La prometida del General Divino - Capítulo 35
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35: Muerte del general Mardonio Abad 35: Muerte del general Mardonio Abad La ciudad olía a metal y nieve recién molida cuando Storm y los cinco tripulantes del avión entraron en ella.
Llegaron al hotel donde, contra todo pronóstico, encontraron a Armand conversando con una niña que parecía salida de otro mundo: cabello blanco como la escarcha, ojos azules profundos, piel nívea y una sonrisa que mezclaba dulzura, ternura y una tristeza que no desaparecía.
“Buen día, mi general” saludó Tormenta al entrar; los demás repitieron el saludo al unísono.
Armand se volvió hacia ellos con la calma de quien ha guardado la tormenta para el último momento.
“Bienvenidos” dijo, y bajó la voz.
“Pasen e informen”.
El capitán tomó la palabra sin perder tiempo.
“Mi general: cuando solicitamos el aterrizaje, nuestros radares detectan el lanzamiento de dos misiles desde el cuartel.
Además, nos dimos cuenta de que ustedes no estaban en la aeronave, así que nos adelantamos y saltamos antes de la detonación”.
Armand confirmó, evaluando cada palabra como si fueran piezas de un mecanismo.
“Buena percepción.
Eso les salvó la vida” dijo.
“A partir de ahora los incluyo en asuntos tácticos.
Storm, necesito tu informe de rescate”.
La coronel Pantera se inclinó ligeramente y relató lo ocurrido en la zona de inserción: la caída del avión, la extracción de los soldados y, sobre todo, que no había supervivientes entre la tripulación que se creía transportada.
“Observé algo más” añadió Storm con la mirada afilada.
Los soldados que atacaron eran del cuartel general del norte.
“No vi insignias del ejército de los Monjes.
Me huele a motín; alguien del interior desató el caos”.
La niña que escuchaba entre ellos se adelantó con voz temblorosa, apenas audible, como si hablar le costara sacar el aire.
“Mi madre…
descubrió que un general, Mardonio, organizaba todo para atraparla” dijo.
“Envió hombres con un militar llamado Cruz, que era muy poderoso.
Tienen prisionera a mi familia.
Mataron al rey lobo y sus guerreros cuando intentábamos escapar”.
La mirada de Armand se endureció.
“No eras la niña de los que encontré?” preguntó.
Ella se volvió con rapidez, y las lágrimas rompieron la contención.
“No, señor.
Ellos eran mis protectores.
Murieron por salvarme.
Fue mi culpa”.
Armand guardó silencio unos segundos, luego habló con voz firme y breve: “Lo siento mucho, sin embargo, esos actos no son tu culpa”, luego volviéndose a la coronel.
“Storm, prepárate en la cresta.
Cuando lleguen los aviones militares, derríbalos si intentan aterrizar”.
“A ustedes” se dirigió al resto de la tripulación, “cuiden de la niña.
Volvemos para la cena”.
Storm se movió con la precisión de un depredador.
Apenas se alejó, Armand se puso en marcha hacia el centro de control del aeropuerto militar.
Los soldados de guardia aún bostezaban; la base no esperaba la violencia que nacía en su seno.
Desde la torre de control, la voz del capitán de la tripulación resonó por los canales.
“Torre, permiso para aterrizar”.
Armand, con la pantalla de tráfico frente a sí y el pulso contenido, respondió en tono seco: “Permiso denegado”.
Hubo una insistencia y la voz del otro lado elevó el volumen: “¡Torre!
El general Mardonio Abad exige permiso para aterrizar.
Comuníqueme con el coronel Wilder”.
Armand pulsó teclas, tanteó coordenadas y reconoció el perfil del avión enemigo.
Envió la señal a Storm: pista 3, motor izquierdo, 12 minutos.
“Permiso denegado” repitió con calma glacial.
La voz del general Mardonio estalló en rabia por el canal.
“¡Aquí habla el general Mardonio Abad!
Exijo aterrizaje inmediato.
Comuníqueme con Wilder”.
Antes de que la discusión degenerara, un disparo seco rasgó el aire.
La torre vibró.
En la cabina del avión que llevaba a Mardonio algo sucedió: la comunicación se rompió.
En el canal, la exclamación primero, luego el silencio.
Armand vio en la pantalla la fracción de un trazo —el proyectil que voló a través del vidrio.
Mardonio cayó sin tiempo a invocar justicia.
“Buen tiro” murmuró Armand, pero la frase costó un parpadeo.
En la distancia, otro movimiento: un soldado se lanzó hacia la posición de Storm con una furia inhumana.
Armand estrechó los ojos.
Reconoció al agresor por la puerta y por una cicatriz en la mandíbula.
“Ese es Nataniel” dijo.
“El mayor Nataniel.
Viene por la coronel Storm”.
En la colina, los dos combatientes se encontraron como dos torbellinos: Nataniel atacó con técnica marcial precisa, brutal en su ejecución; Storm respondió con golpes calculados y defensas que amortiguaban la potencia del rival.
Cada impacto resonaba en la montaña.
La nieve saltaba en cortinas, y los habitantes tuvieron la impresión de que una tempestad se rebatía a algunas decenas de metros.
Mientras tanto, en el patio principal del cuartel, la actividad era un hormigueo tenso.
Aviones militares daban vueltas, como aves inquietas.
El coronel Wilder contemplaba el cielo con el ceño fruncido, desconcertado por la falta de mando del otro lado.
Armand avanzó entre la guardia como si caminara por un bosque de lanzas; los disparos que venían hacia él rebotaban en su contorno sin lograr detenerlo: esquivaba, devolvía, neutralizaba.
“General Armand Moore” dijo Wilder, con una mezcla de desprecio y temor.
“Me sorprende que siga vivo.
No durará mucho”.
Armand entusiasmado con la serenidad de quien sabe lo que puede lograr.
“La traición tiene final” replicó.
“Y tú respondes por él”.
Wilder alzó la voz y llamó a sus hombres.
Armand, sin prisa, se deslizó a su espalda y susurró en su oído: “Tu general sombra ya no existe”.
Cuando Wilder miró al cielo, vio lo inesperado: cazas amigos rodeando los aviones militares, imponiendo superioridad aérea.
Un golpe sutil, un aturdimiento, y Wilder perdió el conocimiento.
“¡Ríndanse!” ordenó Armand con voz que partía el viento.
“Si levantan armas contra el comandante supremo, habrá castigo”.
La reacción fue inmediata: las armas cayeron.
Un murmullo se transformó en un juramento y, al unísono, los soldados llamaron a Armand “jefe militar”.
Llevaron a los oficiales implicados; muchos estaban pálidos, otros rompían en llanto.
Entre ellos, un coronel cayó desplomado.
Armand se acercó y, con la precisión que le daban años de práctica, aplicó Reiki sobre su cuello para buscar respuestas.
Detectó un artefacto minúsculo implantado en el cerebelo del oficial: un detonador neurológico pensado para administrar una descarga fatal si la conspiración se desmoronaba.
Armand apuntó y disparó; El proyectil perforó la pared y alcanzó el dispositivo, destruyéndolo antes de que explotara.
Tres disparos más neutralizaron otras señales ocultas.
Pero la calma fue efímera.
Desde el corazón del cuartel se oyó una detonación tremenda.
El suelo tembló y un cráter se abrió, lanzando fragmentos y polvo.
Un oficial cayó en el centro del patio; La onda expansiva levantó gritos.
Storm apareció descendiendo como si la colina la expulsara: herida, tosiendo sangre; el peso de la batalla la había marcado.
Nataniel yacía gravemente herido a su lado.
En un último gesto desesperado, el mayor liberó la técnica prohibida conocida como “sangre de dragón”: una explosión interna de fuerza que dobló su potencia y lo impulsó a un último envite hacia Armand.
El cuartel quedó suspendido por un instante entre el polvo y la alarma.
Nadie supo si aquello sería el fin o el principio.
La cresta de la montaña parecía un instrumento afinado: la nieve, el viento y la altitud actuaban como resonadores del qi.
Storm y Nataniel se situaron frente a frente con la calma de dos cirujanos antes de abrir carne.
Esto dejó de ser un intercambio de golpes para convertirse en una confrontación de cultivos: meridianos contra hueso, flujo contra corazón, sensibilidad interna contra densidad estructural.
Storm respiró tres veces profundas, llevando el dantian a su centro.
Sus siete meridianos principales —las arterias energéticas que había abierto con años de práctica— latían como cuerdas tensas: Ren y Du para la columna de mando; Chong para el impulso; Dai para la rotación; y los canales auxiliares para la agudeza sensorial.
Aquello le daba ventaja en percepción: sentía la micro oscilación del qi en los músculos de Nataniel antes de que ocurriera el movimiento.
No era simple intuición, sino lectura directa de la energía.
Nataniel no era menos letal.
Su cultivo había sido artífice de huesos de hierro y órganos templados: respiración que comprimía la sangre hasta volverla una palanca, tendones endurecidos como cables, un aura de esencia vital que accionaba como armadura sutil.
Cuando acumulaba el poder de sus técnicas, la masa de su cuerpo parecía ganar densidad; los golpes adquirían “peso” añadido, como si cada puño llevara consigo la gravedad.
Comenzaron a media distancia.
Nataniel lanzó una secuencia para imponer ritmo: un jab calibrado, un cross que llevaba furia concentrada en la cadera.
Esa fuerza no buscaba romper la defensa, sino marcar la cadencia para una explosión.
Storm dejó que su cuerpo cediera una ínfima fracción —no más de dos gramos de masa— y, con un giro de cintura guiado por Chong, transformó la cruz en una línea de paso para su propio reeling: la torsión helicoidal del qi que transfería momento sin chocar.
Técnicamente: Nataniel explotó fajín de hueso (una liberación de jing que endurecía tejido y multiplicaba masa efectiva) para un gancho.
Storm dirigió el qi del dantian hacia el meridiano del hombro, creando un canal de salida (compactación del Ren para soporte y apertura del Du para devolución).
Usó entonces un movimiento de evasión en 15 grados y aplicó un jin proyectivo en la unión escapular: no buscó fracturar, sino desorganizar la sincronía motor del rival.
Nataniel sintió la perturbación en su patrón respiratorio; respondió generando una onda interna —un pulso de aura— que deformó el aire y levantó copos en un radio corto.
La dinámica escaló un clinch.
Allí la pelea se volvió una disputa de meridianos y palancas cortas: control de muñeca que intenta bloquear el Chong, presión intercostal para frenar el Ren.
Storm aplicó una llave de muñeca que desalineó la cadena cinética de Nataniel y buscó una extracción del centro de gravedad (kuzushi interno).
Nataniel, con la densidad ósea, contrarrestó con un anclaje de cadera: hundió su qi en el sacro, fijó la base y convirtió la palanca en un intento de derribar.
En términos de cultivo: Nataniel lanzó la Sangre de Dragón parcial —una contracción de jing y flujo de esencia que incrementaba temporalmente la contractilidad muscular y reducía la sensibilidad al dolor—.
La contracción del cuerpo vino como una onda que comprimió la región torácica y aumentó la proyección de sus rodillas.
Storm respondió aplicando jin elástico desde el dantian, usando la técnica de transformación suave-dura: cedió para atraer la masa de Nataniel, luego convirtió la inercia en un hip-toss con rotación helicoidal (chi-bridging), explotando el apalancamiento en la unión iliolumbar.
El choque produjo un impacto sordo; la nieve no amortiguó la violencia energética.
Nataniel rebotó, pero rehusó caer: sus tendones endurecidos actuaron como resortes, y su aura regenerativa rellenó micro lesiones con velocidad alarmante.
Storm percibió la regeneración y supo que debía agotar no solo su musculatura, sino su reserva de esencia.
Aumentó la frecuencia de su respiración interna —microciclos de 4:2:6— para mantener el dantian pleno y el flujo continuo por los siete meridianos.
La pelea entró en la fase de ruptura: golpes cortos, palancas a articulaciones, microinterrupciones del flujo que buscaban fragmentar la coordinación del adversario.
Storm combinó técnicas de jin interno con ataques puntuales a nodos energéticos ficticios —puntos que en cultivo cortaban temporalmente el paso del qi—: un toque en la protuberancia supraclavicular para ralentizar el flujo al brazo derecho; una punzada controlada en la fosa ilíaca para fracturar la coherencia de la base.
Nataniel, en respuesta, utilizó la dureza de su estructura para redistribuir las fuerzas, transformó los ganchos en compresiones que intentaron neutralizar la circulación del qi en el torso.
El clímax llegó cuando ambos vaciaron reservas.
Nataniel activó la técnica total de hueso: un pulso que hizo «crujir» la materia como si cincelara su propia biología.
Sus brazos se volvieron arietes.
Storm, entretanto, en un estado de sobreelevación de meridianos, desarrolló una visión interna de patrón: notó que el aura de Nataniel formaba un flanco norte con una sutura menos coherente por donde su esencia vital regresaba al dantian para completar el ciclo.
Ese era el punto de ruptura.
En un movimiento ensamblado de forma impecable, Storm ejecutó la secuencia final: evasión lateral de 30 grados (para usar la masa del enemigo), giro de cadera para cargar jing helicoidal desde el dantian, apertura del Ren para anclar el impacto y liberación en un solo fulminante fajín proyectivo dirigido a la sutura del flanco (la unión donde su aura retornaba).
La energía no buscó penetrar el corazón; buscó deshilachar la coherencia del patrón protector.
Fue un golpe de precisión interna: no solo un impacto mecánico, sino una descarga que perturbó la resonancia del aura.
El resultado fue inmediato y brutal.
La armadura de esencia de Nataniel vibró como una cuerda rota.
Su cuerpo, por primera vez en la contienda, perdió la coherencia: la dura carne que había sido fortaleza se volvió masa mal sincronizada.
Storm siguió la ruptura con una palanca de cadera y un empuje de hombro que explotó la inercia: Nataniel fue catapultado como un tronco por la pendiente y, con un sonido seco que cortó el aire, se precipitó hacia el patio donde Armand estaba decidido a contener la crisis.
El impacto en el patio resonó en una onda que dejó huellas de nieve y levantó polvo.
Armand, que había levantado la vista en ese instante, clavó la mirada en la figura que caía y, antes de que alguien pudiera moverse, gritó el nombre del mayor: “¡Nataniel!”.
Los presentes contuvieron la respiración: ambos combatientes habían rozado los límites de la vida.
Storm permaneció en posición, hombros temblando, ojos hundidos por la fatiga del qi; Había ganado una ventaja ínfima, pagada con meridianos casi exhaustos y la certeza de que la victoria había sido a costa de rozar la muerte.
Ambos quedaron en la línea del umbral: la pelea había terminado, pero el precio aún no se manifestaba.
La ciudad entera parecía contener la respiración, mientras los ecos del choque se desvanecían en la nieve.
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