La prometida del General Divino - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 El clan de las sombras desaparece
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24: El clan de las sombras desaparece 24: El clan de las sombras desaparece La mansión, vigilada y más unida que antes, se preparó para responder.
Ciro movió la cabeza de un lado a otro buscando la fuente del prendedor; entonces lo vio: un joven que sonreía con calma.
Entrecerró los ojos, intentando calibrar si aquel muchacho tenía realmente la fuerza necesaria para lo que acababa de suceder.
En ese instante Luna abrió los ojos, aún aferrada al pecho de Armand.
Los luchadores yacían en el suelo, gimiendo de dolor; Leia estaba inmóvil frente al anciano, y éste, furioso, clavó la mirada en Armand.
Él, con su característica sonrisa sosegada, ordenó en voz baja pero firme: “Viejo Ciro, llévate a tus hombres si no quieres quedarte para siempre en Ciudad del Dragón.
Desaparezcan con su clan de las sombras y no sufrirán daño.
Si te empeñas en rechazar mi oferta, no me culpes por borrar a tu pequeña banda de mercenarios sin futuro”.
Ciro presionó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Elevó su aura un instante, pisó con decisión, se dio la vuelta y comenzó a retirarse, pero una idea cruel cruzó su mente: si todos estaban protegiendo a aquella muchacha —pensó—, ella debía ser la débil pieza; Si me acerco con sigilo, será fácil asesinarla.
Cuando los presentes relajaron sus brazos, creyendo la amenaza terminada, Ciro aprovechó la distracción.
Con la velocidad y violencia de un depredador lanzó un ataque directo: un puño envuelto en energía cortante que rasgó el viento a su paso y buscó a Luna.
Armand lo esperaba.
En un movimiento tan veloz como elegante, golpeó el suelo con la punta del pie.
Una piedra del tamaño de una canica se elevó a la altura de su rodilla, envuelta en su reiki, fue impulsada con fuerza sobrehumana por una patada suave.
El proyectil, guiado por su energía, atravesó la frente de Ciro antes de que pudiera reaccionar.
La conciencia del anciano se apagó al instante; la energía que lo impulsaba también se disipó.
El remanente del ataque siguió su curso y el primer puño de Ciro impactó, con la defensa de Leia.
El choque sonó como madera quebrándose: el brazo del anciano se destrozó bajo la fuerza del puño rival y el cuerpo inerte cayó pesadamente.
Luna, con los ojos abiertos de par en par, apenas creyó lo que veía.
Leia, respirando con firmeza, dio la orden a los hombres que sufrían para ponerse en pie: “Llévense ese cuerpo.
Y que no vuelvan nunca más”.
Luego miró a Armand.
Él estaba sonriendo y, levantando la cabeza con esa calma insolente, le hizo un gesto de celebración.
La tensión se transformó de golpe en alivio.
Luna que estaba en los brazos de Armand, con un leve rubor, corrió hacia Leia y la abrazó con emoción contagiosa: “Leia, eres increíble.
Eres muy fuerte… quiero ser como tú.
¡Gracias por salvarnos!” dijo, sollozando de felicidad.
Leia inclinó la cabeza con una leve sonrisa y desvió la mirada hacia Armand: “Es mi deber cuidarla, mi señorita Luna”.
El viejo amo Crown y Hagrid se acercaron para felicitarla.
La mansión, que hace apenas instantes se había llenado de sombras, se inundó ahora de risas y halagos.
Armand se quedó un momento en el umbral, hasta que una silueta emergente le informó en voz baja: solo dos de los siete soldados de su Guardia Felina habían resultado heridos y más de un centenar de integrantes del clan de las sombras habían caído.
“Comandante Lince” ordenó Armand sin vacilar, “que la élite felina vaya y termine con lo que queda del clan de las sombras”.
El comandante de los dos mil de la élite felina apostados en la Ciudad del Dragón, hizo una reverencia, “Sí, mi general” “Storm encárgate de coordinar con Felicia la compra de la montaña Alas de Ángel”, Storm hizo el saludo militar y desapareció en la noche rumbo a la acción, pero antes de marchar lanzó una mirada breve, dulce y cargada de complicidad a su general.
La celebración y la felicidad, apenas dura un latido.
Un grito desgarrador cortó el aire: “¡Por favor, llamen al doctor Arthur!
¡Papá!
¡Abuelo!” exclamó Luna con pánico.
Armand se precipitó hacia la fuente del sonido.
Encontró a Leia convulsionando sobre el suelo; su cuerpo temblaba con violencia.
En cuanto la vio supo a lo que enfrentaban: envenenamiento.
«Maldita sea, por qué no lo vi», pensó con rabia contenida.
Con manos firmes la carga como a una princesa y la lleva al sofá.
“¡Vayan por un vaso con agua, rápido!” ordenó.
Mientras alguien corría por agua, Armand tomó la muñeca de Leia viendo en uno de los nudillos una fisura de donde emanaba una gota de sangre oscura, con cuidado, aplicó un trazo de su reiki para estabilizar su pulso.
El veneno, sin embargo, era potente y comenzaba a provocar fallo orgánico.
Tuvo que volcar todo su reiki para contener la reacción tóxica.
La energía se drenó con rapidez.
Antes de caer inconsciente, miró a Luna y dijo en voz quebrada: “Cuando me desmaye, llama a Grecia.
Ella sabe qué hacer”.
Luna, aturdida, tartamudeó y respondió afirmativamente mientras Armand vertía su energía hasta que se desmayó.
Leia, entre sacudidas, logró recuperar la conciencia con un gemido: “¡Ahhh, me duele todo el cuerpo!” se quejó.
“¿Mi general… qué ha pasado?” alzó la vista y vio a Armand inconsciente a su lado.
“¡Mi general, por favor, ayúdenme!” rogó, las lágrimas abriéndose paso por sus mejillas.
Luna recordó las palabras de Armand y marcó el número de Grecia con manos que temblaban.
“¡Amiga, ven rápido a la mansión del abuelo!” exhortó.
“A… Armand me dijo que te llamara, ¡él está desmayado!” Grecia respondió con la brevedad de quien va a actuar: “Estoy saliendo para allá”.
Leia, aún con la mirada fija en Armand, sostuvo su cabeza con ternura.
Sus ojos, que a menudo parecían imperturbables, estaban vidriosos y llenos de ansiedad.
“Mi señorita Luna” dijo con voz quebrada, “dígame qué ocurrió”.
Luna explicó en voz baja: “Creí oír que murmuró algo sobre envenenamiento, luego la cargó, te tomó la muñeca y me pidió que llamara a Grecia”.
Leia miró la mano que colisionó con el puño de Ciro, “ese viejo astuto, que descuidada fui, por mi culpa el gen…” Una pregunta perturbó la mente de Luna: “Escuché que lo llamaste general.
¿Por qué?
¿De dónde lo conoces?”.
Todos los presentes volvieron la vista hacia Leia, buscando respuestas.
Leia bajó la cabeza.
“Es confidencial” respondió.
“No puedo revelar ese tipo de información; solo mi general podría hacerlo”.
Antes de que la sala pudiera digerir la respuesta, un Mercedes Benz plateado derrapó frente a la entrada.
El vehículo frenó abruptamente y las hermosas piernas de Grecia saltaron fuera, con la rapidez de siempre.
Pidió a los guardias que llevaran a Armand Moore al vehículo.
Grecia apenas saludó; la urgencia la dominaba.
Junto a ella Armand y Leia, ambos todavía débiles, fueron subidos al coche.
Leia insistió en acompañarla y, mientras el motor rugía, sacó su comunicador y pronunció con voz firme: “Señor Mateus Farm, ordena a los agentes que cuidaban al general que se queden vigilando la mansión del viejo amo Crown y su familia”.
Luna, azorada y lenta en sus pensamientos, siguió a Grecia hasta la puerta.
Su abuelo le posó la mano en el hombro y le susurró: “¿Ahora entiendes?”.
Ella se cubrió la boca con la mano y la sorpresa la dejo muda.
Una sonrisa entre sorpresa y culpa invadió su rostro.
Al amanecer, en la villa de las montañas Alas de Ángel, Armand todavía no había despertado completamente.
Sonreía, sin embargo, como si todavía flotara entre visiones agradables; a su lado, Grecia y Leia dormían desnudas y con el cabello alborotado, estirándose con una mezcla de cansancio y satisfacción.
“Leia, vamos a los baños termales” susurró Grecia.
“Luego te aseguro que estarás más relajado”.
La mañana avanzó con Armand preparando el desayuno, enviando doble ración a la corporación Luna.
Con planes y con la sensación de que, después de la tormenta, la reconstrucción comenzaba.
Aquel nuevo inicio, nutrido de proyectos y de lealtades renovadas, marcaba un paso más en la senda que todos habían decidido recorrer juntos.
Pasaron el día en cuidados y entrenamiento ligero; Armand, aún débil, las guio con paciencia para ayudarles a recuperar fuerza.
Más tarde, un mensaje de Storm cortó la calma: “Mi general, muchas gracias por el desayuno.
El clan de las sombras ha desaparecido”.
Luego otro mensaje “¿Como esta mi general?, aún estoy cubriendo a Leia”.
Armand respondió inmediatamente, “Gracias, estoy bien mi capitana Pantera”.
La noticia trajo alivio, pero la mansión y la familia sabían que la noche anterior había dejado huellas: preguntas sin respuesta, poderosos aliados y enemigos que podían volver de formas que ahora no podían aún prever.
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