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La prometida del General Divino - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Una carrera accidentada
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14: Una carrera accidentada 14: Una carrera accidentada Valeria era una de las nietas de la familia Louvre, dueños de la cadena de hoteles Louvre Hotels G Debido a su preparación y dedicación, hace poco la enviaron a esta sucursal en Dragón City para supervisar las operaciones y al personal, porque recientemente habían varias observaciones y quejas que llamaban la atención, por lo que estaba prácticamente de incógnito para hacer seguimiento a todas las líneas de operaciones, por eso ahora estaba como subordinada y se enteró que eventualmente, el gerente general de la sucursal hacía que los trabajadores prestaran servicios sexuales a los clientes adinerados a cambio de una buena comisión, hoy terminó su informe temprano y lo envió a la sede para que puedan actuar inmediatamente, por lo que era su último día, de pronto cuando estaba por salir de su turno conoció a Armand que con su excelente pronunciación, le recordaba cierta familiaridad con su ciudad natal y sentía curiosidad, por como llevaba las cosas con este grupo de niños mimados, que no dejaban de subestimarlo.

Grecia intervino «Si ganas», dijo altiva, «te invito a cenar en el restaurante más caro de la ciudad; si pierdes, acepta tu lugar y no vuelvas a importunar a mi mejor amiga».

La apuesta, súbita, chispeó la sangre de la velada.

Armand, con la calma de un hombre que ha cambiado el tablero dos veces en una tarde, aceptó: «De acuerdo y que gane el mejor».

Percy sonriendo: “necesito a Luna como compañera de viaje”, dijo mirando hacia Luna.

Luna desvió la mirada, que era un claro mensaje.

Entonces Grecia se levantó y dijo, “¡vamos!”, Percy envalentonado por la audacia de Grecia, dijo sonriendo, “espero que alguien te quiera acompañar”.

Pero el circuito era una bestia con ánimo propio.

La parrilla rugía.

El Bugatti de Percy acariciaba la línea blanca como un ladrón que rosa patrullas.

Armand también miró hacia Luna, pero aún no habían llegado a ese nivel de confianza, por lo que no dijo nada.

Aunque Luna por fuera mostraba serenidad e indiferencia, por dentro sus emociones eran un caos, como el cielo gris antes de una tormenta.

Armand subió al Corvette que le habían ofrecido: un coche honesto, con historia, que algunos mecánicos habían retocado por la noche.

Entonces la puerta del copiloto se abrió, Armand sorprendido vio nuevamente esos hermosos ojos verdes como el jade imperial, “Monsieur, puis-je vous accompagner dans cette aventure ?”, Armand sonriendo respondió, “Comment refuser une belle dame”.

Las luces verdes se apagaron y después se encendieron.

El mundo fue un despegue.

La primera entonación del motor mostró la entrega.

Percy, rápido y arrogante, tomó la delantera.

El público gritaba nombres, apuestas y latidos.

Al acercarse a la tercera curva, Percy se aflojó para trazar la curva con seguridad.

Armand, en cambio, adelantó por fuera.

Fue un avance que habló de horas de entrenamiento y de manos capaces.

La grada gritó; Grecia gritó con fuego: «¡Cuidado!».

Luna, por primera vez en la noche, presionó la mano con fuerza.

Un silencio que dura un latido: Armand no era la figura que ellos esperaban.

Había en su manejo algo casi táctico, una confianza milimétrica que superó el peligro de esa curva.

En la recta final, Percy tuvo que frenar pronto, porque sabía lo peligroso que era la última curva.

Además, recordó que sus mecánicos habían arreglado los frenos.

Por ello Grecia observó una sonrisa siniestra en el rostro de Percy, por lo que percibió que algo estaba mal.

Pero el Corvette de Armand seguía comiendo metros y trazando derrapes elegantes y perfectos de 360 grados, que dejó al Bugatti con un eco final.

Armand cruzó la meta con facilidad, con una coreografía de derrapes que dejó a todo el circuito en asombro.

Percy salió, rojo de ira.

«¡Esto no puede ser!» Vociferó.

Se acercó al Corvette al estilo del ofendido que pretende hacer silla de montar a la verdad.

Todo fue demasiado rápido: Percy saltó, maldijo, quiso tocar piezas y comprobar las trampas.

El motor del coche, caliente aún, no era el verdadero culpable; lo que sucedió después si lo fue: Percy aceleró el coche para probarlo… y al primer intento de frenada el Corvette que Percy había revisado minutos antes se estrelló contra la barrera, chocando con violencia.

Gritos.

Sirenas internas.

Percy, inconsciente, rodaba hacia la camilla mientras el circuito se convertía en caos.

Alguien gritó «¡los frenos!», y el color cambió el favor de la noche: de celebración a escándalo.

Muchos murmullos señalaban a Armand, otros a la fatalidad.

Luna se movió para alcanzar a Percy con pasos que querían ser compasivos.

Armand, frío, miró a los que le rodeaban con ojos que medían sospechas.

En la sala de la clínica, la conmoción fue inmediata.

Percy, en la camilla, entre la sangre y la furia, soltó una acusación que hirió la calma: «Los frenos… los frenos no funcionaban.

Alguien los manipuló».

La palabra sembró dudas que se expandieron como incendio.

Luna, en shock, buscó una explicación y la que encontró fue la más humana: culpó a Armand por haber provocado el accidente.

Apareció la palabra «disculpa» como una orden social.

El tono entre ellos se tensó.

“Pídele perdón” exigió Luna, con la voz que intenta ser legal y falla en humano.

Tú lo manejaste bien, pero Percy está herido.

Armand, que no ve la confesión como moneda fácil, contestó con firmeza.

“No voy a disculparme por algo que no hice.

Los frenos estaban en ese estado antes de la carrera”.

La frase fue una bomba que la sala oyó.

Luna, herida por la mezcla de orgullo y miedo, estalló.

Sería la primera vez que su rabia —más que su dolor— dictara una salida.

“No acepto un no” llegó a decir, y en un movimiento que despedazó la escena, se subió a su Ferrari sin esperar un “vamos” ni una explicación.

Dio la espalda a Armand ya Grecia y se fue, quemando llantas sobre la alfombra de asfalto.

Grecia, que había leído pronto la jugada de Percy, miró a Armand con nueva admiración.

“Realmente eres magnífico” dijo.

“Mañana te llevo a cenar.

Quiero hablar contigo en serio”.

Mientras Grecia hablaba, Valeria se acercó y con suavidad dijo unas palabras en francés al oído de Armand: “C’était magnifique.

Vous avez du talento”.

Fue magnífico.

Tienes talento.

Armand respondió con una sonrisa agradecida y con una broma en francés, una complicidad que a Valeria le pareció un regalo.

Intercambiaron números.

Ella lo abrazó y le dio un beso en la mejilla, un gesto inocente para ella y, sin embargo, la chispa que despertó los celos de Grecia.

Entonces, al dejar la pista, Grecia invitó a Armand a subir al Bugatti: «Ven, te llevo a casa».

A los pocos metros empezaron a percibir movimientos extraños.

De la oscuridad emergieron dos figuras maltrechas seguidas por una docena de hombres vestidos de negro, manchas de sangre en los puños y la intención clara de violencia.

Uno de los agresores gritó: «¡Hoy toda su familia estará barriendo!».

Armand y Grecia saltaron fuera del coche.

Un anciano y una joven pidiendo auxilio tropezaron hasta caer a sus pies con palabras atropelladas: «Por favor… nos persiguen… si nos ayudan, les doy una reliquia…».

La referencia a reliquias captó la atención de Armand como si fuera un gancho viejo en una lona nueva.

Antes de que la escena escalara, un hombre de apariencia bruta, con la greña desordenada, se adelantó y mostró su sonrisa de quien manda violencia: «Soy Gerardo Lucano, del clan del Dragón Oscuro.

La familia Graham ha de desaparecer.

Sigan su camino si quieren vivir».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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