La prometida del General Divino - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 El presidente de la naviera Segundo Muñoz
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28: El presidente de la naviera, Segundo Muñoz.
28: El presidente de la naviera, Segundo Muñoz.
Luego de que se llevaran a Kelvis.
“Grecia, por favor, lleva los lotes a Alas de Ángel” susurró Armand, acercándose a ella con la calma que había aprendido en cien frentes, luego besó suavemente el lóbulo de su oreja, que la electrizó.
“Toma esta lista y consigue todas estas hierbas en las cantidades mencionadas y procura que sean de la más alta calidad”.
Leia abrió la puerta del Rolls‑Royce Cullinan para que Hagrid y Luna subieran; Tomó el ginseng y la caja con la perla y se la entregó a Storm con un gesto preciso.
Había disciplina en cada movimiento: las cosas, las órdenes, la división del grupo.
Unos irían a la Alameda, otros a la montaña Alas de Ángel.
El aire del estacionamiento estaba todavía caliente por la subasta cuando un coche negro se detuvo y de él descendieron dos figuras: un hombre de aspecto comerciante, la piel curtida por marinas y viajes, ya su lado un anciano erguido, con la serenidad del que cultiva fuerzas internas.
Segundo Muñoz y el maestro Juan.
“Señorita Thomas” dijo Segundo con educación estudiada.
“Buenas noches”.
Felicia lo miró fría, habituada a las aproximaciones que escondían propuestas.
El maestro Juan, sin embargo, no respetó las distancias: avanzó con decisión hacia el Maybach en la que reposaba la escultura.
“Entrégueme esa pieza” soltó sin cortesías.
“Le pagamos lo que sea”.
Leia retrocedió; Storm y Ariana tensaron los hombros.
Felicia no perdió la compostura.
“No es un juguete” replicó.
“Es propiedad nuestra”.
Juan sonrió sin humor.
“Ustedes solo la miran como un objeto curioso.
Yo sé leer lo que guarda.
Esa cosa no es para coleccionistas; es para cultivadores”.
Antes de que las cosas escalasen, Armand ya estaba frente al anciano.
No lo hizo con hostilidad; fue un paso que marcó un límite.
—Explíquese —pidió Armand.
Juan habló con calma didáctica: la escultura concentraba ciertos trazos energéticos difíciles de manipular; en manos de un cultivador experto podía amplificar reiki y desbloquear meridianos, algo que, dijo, lo convertía en tesoro para maestros del linaje taoísta.
Segundo observaba, midiendo la oportunidad.
—No subestimo la tradición —replicó Armand—, pero este objeto está bajo la responsabilidad de la familia Crown y ahora de quienes lo cuidan.
No será tomado por la fuerza ni por superstición.
El maestro Juan perdió la paciencia.
Su cuerpo, curtido por años de práctica, se tensó; crujió los dedos como quien anuncia una tormenta.
—Mocoso —escupió—, no se haga el valiente.
Si me lo niegan hoy, habrán de sufrir un día por su orgullo.
Antes de que el anciano completara el movimiento, Armand alzó la mano.
No empujó, no golpeó; Simplemente tocó el aire a la altura de la muñeca de Juan.
La reacción fue más allá de lo físico: el maestro titubeó, su color cambió y, por primera vez en décadas, esas corrientes que había domesticado dejaron de obedecerle.
Cayó de rodillas, débil, la respiración rota.
Segundo quedó blanco.
En segundos, cambió la arrogancia por la súplica.
Se arrodilló junto a su maestro y murmuró disculpas que nunca imaginó tener que pronunciar.
Armand miró a ambos con la fría serenidad del que conoce el precio de la soberbia.
“Váyanse” dijo.
No han cometido un crimen: solo fueron codiciosos.
Aprendan a no confundir el poder con la prepotencia.
El maestro Juan, humillado y, por un instante, aterrorizado por la falta de su energía habitual, imploró perdón con lágrimas.
Los hombres se marcharon humillados.
Segundo, sin embargo, dejó en la escena la sensación de que volvería con otra jugada: no siempre quien cae se retira; a veces planea cómo volver.
Un mes después, la llegada de proyectos y la vorágine del trabajo habían transformado la montaña Alas de Ángel.
Todas las villas habían sido adquiridas por Felicia.
El hospital de Ciudad del Dragón avanzaba con el respaldo de la Corporación Cielo Azul, y la logística del presidente Segundo Muñoz, que se estaba sumando al equipo; Darío tuvo innumerables intentos de boicotear, envió matones para causar disturbios que fueron controlados por la seguridad Pitbull, contrató infiltrados que no pasaron el control, sobornó políticos que fueron a la cárcel, pagó al personal y gerentes que lo denunciaron por soborno.
La farmacéutica Salvavidas ya hacía pruebas de formulación de cremas hidratantes, sales digestivas, cápsulas de fuerza para el hígado y vitaminas de energía; en colaboración con el doctor Arthur y su joven nieta Linda; Pitbull acababa de finalizar su segunda oleada de reclutamiento con entrenamientos que dejaban a muchos fatigados, pero más poderosos.
Armand, en medio de supervisar y dirigir las diferentes actividades de todas las empresas.
Entre medicamentos, entrenamiento, y cálculos, trabajó sin pausa en la formulación de las píldoras de salud, juventud y restauración: la cocción en el caldero de bronce exigía horas y noches, y el reiki que la escultura había cedido fue el combustible que hizo posible el lote de píldoras de restauración.
A la madrugada, cuando los vapores cedieron paso al silencio, Armand salió del laboratorio con las manos manchadas de resina y plantas.
Le pesaban los párpados; su cuerpo pedía tregua.
Se dirige hacia la habitación principal como quien busca un refugio.
Allí, a la luz cálida que se colaba por las cortinas, vio una figura al borde de la cama: “Grecia”, musitó con la voz tan débil.
Sophie, la hermana mayor de Grecia, acababa de llegar de Norteamérica y había venido a su villa para pasar unos días.
Era una mujer igual de hermosa que Grecia, con un rostro muy parecido, pero más tímida.
todavía con el cansancio del viaje en la mirada, pero con esa frescura que delata a quien ha vivido fuera y vuelve con una curiosidad nueva.
“Hermana” dijo Sophie con voz baja, casi un susurro.
“Pensé… que quizás necesitabas algo”.
Armand dejó que la fatiga bajara del pecho.
Había en la voz de Sophie esa dedicación adolescente que no pedía nada salvo estar.
Ella se dio la vuelta con los ojos cerrados y se acercó con cuidado, apoyó la mano en su frente.
El gesto fue simple, sin heroísmo.
Sin embargo, había un aroma que era la mezcla condensada de las hierbas que estaba tratando para la elaboración de las píldoras.
Se miraron un instante con los ojos entrecerrados.
No hubo interrogantes, solo una concesión mutua: ambos estaban cansados, ambos necesitaban calor humano.
Sophie apoyó la palma en la mejilla de Armand con la delicadeza de quien no quiere asustar.
Él la tomó de la cintura con la ternura de quien sostiene una flor frágil.
La primera caricia fue apenas un reconocimiento; la segunda se convirtió en una búsqueda de proximidad.
Los besos comenzaron lentamente, como si exploraran los contornos de un mapa que nadie les había mostrado.
Sophie no era torpe; sus manos sabían buscar sin empujar.
Armand, aún débil, respondió con una paciencia protectora; cada roce era también un acto de cuidado: un hombro relajado, una respiración compartida.
La habitación se llenó de un perfume leve: el de la medicina, la madera y la piel que se acerca tras la noche.
Sus cuerpos se encontraron con la necesidad de quien ha estado demasiado tiempo obligado al deber.
Sophie se arrojó a la entrega sin miedo.
Sus canciones fueron suspiros entrecortados; sus risas, pequeñas confesiones.
Armand guio la escena con dedos que conocían los nudos y sabían deshacerlos; su aliento en la nuca de Sophie era la promesa callada de que, por esa noche, todo estaría bien.
Cuando sus manos comenzaron a hablar sin palabras, la intensidad subió sin estridencias: caricias que deslizaban, sudor que nacía y se enfriaba, cansancio que se disolvía.
Los besos, antes exploradores, se volvieron urgentes y generosos; Sophie arqueó la espalda con un gemido que no era clamor sino rendición consciente.
Armand, que había aprendido a medir las batallas, supo dar y recibir sin prisas.
Fue un encuentro de dos paredes que se apoyan y se sostienen.
No hubo vulgaridad.
Hubo placer compartido, sí, y también ternura.
Sophie se dejó querer, y Armand se permitió recibir.
En el punto más cálido, cuando la respiración se desbordó, se detuvo para sostenerse.
Quedaron abrazados como quien guarda un secreto.
Sophie le rozó la barbilla con los dedos y, con voz quedamente ronca, dijo: “Muchas gracias por esta grandiosa experiencia”.
Las sábanas acogieron los cuerpos con el rumor del agua caliente al fondo; el movimiento fue acompañado, casi ritual.
No se prolongaron en palabras; lo que dijeron fue el calor de la piel, la precisión de las manos, la promesa muda de alivio.
Cuando llegó el clímax, fue un salto de contenido, una ola que brotó con suavidad y después dejó la calma.
Permanecieron abrazados, la respiración devolviéndoles paso a paso la vigilia.
Armand cerró los ojos, todavía con el pulso acelerado.
Ella se quedó dormida cerca, con la respiración al compás de la suya, y la villa pareció suspirar con ellos después de una jornada tan larga.
Al día siguiente, cuando la primera luz dibujó sombras en la terraza, Armand salió hacia la cocina y preparó muchos bocadillos hasta que llegaron Luna, Felicia, Leia, Storm y Ariana.
Todas disfrutaron del delicioso desayuno.
Segundo Muñoz había llegado, pero esta vez sin el maestro Juan y sin gestos amenazantes: venía con una propuesta comercial que hacía alarde de lo que cualquiera podría llamar pragmatismo.
La reunión en la sala de trabajo fue con; Felicia, Luna, Ariana y Armand alrededor de la mesa, Storm en la puerta y Leia vigilando discretamente.
Segundo entró con documentos en la mano y la serenidad del que, habiendo perdido una batalla, busca ganar la guerra por otro lado.
“Vine a ofrecer una operación abierta y económica.
Tengo un paquete: el cuarenta por ciento de las acciones de Oceanic.
Las vendo al precio de mercado, sin sobreprecio.
No es filantropía: es negocio.
Solo pido una condición”.
Felicia ladeó la cabeza.
— ¿Qué condición?
Segundo se recostó en el sillón y expuso su motivo con la claridad de quien conoce de negocios y contratos.
“Mis rutas han sido atacadas.
Los piratas en el Mediterráneo están regresando con fuerza y ponen en riesgo nuestras mercancías, nuestros contratos ya nuestra gente.
No quiero que Oceanic se convierta en objetivo constante.
Si ustedes compran el cuarenta por ciento, tendrán que resguardar sus intereses, pido que me aseguren protección para mis naves: presencia naval privada organizada, escoltas y rutas seguras.
No pido ejército; pido seguridad operativa.
En resumen: pago por acciones y pido que vuestra red garantice el tránsito seguro para nuestra mercancía”.
La frase tocó con realismo.
Felicia la midió como quien sopesa cláusulas.
Armand notó la oportunidad y el riesgo con la misma claridad: seguridad naval significaba inversión, pero también exponía a la operación a un frente bélico marítimo, que podrían asumir.
“¿Qué propone en concreto?” preguntó Armand.
“Financiamiento y logística inmediata” respondió Segundo.
“Acciones al precio justo.
Ustedes ponen la seguridad; Yo abro rutas en las que hoy ni siquiera confió en los bancos.
Además, la alianza nos entrega influencia política y operativa: yo cuido la logística marina en los puertos ya cambio ustedes aseguran la seguridad de los proyectos”.
Felicia respiró lentamente.
La propuesta era simple y tentadora: capital real por seguridad real.
Armand habló con la voz que siempre reservaba para las decisiones que podían costar vidas.
“Si entramos con capital, que la seguridad no sea excusa para mejorar nuestras rutas, escoltas y coordinación con autoridades.
Pitbull puede diseñar protocolos, convertir las naves en fortalezas privadas, pero con la aprobación del Estado.
Si es una operación transparente y con límites, lo consideraré”.
Segundo asintiendo con rapidez; su alivio era evidente.
Había esperada resistencia, y las condiciones que proponía Armand eran razonables.
Felicia, por su parte, cerró los ojos un segundo en la mirada de las cifras: con esos activos podría consolidar la su presencia en la ciudad capital, puesto que están absorbiendo los negocios de los Crown y, al mismo tiempo, forjar una alianza que les diera mayores márgenes, además estaba el desarrollo de Pitbull.
“Preparen los documentos” ordenó Felicia.
Voy a estudiar el precio de mercado y los avales bancarios.
Si todo se ajusta, abrimos el SPV y firmamos.
Pero una condición es irrevocable: la seguridad será una operación autorizada por el estado.
Segundo suena con la satisfacción del que ve su apuesta cobrar sentido.
La mesa se llenó de papeles y nombres; la ciudad, por un momento, pareció inclinarse hacia la posibilidad de una alianza que los encumbre como un grupo económico al nivel de los de la capital.
Esa tarde, mientras Sophie dormía por la fatiga y Armand coordinaba con Ariana, Luna, Felicia, Storm y Leia sobre las condiciones, los vínculos que exigían acuerdos y la certeza de que la paz que buscaban costaría trabajo; pero si querían crecer debían mantener este camino.
Luego todos se fueron con la promesa de volverse el grupo económico más poderoso del mundo.
Sueño que Armand alentaba y ansiaba para sus ángeles.
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