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La prometida del General Divino - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Las sorpresas de Armand
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11: Las sorpresas de Armand 11: Las sorpresas de Armand Mientras la madrugada aún dormía la ciudad industrial, Darío ajustaba la corbata delante de un espejo oscuro en su despacho.

Cincuenta años y mil tratos le habían dado esa sonrisa fría de quien cree saberlo todo.

Había citado a sus guardaespaldas; su plan era simple y viejo como la codicia: atrapar a Bruno, exigir la información técnica que prometió y sacar más de la venta que de la ejecución del propio proyecto.

“Si Ztars entra, gane quien gane la licitación pagará por el silencio”, murmuró, y llamó a su asistente para que organizara el encuentro en la cafetería del hotel de siempre En la sede de la Corporación Luna, la sala de juntas respiraba tensión.

Luna tomó la palabra y lanzó su nueva propuesta, con varias modificaciones al presentada por Bruno y finalmente el panel hablaba de cifras gigantescas: 47.500 millones “Nuestro proyecto completo calcula una utilidad mínima del 40% si la obra se entrega en seis meses.

Pero engordar números no bastaba cuando había caras dispuestas a sabotear detrás de sonrisas familiares.

Derek que estaba mascullando como un perro sediento de venganza, apareció con la prepotencia de siempre, encorvándose en la mejor silla libre para convertir la reunión en espectáculo.

Arrojó a la mesa un juego de fotografías: un montaje burdo que insinuaba una cercanía implícita entre Luna y Darío de la Corporación Ztars.

La sala revisó la imagen y, por un instante, creyó la infamia.

“¿Así defienden la presidencia de una corporación?”, se burló Derek, y la cuchillada iba destinada a Luna para humillar a Armand.

Armand se levantó como quien ha esperado lo inevitable.

No dijo nada antes de acercarse a Derek, que lo miró sorprendido: entonces, una bofetada cortó la sala en dos.

Derek cayó, desorientado; su mandíbula, ya frágil por el accidente anterior, no ayudó a defender su voz.

La réplica fue rápida: otra bofetada, seca, que lo dejó fuera de combate.

Silencio.

Solo se escucha el latido de algún corazón demasiado próximo.

Entonces fue su padre quien gritó, “¡¿Quién te crees que eres para golpear a mi hijo, acaso buscando estás tu perdición?!”.

Luego miró a Luna y le vociferó, “¡¡¡Tú, pequeña zorra controla a tu perro faldero de las montañas!!”.

¡¡¡Paf…paf!!!

Dos soberbias bofetadas lo desmayaron en el acto.

“A mi esposa nadie le levanta la voz”, afirmó Armand.

“¿Alguien más quiere apostarlo?”.

Luego ordenó, “lleven a los señores a descansar por un momento”.

Las caras se reconocieron.

Los tres directores que se oponían a Luna se miraron y, por la misma razón que juntos conspiraban, juntos callaron.

Hagrid respiró con alivio; el Amo Crown, jubiloso, aprovechó para darle a Armand un estatus público que nadie esperaba: “desde hoy, Armand es accionista, y su actuación se respeta”, declaró con voz quebrada por la emoción.

Luna, aún con rubor y con la voz pequeña, repasó las conclusiones del proyecto; sus cifras, sus planos, su pasión.

El auditorio, vencido por la claridad, aplaudió.

Mientras, Armand ya tenía otra estrategia en la cabeza: no bastaba humillar a esos traidores en público; Había que neutralizar la red que vendía la licitación.

Al terminar la exposición, Armand pidió hablar con Bruno y Derek en su despacho.

Cuando Bruno y Derek, aturdidos, recobraron la conciencia, Armand les plantó una carpeta en la mesa: copias forenses, extractos bancarios, capturas de correos.

La voz de Armand, fría y precisa, fue la sentencia.

“Prepárense para su reunión con Darío”, dijo.

“Lleven esta carpeta y firman con su negocio.

Antes, firmen el traspaso de sus acciones de la corporación Luna; si Ztars gana la licitación, la familia Crown cae.

Tranquilos: les pagaré al precio de mercado”.

La incredulidad se dibujó en sus rostros.

Bruno y Derek no podían creer que el chico bajado de la montaña tuviera tanto control sobre documentos y pruebas.

Alguien, muy hábil, había convertido correos y transferencias en plomo judicial.

No hubo dramatismo final: en media hora y con los sellos correspondientes, las firmas se estampaban, las transferencias se ordenaban y Storm, con el apoyo del equipo técnico del acalde Farm, ejecutaba las órdenes bancarias.

Armand dejó que la suma saliera de las cuentas comprometidas y se aseguró de que todo quedara registrado y custodiado.

Antes de salir, miró a Derek.

“Cuidado con pensar en venganza” dijo.

“Cuando vuelvan con Darío, no busquen burlar la ley.

Que sea él quien tenga que justificar el dinero”.

Bruno y Derek salieron a toda prisa hacia su cita con Darío, maldiciendo con la rabia de los hombres que han perdido una jugada.

Armand estaba emocionado, pero no por desequilibrio; Supuestamente porque la pieza siguiente del tablero ya estaba en movimiento.

El hotel en el que Darío había citado a Bruno y Derek olía un café, de la más alta calidad.

Darío los esperaba junto a una mesa larga; a su lado, dos hombres de traje negro no hablaban, observaban.

La sonrisa del empresario era un billete antiguo: gastado, pero valioso.

Bruno llegó temblando, con el traje todavía un poco arrugado por la prisa; Derek cojeaba, la mandíbula que parecía más un recordatorio.

Se sentaron frente al viejo con la impaciencia de quien piensa que el trato será la tabla de salvación.

“Bienvenidos” dijo Darío, y su voz era un ronco terciopelo.

“Tomemos un café.

Hay que hablar claro: Ztars no es una fundación caritativa; esto es negocio.

¿Qué me traen?

¿La propuesta?

¿La mitad de la información?

¿Lo que prometieron?” Bruno abrió la maleta con manos que no dejaban de temblar; dentro había una carpeta plastificada: versiones técnicas, planos, contratos.

Derek apoyó la barbilla en la mesa y dejó que las palabras de Darío pasaran por su mente como una caricia amarga.

Bruno habló con la voz quebrada de quien vende por miedo.

“Tenemos todo lo que pediste: la versión completa” dijo.

“A ver, firma y pagas.

Como está acordado, diez por ciento”.

Darío fingió sorpresa, como quien se complace en la brutalidad de la negociación.

“Agradezco vuestra puntualidad” respondió con calma.

“Pero el negocio, mis amigos, no es solo dinero.

Es control”.

Derek arqueó una ceja.

Bruno sonó forzado.

“Control ya lo tenemos” replicó Bruno.

“Te lo damos hoy.

Lo sacamos del servidor de la Corporación Luna.

Nadie lo sabrá.

Teníamos un acuerdo”.

Darío se levantó con lentitud y circundó la mesa como un felino examinando su presa.

“Sí, lo tienes” murmuró.

“¿Y qué prometí yo a cambio?” Se detuvo junto a Bruno.

“¿Dinero?

¿Acciones?

No.

Prometí… tranquilidad”.

La palabra quedó flotando.

Derek quiso replicar, pero no pudo: la mandíbula le ardía.

Bruno tragó saliva.

“¿Cómo quieres que se haga el pago?” preguntó, ya con la voz opaca.

“Muy sencillo” dijo Darío, y sorprendentemente sin humor.

“Ustedes irán a la reunión.

Entregan la documentación.

Pero después… no vuelvan a la mansión Crown.

¿Les suena?

¿Les gusta el sonido de no volver nunca?

Les daré la libertad de elegir el lugar donde desaparecerán.

Pueden pedir una cuenta en algún paraíso fiscal; yo la abriré.

Sólo necesito que me hagan un favor para garantizar la tranquilidad”.

Bruno palideció.

Derek apartó la vista como si la escena fuera una película demasiado cercana.

“¿Qué favor?” balbuceó Bruno.

“Necesito que la próxima entrega no sólo sea la propuesta.

Necesito…problemas.

Necesito que alguien haga ruido.

Que alguien con ambición haga un escándalo tan grande que la atención cambie de mi persona a otro nombre.

Un nombre como… Luna Crown” dijo Darío en voz baja, y la frase cayó como un martillazo en la vigilia de ambos.

Derek escupió una maldición.

“Estás delirando” gruñó.

“¿Incriminar a Luna?

¿Por qué?

¡Eso es imposible!” “Porque si ella cae” respondió Darío con la placidez de quien vende un sí, “su familia también cae.

Y cuando su familia cae, la oferta que dieron pierde valor.

La licitación queda manchada y Ztars puede comprar los restos.

Lo ves, ¿no?

Es la lógica del tablero: un sacrificio mayor que nos garantiza ganancias mayores”.

Bruno quiso levantarse, suplicar, besarle las manos; la desesperación irrumpió en su garganta como un animal.

Fue en ese preciso instante que uno de los tipos de azul oscuro, que hasta entonces había permanecido inmóvil, se movió en línea recta y le cerró el paso.

Otro cerró la puerta de la suite con un golpe sordo.

Ya era tarde para reacciones elegantes.

La traición no se hizo con palabras sino con movimientos.

Del cinturón del guarda saltó una luz pequeña, un destello que cegó un segundo a Bruno.

Antes de que pudiera comprenderse, manos fuertes lo rodearon por la espalda; unas esposas le sujetaron las muñecas.

Derek intentó en vano un movimiento torpe: la mandíbula le dolía y un golpe seco, hizo que la visión se nublara hasta perder el conocimiento.

“¡No!” gritó Bruno, pero la voz fue un eco que rebotó en las paredes.

Darío observó la escena con la distancia de quien regenta una taberna.

No había odio; cálculo en solitario.

“Sean prácticos” dijo.

“No grites demasiado; Cuanto más escandaloso, peor.

Y no dejes papeles comprometedores en sus bolsillos”.

Se acercó a Bruno.

“Ustedes recibirán protección, cuentas, pero también recibirán silencio.

Yo aseguro que nadie sepa de nuestra colaboración.

Mientras tanto, mis hombres se encargarán de fabricar pruebas que apunten hacia la señorita Luna: correos, entradas de transferencia, un favor mal pagado.

A veces, para tumbar a un árbol, basta con que se lo diga al viento”.

Bruno forcejeó contra las esposas, el sudor le pegó la camisa a la espalda.

Derek, ya está inmóvil.

Darío no dio orden de muerte; era economista, no verdugo.

Necesitaba piezas que hablaran, no cadáveres que empeñaran las manos de otros.

“Llévenlos en una furgoneta”, ordenó.

“Que parezca secuestro de aficionados; que nadie relacione la maniobra con Ztars.

Luego, manejen la narrativa: un chantaje, una venganza, un examen moral.

Yo publicaré unos documentos higiénicos a nombre de un ‘auditor independiente’ y la prensa se marchará a por la sangre fácil.

Mientras, la licitación sigue.

Y si alguien pregunta por Bruno y Derek…

dirán que huyeron sin dinero”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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