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La prometida del General Divino - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 La Viuda Negra
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19: La Viuda Negra 19: La Viuda Negra “¡Esta sala me pertenece!” rugió un joven con la voz rasposa.

“¡Quiero a esa señorita!” dijo, señalando a Grecia con lascivia.

La atmósfera se puso tensa.

Dos guardaespaldas se acercaron a Armand con intención, pero no tuvieron oportunidad: al intentar tocarlo la piel de su mano empezó a arder y se creó un muro alrededor.

No fue fuerza bruta la que los detuvo, sino el control invisible que Armand proyectó con calma.

El mesero, temblando, buscó ayuda hasta que alguien una presencia que no se veía hace mucho tiempo, tocó el hombro del guardia que pretendía empujar a Armand y lo dejó inmóvil.

Nadie entendió cómo se desactivó la amenaza, pero la violencia se fue sin que se consumara.

En ese instante apareció Ariana Baeva con su hermoso rostro, la Viuda Negra, conocida por su belleza y por su frialdad, materializó su presencia como si la escena la hubiera llamado.

Ella era la dueña del restaurante, pero su sola figura de supermodelo cortó la noche.

Al asomarse, Ariana evaluó la situación en un segundo.

BB, el joven Benson, se adelantó con la prepotencia de quien cree que los apellidos le dan inmunidad; su escolta, hombres con insignias militares en la solapa, formaban detrás de él un muro que hablaba de compromisos institucionales.

El rumor había seguido a ese nombre durante años: contratos inflados, comisiones por seguridad, y la sombra de un homicidio no resuelto, la desaparición del periodista Márquez, cuyo expediente se había enfriado pese a indicios que señalaban a círculos cercanos a la familia Benson.

Esa fue la razón por la que en la ciudad pocos se atrevían a contradecirles.

BB replicó, “quiero ver que te atrevas a tocarme un cabello”.

Ariana levantó la mano ¡¡Plaff!!

el “BB” cayó al suelo, con las pocas fuerzas que tenía gritó “¡¡Maldita zorra, ya verás hoy cerraré este local y morirás por esta bofetada!!”.

La guardia militar, obligados por la fuerza de la situación y el respeto que la mujer imponía, arrastraron a BB y su séquito fuera del restaurante.

Salieron maldiciendo, pero lo hicieron.

En la puerta, BB escupió amenazas e improperios que se perdieron en la noche; su escolta guardó silencio, o tal vez se guardó la palabra para otras aguas.

El salón se había repuesto apenas del sobresalto cuando la voz de Ariana cortó el murmullo como un escalpelo.

Era una voz fría y medida, con la autoridad de quien no necesita alzarla para que la escuchen.

Todos, incluidos los comensales, la miraron: la Viuda Negra no solía aparecer en público sin motivo.

Su entrada fue correcta, sin estridencias; un paso de modelo sobre el borde de una escena que venía incendiada.

Ariana regresó al salón como quien deja flotar la escena hasta su sitio.

Se inclinó ante Grecia con elegancia.

“Buenas noches” dijo.

Soy Ariana Baeva.

Lamento la interrupción.

No volverá a repetirse.

Armand sorpresivamente hizo un gesto con cortesía, pero su mirada ya había hecho un escaneo: observó la figura de Ariana y calculó, en un segundo, sus capacidades.

No solo era belleza y porte; Había algo en la línea de sus hombros, en la respiración, que hablaba de técnica.

Sus ojos buscaron los indicadores sutiles: Ariana tenía dos meridianos claramente desarrollados —no una cultivadora completa, pero sí alguien curtida—.

También apreció una tensión en su tercer meridiano, un pliegue que indicaba entrenamiento arduo, pero con una herida antigua.

“Encantado de conocerla” dijo Armand.

“Gracias por su intervención”.

“El respeto a los comensales es mi obligación” respondió.

“Pero le diré algo: ese joven tiene amigos peligrosos.

No está todo dicho”.

La advertencia quedó colgada cuando la atmósfera se tensó otra vez: un camarero tropezó en la distancia y, en ese movimiento, la pequeña reverencia de Ariana deslizó una daga envenenada en la mesa donde Grecia estaba sentada.

Nadie lo vio al principio: la multitud, la luz, el ruido, prestaron atención al final del corrillo.

En un gesto apenas perceptible, la mano buscó el cuello de Armand con un hilo definido.

La intención no era hablar; Era un golpe rápido y preciso.

Grecia notó la sombra.

Fue un reflejo: levantó el brazo para advertir, pero el cuchillo ya había rozado la piel.

Grecia jadeó, esa mitad de instante en que la vida se fragmenta.

La hoja dejó una línea fina y húmeda; la expresión de Grecia cayó y su cabeza se inclinó.

Había sangre, y algo más: un olor metálico mezclado con un tinte floral, señal de un neurotóxico de acción rápida.

Armand reaccionó sin desear la exhibición.

Se inclinó sobre Grecia; la chica había perdido el color en segundos.

La situación exige acción inmediata.

En público, no podía permitirse un despliegue exagerado; pero tampoco podía dejar que la mujer que protegía muriera.

Ariana vio los ojos de Armand solo por un segundo y quedó inmóvil con la daga en la mano; su rostro, que unos segundos antes había sido el de una mujer de acero, se volvió una máscara de horror.

No había nada de triunfo en sus ojos: solo la comprensión arrepentida de que había roto una barrera que no se podía recomponer.

Primero hizo lo básico: comprobó la respiración, abrió la vía aérea y comenzó con respiración boca a boca mientras le sujetaba el brazo para asegurar su flexibilidad.

Armand no era hombre de demoras.

Sacó de su chaleco sus agujas: piezas finas, memoria de siglos de práctica que el Libro había afinado en su pulso.

Con manos que temblaban, siguió el protocolo de sellado que había aprendido: insertó una primera aguja precisamente en el punto que frenaba la hemorragia y conectaba el sistema linfático; otra alineó el flujo para evitar que el veneno se expandiera.

Sus dedos se movieron con la precisión de quien conoce el mapa del cuerpo mejor que el propio nombre.

“Respira, mi niña traviesa” murmuró.

“Mantén la respiración.

No te vayas”.

“No puedo perderte” susurró, casi sin querer admitir a quién le hablaba.

Era ya tarde para ambas certezas: Grecia respiraba con dificultad, sus labios cianóticos, la vida graduándose en segundos.

“Ariana, si algo le sucede, ni diez vidas te van a alcanzar para pagarlo”, le dijo sin mirarla, al mismo tiempo, Armand apoyó las palmas sobre el torso de Grecia y, registrando la técnica aprendida en la cúpula del Libro, canalizó reiki a través de las manos y la respiración.

Su energía no fue espectacular; fue calmada, precisa: una luz caliente que circuló desde su palma hasta el dantian de Grecia.

Sintió cómo la energía de su propio cuerpo cedía, como si entregara reservas acumuladas.

Era una intervención a la vez médica y espiritual.

El efecto fue lento y tenso: la pupila de Grecia se ajustó, sus pulmones tomaron aire con un susurro, la presión en su pecho ocurrió.

Grecia tosió y abrió los ojos apenas y vio el rostro de Armand, convertido en una máscara de sombras y luz.

Alcanzó a sonreír en un hilo de voz, como si quisiera que el mundo supiera que no se arrepentía.

“Amor, Armand…” murmuró.

“Vete…

cuida a Luna…” Sus palabras se apagaron en un suspiro que prometía olvido.

El pulso de Grecia menguó.

Sus manos, que habían sido cálidas, se volvieron frías en la palma de Armand.

Ella se desvaneció lentamente con la cabeza recostada sobre los brazos del hombre que había empezado a amar, en un escenario que era una representación de fragilidad y soberbia.

Armand la sostuvo hasta que la rigidez comenzó a imponer la realidad.

Cuando Armand estaba acomodando el grácil cuerpo de Grecia para destrozar a la culpable de su muerte, la luz de las siete agujas resplandeció como una explosión, sintió los latidos débiles que empezaban a golpear sus agudos oídos.

Entonces la arrulló nuevamente, la besó con tal intensidad por la emoción de tenerla con vida, para poder ayudarla a recuperar su fuerza le envió otra cantidad de energía reiki, luego de unos segundos sintió una respuesta débil pero con un anhelo creciente por aferrarse a la vida, por eso su beso y su abrazo fueron correspondidos con mayor intensidad, solo entonces Ariana que tenía el bello rostro contorsionado, por la insoportable presión que ejercía Armand pudo respirar aunque con mucho esfuerzo al inicio.

Pero la ayuda tuvo un precio inmediato: cuando se incorporó, Armand notó un zumbido espeso en los oídos y la visión le tembló por segundos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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