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La prometida del General Divino - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Una escultura fea y milenaria
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27: Una escultura fea y milenaria 27: Una escultura fea y milenaria La sala aún vibraba por la puja de la perla cuando el subastador colocó en la tarima la siguiente pieza: una escultura negra, del tamaño de un brazo humano, con la mano extendida.

El tiempo la había mordido hasta desdibujar rasgos; Sin embargo, a los ojos de Armand la pieza no era solo una fealdad: en el material teñido de carbón, en las vetas y el brillo seco, percibió una densidad energética profunda, reiki condensado, que le hizo fruncir el ceño.

“La puja por esta escultura milenaria comienza en cien mil dólares” anunció el subastador.

Desde una sala privada, Jocelyn, una joven con una apariencia física de unos 17 años, reputada por su olfato en objetos de poder, observaba con ojos de águila.

Nadie parecía interesarse, la pieza era demasiado extraña para los especuladores, pero Jocelyn sabía leer lo que otros descartaban.

Mientras su mano jugueteaba con la paleta, notó a Felicia y, tras ella, la estela energética de Armand y sus acompañantes.

Detectó meridianos abiertos, flujos de reiki sólidos.

Un brillo en sus ojos le recordó que hace poco había visto a este joven en una cafetería.

“Quiero que sigas desde las sombras a ese joven, tiene algo que deseo averiguar, quizá sea mi pasaje a la libertad”, ordenó a su mayordomo.

“Medio millón” dijo alguien con voz serena.

La voz provenía de Felicia.

Jocelyn contuvo el aliento: la presidenta no buscaba ostentación; aquel gesto tenía intencionalidad.

La puja se aceleró.

Primero intervino Segundo Muñoz, presidente de Oceanic Shipping Group, que consultó con su maestro taoísta: “Un millón” ofreció Segundo, convencido de que la pieza atraería buena fortuna a sus rutas marítimas.

“Seguro?” le preguntó a su maestro en voz baja.

Este afirmó con un movimiento de su cabeza.

“Si me lo recomiendas” —replicó Segundo.

Felicia no tardó.

“Cinco millones” dijo, suavemente, pero con certeza.

Las paletas se encendieron: Víctor Ríos, el banquero más poderoso de Ciudad del Dragón, pensó en inversiones y levantó la paleta, “diez millones”; Miranda Hargreeves, por el patrimonio cultural, “veinte millones”; Tao Chen por la historia “treinta millones”, dijo curvando una sonrisa.

Kelvis Crown, rojo por la contienda anterior, no soportó la humillación de nuevo.

“¡Cuarenta millones!” bramó.

“Cincuenta millones” contestó Felicia, con esa calma afilada que apagaba a los arrogantes.

“Setenta millones”, subió Segundo, esta vez con dudas.

Felicia respondió tenazmente: “Setenta y cinco millones”.

El subastador comenzó la cuenta.

El martillo estuvo a punto de caer cuando Kelvis, desesperado, golpeó su paleta con fuerza: “Cien millones”.

La sala se tensó.

El hijo de la capital buscaba una victoria que reparara su orgullo.

Felicia lo miró como se mira a un niño que exige juguetes con llanto.

“La ganadora es la señorita Felicia Thomas” anunció al fin el subastador.

El martillo fue más rápido que el derrotado Kelvis.

“Felicidades señorita Felicia”.

Kelvis apretó los dientes.

Fuera de sí, empujó contra la pared a la mujer que lo acompañaba; La escena fue breve pero brutal.

La mujer estaba sin vida a sus pies.

Sus hombres murmuraron órdenes en voz baja: «limpien esto».

Kelvis se recompuso con la soberbia de quien no acepta la derrota, pero las cámaras y los presentes ya lo habían visto.

La humillación se volvió una semilla que empezaba a germinar.

Mientras tanto, Armand estaba sosteniendo el cuerpo de su esposa en sus brazos; su interés ya no eran las piezas de colección siguientes, aquella noche salvo por la perla y todo aquello que ya se había comprado para que pudiera proteger a su gente.

Observó la fila de compradores: Hugo Márquez se reclinó; Liang Wei vigilaba; Miranda aplaudía diplomáticamente; Sun Ji miró con interés industrial.

La subasta continuó por un par de horas más con piezas menores, y en el momento en que aparecieron las supuestas píldoras y el elixir de un alquimista desconocido, Armand las inspeccionó y negó con la cabeza.

“No sirven” le susurró a Luna.

Que se mostraba entusiasmada por ayudar a su abuelo.

“Si de verdad necesitas algo para el abuelo, yo te traería una fórmula comprobada”.

“¡No juegues con eso!” lo regañó ella, medio en broma, medio en serio.

Luego se acurrucó nuevamente en su pecho golpeando con su delicado puño.

Kelvis vio la escena y su ira fermentó.

Se acercó a sus guardias y, con voz seca, anunció: “En cuanto salgan, necesitamos actuar de manera firme.

Quiero que esa imbécil sufra, que sepa quién manda en la capital, cree que por ser bonita se puede burlar de mí”.

Sus hombres entendieron las órdenes de Kelvis.

Siguieron los gritos y arrebatos como un mandato.

Avanzaron en bloque a la zona de estacionamiento para esperarlos.

Desde la sombra, los gemelos que eran artistas marciales de fuerza externa renombrados en la capital formaban parte de la seguridad de la familia Crown por un altísimo costo.

Se elevaron con rapidez para emboscar al grupo.

La reacción fue inmediata.

Leia, Storm y Ariana, previendo el movimiento, rompieron el cerco con técnica: no era espectáculo sino defensa.

En un par de maniobras medidas, neutralizaron a los primeros atacantes; Baldor, pese al susto, levantó el puño y con un movimiento celebró la victoria, mientras veía a Leia dejándolos fuera de combate.

Kelvis vio caer a sus hombres y gritó en furia: “¡Mátalos!

y ¡Llévense a las mujeres al hotel!” —ordenó.

La respuesta fue fría.

Armand dio un paso al frente, la voz limpia: “Cuidado con la voluntad criminal.

En esta ciudad no se secuestra a mujeres con impunidad”.

Kelvis no escuchó razones.

Avanzó hacia Armand con arrogancia y, en ese impulso, Grecia le dio una bofetada ceremonial que lo humilló; El golpe no era para matarlo, era para dejar claro su lugar.

Sus guardaespaldas, improvisando un ademán de defensa, intentaron reaccionar, pero Storm y Leia habían dejado claro el precio: neutralización y entrega a las autoridades.

“Recojan a su amo” ordenó Storm cuando la refriega terminó.

“Y no los quiero de vuelta”.

Pero antes de que actuaran.

Kelvis empezó a gritar, “Soy Kelvis Crown, heredero de la familia Crown de la capital, si me tocan mi padre y abuelo no los dejarán vivos, ¡Luna!

arrasarán con todos ustedes, no quedará nada en esta ciudad, ninguna de estas zo…”.

¡Poc!

reventó, mientras Grecia sacaba el hermoso zapato de colección de la entrepierna de Kelvis.

Este se desmayó del dolor.

“Todo esto es por desear a las mujeres que no puedes tener”, sonriendo miró de reojo a Armand y se volvió hacia Luna abrazándola.

Los hombres de Kelvis, magullados y forzados a la retirada, se llevaron a su jefe descompuesto.

La noche había demostrado que la fuerza bruta de la capital no bastaba si la ciudad estaba unida.

La subasta quedó entre cortes y murmullos: la noche acababa.

Pero mientras los asistentes se dispersaban, los teléfonos vibraban con noticias de otra índole.

Lo que Florencio y sus círculos no previeron fue que, al intentar forzar la obtención de información sobre Armand “mediante sobornos a intermediarios de datos y presiones sobre empleados de servicios financieros” habían activado una cadena de seguridad que respondía cuando alguien hurgaba en información confidencial.

Hecho que los dejó en evidencia.

Uno de los brókeres a quienes habían contratado, acorralado por el peso de las transacciones, ofreció pruebas a las autoridades.

Los movimientos financieros clandestinos, las empresas pantalla y las transferencias irregulares se filtran a la unidad de inteligencia financiera.

Esa misma noche, con la autorización del General Moore —quien, por su cargo y contactos, coordinó la acción— las autoridades lanzaron una operación coordinada: órdenes de captura, congelamiento de cuentas y allanamientos simultáneos contra bancos pantalla, despachos legales cómplices y periodistas que habían vendido su pluma.

Entre los arrestados figuraron Víctor del Río (banquero), Marcela Ortega (cómplice editorial), y varios asesores financieros vinculados a las empresas pantalla que Florencio había activado.

Los documentos incautados revelaron convenios, tratos y pagos que delineaban una red ilícita que involucraba a funcionarios y testaferros.

En una sola noche la estructura que Florencio había tejido por décadas comenzó a desmoronarse.

Las instituciones que antes parecían ciegas se vieron implicadas: cargos fueron presentados contra varios funcionarios; oficinas de los fondos fiduciarios fueron selladas; y las publicaciones que habían divulgado hace poco.

En su mayoría noticias manipuladas emitieron correcciones.

Tenían sus fondos congelados.

Los colegas de Florencio en la capital recibieron órdenes de silencio y las ofertas de impunidad quedaron en el aire.

La jugada que buscaba debilitar a Baldor y a su pequeño imperio terminó por convertir a los operadores en blanco de investigación.

Kelvis, mientras tanto, quedó sin protección: los fondos de apoyo que le vendrían de la capital estaban ahora bajo custodia judicial o en manos de investigadores.

Al amanecer, los titulares brotaron: “Operación Centinela: redes financieras ilícitas desarticuladas”; “Varios detenidos por trama de manipulación patrimonial”; “Congeladas las cuentas y empresas pantalla vinculadas a la familia Crown de la capital”.

La capital se despertó con el ruido de esposas, rejas y sellos.

Armand, que no buscaba exponer para destruir sino para proteger, dio las órdenes precisas para que la ley actuara: la información obtenida por el bróker arrepentido fue entregada a fiscalía; El General Moore, con autoridad para coordinar fuerzas especiales de la élite felina, autorizó el despliegue.

La lección fue clara: la corrupción que actúa en la sombra puede ser desenmascarada por quien tiene paciencia, recursos legales y aliados.

Las consecuencias fueron inmediatas.

Florencio Crown que se encontraba tras las rejas de la fiscalía, vio su plan venirse abajo desde la distancia.

El golpe no solo afectó a su red financiera: expuso a colaboradores, humilló a Kelvis (quien ahora estaba aislado, lisiado en un hospital público y sin respaldo), y dejó a la capital mirando con recelo a sus propios magnates.

En Ciudad del Dragón, la noticia corrió como pólvora: los intentos de arrebatar la Corporación Luna por medios sucios se habían topado con la justicia.

Algo había cambiado: Ahora la Corporación Cielo Azul, con su hermosa y destacada presidenta, saldrá a comprar las acciones a precio de regalo del conglomerado Crown de la capital.

La ciudad sabía que detrás del brillo existían redes peligrosas, y que Armand y sus aliados no eran débiles.

Baldor, leyendo los titulares, cerró el periódico y miró a Luna con una mezcla de alivio y tristeza; su pasado le había alcanzado y abierto algunas cicatrices, pero la unión y la ley habían obrado a su favor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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