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La prometida del General Divino - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 La muerte del Mayor Nataniel
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36: La muerte del Mayor Nataniel 36: La muerte del Mayor Nataniel El patio del cuartel olía a polvo y un frío que cortaba la piel.

Las órdenes habían volado como astillas; Los soldados se movían con una mezcla de disciplina y estupor.

Armand, de pie en el centro, entonces lo encontró mal herido: Nataniel, el soldado con mayor proyección, llamado a liderar el ejército del norte, estaba aún entre los oficiales que habían sido humillados por el plan maestro.

Había rastros de fatiga, de resentimiento y algo más: un brillo febril en las pupilas.

Armand lo encara, la voz baja pero dura: “Esto afectará tu salud?

¿Tu vida?

¿Acaso no te importa lo que les hicieron a estas personas?” Nataniel vino al frente con lágrimas que le quemaban los ojos.

“No tengo elección, jefe militar” dijo con la garganta rota.

“Busque en mi oficina, en mi diario.

Allí está todo.

No me culpe de lo que se hizo con extorsión y órdenes por encima de mí”.

La voz de Armand se volvió autoritaria, práctica.

“Todos fuera.

Evacúen la zona.

Hagan aterrizar los aviones ahora”.

Mientras los subalternos cumplían, Armand se acercó a Storm.

Sus manos eran suaves pero firmes; rozó su rostro maltratado y, con gesto casi amoroso, la besó y puso entre sus labios una píldora sanadora.

“Déjame esto” susurró.

“Voy a resolverlo”.

Nataniel, como si hubiera reunido la última hebra de orgullo y desesperación, desapareció del patio en un estallido de jing y reapareció con el puño que cortaba el aire, a un paso de Armand que no se movió, y levantó suavemente el puño, con furia destilada.

Nataniel salió despedido y colisionó con la pared, dejando solo rastro de polvo.

Fue la gota que hizo brotar la batalla definitiva.

Armand era un cultivador de otra jerarquía: todos sus meridianos conectados, mayor control del reiki, dominio de transformaciones de energía interno-externas.

Su dantian era un motor estable que alimentaba técnicas de absorción y redirección; sus manos sabían convertir la agresión en palanca.

Nataniel, por su parte, había sido transformado por procedimientos y entrenamiento: huesos endurecidos, órganos reforzados, un corazón de esencia vital que actuaba como armadura.

Y cuando invocó la Sangre de Dragón, elevó su salida a un extremo que distorsionó el campo del combate… pero solo de forma temporal.

La primera embestida vino como un martillo: Nataniel liberó fajín de hueso, una técnica que comprimía jing para multiplicar la densidad de sus golpes.

Armand sintió la onda en las fibras del aire; Controló la respiración, reconoció el Ren y el Du, y transformó su centro en un nudo inmóvil.

En términos marciales, fue un uso impecable de estructura: dejó que la fuerza pasara y la guio, sin bloquearla de frente, hacia un punto de desequilibrio.

Sujetó el puño del mayor, atrapó el brazo con la otra mano, y con un movimiento que combinó palanca de cadera y jing helicoidal lo envió contra el muro de concreto: cinco metros de densidad pura, y fue la primera vez que Nataniel conoció un impacto con tal brutalidad.

Pero la caída no lo detuvo.

Se levantó como sombra rearmada y atacó en una lluvia sin tregua: posiciones de clinch que presionaron el Ren de Armand, golpes que intentaron romper su estructura interna y ráfagas que buscaban vaciar su dantian.

Nataniel usaba la dureza ósea para resistir palancas; Usaba el aura de esencia para amortiguar daños.

Armand, a su vez, desplegó una coreografía de meridianos: cerraba y abría canales, desviaba líneas de jing con movimientos de muñeca que parecían simples pero que eran como operar una maquinaria de relojería interna.

La técnica de Armand se basó en tres principios: control del centro de gravedad, redistribución del jing y uso del entorno.

Cada vez que Nataniel empujaba, Armand devolvía la masa al marco inferior, levantaba la cadera, liberaba una rotación del Chong que convertía la embestida en proyección; Cuando Nataniel buscaba aplastar, Armand reconoció la fuerza en su torso y, en vez de chocar, la comprimía y la devolvía en un punzón concentrado dirigido a la sutura entre costilla y plexo.

Nataniel, al activar la Sangre de Dragón en su totalidad, elevó el combate a un plano casi sobrenatural.

Sus venas ardieron, sus músculos se llenaron de una contractilidad feroz, y los impactos comenzaron a deformar el aire en ondas.

Cada puñetazo suyo llevaba un componente de masa que hacía que el viento mismo silbara alrededor del golpe.

Armand lo midió: el mayor estaba a punto de romper los límites de control.

La manera de detenerlo no era con fuerza bruta, sino con precisión quirúrgica en la coherencia del aura que lo sustentaba.

Armand atacó entonces la sutura energética: no buscó romper huesos ni reventar órganos —era cultivador, no verdugo—, sino perturbar la resonancia que mantenía el corazón de Nataniel.

Con un jing proyectivo desde el dantian, acompañado por una salida del Ren y una compresión controlada del Du, lanzó una descarga en espiral hacia la unión flanco-axilar del mayor.

Fue un golpe concentrado en patrón, una interferencia que no solo dolía; deshilachó la coherencia de su aura protectora.

La reacción fue cataclísmica.

El cuerpo de Nataniel dejó de responder como un sistema coherente: la armadura vibró, la contractilidad se desorganizó y, con un rugido, fue catapultado como un tronco en pendiente.

Cayó en el patio, estrellándose hacia donde Armand se mantenía como eje.

La energía del impacto levantó una nube de polvo y eco con un ruido semejante al metal doblándose.

Finalmente se estabilizó y lanzó un puñetazo directo hacia Armand, la fuerza que llevaba, distorsionaba el espacio y el viento silbaba con una melodía tenebrosa, al otro lado Armand vio que la fuerza de este golpe llevaba la energía de un meteorito, entrecerró los ojos y reuniendo la fuerza del reiki la envolvió en su puño, brazo y cuerpo, luego se lanzó al ataque, la colisión provocó una explosión aterradora y destruyó todo lo que había cerca, los fragmentos de concreto y la construcción cercana se hizo polvo instantáneamente, el suelo se hundió unos cinco metros.

Storm a la distancia estaba aturdida, mientras veía que los cuerpos de los soldados y oficiales muertos desaparecían ante tal energía de colisión; cuando el polvo se disipó, Armand estaba de pie, su brazo estaba destrozado, con la sangre saliendo por las comisuras de su boca, se veía pálido casi con sus últimos suspiros de vida, al otro lado el cuerpo de Nataniel también había sufrido más daño, ahora estaba tratando de levantarse, su brazo y parte de su torso estaba carbonizado.

De pronto su cabello era blanco, sus ojos, sus mejillas y su cuerpo estaba tomando un color cada vez más rojo, e inflamándose constantemente hasta que se sintió que, algo terrible estaba a punto de suceder.

Armand se acercó para tratar de ayudarlo, cuando sus manos agarraron su brazo izquierdo, la energía vital de Armand fue transferida, con ello se formó un escudo de energía alrededor de Armand.

Entonces se produjo una explosión enorme que sobresaltó a los ciudadanos y soldados.

Storm formó un escudo de energía mientras estaba observando a la distancia en el patio militar.

Esta explosión cubrió una zona de casi unos cien metros de circunferencia, creando un cráter enorme, entre el patio y el muro este del cuartel general del norte.

Esto dejó al descubierto las instalaciones subterráneas, donde había innumerables prisioneros, entre soldados y personas con habilidades de combate, con las que estaban experimentando, para crear super soldados.

Nataniel era el primero que se había asimilado como super soldado, después de varios intentos fallidos, pero al ser experimental aún presentaba algunas fallas de control de energía, por eso finalmente explotó su cuerpo, por no soportar el flujo creciente de energía.

Esta explosión afectó directamente al cuerpo de Armand, que inicialmente estaba a unos centímetros.

Cuando reaccionó e hizo un movimiento veloz para escapar.

El impacto fue tan poderoso, que golpeó a Armand, quien salió volando.

Luego cayó cerca de la posición de Storm, que rápidamente se preparó y recibió el cuerpo de su general.

La espalda de Armand presentaba quemaduras fuertes y extremas.

La pérdida pudo ser mayor, pero el escudo de energía vital que ahora tenía Armand lo protegió en gran medida.

Storm rápidamente buscó en el bolsillo de Armand y encontró una píldora dorada de la restauración, se la puso en su boca, esta se deshizo en el paladar de Storm e ingresó a través del beso al sistema de Armand e inmediatamente ocurrió el milagro, recuperó sus células y tejidos, después de unos minutos, Armand abrió los ojos y con una sonrisa susurró cerca de la oreja de Storm, “Mi bella coronel pantera, extrañaba sus labios, su aroma tan dulce y sensual como la seda”.

Entonces los ojos fríos y preocupados de Storm soltaron un río de lágrimas por sus lozanas mejillas.

Cuando un rubor que subía por su cuello se volvió hacia los labios de Armand para sentirlo vivo nuevamente.

Estuvieron disfrutando su cercanía durante un tiempo, hasta que sintieron un temblor y gritos de personas que estaban debajo de ellos.

El golpe abrió la tierra entre el patio y el muro este del cuartel; un cráter gigantesco quedó al descubierto y, con él, la entrada a instalaciones subterráneas hasta entonces ocultas.

Un olor químico, un eco de pasos, y el silencio como respuesta.

La tensión fue instantánea: nadie se atrevía a bajar al pozo, pero la curiosidad y la responsabilidad empujaron a unos pocos a asomarse.

Bajo la losa, en galerías iluminadas por luz fría, aparecieron camillas, incubadoras, recipientes con líquidos y una larga hilera de habitaciones; dentro, hombres y mujeres con los ojos apagados, cuerpos marcados por cicatrices y rastros de intervenciones.

Personal de bata blanca, muchos inconscientes, con documentación quemada, otros claramente muertos.

Un quirófano con utensilios, y una mesa con tubos que olían a formol —todo indicaba que allí habían hecho experimentos humanos: implantes, reforzamientos orgánicos, intentos de forzar la integración entre cultivo marcial y tecnología.

El descubrimiento generó un silencio que pesaba como un yunque.

Storm, con voz rota, comenzó a coordinar extracciones; Armand, siempre frío en el análisis, dejó que su Reiki explorara las habitaciones en busca de supervivientes.

Su energía descubrió dos puertas de metal con accesorios herméticos.

Sin dudarlo, con un golpe que concentró la fuerza en la pala de su mano, perforó el piso y abrió la primera puerta.

Dentro había nueve personas: anémicas, con ropa rota, con signos de privación.

Entre ellas, surgió una voz temblorosa: —General Moore…

soy el capitán Díaz.

¿Y el mayor Cruz?

El corazón de Armand se tensó.

“Primero al hospital” respondió con decisión.

“Luego hablaremos del mayor Cruz”.

Mientras los paramédicos se llevaban a Díaz, Armand volvió a la otra puerta.

Al abrirla encontró a una mujer de unos treinta años, desmayada, pálida, pero con un Reiki tenue que apuntaba a salud residual.

La tomó en brazos; algo en su respiración le sugirió que no era una luchadora, sino una víctima cuyo cuerpo había sido preservado por un procedimiento de mantenimiento.

“¿Quién es mi salvador?” murmuró apenas la mujer con voz rasgada.

“Soy Armand Moore” respondió él.

“¿Tu nombre?”.

“A… Ashley A…” susurró, y perdió el conocimiento en sus brazos.

Entonces Armand la entregó a una enfermera que tenía una camilla.

Un soldado gritó entonces desde el ala contigua: “¡coronel Storm!

¡Aquí hay un laboratorio!

¡Recipientes con un contenido extraño y una niña en una mesa quirúrgica!” Armand corrió.

En la sala blanca había botes sellados, frascos con etiquetas borradas y, en la mesa central, una nena de dos o tres años que respiraba con dificultad, casi ausente.

La escena era esa mezcla que hiela la sangre: instrumental, sangre y abandono.

Armand ordenó que evacuaran a todos menos a Storm.

Él preparó una pastilla sanadora y la cortó en cuatro, mezclando un trozo en un poco de agua tibia.

Se acercó a la niña con la calma de quien opera ante la fragilidad máxima.

Cuando la niña sorbió el agua, su color volvió poco a poco, la piel recuperó temple y su llanto, primero quejumbroso, se transformó en un gemido que fue creciendo hasta una voz clara.

Abrió los ojos.

Miró a Armand y, con la inocencia de quien confunde personajes, tanteó el aire y dijo con voz dulce: “Papá… papito viniste”.

El corazón de Armand se estrechó.

No tuvo padre aquí, no buscaba serlo, pero la palabra cayó sobre él como un hierro templado.

La abrazó sin pensar, con la fuerza protectora de quien ha jurado proteger a su gente.

Storm, emocionada, observó la escena con los ojos aguados.

El cuartel había dejado de ser un tablero de poder para convertirse en un lugar donde había que curar; los rostros se enmudecieron ante la simple humanidad del abrazo.

Mientras se organizaba la salida de los prisioneros y la reagrupación de los heridos, Armand recorrió las galerías con una calma sombría.

La moral del cuartel había sido rota por lo descubierto: pruebas, abusos, vidas robadas.

Él dio órdenes precisas: enviar registros al gobierno, asegurar la cadena de custodia de las pruebas y preparar un hospital de campaña.

Aun así, por dentro, sabía que las consecuencias políticas serían tremendas; El general Mardonio Abad y los suyos habían jugado con la vida humana para intentar forjar súper soldados.

El precio había sido demasiado alto.

Armand sostuvo en brazos a la niña —Reyna Sosa, como más tarde se supo— y miró a Storm con ojos cansados ​​pero confiables.

“Protegeré esto” dijo, y su voz tuvo la autoridad de quien no promete aquello que no puede cumplir.

La ciudad respiró con dificultad: habían ganado una batalla, pero la guerra por el honor y la verdad apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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