La prometida del General Divino - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Traición a la patria
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20: Traición a la patria 20: Traición a la patria Ariana pertenecía al clan Harker, una familia dedicada a la formación de artistas marciales que vivía en una villa en la frontera entre Eurasia y el país ruso.
El lugar era muy frío, casi todo el año cubierto de nieve; Esas condiciones favorecían el entrenamiento de las artes marciales internas, tanto del cuerpo como de la mente.
Ariana Baeva fue reclutada siendo muy pequeña.
La encontraron abandonada, casi al borde de la muerte, después de que su aldea fuera atacada por una banda dedicada al secuestro y la explotación de personas en extrema pobreza.
Acogida por el clan, la sed de venganza la impulsó a entrenar sin descanso hasta llegar a la cima: abrió dos de sus meridianos antes de los treinta años, convirtiéndose en una de los más fuertes del clan, solo por detrás del líder y la hija del líder.
Más tarde partió en busca de la banda que había destruido su hogar.
Los encontró dirigiendo el bajo mundo de varias zonas de Ciudad Dragón; los eliminó uno por uno y se impuso como la reina absoluta del hampa en esa ciudad.
Tras la masacre, con el bajo mundo sin cabeza, Ariana, aunque en contra de su voluntad y para preservar su estatus obtuvo el título de Reina del Bajo Mundo.
Era temida y respetada gracias a su destreza y fuerza; nadie había logrado escapar a las redes de la Viuda Negra.
Ahora, sin embargo, estaba prisionera del general Armand Moore, a quien había subestimado desde el principio.
Como Reina del bajo mundo de Ciudad Dragón, Ariana tenía conexiones con otros clanes.
En esta ocasión había recibido la orden del poderoso Clan del Dragón Oscuro de asesinar a Armand Moore.
Ella no podía negarse: el líder del clan era demasiado influyente como para ofenderlo.
Ariana se encontró en un rincón, débil, con la respiración entrecortada; su cuerpo parecía desfallecer cuando apareció una mujer hermosa, atlética y seductora, vestida con un traje ejecutivo que realzaba su esbelta figura.
Storm, al ver que Armand estaba pálido, se acercó rápidamente para ayudarlo.
Le acomodó el cuerpo de Grecia, a la que sostenía en brazos: débil, pero fuera de peligro.
“Solo necesita descansar un poco” dijo Storm.
Armand la ayudó a colocarla en el sofá y se sentó, aunque se sentía débil tras reanimarla.
“Mi general, he cumplido sus órdenes” le dijo Storm—, “pero hay un asunto delicado que quería tratar.
Después de investigar al Clan del Dragón Oscuro descubrimos que su líder está aquí, en Ciudad Dragón…” Una carcajada fuerte y sardónica resonó desde fuera de la sala.
Armand miró a Storm y, en voz baja, la ordenó: “Ve afuera y dile al pequeño Gerardo Benson que pase a verme si tiene algún problema por lo de su hermano.
Prepárate para una pelea feroz”.
Storm se disponía a salir cuando Bartolomé Benson, mirando a la débil Ariana, escupió: “En un momento vendrá mi hermano; Será mejor que te largues a tu país, maldita perra”.
Los vehículos pesados frenaron en la calle y el sonido de botas militares llenó el restaurante: dos filas de soldados armados abrieron paso al gobernador de Ciudad Dragón, que empezó a desalojar a los comensales.
Gerardo Benson llegó acompañado de su corte, su sonrisa era una grieta que siempre amenazaba con mostrar dientes.
Coronel retirado, ahora gobernador, su autoridad olía a pólvora y antiguas lesiones.
A su lado, Bartolomé, feroz por ambición y rencor, se deleitaba en la humillación ajena.
El banquete de arrogancia ya había comenzado.
“Buenas noches, general.
No esperaba verlo tan recuperado; Pensé que su último accidente lo tendría en peores condiciones.
Armand entrecerró los ojos y le respondió con frialdad, pero antes de que dijera más, Storm intervino: “Señor Gobernador Gerardo Benson, ¿a qué debemos su honorable visita?” Gerardo, que ya no veía secretos entre ellos, la encaró sin paliativos: “Vengo a llevarme al general para resguardarlo.
He oído que los bárbaros han descubierto su paradero y podrían estar cerca; siempre conviene ser precavido”.
Armand esbozó una leve sonrisa cortante.
“Gerardo, ¿de verdad crees que soy tan estúpido?
¿O acaso pretende insultar la inteligencia ajena?” dijo mientras cogía una manzana y un cuchillo para pelarla con calma.
“¿De verdad puedes decir esas palabras con esa cara?”.
Armand mordisqueó la corteza de una manzana, como si encontrar alimento le recordase la normalidad de los vivos.
En su mano, el cuchillo fue un gesto sin prisa.
Sus ojos calcularon distancias, pesaron silencios, registraron la mano sobre la empuñadura del Eagle Desert C50 que Gerardo fingía no sostener con intención.
En ese gesto, tan pequeño como un latido, Armand leyó temor.
No era un miedo noble: era el miedo de quien se sabe observado por un depredador que ya conoce sus rutas.
Armand deslizó la mano por debajo de la mesa hacia el muslo de Storm, que permanecía de pie a su lado.
Storm pensó, “¿desde cuándo el general es un pervertido?”, entonces sintió una punzada de electricidad en la pierna izquierda que subió hasta el abdomen: de pronto una oleada de energía recorrió su cuerpo, como si hubieran abierto las esclusas de una represa.
Storm apenas pudo mantenerse en una pieza, sin embargo, su rostro mostró un rubor que la encendía.
Armand habló sin perder la calma: “Gerardo, tus intenciones maquiavélicas hoy no funcionarán.
No tienes poder suficiente para llegar a mí.
Depón las armas y ríndete; Puedo perdonarte la vida y, a cambio, quiero saber quiénes están detrás de este complot”.
Ja, ja, ja se burló Gerardo.
“¿En serio crees que puedes exigirme algo?
Estás débil.
Seguro fue por la pelea con la Reina del bajo mundo; es un artista marcial formidable.
Me sorprende que ganaras con ese estado.
Después del atentado en el que deberías haber muerto, ahora no eres rival para nosotros”.
Ese reproche fue una chispa.
Ariana sintió la voz de Gerardo como una lluvia de agujas pequeñas, cada una que declaraba su derrota.
¿Debilidad?
La palabra mordía más que los golpes.
Había en ella, sin embargo, otra cosa: una expectativa perversa de triunfo.
Había decidido aquello que la había llevado hasta allí; obedecer una orden del Clan del Dragón Oscuro habría sido traición directa a su propio código, pero era una deuda difícil de pagar.
Obedecer o morir.
Los matices eran trampas.
Los hermanos Benson, satisfechos en su papel de jueces de lo inapelable, se plantaron como jurado y verdugo.
Bartolomé, con la saliva agria del deseo, lanzó su insulto directo a Ariana: la humillación que busca quebrar el espíritu.
Armand miró a los dos con hielo en la mirada.
Armand luego miró a Storm; Ambos asintieron con decisión.
“La capitana Pantera es joven; por muy fuerte que sea no podrá vencerme.
Entréguense y no sufrirán más”.
“Nos llevaremos a todos sus acompañantes para que mi hermano los disfrute y olvide sus ofensas”.
Bartolomé, encantado, añadió: “Tú, maldita zorra, serás mi esclava de por vida” dijo, mirando a Ariana.
Armand lo miró con ojos gélidos: “Ustedes dos serán acusados por traición a la patria y serán ejecutados.
Mi nueva guardia felina controla la situación afuera; no tienen forma de salir de aquí con vida.
¿Aún piensan llevarse a mis acompañantes?
Están delirando”.
Un fuego extraño comenzó a arder en el corazón de la Viuda Negra: por primera vez desde que había sido apresada sintió que alguien la protegía.
La tensión fue un recurso que ocurrió.
En un movimiento sincronizado, Gerardo y Bartolomé dispararon.
El crepitar de las armas era un latigazo en la carne del tiempo.
Armand se preparó para un esquive que nunca ocurrió: la sombra de Storm se abalanzó sobre los atacantes y partió los brazos de los hombres con una violencia tan precisa que el sonido de los huesos quebrados fue más terrible que cualquier grito.
Sus voces, agudas, rasgaron la calma con la crueldad de animales heridos.
Los felinos de Armand, esa guardia silenciosa, controlaba la sala.
Los militares que habían entrado con el gobernador quedaron desarmados y humillados.
La victoria se dibujó en ángulos fríos.
Storm giró, y en su rostro se abrió un abismo: sangre.
Mucha sangre.
No era una imagen clara; Era una mancha que transformaba la escena en una pintura grotesca.
La palabra que salió de sus labios fue un grito que no pedía justicia sino respuesta.
—¡¡Mi general, mi general, noooo!!
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