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La prometida del General Divino - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Guardaespaldas en un nuevo nivel
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17: Guardaespaldas en un nuevo nivel 17: Guardaespaldas en un nuevo nivel La llamada, Reunión a todos en el patio trasero de la sede de la Corporación Luna.

Gastón apareció primero, con los hombros tan anchos como el rumor que le precedía; detrás de él llegaron los hombres y mujeres de la seguridad: botas que sonaban como metrónomos, miradas que calculaban el terreno.

Al final, contaron ciento setenta y dos agentes.

La fila era una promesa de fuerza; Armand los observó con los ojos templados de quien había forjado ejércitos en otras manos.

“Hoy” dijo Armand y su voz cortó el murmullo “vamos a jugar.

Formarán un círculo alrededor mío.

El que me toque con un golpe la cara se lleva cien mil dólares.

Tienen cinco minutos.

Empezamos.

Un silencio reinó por unos segundos; luego una carcajada cortó el aire y Gastón fue el primero en apuntarse: «¡Esos cien mil son míos!».

Se lanzó con seguridad.

Era rápido; su puño cortó el aire como filo.

Gastón había peleado y ganado, y ese hábito lo hacía confiar más que un joven con sudor en la frente.

Pero aquella vez no hubo contacto.

Armand movió las manos apenas y una pequeña onda, una presión casi imperceptible, empujó a Gastón hacia atrás como si un viento invisible lo hubiera tomado por la cintura.

Salió volando unos pasos y cayó sobre la lona con la boca abierta.

El impacto quebró la arrogancia del primer movimiento.

Los demás se miraron: nadie logró tocar ni siquiera un cabello.

Armand no había alardeado por vanidad; Había querido medir la diferencia.

Julián, que todavía se estaba acostumbrando al cuerpo y al Libro, notó algo nuevo: su fuerza interna, la que el dragón le había ayudado a domar, ya no era una idea sino una realidad práctica que podía proyectarse en el cuerpo ajeno.

—Bien —dijo Armand—.

Sólo necesito a la mitad de ustedes para elevar el nivel.

Gastón, arma un torneo eliminatorio; los vencedores pasarán al siguiente nivel de entrenamiento.

Gastón jadeó, pero cumplió.

En menos de una hora empezó a trazar llaves y emparejamientos.

La plaza se convirtió en un rectángulo de combate.

Julián observaba y, por primera vez, evaluaba quién tenía qi real y quién sólo fuerza entrenada.

Algunos pechos chisporroteaban de energía; otros eran réplicas musculares sin corriente interna.

Luna llegó con Liz y Leia.

Entraron a tiempo para ver la última tanda antes de la pausa: un joven cayó, su cara golpeó el suelo; otro se retiró con el orgullo quebrado.

Armand tenía los ojos puestos en Leia.

Ella tenía una postura que no sólo hablaba de disciplina: había un rastro de energía qi en su respiración, un punto en el vientre donde la energía latía con posibilidad.

Julián lo notó también; la experiencia del Libro le daba ahora ojos diferentes.

“director Moore” susurró a Gastón, “¿quién es ella?” “Es la señorita Leia” respondió él.

“Ex oficial del servicio de seguridad del estado.

Está como guardaespaldas de mi esposa, desde hoy”.

Entonces Armand miró a Gastón y le propuso una prueba directa.

“Gastón, si puedes durar más de unos 10 minutos con la señorita Leia, entrarás directamente a la fase de élite.

Gastón se infló de orgullo.

“Confía en mí, jefe.

Duraré más que eso” —gruñó.

Leia, que hasta entonces había mantenido la compostura, sintió cómo el pulso se le aceleraba.

Había admiración hacia aquel hombre robusto y seguro; por eso, cuando Armand la llamó con la mirada, su corazón dio un salto que la dejó algo mareada.

Se acercó a él con pasos que no podían disimular una emoción íntima y él, la sostuvo con palabras suaves.

“Te haré más fuerte” le dijo casi en un susurro.

“Déjate llevar y siente cómo tu cuerpo absorbe esta energía.

No es un milagro: es práctica.

Si controlas la fuerza, podrás ganarle.

Pero no lastimes a nadie.

Armand tomó la mano de Leia y depositó una corriente de reiki que en la experiencia de Julián era ya familiar: una brisa fresca que llenó su vientre y se abrió como una flor.

Leia sintió algo nacer en el centro del abdomen: una vibración que se expandía.

Sus piernas temblaron al principio y luego se calmaron; su respiración se hizo larga y profunda.

“Intenta el primer movimiento” ordenó Armand.

Leia hizo una secuencia simple y precisa, el movimiento instruido por Armand en sus inicios como cadete: giro de cadera, desplazamiento de peso, brazo que bloquea.

La misma técnica, antes un enigma, ahora salió como por motor.

Vio cómo su equilibrio se transformaba, cómo su fuerza se enlazaba con algo que no era pura musculatura sino una corriente dirigible.

Al terminar, soltó una risa breve, sorprendida y feliz.

“Gracias, mi general”, murmuró, como una confesión.

Armand notó el resultado en los indicadores energéticos que su entrenamiento en el Libro le había afinado; la energía qi en el primer meridiano Qian había comenzado a fluir al cien por cien, mientras el segundo estaba a punto de abrirse.

Este avance era principalmente como artista marcial, fortalecía su cuerpo y mejoraba exponencialmente sus habilidades y sentidos.

“Buen trabajo.

Pero vamos a subir la apuesta”.

Gastón se mostró confiado por que desconocía los cambios recientes, que Leía había obtenido; su orgullo no le permitió ser minucioso con las acciones de Armand.

Por eso creyó que Armand, solo le estaba dando algunos consejos a Leía directamente.

Ella aceptó, no con arrogancia sino con la curiosidad de quien quiere probar su fuerza.

“Si Gastón resiste treinta segundos” anunció Armand a los presentes, “todo el grupo se lleva el premio.

Si caes en menos de treinta segundos, todos hacen diez mil lagartijas”.

La bomba explotó: carcajadas, gritos, apuestas internas.

Gastón lanzó el primer ataque: un puñetazo que llevaba la intención de romper el aire.

Leía se movió con el último aprendizaje aún fresco en su cuerpo; su defensa respondió con la precisión de quien ha aprendido a enlazar intención con gesto.

Gastón, por primera vez en veinte años, sintió en su brazo la inmovilidad de un punto que no cedía: su puño chocó con un vacío que no era aire sino respuesta.

En siete segundos, Gastón se encontró en el suelo; la cara desencajada por la incredulidad.

El cronómetro de Armand marcó el tiempo: 7 segundos.

La multitud quedó muda.

El «dios» local había caído ante la guardia nueva; nadie se atrevía a aplaudir por temor a romper la gravedad del momento.

“Liz, llama a Terry” ordenó Armand mientras se acercaba a Gastón.

“Que cuente las diez mil lagartijas y que cuide la recuperación de Gastón.

Gastón fue ayudado a levantarse; su orgullo, más que su cuerpo, estaba herido.

Pero algo había cambiado: había entendido que la fuerza sola no bastaba.

Leía, por su parte, caminó con una sonrisa que era mezcla de asombro y timidez.

Sus ojos buscaban a Armand.

No era sólo la gratitud por la técnica; Era la sensación de que algo mayor había germinado dentro de ella.

“Mi general” susurró, luego dijo con voz que aún retumbaba de la emoción—.

¿Podemos entrenar así cada día?

“Sí”, contestó Armand.

Te entrenaré y te introduciré en el cultivo de qi.

Pero con límites: cada vez que uses lo que te he dado sin preparación, habrá costo.

Cuando cayó el espectáculo, la atmósfera se transformó en respeto.

Los agentes que habían dudado al principio ahora veían al nuevo director de seguridad con otra luz: no era un charlatán ni un simple título; Era alguien que podía transformar cuerpos.

En el coche camino a la mansión, Luna y Armand compartieron un silencio cómodo.

Luna, desde la parte trasera, le comentó de la cena con Grecia y le pidió cuidado: «No quiero pleitos».

Armand respondió con una reverencia juguetona y, por un instante, la tensión doméstica se volvió ternura.

Al llegar, Grecia apareció con su brillo habitual.

Saludó a Luna y se inclinó ante Leía con afabilidad: “Señorita Leía, por favor cuide de mi amiga.

Es como una hermana”.

Leía, con seguridad recién consolidada, inclinó la cabeza emocionada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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