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La prometida del General Divino - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Una apuesta para Armand
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12: Una apuesta para Armand 12: Una apuesta para Armand La mañana en la oficina de la Corporación Luna tenía ese aire denso que antecede a las tormentas importantes: cortinas corridas, la luz entrando en vetas doradas sobre la mesa de caoba y papeles que, por un momento, parecían contener más destino del que cualquiera de los presentes hubiera imaginado.

El viejo Amo Crown sonreía con orgullo contenido; Hagrid mascullaba frases a medio decir y Garet, con los dedos tamborileando sobre el brazo del sillón, respiraba como un reloj a punto de saltar.

Luna se sentó recta, tratando de controlar el temblor en las manos.

Tenía en la garganta la mezcla de orgullo y aprensión que la acompañaban desde que la habían nombrado presidenta, de cara a una familia que la miraba con la mezcla de recelo y expectativa propia de los clanes.

Su mente buscaba al Armand que la había sorprendido, que la respaldaba y que hoy dejó un mensaje claro para todos en la corporación.

De pronto la puerta se abrió y él entró con la tranquilidad de quien ha fundado la calma.

Había dejado la tensión del auditorio en su sitio, pero la electricidad que traía era inconfundible.

“Perdonen la entrada abrupta” dijo Armand, inclinando la cabeza con respeto hacia el Amo Crown”.

“Tuve que salir, pero ya estoy de vuelta”.

Viendo el ceño fruncido de Luna, preguntó “¿Qué problema tenemos?”.

Luna se explicó en voz baja: “el alcalde Mateus Farm no nos concedió una audiencia en menos de una semana”.

Era una piedra que amenazaba aplazar todo; sin su beneplácito no podrían resolver las exenciones ni las políticas regulatorias que aceleran la obra.

Armand se permitió una sonrisa leve, esa que era simultáneamente alivio y desafío.

Caminó hacia la ventana un instante, como midiendo el ancho de la ciudad, y volvió con esa seguridad que le sentaba como un uniforme.

“No te preocupes esposa mía, para eso está tu amado”, dijo, y su voz tuvo un matiz familiar que a Luna le dobló el corazón.

“Conozco a Mateus.

Es un hombre con alma noble y agradecida; Llegará en diez minutos”.

Hagrid escupió el aire por la nariz, como quien no acaba de creérselo, y Garet se permitió el primer destello de escepticismo.

“¿Diez minutos?” griño.

“Sabes que ninguno de nosotros está al nivel del alcalde para visitarlo en su oficina”.

Armand sonriendo, “El que tú no puedas, no quiere decir…” Garet casi escupió, “¡Eres un mocoso insolente!”.

Lo miró a los ojos con una furia ardiente, le apuntó el dedo a la nariz y con los pensamientos nublados por la ira, “Si no viene, me entregas el 10% que te dio mi padre y te larga de la familia.

No tienes sitio aquí si vas a humillar a los nuestros”.

La voz era áspera.

Había rabia y hambre de venganza, lo que no le permitió ver que estaba a punto de perder algo más que la calma.

Armand, advirtiendo la tensión, dio un paso al frente y clavó en Garet una mirada fría, pero tranquila.

Su respuesta no fue un insulto; fue una apuesta.

“Si Mateus no viene en diez minutos, te daré el 15% que hoy tenemos Luna y yo”, dijo con voz serena.

“Si viene en 10 minutos, tú me entregarás el 15% que tienes.

¿Trato?”.

La sala se heló.

Garet frunció el ceño con el tipo de incredulidad que provoca la risa contenida.

“¿En serio?” dijo Garet, intentando contener la ira.

Pero el orgullo no le permitió recular.

“Trato hecho” masculló al fin, y estrechó la mano de Armand con una presión que fue más un sello de reto que de buena voluntad.

Luna, con la respiración contenida, observó esta escena como si la presencia de Armand se hubiera descompuesto algo muy antiguo dentro de la sangre familiar.

El viejo Amo Crown aplaudió en el borde del sillón con la ingeniosidad de quien ve a un nieto convertido en guardián de su amada nieta.

Luna con movimientos lentos agarró el intercomunicador y le dijo a Liz, llama a Patrick, el asesor legal.

“Que quede claro” dijo Patrick—: cualquier transferencia debe ser consignada en acta y protocolizada por notario.

Si Garet firma, la cesión de acciones debe inscribirse en el libro de accionistas y en el registro mercantil.

Sin esa formalidad, queda en palabras.

Señor Armand, para que su entrega sea inapelable debe constar la voluntad expresa del cedente.

Armand movió la cabeza levemente en señal de consentimiento.

Había ido al frente sabiendo que todo lo que hacía debía dejar rastro.

No le gustaban las improvisaciones que no podían verificarse.

Dio una orden simple a Patrick.

Preparar el borrador de cesión y la harás a nombre de Luna, a título gratuito.

No entra en la sociedad conyugal; esto es un regalo irrevocable.

Liz, llama al notario y pide que venga de forma inmediata.

Luna sintió que la sangre le subía al rostro cuando escuchó la frase «regalo irrevocable».

Su mirada buscó a Armand.

El gesto que él le devolvió fue una mezcla de ternura protectora y determinación fría.

No había fanfarronería: la cesión de las acciones a su nombre sería la prueba pública para fortalecer su posición como accionista mayoritaria, no una mera concesión.

El concepto legal se aclaró: «donación pura y simple», así lo susurró Patrick, y explicó en tono didáctico: «Al ser un título gratuito y titularizada a su nombre, Luna puede disponer, pero la donación puede venir sujeta a condiciones que cursen con el acta.

Y, por supuesto, deberá inscribirse en el registro y notificarse a los órganos de gobierno».

Hacer el borrador fue un trámite breve, pero suficiente para formalizar el golpe de Armand.

Los diez minutos se convirtieron en una eternidad para todos.

Liz corrió al pasillo con una tableta; el notario se encontraba a dos calles, pero aceptó cerrar la agenda: la urgencia bien presentada hace milagros.

Garet iluminaba el lugar con la furia de quien siente que pierde algo que no supo manejar.

No era sólo el dinero: era el futuro de su familia el que se le escaparía de entre los dedos.

Entonces, y con un ruido de un motor conocido que llegó desde la calle como el preludio de una ovación, alguien llamó al intercomunicador: «El alcalde Mateus Farm está en la entrada.

Confirmada la visita».

La puerta se abrió como si fuera el escenario de una película donde cada segundo importa.

Mateus cruzó el umbral con un paso sereno y una sonrisa amplia; su traje mostraba la discreción de las oficinas municipales, pero sus ojos brillaban por la oportunidad.

Saludó al Amo Crown con una reverencia que parecía ensayada.

Los presentes se levantaron; Hubo un intercambio de cortesías que duró unos instantes.

“Señorita Luna” dijo Mateus.

“Me han hablado de su interés por el proyecto.

La ciudad necesita” y su voz se volvió grave, “una obra que no solo sea monumental sino eficiente.

Si los números cuadran, el ayuntamiento facilitará permisos y terreno.

Pero hay una condición: quiero ver un plan realista de financiación.

No permitiremos obras que comiencen y queden a medias”.

La honestidad de su declaración fue un brazo abierto y una advertencia al mismo tiempo.

Por supuesto, ninguna autoridad de la nación entregaría facilidades sin garantías.

Hagrid, aliviado, esbozó una sonrisa.

Garet, por dentro, era una tormenta de emociones.

“Mateus” respondió Armand con la convicción de quien ya había pensado en la respuesta.

“Lo que proponemos es sólido: La corporación Luna asumirá el 100% del monto de inversión para garantizar la culminación satisfactoria de la obra.

Además, pondremos en garantía los activos de la familia y el apoyo de inversores privados” dijo apuntando levemente hacia el mismo.

“¿Puede el consistorio acelerar los permisos cuando se acredita la solvencia?

La respuesta nos permitirá estructurar la financiación a corto plazo”.

Mateus afirmó: «¡Excelente!

Si presentan las garantías y un plan de viabilidad con los avales, apoyaremos la obra con prioridad».

Dijo las palabras con la tranquilidad de quien procura que la ciudad avance sin trampas.

“Entonces” intervino Luna, con voz que salió más firme de lo que ella esperaba: “firmaré la documentación y asumiré la responsabilidad de esta obra.

Es un presente que aceptamos con la condición de que la construcción beneficie a todos nuestros ciudadanos”.

Patrick dio los pasos protocolarios: redactó las escrituras de cesión, donación pura y simple, y puso la copia provisional sobre la mesa para que Garet la firmase primero.

Luego Armand tomó la pluma entre sus dedos y fue él quien la acercó a la mano de Luna, un gesto sencillo que fue más declaración que signo legal.

“Firma aquí, esposita” —murmuró—.

“Esto es uno de mis presentes para ti”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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