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La prometida del General Divino - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 La pequeña Reyna Sosa
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37: La pequeña Reyna Sosa 37: La pequeña Reyna Sosa El cráter aún humeaba cuando la niebla se mezclaba con el polvo y con la luz pálida del atardecer.

Las órdenes corrían como sangre caliente; los heridos eran recolocados; los cuerpos, cubiertos.

Armand permaneció en el epicentro, la figura inmóvil que ordena y decide, con Reyna apoyada contra su pecho: la niña respiraba con calma recién recuperada, sus manitas aferradas al uniforme arrugado.

Armand la sostuvo durante un tiempo, la meció con la paciencia de quien conoce el poder de la quietud; cuando el cansancio venció a la curiosidad, la dejó dormir suavemente en sus brazos, la cabecita descansando sobre su clavícula como un objeto frágil y real.

Mirando de reojo a Storm, le indicó en voz baja, con la autoridad templada que nunca cortaba la ternura: “coronel Pantera, por favor investigue a esos malditos de bata blanca.

Ubique al responsable de todo esto.

Yo llevaré a la niña a la oficina del mayor Nataniel”.

Tormenta asintiendo.

Sus ojos, aún brillantes por el esfuerzo, trazaron un mapa mental de quién debía ser interrogado y quién debía ser custodiado.

Mientras Armand caminaba por el pasillo hacia la oficina, notó por la vibración tenue del reiki que la niña tenía un pulso energético parecido al del mayor.

No era solo intuición: la pequeña poseía una resonancia que coincidía con la firma de Nataniel.

El pensamiento se hizo palabra apenas formulada en su mente: probablemente es su hija.

En la capital, en otro plano de esta red que se llamaba Estado, el presidente y su gabinete se reunían.

Un oficial autorizado entró sigiloso, se inclinó y le susurró al oído al presidente Silba que el llamado general sombra había sido asesinado en la revuelta del norte y que Armand Moore había ordenado su muerte.

Silba, sin perder compostura, dejó caer una frase que pretendía templar la inquietud: “Nuestro nuevo jefe militar está poniendo orden en el norte.

Déjenlo trabajar.

Conozco su capacidad”.

El primer ministro, sin embargo, no pudo borrar de su rostro la preocupación; la despedida de Armand en la montaña volvió en imágenes a su mente.

Mientras tanto en la hermosa ciudad de Ciudad del Dragón, Luna, Felicia y Leia estaban reunidas en la amplia oficina de la presidenta de la corporación Cielo Azul, entonces Felicia se volvió hacia Leia, “¿Te comunicaste con la coronel?”, a lo que Leia respondió inmediatamente, “Solo me escribió, diciendo que estaban bien por el momento, pero de seguro iban a demorar, porque hay un gran desorden en el cuartel general y en la frontera”, entonces Luna interrumpió, “espero que regresen pronto, la verdad es que extraño a mi esposo, bajado de las montañas y sus deliciosos patillos”.

Luego de escucharla, se rieron como las mejores amigas, “Felicia, cuándo iniciamos el entrenamiento, también quiero fortalecer mi cuerpo, para que nadie pueda intimidarme”, Felicia sonriendo le respondió, “hermana Luna, desde hoy empezaremos a entrenar con nuestra maestra Leia, ¿No es verdad?”, mirando a Leia que respondió, con un leve saludo militar y todos estallaron en risas.

Luna de pronto, se quedó mirando fijamente a Felicia y le dijo algo sorprendida, “Hermana Felicia, ahora que te veo detenidamente, percibo cierto aura diferente a la que tenías antes y tu rostro se ve más joven, fresco y lozano”, entonces Felicia, recordó los últimos eventos en su avión e inmediatamente se ruborizó tiernamente hasta la punta de las orejas, respondiendo, “Hermana Luna, siempre he sido así, solo son ideas tuyas”.

Entonces tocó la puerta y entró la nueva asistente de Felicia, Yashita Harker, quien era una mujer muy elegante con su traje ejecutivo, “Disculpen la intromisión, las señoritas Grecia, Sophie y Linda están preguntando por usted señorita Felicia”.

Felicia sonriendo, le dijo, “pueden pasar, por favor señorita Yashita”, entonces la asistente, luego de asentir tímidamente se retiró e hizo que ingresaran Grecia, Sophie y Linda, “bienvenidas hermanas”, dijo Felicia, las invitó a pasar, para luego preguntar, “¿Dónde está Ariana?”, Grecia respondió, “se quedó un momento conversando con Yashita”, luego de una pausa comentó, “Ariana dijo que Yashita y su familia la adoptaron cuando ella era niña, por eso la considera su hermana mayor, hace poco la invitó a venir, para ayudarla con su entrenamiento, porque desde que perdió un brazo, no ha podido seguir desarrollándose como artista marcial”.

Todas estaban sorprendidas por la historia de Yashita, “Ariana, me pidió que la apoyara, por eso ella será mi asistente, pues tiene muy buena actitud y es muy proactiva con su trabajo, en verdad me siento satisfecha con ella”, mencionó Felicia con una sonrisa amplia.

Entonces, la puerta se abrió y Ariana con una sonrisa saludó a todas, luego se pusieron a explicar los temas urgentes, sobre las diferentes empresas que estaban gestionando, compartiendo sus experiencias e inconvenientes, después de un tiempo, terminaron la reunión, mientras tomaban algunas decisiones finales, ingresó Yashita con un grupo de mozos para servirles el almuerzo, luego ella comentó al ver con detenimiento a Felicia, “Mi señorita, parece que usted se ha enamorado, hoy tiene el rostro iluminado”, entonces Luna dijo, “Sabía que hoy Estabas diferente, querida hermana”, todos estaban sorprendidos y se estallaron en risas, mientras Felicia estaba con las mejillas color escarlata.

Yashita, pensando que era muy entrometida, se inclinó diciendo, “Mi señorita, perdone mi comentario inoportuno”, entonces Felicia respondió con una sonrisa, “no te preocupes Yashita, todas somos hermanas, nos entendemos muy bien, no pasa nada, ven, siéntate junto a nosotras y cuéntanos un poco sobre nuestra hermana Ariana”.

Todas aceptaron de buena gana y con entusiasmo, viendo a Ariana que estaba con un leve rubor subiendo a sus hermosas mejillas.

Regresando al cuartel, Armand había recostado a Reyna en una camilla de la oficina y revisaba los papeles extraídos de la oficina de Nataniel.

Los documentos confirmaban lo que el diario había susurrado: un proyecto con nombre, actores, financiamiento y la cadena que llevaba desde la capital hasta los subniveles del cuartel.

Armand leyó en silencio: Mardonio (alias general Abad), Wilder, las doctores Helene Márquez y Einar Volkov, la cuenta fiduciaria «Alba–Cielo», transferencias a nombre de intermediarios.

Un plan para criar «super soldados» con implantes cerebrales, injertos óseos y una infusión proteica llamada Jing–β que, en su fase extrema, se había llamado Sangre de Dragón.

Armand apretó los labios.

En las hojas había referencias directas: capturas selectivas de artistas marciales, prisioneros civiles con perfiles marciales, implantes de control (Ípsilon–7) conectados a perlas de activación, protocolos de sincronía y una nota cruda sobre la Fase Omega: «riesgo de descontrol: 1/3».

Entre los papeles, un recorte de identidad —Penélope Sosa— y la mención explícita: Reyna Sosa, sujeto R–03.

El mapa humano quedó claro en un golpe: Nataniel no solo era un ejecutor; era una víctima usada para asegurar la cooperación.

Storm irrumpió en la habitación con pasos cortos, la voz apretada de quien trae otra gravedad: —Mi general, hay más personas en un nivel inferior.

Podrían estar las madres de algunas de las niñas.

La noticia tensó a Armand.

Por un momento su mano que sujetaba los papeles le tembló.

—Cuida de Reyna —dijo con voz áspera y después de un suspiro—.

Yo voy a ver.

La escena subterránea se abría como una herida al cielo.

Las explosiones que habían rasgado la superficie habían dejado al descubierto laboratorios, filas de celdas, recipientes y frascos, instrumentos quirúrgicos y bandejas vacías.

La estética del horror era pura eficiencia: cámaras, bitácoras, perfusores con restos de sueño.

Los prisioneros, cuando fueron bajando, tenían miradas apagadas; algunos murmuraban nombres; Otros no podían hablar.

En una sala blanca, Armand encontró a Penélope Sosa: una mujer encorvada por el tiempo, con los ojos surcados por la falta de sueño, pero con una presencia que, a pesar de todo, aún latía con dignidad.

Ella estaba rodeada de recipientes y expedientes; al verlo, el cuerpo le tembló y una exhalación salió como un viento viejo.

“¿Eres la madre de Reyna?” preguntó él con voz partida.

Penélope lloró en un hilo bajo.

“Si.

Mi niña.

La tomaron.

Fui…

me engañaron.

No supe más”.

Armand tomó su mano: la piel de Penélope era la de una mujer que había pasado por tantas puertas equivocadas que su tacto se había hecho de guantes.

Armand le alcanzó una botella de agua con una pequeña parte de su píldora de la salud disuelta y en cuestión de minutos Penélope se convertía en una belleza que como un ave fénix reavivaba su calidad de hada.

Armand la comparaba con sus ángeles, pero con la diferencia que ellas aún no eran madres.

Armand viendo que la mayoría estaban heridos y desnutridos, disolvió una décima parte de su píldora de la salud en una garrafa llena de agua.

Pidió que le dieran un vasito a cada uno de los rescatados y también a los soldados que estaban agotados.

Antes de abandonar el lugar, Armand volvió a mirar a Penélope, “volveré con tu hija Reyna”.

Susurró, “espera un momento por favor”.

La bella madre lo miró con ojos llenos de agradecimiento y ansias.

Hasta entonces nadie se dio cuenta de la figura que apareció en el umbral: una mujer joven, cuerpo armónico, cabello castaño recogido en una cola que dejaba su rostro descubierto.

Sus ojos eran fríos y certeros; su postura, la de alguien que ha integrado la soledad con la precisión del disparo.

Era una francotiradora.

Se había movido por los corredores como un fantasma y ahora se veía sorprendida por la presencia de Armand.

Su belleza no era superficial; el rostro níveo, cuerpo atlético con líneas firmes, la boca que se tensaba con el asombro.

Armand se acercó con pasos tranquilos: en combate o en rescate, su aproximación no era violencia sino decisión.

Había en su puerta algo que contenía la hospitalidad y la amenaza al mismo tiempo.

Abrió la puerta para llevar a Reyna con su madre.

“coronel Pantera, nuestra niña es Reyna Sosa, hija de Nataniel Cruz y Penélope Sosa, vamos a…”, luego se interpuso rápidamente y desvió el proyectil con el revés de la mano, “cuida de Reyna” susurró suavemente en la oreja de Storm.

“¿Quién eres?

¿Cuál es tu objetivo?” susurró Armand, sin alzar la voz, cuando apareció junto a la francotiradora.

Ella quiso reaccionar, buscar una excusa o un arma, pero Armand ya había llegado a su lado.

Con la suavidad de quien ofrece alivio, le posó la palma sobre la mejilla; el contacto fue leve, casi un roce.

En ese gesto hubo dos cosas: una transferencia controlada de reiki y una lectura instantánea.

La francotiradora sintió la corriente como una brisa interna que le calaba los huesos: caliente en la mejilla, un perfume metálico y la sensación de alguien que la miraba por dentro.

Sus ojos se abrieron como platos.

El terror que se expandió en su mirada no fue por la muerte sino por la certeza de haber sido desnudada: Armand conocía su nombre, sus miedos, quizás incluso el lugar donde había escondido sus dudas.

Ella intentó moverse; apenas plegó los dedos.

Un hilo de reiki, sutil y cortés, la obligó a la quietud.

No hubo crueldad en la mano de Armand: solo la agudeza de quien requiere respuestas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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