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La prometida del General Divino - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Un regalo para el ministro Donald Thompson
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33: Un regalo para el ministro Donald Thompson 33: Un regalo para el ministro Donald Thompson La madrugada siguiente era un mapa de relojes y listas.

Armand no dejó nada al azar: la operación en el norte exigía claridad y, sobre todo, que nadie en la villa quedase sin un plan.

Llamó primero al comandante Lince y le entregó, en persona y con documentos sellados, la responsabilidad de la seguridad interior.

“Lince” dijo, “la villa queda bajo tu mando.

Mis Felinos se quedan en Ciudad del Dragón como retaguardia.

Tendrás la guardia protectora aquí: control de accesos, patrullas nocturnas y custodia de los puntos críticos.

Patrick tendrá el canal jurídico; Arthur la custodia médica; y el viejo Baldor custodiará la casa principal en acto ceremonial, pero tú tienes la última palabra operativa”.

Lince, de mirada aguda y pocas palabras, acercándose en seco.

“Entendido, general.

Coordinaré el perímetro y dejaré subcomandantes por sector.

Ningún visitante sin autorización.

Las listas de emergencia que usted deja serán protocolos obligatorios”.

Armand le pasó las llaves de los accesos a la montaña, además de la mansión del viejo amo Crown y la de la Alameda.

También deslizó, sin comentario, un pequeño estuche de madera lacada que nadie en la sala abría.

En su interior había una píldora de la salud, compacta y cálida al tacto: una medicina ancestral refinada.

“No hay negociación”, insistió Armand.

“Si alguien intenta incursionar o buscar algo en nuestras propiedades, quiero a los responsables en manos de la justicia antes de que sus jefes puedan mover un dedo”.

Thompson, presente por videollamada, corroboró la orden.

“Además, dio la instrucción al banco central y la UIF: cualquier transferencia inusual vinculada a las cuentas señaladas será bloqueada.

Lince, contarás con apoyo para la vigilancia física y financiera local.

No dejaré que un oportunista se convierta esto en negocio”.

Además de la custodia de los bienes excepcionales, Armand repartió encargos operativos: Leia y Ariana recibirían el cuaderno de instrucciones para guiar los entrenamientos; el doctor Arthur supervisaría un plan de seguimiento médico; Felicia y Linda llevarían la coordinación social con las familias rescatadas; Grecia se encargaría de la logística diaria de Sophie.

Cada tarea fue rubricada con nombres, horas de informe y canales cifrados.

“Quiero un informe a las 10:00 y otro a las 22:00” ordenó.

“Si algo cambia en la ciudad —una marcha, una llegada inesperada, una compra sospechosa—, quiero ver los indicios antes de que se convierta en problema”.

No todo era defensa física: a petición de Thompson, Armand dejó instrucciones explícitas sobre cómo proteger las empresas y activos de la villa y de la comunidad asociada.

Se nombraron dos fiduciarios provisionales: Mikel Graham y Patrick, con orden de auditoría trimestral que la UIF y el banco central supervisarían.

Nada de transacciones sin doble verificación y ningún expediente de venta sería tramitado sin un certificado de inexistencia de presión o chantaje.

“Registradas todas las ofertas”, indicó Patrick.

“Toda propuesta de adquisición pasa por auditoría forense.

Si aparece Florencio Crown o sus intermediarios, quiero trazabilidad pública”.

El paquete político-legal incluía además la elaboración de una declaración de interés público que el gabinete podría publicar en caso de filtraciones: transparencia sobre el destino de sus fórmulas (uso clínico, registro de pacientes, prohibición de comercio) y una política de sanciones penales para tráfico de sustancias y explotación.

De regreso a la sala principal, Armand mostró un libro aparentemente antiguo que había mencionado en la entrega.

No era sólo un texto de algunas fórmulas: era también un pequeño compendio de prácticas respiratorias, posturas para la circulación del qi, y anotaciones sobre la ética del cultivo.

Bajo la supervisión de Ariana y la capitana Leia.

“Las copias serán para quienes acreditan un programa de entrenamiento” explicó Armand.

“No quiero que llegue a manos de mercaderes o curanderos sin ética”.

Leia y Ariana recibieron los cuadernos de entrenamiento; las páginas estaban llenas de diagramas, secuencias de respiración y rutinas de fortalecimiento.

Armand marcó los ejercicios de base para las primeras doce semanas y asignó a Leia la responsabilidad de supervisar el grupo diario.

“Siempre entrenen juntas” les dijo.

“Compartan su progreso, cifras y observaciones.

Cualquier anomalía me reportan”.

A media tarde se convocó una reunión con los responsables del proyecto Pitbull: un plan estratégico para crear una red de defensa civil y asistencia médica móvil que pudiera rotar entre los integrantes.

Estaban presentes Ariana, Leia y Gastón, líder de la empresa de seguridad Pitbull.

“Pitbull debe ser versátil”, explicó Armand.

“Un módulo médico, un módulo de comunicaciones y un módulo de respuesta rápida.

No pretendo militarizar poblaciones: queremos unidades civiles entrenadas con protocolos de emergencia y un enlace directo con las fuerzas regulares”.

Gastón, con mapas en pantalla, propuso nodos de despliegue: almacenes dentro de las empresas, adaptadas como centros de salud móviles, depósitos de suministros y patrullas coordinadas.

La reunión se extendió en detalle hasta el caso, y cada decisión quedó consignada en actas con plazos y responsables.

Cuando la tarde ya apretaba, la reunión formal de Pitbull se disolvió.

Quedó un núcleo reducido: Ariana, Grecia y Armand.

La despedida era próxima y las emociones estaban a flor de piel.

Los tres se retiraron a la villa de Ariana, ingresaron a la habitación principal donde la luz era más tenue y las conversaciones podían bajar a un tono más humano.

Armand dejó el estuche de madera sobre la mesita, y antes de que nadie lo pidiera, deslizó la píldora en la palma de Grecia.

Fue un gesto breve, sin ceremonia innecesaria, pero cargado de intención.

“Para tu padre”, dijo en voz baja.

“Arthur revisó la dosis y la adaptó a su condición.

No es una cura milagrosa, pero le dará tiempo y alivio.

Guarda esto con cuidado.

Si él quiere, que la tome bajo supervisión”.

Grecia tomó la píldora como si fuera un relicario: con dedos que querían disimular la urgencia.

Sus ojos se cristalizaron y por un instante parecieron más niña que la operadora experta que había sido durante semanas.

“Gracias”, murmuró.

“No sé cómo pagarte esto”.

“No lo tienes que pagar” respondió Armand, rozando brevemente su mano con la suya.

Fue un contacto pequeño, íntimo, el tipo de roce que exige y concede consuelo.

“Cuida que la reciba en la mañana.

Dile que se relaje y me confirmas sus efectos”.

Después vino la sesión de cultivo dual.

La habitación, ahora más silenciosa, olía a té ya madera mojada por la lluvia reciente.

Armand pidió que se apagaran las luces directas; Dejaron sólo la lámpara de papel que dibujaba sombras suaves.

El gesto fue íntimo pero sereno: no un espectáculo, sino un rito de preparación.

“Quería agradecerles”, dijo Armand.

“Su disposición ha sido crucial.

Y antes de partir, quiero ayudarlas una vez más con su cultivo; hay técnicas que requieren un ajuste fino en la respiración y la sincronización”.

Grecia y Ariana se sentaron a cada lado de él.

Armand propuso un ejercicio: respiraciones guiadas, sincronización de pulsos y una transmisión de energía consciente pensada para desbloquear meridianos menores que el entrenamiento muscular no alcanza.

“Esto es para mejorar la conexión interna”, explicó.

“No sólo se trata de un acto carnal, sino de un intercambio de foco y presencia.

Si alguna de las dos no quiere seguir en algún momento, lo paramos”.

Hubo asentimientos.

Lo que siguió fue profundo y delicado.

Armand marcó un tiempo con su voz: inhalar cuatro, retener dos, exhalar seis.

Sus manos se movieron lentas, con la precisión de quien conoce mapas internos; las palmas sobre los hombros, sobre la clavícula, sosteniendo la energía como quien guía un río.

No hubo prisa, sólo atención; no hubo espectáculo, sólo verdad.

Las respiraciones comenzaron a sincronizarse hasta que los tres parecían respirar con una sola caja torácica.

Grecia sintió en la nuca una descarga tenue, como si un canal antes tenso se abría en pequeños tramos, y con cada exhalación la presión se diluía.

Ariana dejó que las palmas de Armand posadas en su pecho fueran anclas que regularan su latido; el calor que subió hasta la garganta no fue simple deseo: fue reconocimiento y alivio, la confirmación de que el cuidado también puede ser deseo y que el deseo puede actuar como medicina cuando se conjuga con respeto.

Las caricias fueron respetuosas y precisas: dedos que trazaban líneas sobre la piel para alinear la columna energética; labios que rozaban sienes en agradecimiento; manos que se apoyaban en el vientre para palpar respiraciones.

Los gemidos que surgieron no eran ostentosos, sino respuestas viscerales al alivio de nudos antiguos.

En ningún momento hubo violencia ni manipulación: había consentimiento, palabra y pausa en cada paso.

“Concéntrense en el punto entre las cejas”, susurró Armand en un momento de silencio compartido.

“Sientan cómo la respiración tira de ese hilo y lo suaviza”.

Cuando terminaron, fue como si el tiempo se hubiera estirado y luego regresó a su compás natural.

Se abrazaron largo, uno en el centro, las otras dos abrazando la espalda y las caderas en un gesto que cerró la sesión con ternura.

“Gracias” murmuró Grecia, con la voz quebrada.

“No sólo por la técnica, sino por creer en nosotras”.

“Ahora pueden ir y cultivar con orden la respiración y los movimientos marciales” respondió Armand.

“Entrenen juntas, compilan observaciones y manden sus informes.

Cuiden una parte de esto tanto como yo”.

El trío terminó como había comenzado: con respeto, sello de consentimiento y una ternura llena de admiración.

Las muchachas se incorporan con la sensación de un paso avanzado en su práctica y con una calma nueva en la mirada.

Antes de la hora pactada, el helipuerto se llenó de luz artificial.

Storm, ya coronel, encabezó la formación para el embarque; el comandante Lince cerró el perímetro con sus Felinos; las listas de chequeo se repasaron dos veces.

Armand caminó por la villa una vez más, todos estaban en el patio principal, Armand seguía dejando instrucciones por escrito y recibiendo abrazos breves, promesas y, sobre todo, la certeza de que lo que quedaba en la casa tenía manos capaces.

Antes de subir al helicóptero, intercambió un último abrazo con su esposa Luna, quien estaba orgullosa por su inicio en el cultivo.

“Cuida de la casa” dijo.

“Y cuida de los que quedan”.

“Lo haré” respondió Luna.

“Y si alguien intenta jugar sucio con las cuentas o el comercio de esto, lo sabré y te lo reportaré”.

El helicóptero se elevó hacia un cielo que anunciaba la batalla por delante.

En la villa, la vida siguió con la intensidad de quien guarda un secreto y una esperanza: una cadena de confianza sellada por nombres y deberes.

La operación en el norte comenzó; Atrás quedaba una casa completa que, por ahora, resistiría.

Al amanecer, Grecia y Sophie fueron a la casa donde vivía su padre.

Lo encontraron sentado junto a la ventana, las manos sobre la manta, la mirada fija en un punto indefinido del jardín.

Cuando ellas entraron, su figura pareció encogerse y luego estirarse con un reflejo infantil.

“Papá” dijeron ellas suavemente, poniendo la píldora sobre las manos de Sophie y acercándose con cuidado.

“El amo Moore me dio esto.

Dijo que te ayudará con tu malestar”.

Él las miró, y la sorpresa saltó primero, y después el temblor al reconocer el contenedor, hicieron que sus manos se movieran con torpeza.

Tomó la píldora entre los dedos con manos temblorosas y lágrimas en los ojos.

No cerró los párpados: las lágrimas nacían de la mezcla de alivio y miedo, de la gratitud por algo que no sabía merecer.

“Creí que ya no habría remedio” murmuró, la voz como papel húmedo.

“Gracias…gracias a todos”.

Grecia se arrodilló, le tomó las manos y apoyó la frente contra las suyas.

Era un gesto pequeño, íntimo, pero cargado de promesas.

Él apoyó la píldora en su palma como quien ofrece un talismán, y respiró hondo antes de aceptarla.

“Lo tomaré ahora” dijo con determinación y con la mirada encendida.

“No quiero que se preocupen, hijas mías.

Las lágrimas rodaron sin sonido.

El alivio era tangible en la habitación: la medicina podía comprar tiempo, el tiempo podía empequeñecer el miedo.

Grecia pensó en Armand, en su prisa por dejar todo ordenado y en el modo en que había administrado cuidado y poder con la misma mano.

En ese momento supo que la despedida había sido más que una partida: había sido un legado para ella y para Sophie.

En la villa, la jornada continuó con la disciplina de quienes saben que cada tarea completa es una puntada más en la red que protege a todos.

Pero en una pequeña casa, junto a una ventana por la que entraba la luz pálida del amanecer, un padre sostuvo una píldora entre dedos temblorosos y quizás, por primera vez en mucho tiempo, respiró tranquilo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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