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La prometida del General Divino - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Un nuevo mundo
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16: Un nuevo mundo 16: Un nuevo mundo Luna y Grecia conversaron un buen rato sobre sus cosas y temas en común, luego se acostaron y Grecia estaba pensando en las formas de poder enamorar a ese hombre que en un día la había cautivado tanto, que aún sus latidos seguían alterados, mientras tanto Julián estaba listo para dormir, sacó el dragón de jade y lo tomó en sus manos, lo estuvo mirando, estaba apreciando los detalles únicos que le daba un toque de realidad y exquisitez, parecía una obra de arte bien hecha.

El peso del colgante pareció aligerarse hasta casi no sentirse; su superficie comenzó a brillar con una luminosidad creciente que le obligó a cerrar los ojos por el ardor.

El Dragón de jade había entrado en contacto con la pieza de jade Yin que tenía colgado en su cuello, Julián no pudo notar ese detalle, porque sentía que el dragón calentaba su palma como si aún retuviera el calor de otro mundo.

Julián abrió los ojos y la penumbra de la habitación le pareció demasiado densa; el latido de su cabeza no era sólo dolor: era un tambor de guerra que marcaba un ritmo que él no reconocía como propio.

Todavía con el sudor frío pegado a la piel, dejó caer la mano.

El dragón tallado en jade emitía ahora un brillo tenue, como si inhalara y exhalara por sí mismo.

Julián no supo si fue la vista cansada la que le jugó una broma o si efectivamente la gema había cambiado: la superficie se volvió líquida en un segundo, y en esa viscosa claridad la imagen de una escritura minúscula latió frente a él, trazos que se rebatían en su mente.

Antes de que pudiera reaccionar, la luz lo atravesó.

No fue un sueño.

Fue una caída limpia hacia un blanco infinito que no tenía techo ni suelo: sólo el sonido bajo de una respiración antigua y la figura, enorme y dorada, de un dragón que descendía de un silencio aún más hondo.

No rugía, no hablaba: modulaba memoria.

Era como si el tiempo se hubiera comprimido en una sola nota y el dragón fuera la forma que adoptaba esa nota para enseñarle.

“Bienvenido al Libro Milenario” dijo la presencia sin voz, y la voz fue un eco que no necesitó palabras para entenderse.

“Aquí el tiempo es un suspiro, y el suspiro puede hacerse vida”.

Julián sintió que su conciencia se abría como un canal.

Frente a él apareció primero un diagrama: meridianos trazados con la precisión de mapas de ríos, nombres en una lengua que le sonó a algo entre el latín y la marea.

El dragón trazó con la cola una serie de puntos sobre el mapa, y cada punto chisporroteó en el pecho de Julián como si le hubieran pinchado con la punta de una aguja de hielo.

Las enseñanzas no llegaban como frases articuladas sino como sensaciones traducidas en memoria técnica: la respiración de cuatro tiempos que rebaja la presión intracraneal; la manera de distribuir la fuerza para que un golpe no rompa la cadera del agresor sino su voluntad; la receta básica de una pastilla que calma los meridianos en estado de choque.

Todo caía sobre su mente como lluvia cargada de electricidad.

Y el Libro le ofrecía tiempo.

Una voz o más bien la certeza del dragón, le dijo la regla que ahí regía: “una hora en el mundo de Armand equivalía a un año en la dimensión que aquello contenía.

«Sin abusos», le advirtió la sensación.

«Todo lo que ganes aquí será pagado fuera.

Cada meridiano que abras aquí marcará un precio en la carne del mundo real».

Julián entendió, con la claridad de quien ve al enemigo aparecer en el horizonte: darle al Libro todo su tiempo era tentador, pero peligroso; rendirse al Libro significaba cambiar para siempre la balanza entre su conciencia de ayer y el cuerpo de hoy.

Aceptó.

El primer año fue un curso de fundamentos.

Aprendí a sentir la corriente tibia bajo la piel —el qi— y distinguirlo del reiki, que en el Libro se presentaba como una capa más alta, más sutil, una música que contenía notas de compasión y juicio simultáneos.

Las artes marciales externas le sonaron entonces como una poesía de choques y equilibrio; las artes internas, para aquellos con raíz de qi, se le revelaron como ríos que aprenderían a contener la furia del mar.

Y más allá de todo eso, el reino de la energía espiritual —el reiki en su modo puro— apareció como una casa de espejos donde la intención era la lámpara que encendía cada cuarto.

El dragón le enseñó cosas concretas: cómo localizar el primer meridiano extraordinario (Qian), dónde la sensación era como el latido de un hilo; cómo usar una técnica de respiración (inhala cuatro, sostiene dos, exhala seis) para mover el bloqueo; cómo sostener un punto con la mente hasta que la memoria de dolor se disolviera.

Julián practicó.

Días que para él eran semanas.

Dolor y pequeños triunfos.

Apertura el primer meridiano con sudor que sabía a lágrimas antiguas y, cuando lo logró, una claridad nueva le atravesó la columna.

Fue el primer paso.

El segundo año fue lucha y paciencia.

El Libro puso imágenes de maestros y discípulos: formas de combate que combinaban respiración y gesto, recetas de ungüentos que solo se podían preparar si uno conocía el ritmo de la planta.

Julián aprendió a atar técnicas con sentido: un golpe que iba acompañado de un descenso de la respiración hacia el dantian podía no solo tumbar a un hombre sino también liberar una hemorragia.

Era un conocimiento aplicado.

También fue un año de pruebas: por cada meridiano que abrió, el dragón le arrancó un poco de sus reservas en la dimensión real; Su corazón despertaba con pesadez al volver.

El tercer y cuarto años fueron una inmersión en el tejido fino del reiki.

Allí aprendió lo que la mayoría de los maestros callaban: que la diferencia entre un maestro de artes internas y un cultivador del reino espiritual no era la fuerza sino la conducción del espíritu.

El espíritu era una llave: con ello podías guiar la energía para sanar o para hacer que alguien olvidara un rencor.

El Libro enseñó cómo fraguar píldoras en pequeñas cantidades, el modo de combinar hierbas con el sonido de la respiración.

Julián mezcló barro en su mano como si fuera arcilla y creó sustancias que templaban el meridiano de un herido; al administrarlas, vio cómo se cerraban heridas en segundos.

Pero cada curación le dejó el cuerpo más pesado, y el propio cuerpo de Armand protestó: noches en que la sangre le dolía, pasos que se volvieron lentos.

El quinto año fue una prueba de espíritu: el dragón lo llevó a probar el Dui, el meridiano central que en el Libro se mostraba como la puerta.

Abrir el Dui no era destreza: era entrega.

Una y otra vez Julián sintió que se le ofrecía la inmensidad y que, si cedía en exceso, perdería la medida entre lo real y lo que había aprendido en aquella cúpula blanca.

La lección fue dura: cada vez que él empujaba, el dragón le mostraba una imagen de lo que perdería, un olor, una memoria, una caricia robada, para que él eligiera si realmente merecía cruzar.

No era destinarse a un poder mayor por vanidad; Era sacrificar retazos de humanidad para poder sostener a muchos.

Julián fue guiado por el dragón dorado a una dimensión con un calmado océano y cielo azules, donde podía sentir una paz extrema, solo existía el mar y el cielo, de pronto vio una luz que era como una estrella que desplegaba una atracción irresistible, así que reuniendo una gran cantidad de energía impulsó su cuerpo, cuanto más alto ascendía, más denso se volvía el aire, sentía una fuerza de resistencia cada vez mayor, era como nadar en aguas invisibles, cada movimiento exigía un esfuerzo mayor al anterior, por lo que tuvo que emplear una gran cantidad de energía adicional que tenía en su cuerpo, producto de los años de entrenamiento, luego de tanto esfuerzo desplegado, finalmente pudo atravesar el cielo, entonces curiosamente se adentró en esa luz tan cálida y se sintió maravillado, sus sentidos finalmente se habían fusionado con este nuevo mundo Al final del quinto año, Julián cruzó la puerta.

La experiencia no fue fanfarria: fue una calma llena.

El reiki ya no le sonaba como un eco lejano sino como una melodía en su sangre.

Abrió los ocho meridianos extraordinarios Qian, Kan, Gen, Zhen, Zhong, Xun, Li, Kun y, por un instante, el Dui se limpió como un cielo tras la lluvia.

Sintió la energía circular con la regularidad de un reloj cósmico y, sin saber exactamente cuánto había dilatado en la otra dimensión, sintió que había ganado años de dominio.

El dragón, la figura tutelar, bajó la cresta y por primera vez lo miró con respeto.

«Has aprendido lo que mostré», dijo la certeza del Libro.

«Has pagado lo que pedí.» Regresar fue como despertar de una eternidad en una cama que no había cambiado.

Julián sintió el mundo con una nitidez nueva: los grillos en la distancia eran una orquesta; la respiración de Grecia, un metrónomo.

El tiempo real no había avanzado tanto: apenas unas horas o tal vez un par de días; Sin embargo, dentro de él se instaló la densidad de cinco años trabajados sin tregua.

Los cambios fueron tangibles.

Antes de flotar a la ducha, se obligó a repasar lo que podía traer del Libro sin acabar con su cuerpo: una técnica de respiración que calmaba la presión en la cabeza; una postura para centrar el reiki y expulsar la tensión; una receta sencilla para una pócima que ayudará a la recuperación.

Sabía ahora que, si usaba demasiado de lo aprendido en el mundo real, pagaría un precio: noches sin sueño, pequeñas pérdidas de memoria, fatiga en los músculos.

Había poder y con ello también responsabilidad.

Entró en la cocina antes de que cualquiera se despertara por completo y, con manos que ya conocían nuevas formas de tocar, preparó un desayuno como si fuese una liturgia: huevos suaves, bollos exquisitos, un caldo aromático que había aprendido a templar con verduras frescas y la infusión de las hojas del árbol del dragón.

Grecia apareció primero, arreglada y con la mirada aún en las sombras del sueño.

Al verlo, su cara se ablandó.

Por un segundo, Julián —el hombre que había sido en otro mundo— hubiera sentido vértigo por la escena que derramaba naturalmente una belleza fresca y seductora, pero Julián, en el cuerpo de Armand, simplemente sintió que sabía cómo sostener sus emociones.

“Adelante, señorita Thompson” dijo Armand con esa mezcla de respeto y broma que ya le sentaba bien.

“Pruebe esto”.

Grecia probó un poco de todo, los párpados se le humedecieron de pronto, no por el alimento sino por la calidez de la atención.

Luna llegó después, con su habitual mezcla de altivez y curiosidad, y se sentó con agilidad en la mesa; no dejó de mirar al hombre que ahora era su esposo de palabra.

“Me vas a sorprender nuevamente” musitó, probando todo lo que estaba en la mesa y definitivamente era otro nivel de sabor que asaltó su paladar.

Luna que desde niña gustaba de la buena comida especializada, encontró esta vez algo que secuestró su sentido del gusto y finalmente ese té de dragón era un elixir que apenas ingresó a su cuerpo hizo que se sintiera en las nubes.

Tan fresca, revitalizada y con una sensación que avivaba su belleza.

“Uhmmm que delicia, Armand por favor, vendré todos los días a desayunar o ¿podrías visitarme para enseñarme a cocinar?” Esta última parte lo dijo de manera sensual y dulce.

Luna se sobresaltó, pero no dijo nada, y miró hacia Armand, quien sonriendo se acercó a Grecia, “Puedes venir cuando gustes”.

Luego de alistarse todos salieron para el trabajo.

Tras el desayuno, en la oficina de la corporación, Armand se presentó con la autoridad con que había aprendido a presentarse frente sus felinos: no como un hombre que había alcanzado un secreto y regresaba con vanidad, sino como quien había pagado un precio y ahora debía compartir la carga.

“¿A qué te dedicarás aquí?” susurró ella cerca de la oreja de Armand, con la voz que, de tan fría, parecía un desafío que invitaba.

“A la seguridad” respondió él.

A tu seguridad señora Moore.

Así que no te alejes de mí.

Luna sonriendo de medio lado, fingiendo contrariedad, el rubor asomó y se fue.

Las palabras de Armand eran un ritmo que, por un lado, la inquietaban y por otro tranquilizaban; Era una promesa envuelta en decreto.

Él, por su parte, sabía que había algo que quería proteger más que a la mujer hermosa: el tejido frágil que sostenía una ciudad.

Luna negó con un movimiento de cabeza y le respondió, “Ayer contratamos a una persona que se encargará de mi seguridad, es una persona del servicio militar del estado y alguna vez trabajó para el presidente de la nación”, Armand sonriendo replicó, “Pero no te cuidará con todo mi amor”.

Luna se estaba sintiendo un poco tímida, de pronto reaccionó y volvió a su mirada fría.

Se sintieron pasos e ingresó Liz, tras ella también estaban Terry de Talento Humano y Leia la ex oficial del servicio de seguridad del estado, ella era alta de porte atlético, con un hermoso rostro, de cabello negro y corto que asentaba con su tez blanca, facciones bien definidas, mostrando un aura de ferocidad y belleza innata; ambos ingresaron y saludaron a Luna, Leia hizo un saludo militar al ver al General Divino y se sintió como una Fan enamorada con ojos de corazón, Armand rápidamente se acercó y le dio la mano antes de que se dieran cuenta de su cercanía.

Leia realmente había estado bajo el mando de Armand hace unos cuatro años y se enamoró de su porte y formas de gestionar a sus felinos; pero luego fue transferida a la seguridad de la primera dama por recomendación de Armand.

Luna estaba serena, “Terry, a partir de hoy Armand será el encargado de seguridad, regístralo y preséntalo con el Jefe de seguridad para que coordinen sus actividades”.

Terry respondió “Muy bien señorita Luna, ¿este chico es una nueva contratación?”.

Leia lo miró con ojos que echaban fuego, hasta que sintió la mano de Armand en su hombro y se calmó como un gato cuando le acariciaban la cabeza.

Luna no quiso que humillaran a su esposo y le respondió “Terry, él es Armand Moore el nuevo director de la corporación Luna y también es mi esposo, así que será un asesor del área de seguridad”.

Terry sintió que sus rodillas no daban para más y se inclinó ante Armand “Señor le pido perdón por mi falta de respeto, desconocía su valor, no lo tome como algo personal”.

Armand aceptó sus disculpas.

“Leia, por favor te encargo la seguridad de mi preciada esposa, luego quiero coordinar contigo algunos detalles; señor Terry vamos para proceder con las indicaciones de la señora Moore”, Luna al escuchar lo último sintió como subía la temperatura y el color de sus mejillas, luego se quedó con Leia.

Gastón, el jefe de seguridad, apareció y lo midió con la mirada del veterano que no se deja impresionar por títulos.

Armand lo observó y, por primera vez, habló con la voz de quien sabe que la disciplina externa debe alimentarse con saber interno.

“Reúne a todos los efectivos de seguridad en diez minutos” ordenó.

“Hoy iniciará un nuevo entrenamiento”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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