver a las personas que se reían a carcajadas a su alrededor, incluso sus dos acompañantes; entonces, cuando vio a Grecia sonriendo se llenó de ira y le gritó “¡Grecia encuentra a esa basura y agárralo, le haré pagar por esta humillación, no voy a parar hasta verlo muerto!, ¡Ahhh!”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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