La prometida del General Divino - Capítulo 30
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30: Visita del Ministro Donald Thompson 30: Visita del Ministro Donald Thompson El jardín de la villa respiraba a la hora en que el día se hace más suave: la luz solar templada, olor a pino y al humo dulce de las hierbas que aún humeaban en el caldero.
Grecia y Sophie habían pasado la mañana practicando los movimientos que Armand les había enseñado: formas lentas que exigían precisión, respiraciones que empujaban el qi por canalizaciones nuevas.
Ariana y Storm —que no tardaban en mostrarse competitivas— se habían agregado a la sesión y, al final, todos se detuvieron para mirarse, sorprendidas por el brillo en sus miradas y la firmeza en cada postura, sus músculos estaban más definidos, la piel lucía menos cansancio, y en las pupilas se notaba un brillo que antes no existía.
No era solo juventud devuelta: era energía palpable, y todos lo sintieron como una corriente que les recorría la columna.
“Ahora parecen aún más vitales.
No puedo creerlo” murmuró Grecia, con la voz como si aún midiera lo que veía.
“No es sólo que estemos más fuertes… es como si se rebajara la edad en el cuerpo y la piel”.
Storm soltó una risa baja, satisfecha.
“La píldora y el entrenamiento lo hacen todo.
Pero el mérito es suyo: mantener la disciplina”.
Armand las observó desde la mesa de trabajo donde terminaba de pulir los últimos amuletos: piezas discretas de jade celestial y perlas tratadas con la misma técnica que había empleado en la formulación de las píldoras.
No eran joyas ostentosas; eran sellos, herramientas con una intención precisa.
“No se equivoquen” dijo Armand, mientras alzaba una pequeña cajita.
“Esto no sustituye la práctica.
Tampoco hace milagros permanentes”.
Mostrando las píldoras blancas.
“La píldora ayuda” dijo con modestia.
“Esto es un complemento”.
Armand había acordado una reunión para la noche, para entregarles un presente a todos sus ángeles, actualmente ya todos se habían mudado a las villas de la montaña Alas de Ángel.
En la villa más grande que estaba al centro de la montaña le fue concedida a Luna y Armand, donde también estaban Storm y Leia.
A la izquierda estaba la villa de Sophie y Grecia, a la derecha estaba la villa de Ariana y Linda.
En la villa norte estaba la de Felicia.
En la entrada a la montaña estaban dos villas amplias que eran para Gastón y los más destacados de Pitbull y la otra eran para los felinos protectores que eran doce militares a cargo del comandante Lince.
En la cena, Armand las reunió a todas y les explicó, “cada colgante es un sello que oculta y protege.
Puede neutralizar una carga hostil y, si se usa correctamente, brinda protección vital hasta en doce ocasiones.
No es eterno, pero es un seguro.
Puede esconder completamente la energía de cultivo durante el tiempo que la lleven puesto.
Ariana y Storm aceptaron primero los colgantes con la seriedad de quien recibe una responsabilidad.
Leia, que había pasado la mañana arreglando la casa, rompió a llorar en cuanto Armand le colocó el suyo.
Sus lágrimas eran de sorpresa y gratitud; el gesto la tocaba en lo más íntimo porque reconoció el nudo energético de la perla Lao Tzu.
Saludó con respeto y, con voz entrecortada, dijo: “Mi general” susurró.
“No sé qué decir”.
Armand inclinó la cabeza con respeto y le señaló un cuaderno de ejercicios que había preparado para ella.
“Ese es tu plan de entrenamiento.
Si tienes dudas, te acompañaré en las rutinas”.
Sophie se mantenía algo apartada, con la mirada en otra parte; la mañana le había robado el aliento y aún le temblaba el pulso por lo que había sentido en los últimos días.
Armand se acercó con una calma que no imponía, sino que ofrecía; extendiendo el hermoso y místico colgante.
“También tenemos uno para ti” dijo.
“Cuida de esto.
Y cuidará de ti”.
Sophie aceptó temblando.
Con un gesto espontáneo, se acercó, dejó que él le colocara el collar, y, en un impulso, lo besó en la mejilla y posó el beso en la comisura de sus labios, no por coquetería sino por gratitud.
La escena era simple y humana; No hubo espectáculo, solo una tensión que Grecia notó al instante.
“Gracias” murmuró, su voz rota.
“Por todo”.
Luna, sentada en la mesa de la cocina, observaba con los ojos abiertos: el gesto le caló hondo en un lugar que no quería ceder.
El calor de la escena, sin embargo, tensó a Luna como una cuerda.
Estaban reunidos en la cocina; ella observaba la entrega de regalos con la mezcla de orgullo y celos que ya le eran familiar.
También había colgantes para la hermosa presidenta de la corporación Cielo Azul, Felicia que como siempre tenía una mirada sutil con Armand; para la encantadora presidenta y la juvenil vicepresidenta de la farmacéutica Salvavidas, Grecia y Linda que agradecieron con abrazos suaves y tenues.
Finalmente, Armand se acercó y tomó la mano de Luna con una cortesía serena.
“Tengo un bello presente para ti, esposa mía” dijo con una sonrisa.
El collar que le ofreció era una pieza fina: jade, oro blanco y una perla central engastada con un pequeño tallado con su nombre.
Luna dejó que la joya cayera en su mano; su mirada oscilaba entre la belleza del objeto y la pregunta que le quemaba en la lengua, su rostro pasó del escepticismo a la admiración.
“No lo despreciaré” dijo, alcanzando la pieza a Armand.
“Pero quiero respuestas.
Más tarde hablamos” susurró cuando Armand le rodeaba el cuello.
Antes de que la tensión pudiera aumentar, la puerta principal se abrió con paso pausado.
El Amo Crown, siempre ceremonioso, cruzó el umbral acompañado por una figura de autoridad: el canciller Donald Thompson.
Luna se adelantó para abrazar a su abuelo; el canciller saludó con una leve inclinación.
“Donald Thompson” presentó Baldor.
“Ha venido a conocer en persona al general Moore”.
La visita no era casual.
Hace días la sala de reuniones del Palacio Presidencial olía a papel, a café y a tensión contenida.
Joaquín Silba, presidente de Eurasia, presidía la mesa largo rato; Alrededor de él, los ministros formaban un anillo de miradas, actitudes y ambiciones.
Donald Thompson, el canciller, se había sentado con la compostura de quien siempre mide sus gestos: no habló hasta que Silba dio la palabra, y cuando lo hizo su voz fue la de quien armonizaba cálculo político y corazón público.
“Los informes del norte son contundentes” dijo el presidente sin rodeos.
“Perdimos una guarnición, tenemos poblados saqueados y un mando regional en manos del enemigo.
Necesitamos un jefe militar que unifique, que tenga autoridad en el terreno y respaldo político suficiente para mover los recursos ahora”.
Sacó tiempo, miró los expedientes que había sobre la mesa.
Mardonio Abad, Jacinto Vasco, Armand Moore: tres nombres y tres realidades.
Mardonio representaba la fuerza bruta, la lealtad de su base y la furia templada por la guerra del sur; Jacinto la sofisticación, el músculo económico y una red de intereses empresariales; Armand, la certeza disciplinada de quien había defendido fronteras y negociado tratado sin ceder un palmo.
“Mardonio actúa rápido, pero destruye puentes” dijo una ministra, la del Sur.
“Necesitamos eficacia, sí, pero con ojos para la diplomacia.
No es el mejor momento para un general que provoca más reacciones internacionales”.
“Jacinto tiene apoyo financiero” añadió otro.
“Si lo nombramos, los bancos nos mirarán con calma.
Pero su ambición es pública: he oído que no se sometería a cabeza alguna que entorpezca sus negocios”.
Silba escuchó y dejó que la sala se llenara con sus ecos.
Thompson, en silencio hasta entonces, apoyó la mano en la mesa como quien busca el centro del mapa.
“El general Armand Moore tiene lo que necesitamos” dijo.
“No es el más espectacular ni el más voluble.
Ha demostrado diplomacia en el terreno y respeto por la cadena de mando.
Además: es joven, infunde respeto entre las tropas y, si le damos respaldo claro del Ejecutivo, puede ser la figura que contenga la escalada”.
Las reacciones fueron mezcladas.
Algunos ministros asintieron con mesura; otros temblaron por las implicaciones.
“¿Y si Armand no obedece nuestras líneas políticas?” preguntó con dureza el ministro de Economía.
“Un militar con tanto poder y sin redes políticas… podría volverse incómodo”.
Thompson conocía la objeción desde siempre: el equilibrio entre fuerza militar y control civil.
Por eso se inclinó a una jugada doble.
No sólo proponía a Armand; proponía que la nominación fuera hecha personalmente por el canciller para poner mayor peso político.
“Si me permite explicar” continuó Thompson: “mi presencia en Ciudad del Dragón con la nominación no es gesto decorativo.
Es un mensaje de Estado: la nominación será pública y política a la vez.
Yo garantizo que habrá supervisión, transparencia y coordinación con el Ejecutivo.
Con ese gesto frena cualquier intento de convertir el mando militar en un poder paralelo”.
Silba se volvió hacia él con la mirada que decía: “¿y a cambio?” “A cambio” replicó Thompson con claridad—, “pido poder facilitar algunas autorizaciones logísticas y acelerar un paquete de recursos para la frontera.
Además, quiero que la estructura del mando incorpore un enlace civil con plenos poderes técnicos para coordinar abastecimientos y ayudas humanitarias.
No es control político, es coordinación técnica”.
El presidente vaciló sólo un instante.
La urgencia mordía.
Las delegaciones regionales ya gritaban por recursos y la prensa olía sangre.
Se convocó la votación: dos ministros del sur por Mardonio; tres por Jacinto; el bloque del oeste y el norte, junto con Thompson, alzaron la mano por Armand.
Los del este optaron por la abstención, prudentes.
La mayoría señaló a Armand.
Silba dio la orden: “Redacten el acta y firmen”.
Mientras los documentos se redactaban y firmaban, hubo un susurro que nadie deseó: los servicios de inteligencia habían detectado maniobras en la sombra.
Florencio Crown, desde la capital, movía redes para debilitar a la familia Crown de Ciudad del Dragón y a su vez propiciar compras a precio de liquidación.
Darío, representante de Ztars, buscaba oportunidades para intervenir en la licitación del hospital de Ciudad del Dragón.
Thompson, con la misma calma que mostraba al hablar, deslizó un apunte apenas audible.
“Asegúrense de que las órdenes de hoy incluyan protección para las rutas logísticas, y que se investiguen las maniobras financieras vinculadas al intento de desestabilización.
No queremos que una guerra sea antecedida por un saqueo financiero”.
Nuevamente el servicio de inteligencia hizo llegar documentos donde mencionaba que el general Armand Moore había resuelto los problemas con eficiencia sin generar pérdidas ni daños.
Silba asintiendo, sentenció que la decisión estaba tomada.
El presidente envió órdenes: notificar al general Moore y enviar al canciller a Ciudad del Dragón.
Thompson se puso en marcha; Además de la ceremonia oficial, tenía otra motivación: ganar distancia frente a los magnates de la capital que pretendían capitalizar el caos.
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