La prometida del General Divino - Capítulo 13
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13: Un ratatouille 13: Un ratatouille Sus dedos se rozaron.
El contacto fue breve, eléctrico.
Luna escribió, su firma tembló un segundo y luego cuajó.
Patrick estampó el sello virtual y dijo: «Con su firma queda registrada la intención».
El notario estaba presente y redactó el acta, «lo inscribiremos ahora mismo.
La cesión se ejecutará ahora y el libro de accionistas se actualizará.
Es irrevocable» dijo con una leve reverencia.
Hagrid inclinó la cabeza, conmovido.
Garet, con el rostro pálido, no tuvo más respuesta que la furia silenciosa, dio media vuelta y se fue apretando los puños, y en el bolsillo del abrigo llevaba la semilla de su rabia: la promesa de que no se rendiría.
Luego tocaba el turno de firmar la intención de ejecución del proyecto entre el alcalde y el representante de la corporación Luna.
“Es otro regalo” dijo Armand en voz baja para que solo Luna lo oyera.
“No es como la sociedad conyugal, no tienes que discutirlo”.
Quería que estos actos no fueran negociables por nadie.
Luna sintió que el pecho se le ensanchaba.
No había juramentos, ni compromisos; Había actos que la colocaba en el centro de la compañía, de la familia Crown.
Había verdad en eso, y en la seguridad con la que él hablaba.
Miró a su abuelo y, aunque sabía que él había movido los hilos, ahora lo atesoraba: en ese sillón de presidencia de la corporación que llevaba su nombre, ella era más dueña que nunca.
Después de un almuerzo que, por primera vez en semanas, tuvo sabor a victoria, se reunió para buscar inversores.
Armand asumió el papel de director improvisado.
Con la calma de quien ordena tropas, abrió su portátil, proyectó balances y activos: edificios en la Alameda, contratos de alquiler, activos de la narración familiar.
Hizo números, sumas rápidas, extrajo ratios de préstamo sobre valor y habló con la precisión de un banquero.
“Podemos conseguir la liquidez” dijo.
“Con la garantía de activos, acuerdos puente, y la entrada de algún inversionista como cotitular estratégico, además será clave la carta de apoyo municipal”.
Luna y el Amo Crown intercambiaron miradas con signos de admiración.
Hagrid susurró: «Si esto sale mal…» pero Armand le acalló con un gesto.
Sentencia “No saldrá mal”.
Mañana mismo buscaré al inversor.
Esta noche, Mateus publicará la carta de intención; con eso vamos al banco”.
La noche vino rápida; la ciudad se tiñó de luces y ruidos de motor.
Luna, con la pluma aun marcando la piel de su dedo por la firma, caminó unos pasos con Armand.
En la puerta, con la ciudad a sus pies, él tomó su mano otra vez.
“Hicimos mucho más que una apuesta hoy”, murmuró.
Ella apoyó la cabeza en su hombro y dejó que la certidumbre de su voz fuera de su ancla.
En la oscuridad, los motores lejanos rugían como presagios, pero al menos por ahora, el tablero estaba en su favor.
Después de dos días de gestionar financiamiento para iniciar la construcción del proyecto del hospital, llegó la noche en el circuito de Dragón City.
Las gradas de la terraza Vip vibraban con un murmullo de copas y risas: jóvenes con trajes de diseñador, collares que parpadeaban.
Abajo, los coches eran bestias brillantes que esperaban la orden de liberar sus pulmones de metal.
Luna caminó con la compostura de quien aprende a usar el privilegio como armadura; por fuera, su rostro parecía una máscara serena; por dentro, los últimos acontecimientos bullían como brasas.
Armand llegó a su lado con la calma de quien no necesita anunciar su entrada.
Las miradas se volvieron alrededor como si la sala medía al hombre por su efecto en la atmósfera.
A su alrededor los murmullos crecieron.
En la grada, un Bugatti plateado detuvo su rugido y de él descendió Grecia con su habitual brillo provocador: piernas largas, sonrisa ensayada, la voz de quien sabe que la riqueza es también poder.
Abrazó a Luna con familiaridad y luego, sin ocultar el desprecio socarrón que cultivaba, miró a Armand.
“Luna, mi reina” dijo con un tono que contenía azúcar y filo para Armand.
“¡Mira qué elegancia!
Y que sepa, querida, que aquí se sabe lo que corresponde: respeto y… jerarquía”.
Armand la vigilaba con la misma neutralidad con la que uno mira el tiempo y recordó esa mirada fría que la esperaba en el aeropuerto.
Saludó con educación.
“Buenas noches, señorita Thompson.
Un placer”.
Grecia ladeó la cabeza y dejó que la letra del desprecio se hiciera palabra.
Su mirada iba de Armand a Luna y regresaba, como calculando daños.
“Así que tú eres Armand” replicó con arrogancia.
“Este no es lugar para campesinos de montaña.
Aprende dónde pisas.
Si tu osadía se pasa de la raya con mi amiga te arrepentirás”.
La frase fue servida como un puñal afilado.
Armand solo curvó levemente la comisura de sus labios, pensando en su buena fortuna pensó: “las mujeres más hermosas menosprecian mi ser, por un tonto prejuicio”.
Percy Carson, heredero del circuito, se acercó en ese instante como una ola de testosterona y aceite de motor.
Era joven, perfecto y sabio en el arte de tratar a las mujeres como trofeos.
Miró a Armand con esa mezcla de burla y territorialidad que tanto intoxicaba las noches de la alta sociedad.
“Y tú ¿quién eres?” se burló.
“¿El servicio Valet?
Jajaja”, provocando risas en sus acompañantes.
La tensión palpó el aire.
Armand, sin dejarse tomar por la burla, se limitó a sonreír con educación, esa sonrisa que no pide permiso.
No buscaba pelea; su voz, cuando habló, fue una piedra al agua.
“Solo soy un invitado.
Buenas noches a todos”.
Grecia, con esa mezcla de celo y teatralidad, murmuró algo a Percy.
El muchacho, envalentonado, se volvió y dijo en voz alta: “Este tipo no tiene lo necesario para acompañar a nuestras dos bellezas.
Si es hombre, que lo demuestre”.
Las burlas comenzaron en murmullos: vueltas, apuestas, bravatas.
Las anfitrionas se abrazaron con risas calculadas.
La camarera Valeria, rubia nacida bajo otra estrella, se adelantó con la postura de quien nació para el servicio elegante y dijo con un perfecto francés: “Bonsoir, je m’appelle Valeria.
¿Comentar puis-je vous Aider?”, su acento era una caricia exótica para la sala.
Avisó los platos en un francés impecable que llenó de una nota exótica el aire.
Percy, demasiado seguro de su arsenal, pidió la especialidad del chef en un francés mal pronunciado, luego arrojó el menú en desafío a Armand: «Tú pides», se burló.
Armand no dudó, y la habitación se quedó en un silencio cómplice cuando pronunció las palabras en perfecto francés: «Bonjour, je voudrais un ratatouille au vin rouge et une sopae à l’oignon gratinée.» El gesto fue tan exacto como el de quien ejerce un poder nuevo y secreto: dominaba otro lenguaje.
Valeria, sorprendida y con un rubor fino, sonriendo, se acercó para tramitar el pedido y, con un dejo de complicidad, le contestó en voz baja: “Merci, señor.
Tienes una voz interesante”.
Su francés tenía un timbre cálido que rozó la piel de Armand como un vendaval de verano.
Los hombres se envalentonaron con una mezcla de asombro y celos; las mujeres se volvieron curiosas.
Luna, por su parte, notó el rubor en el rostro de Valeria, vio cómo la camarera le devolvía la mirada a Armand con una mezcla de timidez y atención, y sintió en su pecho algo nuevo.
Después de la cena, Percy, irritado por la inesperada competencia, propuso el reto: una vuelta de exhibición, placer y humillación pública.
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