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La prometida del General Divino - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 La Coronel Pantera
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32: La Coronel Pantera 32: La Coronel Pantera La noche en el jardín se había espesado con el aroma del vino y la tierra húmeda.

Las risas y las cámaras quedaron suspendidas cuando Ariana dio un paso adelante, la voz baja pero firme.

“Amo Moore” dijo, “si lo desea, puedo acompañarlo.

Me ofrecería como seguridad personal durante la operación.

Armand la miró con ternura y negó con la cabeza”.

Agradezco tu valor, Ariana.

Pero por seguridad operativa mantendremos el núcleo reducido.

Esta vez, me acompañará solo la mayor, Storm”.

Antes de que la negativa pudiese crear un gesto incómodo, Donald Thompson se adelantó con una sonrisa oficial y levantó la mano como quien hace caer un mazo.

“Perdón por la intromisión” anunció.

“A partir de hoy, es el coronel Storm.

El Ejecutivo confiere el rango con efecto inmediato”.

El silencio fue un latido.

Luego estalló en júbilo: gritos, besos, abrazos atropellados.

Las mujeres corrieron hacia Storm; la rodearon, la apretaron y la mecieron como si fueran hojas en un huracán de afecto.

Storm, incapaz de articular al principio, se dejó inundar: sus manos temblaron, sus ojos se llenaron, y por un instante fue la niña que dejó atrás en el orfanato cuando la madre superiora la despidió.

Cuando la multitud comenzó a despejarse, Luna observó la escena con una mezcla de sorpresa y un hormigueo nuevo en la garganta.

No era solo celos: era la revelación de que esas mujeres, por distintos motivos, gravitaban ahora en torno a Armand.

Lo sentía como una posible pérdida y una llamada urgente.

Armand, al ver su silencio, se acercó y tomó su mano con la calma de siempre.

“¿Qué te preocupa, esposa mía?” susurró.

“Que todas ellas puedan quitarme lo que aún no me atrevo a perder” dijo ella con franqueza contenida.

Armand, alarmantemente, apretó su mano.

“No es una carrera para arrebatos.

Son mi familia; tienen su lugar y su responsabilidad.

Cuídalas en mi ausencia.

Y confía: todo lo que ocurre con ellas, te lo haré saber”.

Luna dejó escapar una risita entre lágrimas y se abrió a él en un abrazo breve, que fue un pacto tanto como una despedida.

Armand subió al pequeño estrado improvisado, la voz suave pero clara en la noche.

“Un momento, por favor” pidió.

“Gracias, por tanto.

Quisiera corresponder este cariño”.

Sacó de su bolsillo unas cajas pequeñas y colocó una sobre la palma abierta del viejo Amo Crown.

“Encontré un texto antiguo con recetas de píldoras de la salud” explicó.

“Son potentes, pero tienen límites.

Cada pastilla puede ayudar a reparar tejido, desbloquear un meridiano a los cultivadores y restaurar vitalidad, pero deben usarse con prudencia: sus efectos son limitados en el tiempo”.

Baldor, con la solemnidad del anciano que reclamaba una última esperanza, recibió la píldora y la miró como si fuera una ofrenda.

Al tomarla notó primero un dulzor que se disolvió en su lengua; Después, un calor que subía desde el estómago, como si una corriente tibia le abrazara los huesos.

Sus manos dejaron de temblar; su espina cobró rectitud; la voz, antes rasposa, recuperó timbre.

En minutos, la edad se volvió un rumor que cedió.

El cambio fue visible pero respetuoso: no una transformación grotesca, sino una restauración que dejó al viejo con rasgos más tensos, ojos más claros y pasos más firmes.

“Por favor, guarden este secreto como si fuera una medicina sagrada” pidió Armand.

El doctor Arthur y el señor Mikel Graham se acercaron para cumplir el llamado de Armand que les entregó una cápsula a cada uno para que la probaran bajo su supervisión.

Cuando fue el turno de Hagrid, la emoción lo quebró: cayó de rodillas, la palabra “perdón” se le atascó en la garganta y la gratitud lo convirtió en una reverencia, Armand lo tomó por los hombros y le dijo en voz baja: “Lo hiciste bien, papá.

No lo tomes como pago; tómalo como gratitud”.

Hagrid engulló la píldora con un gesto simple.

Un alivio frío y luego cálido se expandió en su cuerpo; la tos que lo había acompañado años pasó y sus ojos brillaron con una sorpresa tímida, el abrazo que le dieron Armand y Luna fue la escena más íntima de la noche: el padre y el yerno unidos por la dadora de la paz doméstica.

Armand miró a las mujeres reunidas: Storm, Ariana, Leia, Grecia, Sophie, Linda, Felicia y Luna.

Las cajas contenían las píldoras de la juventud que eran celestes, estas eran para las guerreras (para aumentar el rendimiento y llenar los meridianos) y las píldoras de la salud que eran blancas, servían para estabilizar y restaurar.

Antes de entregarlas habló con voz de maestro: “Estas píldoras ayudan, pero no hacen de quienes las toman alguien distinto.

Requieren práctica: respiración, posturas y control.

Abren meridianos, pero también exponen a riesgos al cultivador si se usan sin guía.

Les doy una a cada una con la condición de que se entrenen juntas y se cuiden entre ustedes.

Nada de uso improvisado”.

Las mujeres aceptaron en coro, con una mezcla de determinación y gratitud.

Armand entonces mencionó el otro regalo: “los colgantes de jade con la perla incrustada ocultarán su energía para otros cultivadores en todo momento y además puede absorber una carga letal en condiciones extremas.

Tiene usos limitados.

No es un escudo eterno.

Felicia y Linda que no tenían cultivo, llevaron sus manos hacía los colgantes y lo consideraban como un seguro de vida.

El brindis fue breve y contenido.

Hagrid puso la botella sobre la mesa y alzó la copa con una voz ronca: “Salud” repitió el coro “¡salud!”.

Cuando la ronda de obsequios terminó y la emoción todavía vibraba en el aire, Armand se acercó a Storm en privado.

Ella, aún turbada por la promoción, buscó sus palabras.

“Gracias” murmuró.

“No esperaba esto”.

“Lo mereces” respondió Armand.

“Pero más que el rango, quiero que recuerdes esto: lideras para proteger vidas, no para coleccionar autoridad.

Hazlo con la humildad que ya tienes”.

Storm bajó la cabeza, con la sensación de que la responsabilidad la desbordaba y la llenaba a la vez.

Ya avanzada la hora, cuando la luna era un disco frío sobre los pinos, la casa perdió el murmullo y quedó sólo la respiración de los que aún estaban despiertos.

Luna acompañó a Armand a su nueva habitación en su nueva villa.

Cuando la puerta se cerró, el mundo quedó reducido a la luz amarilla de un velador y dos corazones que todavía latían con la agitación de la despedida.

“Cuéntame todo” pidió Luna, sin florituras.

“Quiero saber todo, sobre tus ángeles y qué hay en su vida.

Quiero escuchar lo que no me han dicho”.

Armand se inclinó hacia Luna, para darle un beso en la mejilla y al sentir su aroma la miró largamente.

La calma que había mostrado como comandante no le impidió tener un hueco de honestidad que, por primera vez, se abrió del todo.

“No es sencillo resumir” comenzó.

“Voy a intentar estar claro.

Antes de ti y de mia ángeles, mi vida fue de una sola línea: solo entrenaba y cultivaba.

Nunca tuve una relación romántica, tampoco una relación íntima.

Rechacé más de cien propuestas de matrimonio, no por vanidad, sino porque mi práctica exigía soledad y disciplina.

El cultivo” dijo, “en mi tradición, fue siempre una senda individual: tiempo, silencio, renuncia y sacrificios”.

Luna escuchó con el cuerpo entero inclinado hacia él.

“Entonces, ¿qué cambió?” preguntó.

Armand tocó el colgante yin que reposaba en la mesita, par del que tenía Luna con el símbolo yang.

Aunque ahora Armand tenía ambos.

“Este jade que me dio mi maestro para venir a cumplir el compromiso de matrimonio” contestó.

“Cuando lo toqué por primera vez tuve una sensación ligera, pero cuando toqué ambos a la vez, algo cambió en mi campo.

No lo supe al principio, pero la energía del jade propone una conducta diferente: permite que la canalización de quien la posee funcione en pareja.

Lo llamamos cultivo dual.

Significa que la proximidad íntima con otra persona, si hay conexión energética, potencia ambos cultivos.

Por eso cuando me acerco a una mujer que comparte esa resonancia, nuestros meridianos reaccionan: se abren, avanzan.

No es cuestión de simple deseo; es una interacción bioenergética.

Por eso los «ángeles» —como las llamaba— tienen cultivos más visibles.

Todas llegaron accidentalmente y ya las conoces, algunas llegaron por necesidad.

Pero todas fueron aceptadas porque comparten una responsabilidad conmigo y todo lo que me rodea” luego de un momento de silencio, “incluso tú debes sentirte con más energía que nunca desde nuestro encuentro, la sesión no te desgastó, y si te fijas un poco más, notarás que tu piel se ve más firme y lozana”.

Luna parpadeó, procesando la información como quien adapta una creencia.

“Entonces la razón por la que rompí muchos lápices era por eso” “Y tú” continuó, “¿nunca tuviste nada así antes?

¿Ninguna mujer que entrenara contigo?” Armand negó con la cabeza.

“No.

No había quien compartiera mi disciplina.

Y en ocasiones cuando hubo acercamientos, los rechacé por una cuestión de tiempo y de convicción: no quería la distracción.

Ahora las circunstancias cambiaron.

Cuando decidí aceptar a estas mujeres fue porque vi en ellas algo que complementaba la tarea colectiva: curación, defensa, administración.

Tampoco es mágico.

La apertura de los meridianos exige entrenamiento, cuidado y no garantiza favores.

Y es por eso por lo que te lo digo: no hay fórmulas que sustituyan la voluntad”.

Luna se acercó, apoyó la frente en su hombro y respiró hondo.

“Entonces” dijo, “¿si me acerco a ti podré cultivar?” Armand la miró con seriedad y ternura a la vez.

“Podrías.

Y te aseguro que estás preparada, porque tu cuerpo y energía se fusionaron conmigo.

Pero quiero que lo entiendas: no es un atajo para ser más fuerte.

Significa entregarse a un camino distinto.

Requiere paciencia.

Te prometo acompañarte si tú quieres, pero no lo haré por capricho; lo haremos con método, con maestros, y siempre con tu consentimiento pleno”.

Luna delirante, con una sonrisa que contenía sorpresa y desafío.

“Yo quiero aprender” dijo.

“Si esto te hace quién eres y te permitió construir lo que ahora protege a tantos, quiero merecer mi lugar.

No quiero ser la esposa del hombre que vino de las montañas; Quiero ser tu compañera y la que se gane su derecho de estar a tu lado”.

Armand la observó con gratitud.

Luego, con un brillo en los ojos que mezcló la solemnidad con el tono juguetón que a veces usaba en la intimidad, le recordó algo que para ellos había sido una broma privada.

“Y no olvides la apuesta” susurró, casi en broma.

Luna alzó una ceja y replicó con una mueca de desafío.

“¿Qué apuesta?” dijo, simulando enojo.

“Que, si aprendes a cultivar conmigo, tendrás que aceptar que te siga robando, besos, caricias y mimos” respondió Armand, apenas.

“Y yo me comprometo a responder a tus desafíos con el mismo entusiasmo”.

Luna fingió preparar un golpe sobre la almohada y avanzó con ademán de pelea.

Él la recibió con una risa contenida y una mano que la sujetó por la cintura.

“¿están listas tus armas?” murmuró.

“Siempre lista” contestó ella, y la risa se convirtió en un beso intenso.

Lo que siguió fue un tramo de la noche cerrado al mundo.

No hubo descripciones ostentosas; Hubo una entrega lenta en la que las palabras, las caricias y los silencios construyeron un idioma propio.

Luna y Armand se dieron tiempo para descubrirse: la tensión acumulada quedó liberada en besos que hablaban de miedo y esperanza, en caricias que no eran posesiones sino garantías, en una respiración compartida que marcaba el ritmo de la cercanía.

Sus cuerpos buscaban consuelo y asidero.

Sus manos trazaron mapas en la piel del otro sin prisa.

Hubo risas quedas, confesiones que habían esperado la privacidad, y también una ternura que no se apuró en mostrar, sino que se mantuvo.

La cama fue la frontera del mundo donde ambos decidieron ser vulnerables.

En los intervalos, Armand le habló en voz baja, de técnica y de tiempo, de cómo ambos podrían entrenar juntos sin perder la calma.

Ella le escuchó y respondió con la misma seriedad juguetona.

No hay que narrar con crudeza lo que ocurre entre dos adultos que se aman; hay que dejar el registro de que fue único y verdadero: la noche los costuró con hilos que no se rompen con facilidad.

Cuando la mañana empezó a rozar la cortina, ambos se durmieron abrazados.

La piel de Luna llevaba la memoria de las caricias y, en su pecho, el latido de una decisión nueva: aprender a ser compañera en la senda que él había elegido.

Luna había abierto dos de sus meridianos y podía sentirlo, lo que le daba esperanza de poder seguir trabajando y avanzando para poder estar al lado de su amado esposo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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