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La prometida del General Divino - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Las píldoras sanadoras y Luna Salvaje
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29: Las píldoras sanadoras y Luna Salvaje 29: Las píldoras sanadoras y Luna Salvaje Grecia llegó a la villa jadeando; el aire de la montaña olía a pino y a la resina de las plantas que aún se balanceaban.

Sophie no había avisado su llegada: se le había adelantado el deseo de ver a su hermana, y Grecia había tenido un presentimiento leve, como un tirón en la piel.

Corrió por los pasillos hasta la habitación principal, empujó la puerta y se detuvo en seco.

Por un segundo todo pareció suspendido.

Sobre la cama, Sophie dormía como si fuera una imagen tomada de un sueño: la piel aún rosada por el calor y la respiración lenta.

Al lado, el cuerpo de Armand reposaba con la dureza de quien ha vivido batallas, pero su pecho subía y bajaba en la misma calma que la de ella.

No había gesto obsceno, solo la intimidad que queda después de haber dado amor y pasión durante casi dos días.

Grecia se cubrió la boca con la mano un instante, con el golpe de la sorpresa y la ansiedad en la garganta.

No tardó en recomponerse.

Cerrar la puerta fue un movimiento mecánico; la villa debía seguir su ritmo.

La señora de la casa se acercó para preguntar por la preparación del desayuno, Grecia respondió con la voz serena, “yo les comunico en cuanto estemos listos” y luego, con movimientos profesionales que mezclaban fuerza y ​​delicadeza, se acercó a Armand.

Le palpó el pulso, comprobó la respiración y, viendo que no había emergencia, lo separó con cuidado en una cobija y trasladó a Sophie envuelta en una toalla, hacia la piscina termal.

El agua les había lavado la niebla del sueño; la luz del baño dejó el rostro de Sophie como una imagen de porcelana.

Sonreía con una auto inocencia que se quebró cuando habló: “Grecia…” su voz tembló.

“Tuve un sueño maravilloso, mi primera vez fue realmente divino, nunca pensé que las caricias fundieran y erizaran mi piel.

Me dijeron cosas… que definitivamente no se compara con mi sueño”.

Cuando sus ojos brillaban con una luz propia, su mirada se tiño de negro, sus manos encontraron las de su hermana.

Grecia, que conoció las noticias del hospital y de los laboratorios desde la distancia, contuvo la pregunta hasta que Sophie la miró con los ojos llenos.

“Me diagnosticaron cáncer” dijo Sophie con la calma rota.

Primero dijeron páncreas, luego el hígado, finalmente los huesos.

Me lo confirmaron en la clínica del centro de investigación, donde trabajo.

Me pusieron en protocolos, pero…

me dijeron que era grave, terminal”.

Grecia sintió un frío invernal que no era de la montaña.

Apoyó la frente en la sien de Sophie, la abrazó con la misma fuerza con la que solían protegerse de niñas.

Calló hasta que las lágrimas de Sophie pudieron disminuir su volumen, porque las palabras pesan menos si alguien está allí para sostenerlas.

En ese instante, una voz —la de Armand— surgió desde la puerta.

No había llegado de improviso: había escuchado, y su presencia, lejos de resultar intrusiva, fue tan natural como una bendición.

“Lo siento por no haber intervenido antes” dijo Armand con serenidad.

“Dormí cerca porque la noche era larga.

Pero si te parece, podemos intentar algo diferente a lo habitual para terminar de curarte”.

Sophie parpadeó, la confusión y la esperanza anudándose a la vez.

Armand no era un sueño, era el compañero de su sueño, era real y le estaba hablando de curarla.

Sus ojos se abrieron, las palabras e ideas estaban enredadas y aunque abría la boca no salía palabra alguna, recordaba las actividades como surrealistas, sus cuerpos desnudos: Armand explicó con mesura lo que había hecho la noche anterior en el laboratorio.

La fórmula no era un milagro sin base: combinaba extractos de hierbas, técnicas de cocción con la energía dirigida por reiki canalizada con la ayuda de la escultura.

Era experimental y requería un proceso detallado casi un ritual, un ajuste fino para que el cuerpo la recibiese y aprovechara al máximo.

“¿Puede haber riesgo?” preguntó Sophie.

“No lo escondo.

Pero con tu permiso y bajo las condiciones de preparación, podemos intentar curarte.

Luego podemos facilitar la apertura de un meridiano y ayudar a que tu hermoso cuerpo mejore sustancialmente”.

Sophie que tenía las mejillas de un carmesí brillante, lo miró con la vulnerabilidad de quien ya había escuchado suficiente y amaba recordar su sueño, pero se intimidaba por todo lo que contenía.

Después de un largo minuto, aceptó.

El procedimiento fue silencioso, casi ceremonial.

Primero, Armand y Grecia trabajaron con Sophie en respiraciones profundas: sincronizar el aliento, rebajar la frecuencia cardíaca, centrar la mente.

Cuando la píldora blanca, pequeña y con brillo de caramelo, tocó sus labios, Sophie la llamó “pequeña promesa”.

Fue disuelta en la lengua y la tragó.

Fue más un acuerdo que una acción: el cuerpo ayudó con la lentitud de quien lo evita todo.

Luego, con manos firmes y suaves, Armand colocó sus dedos en los puntos de acupresión leves para preparar los canales.

Sophie, estaba siguiendo las indicaciones, visualizó una luz que bajaba desde las curvas de su pecho hacia el abdomen, como si su cuerpo fuera un recipiente que debía abrirse.

Durante los minutos siguientes, Sophie sintió calor en el centro del abdomen; una oleada de alivio recorrió su espalda.

No fue un relámpago de curación instantánea sino una apertura: la tensión que arrastraba parecía ceder un tramo.

Armand pidió a Grecia que la abrazara para circular su energía: la recuperación debía probarse con calma.

Sophie, por su parte, entre lágrimas y risas, murmuró que la náusea y los malestares habían cedido.

Fue un primer signo positivo.

Quedaba mucho por controlar: seguían los análisis, la vigilancia médica, el seguimiento.

Nadie pronunció palabras demasiado rotundas; la cautela era honesta.

Grecia, que había visto a su hermana con miedo, dejó que la emoción se filtrara en una sonrisa temblorosa.

Abrazaron a Sophie con fuerza.

Se presentó el final de la enfermedad, se presentó la posibilidad: la medicina que mezclaba naturaleza y cultivo habían dado un primer resultado talentoso.

Con la ternura aún en el aire, Armand dio a cada una de las mujeres una píldora de salud: otra fase de la terapia, concebida para estabilizar y fortalecer el canal energético.

Ariana y Storm llegaron en ese instante; su presencia agregó otro matiz: la formación y la defensa necesitaban cuerpos fuertes, y los ayudantes querían compartir la práctica.

“Mi general” dijo Storm con esa mezcla de disciplina y candor que la caracterizaba, también quiero entrenar con esto.

Quiero abrir más meridianos.

Armand sorprendentemente diseñó una pequeña práctica: no eran simples píldoras, explicó; requerirían guía, respiración, presión en puntos y posturas que facilitaran la circulación de qi.

Durante las horas siguientes las hermanas y las guardianas realizaron ejercicios íntimos que les permitió absorber la energía de las píldoras, dirigidas y supervisadas por Armand.

En el jardín, entre movimientos lentos y respiratorios, el cuerpo se fortalecía y la energía se ajustaba para lograr la apertura de meridianos.

Mientras tanto, Armand volvió a su salón de trabajo.

La perla de Lao Tzu y el brazalete de jade esperaban; transformarlos en amuletos protectores exigía tiempo y concentración.

Fundió pequeñas cápsulas con el polvo resultante de las píldoras, colocó las iniciales de todos sus ángeles en las piezas que serían sus amuletos y trabajó hasta completar una docena de colgantes.

Al cabo de tres horas, regresó al jardín.

Las hermanas habían ganado tono y un brillo nuevo en la mirada; Storm y Ariana mostraron cambios notorios: más estabilidad en la postura, más claridad en los gestos.

Las cuatro se lanzaron a un entrenamiento de artes marciales internas que Armand dirigió: movimientos suaves, pero de raíz firme, que llenaron los músculos, afinaron reflejos y afinaron la percepción.

Cuando el sol bajó, la villa respiró a otra velocidad.

La noticia de que Sophie se había curado corrió como un dulce rumor: la combinación de la medicina tradicional y el cultivo habían dado esperanza a quien la necesitaba.

Pero en la distancia, los ecos del mundo real seguían latiendo: el pulso del mercado, las maniobras de los rivales, y la necesidad de proteger a quienes ahora se recuperaban.

Grecia y Sophie, juntas, sabían que la lucha continuaría; pero por primera vez desde que Sophie llegó, habían recuperado algo de confianza en el futuro.

Cuando la noche cayó, Storm y Ariana se fueron con Armand a la Alameda.

Luna los recibió con una sonrisa que últimamente ocupaba con frecuencia su hermoso rostro.

Cuando terminaron de cenar las delicias que preparó Armand, Ariana y Storm se retiraron.

Luna subió a su cuarto y Armand luego de terminar con el orden de la casa se dirigió a su habitación.

Entrar en la habitación fue como hundirse en un respiro largo.

La mansión olía a tomillo y madera caliente; en el aire quedaba todavía la estela de las hierbas del caldero, un perfume terroso que parecía plegarse en torno a la piel de Armand que caminó sin prisa, los músculos todavía tensos por las noches de trabajo; su piel conservaba el aroma de la niebla suave que brotaba de las píldoras en cocción, y su rostro mostraba la huella de horas de ardua actividad física.

Buscaba descanso, nada más.

De pronto su mirada se inquietó porque había alguien más en la habitación.

Luna estaba sentada al borde de la cama, la silueta recortada en la penumbra.

La luz que se filtraba por las cortinas dibujaba un halo cálido alrededor de su cabeza; su pelo aún llevaba la marejada del viento y sus ojos tenían esa mezcla de cansancio de días que pasó atendiendo los pendientes de la oficina y la atención que solo enciende la pasión: alerta y suave a la vez.

“No puedo dormir” dijo ella sin levantar la voz.

“Quise ver si estabas bien”.

La preocupación no fue una intrusión.

Fue una puerta que Armand abrió con alivio.

Ella tendió una cobija con manos tranquilas; el gesto, sencillo, le rozó algo hondo.

Él apoyó la frente en la palma de su mano y dejó que la fatiga se disolviera un segundo.

La proximidad transformó la habitación: el ruido del mundo se volvió distante.

Se miraron mucho tiempo sin hablar.

En esa calma hubo una pregunta no formulada y una respuesta que se tejió en el silencio: ambos querían compañía.

Luna se acercó con la lentitud de quien respeta el ritmo del otro; cada paso era cuidado.

Apoyó la mano en la mejilla de Armand y, con un movimiento tan natural como un viento, rozó la barba incipiente que le daba al general un aire más humilde.

Sus dedos temblaron apenas.

“¿Puedo?” murmuró, y la pregunta contenía la necesidad y la prudencia.

Armand asintiendo, con la voz del agotamiento y la gratitud al mismo tiempo.

“Si”.

El primer beso fue lento, exploratorio.

No buscaba consumir nada: fue la confirmación de que estar juntos no era un error.

Luna besó con suavidad, como quien lee un mapa por primera vez y encuentra un atajo.

Armand respondió con una ternura que sabía a años de privaciones silenciosas: no tuvo urgencia; Tuvo precisión.

Sus manos, que a menudo habían sujetado mapas y armas, ahora aprendían a sostener una cintura, a detenerse en una clavícula, a descubrir la curva de un hombro como quien descubre una isla.

Armand la cargó como a una princesa, la llevó a la zona prohibida, allá donde no tenía permitido poner un pie, ahí donde el mundo de Luna era un torrente invernal y ahora con un suspiro el fuego empezó a derretir esa isla que tomaba un color cálido y primaveral.

La respiración empezó a marcar el ritmo.

Los labios, antes apenas tímidos, se hicieron más seguros.

Luna apoyó las manos en la espalda de Armand y arqueó el cuerpo hacia él, enviando una señal clara de entrega.

Él la tomó con cuidado, como si no quisiera romper algo frágil y hermoso que se ofrecía sin pedir nada a cambio.

Cada roce era un pacto: recibir y proteger.

La intensidad subió sin estridencias.

No hubo prisa por desamar la escena; la lentitud la hizo más profunda.

Luna dejó escapar algún gemido contenido que era, más que lamento, asentimiento.

Armand la besó en la boca y luego en la barbilla, en la comisura de los labios—lugares donde la intimidad se ancla con más fuerza que en cualquier promesa.

Sus cuerpos se ajustaron como si buscaran memorias que no habían vivido juntos: manos que aprendieron itinerarios nuevos, respiraciones que se sincronizaron con la facilidad de quien ha compartido jornadas de cansancio.

Luna recorrió la nuca de Armand con la sensible curiosidad de quien descubre una fortaleza que también puede ser refugio.

Él, por su parte, sintió la mezcla de deseo y alivio que llega cuando el deber se disipa y queda, por fin, el calor humano.

Hubo un momento en que ocurrió la contención: fue una ola que no lo reclamó todo sino lo suficiente.

No había espectáculo, solo la belleza de dos cuerpos que eligieron encontrarse.

Luna se apoyó contra él como quien deposita una promesa; Armand la sostuvo con la ternura que no sabe pronunciar palabras suaves.

Cuando la intensidad se fue calmando, permanecieron abrazados, las respiraciones volvieron a su compás natural.

En la quietud posterior hubo risas susurradas, palabras pequeñas: confesiones breves que hablaban de miedos, de noches largas y de la extraña certeza de que, por una vez, podían bajar las armas.

Luna apoyó la frente en el pecho de Armand y, en voz apenas audiblemente, dijo: “Gracias cariño, esto es inolvidable”, su voz era apenas como un zumbido de mosquito.

Armand la estrechó con fuerza, no por necesidad de retenerla sino por la gratitud de quien ha encontrado una oportunidad inesperada.

“Descansa” contestó.

“Aquí estoy para protegerte siempre”.

Se durmieron juntos, no por casualidad sino por decisión.

La víspera del deber, en la madrugada, la mansión protegió ese respiro que ninguna guerra podría arrebatar.

Al amanecer, mientras los primeros rayos lavaban la terraza, los teléfonos comenzaron a sonar: la vida pública reclamaba atención.

La noche y su reserva de ternura habían quedado atrás, y con el día reaparecieron las negociaciones, las cifras y las amenazas.

Pero dentro de la habitación, bajo las sábanas, la calma que trajeron los cuerpos aún vibraba como un hilo que prometía sostenerlos cuando todo lo demás se volviera tempestad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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