La prometida del General Divino - Capítulo 38
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38: Capitán Amaya Quintanilla 38: Capitán Amaya Quintanilla “Ahora me dirás tu nombre y tu objetivo al disparar desde aquí” murmuró él, tan cerca que la respiración le tocó la oreja.
“Solo tienes una oportunidad para contestar con la verdad”.
Las lágrimas brotaron entonces, torrentes que no pudieron sostenerse.
La francotiradora dejó escapar su voz: “Soy la capitana Amaya Quintanilla.
Era la guardia personal del mayor Nataniel Cruz.
Quise vengarlo…
creí que él merecía justicia”.
Armand la miró con una mezcla de dureza y curiosidad.
“¿Dónde estabas cuando se convirtió en aquello que atacaba a inocentes?” preguntó.
Ella bajó la mirada.
La confesión salió en fragmentos: días libres impuestos, una ausencia de un mes, instrucciones críticas, luego la orden de volver al cuartel.
La capitana apretó los dientes, la mirada incendiada por la culpa.
“Me ordenaron… me dijeron que, si no cumplía, pondrían a mi familia en manos de “gente que no pregunta”.
Mi hermana está prisionera desde hace un mes.
Me ordenaron matar a la coronel Storm si quería salvarlos”.
El rostro de Armand no perdió la compostura, pero su voz se volvió corta.
“¿Dime dónde están?”.
Ella respiró un hilo y dijo el nombre de un enclave: un local llamado “Templo Oscuro” en el Principado —una instalación privada, financiada por capas de donaciones y oficinas que enlazaban Mónaco con redes de seguridad europeas.
Armand clavó la mirada en ella.
“Prométeme que colaborarás con nosotros” dijo Armand.
“Y te prometo intentar salvarlos”.
Amaya aceptó, temblando.
Armand la tomó en brazos como a una princesa, la condujo hasta la oficina del campo médico y tendría instrucciones precisas para usarla como enlace operativo.
Antes de marcharse, Armand deslizó un susurro, más cercano a la ternura que a la amenaza: «Eres hermosa; es una pena cortar tu línea de vida ahora».
No había halago vano; Era un intento por calmar y ganar cooperación.
Amaya, exhausta y sin defensa, se dejó llevar hacia la oscuridad de la recuperación.
El silencio le cerró el resto.
Armand escuchó la verdad y algo de mentira entreveradas, expandiendo su atención hacia las vibraciones del cuarto: pasos, órdenes lejanas, el murmullo de Storm reorganizando la estampida de la base.
Mientras ella era sujetada por la energía tenue, Armand volvió sobre sus pasos.
Amaya, liberada de la influencia, ahora lucía un nuevo brillo de vergüenza y miedo.
Había estado en el umbral entre la obediencia y la verdad.
Armand, con una mirada que no permitía réplica, la dejó con Storm y con hombres del equipo de investigación.
Su sentencia fue clara: recolección de testimonios y custodia hasta que la información pudiera ser cruzada.
La niña se removió en sueños y apoyó la mejilla contra el pecho de Armand.
Él cerró los ojos un instante: la ciudad, los documentos, la sangre fría de la investigación, todo se condensaba en esa imagen diminuta.
Luego se enderezó, dirigió su atención al laberinto subterráneo y dijo en voz que no admitía dilatación: “Recojan todo.
Cuiden esa sala.
No destruyan nada.
Cada frasco, cada nota, cada detalle será evidencia”.
Storm se acercó, dejando atrás a Amaya y a su equipo.
Sus manos todavía olían a concreto y sangre.
Él le cobijó la cara entre las palmas, recorrió con la yema una costra de tierra en su mejilla, y le susurró como quien promete: “Investiga a Helen Márquez, Einar Volkov.
Encuentra la cadena.
Devuélveme nombres para que el mundo lo sepa” luego la besó suavemente.
Ella aceptó.
No era una petición.
Era una orden que ella debía cumplir por orgullo y por amor.
En el subterráneo, al alba, los prisioneros empezaban a reconocer rostros: algunos se arrojaron a los brazos de quienes los liberaban, otros se quedaron en silencio, incapaces de comprender la nueva libertad.
Armand trabajó junto a los médicos y paramédicos.
Sus manos, que pocas horas antes habían dirigido fuego y proyecciones, ahora sostenían a los heridos.
En una camilla encontró a un hombre que aún murmuraba nombres de compañeros desaparecidos; en otra, una anciana que no recordaba su apellido.
Las vistas eran duras; La resolución de Armand se templó aún más.
Cuando la noche ganó cuerpo y la ciudad comenzó a prepararse para descansar, Armand sintió algo parecido a un propósito: había desactivado una máquina de producir monstruos.
Pero quedaba lo más peligroso: descubrir a los que financiaron y ordenaron, y exponer el mapa hasta arriba.
Antes de cerrarse el día, Armand apoyó la frente en la cabecita de Reyna y murmuró, sin gran ceremonia: “Dormirás segura.
Lo juro”.
Y la niña, sin entender juramentos políticos ni la complejidad de los hombres, respiró tranquila.
La paz, por un rato, fue toda suya.
El laboratorio central aguardaba.
Estaba lleno de frascos, recipientes sellados y una mesa donde los técnicos habían dejado una bandeja con etiquetas borroneadas.
Allí, en una sala de contención improvisada, esperaban a dos de los principales responsables: Helen Márquez, la bio ingeniera, temblorosa y demacrada; y Einar Volkov, fisiologista, de mirada fría y manos limpias como quien nunca se mancha.
Armand Mandó preparar la sala de interrogatorios al estilo militar: una mesa, tres sillas, grabadoras, pruebas desplegadas.
Storm y Amaya entrarían como apoyo operativo.
Ninguna de las dos quiso sacar la mirada de los rostros que esperaban respuestas.
Amaya, a pesar de lo reciente de su confesión, pidió estar presente: tenía motivos para oírlos todo.
Helen fue la primera en ser sentada.
Su compostura se resquebrajó en cuanto vio la carpeta con fotografías: filas de cápsulas, niños dormidos en tubos, transferencias bancarias y la carátula que mostraba el logo de la fiduciaria «Alba–Cielo».
Leyeron en voz alta extractos del diario de Nataniel y las pruebas de transferencias.
Las cifras en la tabla de movimiento eran claras: montos ingresaban desde empresas pantalla domiciliadas en paraísos fiscales y reaparecían como “subvenciones de defensa” a laboratorios en Europa y Asia.
Armand abrió con voz medida: “Helen Márquez, por la evidencia encontrada en las salas, por los documentos que el mayor dejó en su oficina y por testimonios de prisioneros, tienes la posibilidad de explicar tu papel.
¿Qué hiciste y por qué?” Helen, con la voz quebrada, dejó caer la cabeza y comenzó a hablar como quien se libera de una cadena que quema.
“Al principio era investigación legítima” susurró.
“Nos prometieron fondos para estudiar regeneración y rehabilitación para veteranos.
A mí me sedujo la idea de ayudar a los que volvieron rotos.
Luego la presión cambió.
Mardonio, Wilder… exigían resultados aplicables.
Nos cortaron plazos y nos presionaron con contratos que firmaban los intermediarios: “Alba–Cielo”, “Crown Holdings…” Si me negaba, recibía cartas con fotos de mis padres en… en un hospital en Corea y luego… luego aparecían noticias de su desaparición.
Me chantajearon”.
Las lágrimas le arrastraban barro oscuro por la mejilla.
Storm, que había escuchado demasiado, apretó la mandíbula.
“¿Quién los chantajeó?” preguntó Amaya, sin alzar la voz, la pregunta cargada de veneno.
Helen miró hacia Volkov como buscando un permiso que no llegaba.
Con la voz rota confesó: “No fue una sola entidad.
Fueron varios.
Un consorcio.
Hay correos donde se coordina: oficinas en Tokio, Seúl y Nueva Delhi pidieron muestras y pruebas de campo; la Unión Europea ofrece cobertura política; hay indicios de grupos de poder en Londres —un fondo vinculado a la realeza— y oficinas de lobby en Washington que estaban muy aceptadas.
Ofrecían contratos multimillonarios, seguridad para investigaciones y la promesa de una plaza en programas de desarrollo.
Si no cumplíamos, amenazaban con exponer a nuestras familias o destruir nuestras carreras.
Volkov intervino entonces, con una voz breve y afilada, pasando de espectro a verdugo: “No fue amor por la ciencia” dijo.
“Fue geopolítica.
Las potencias temen la consolidación de Eurasia.
Quieren contingentes capaces de inclinar el tablero.
Nos pagaron; algunos lo hicieron por dinero, otros por convicción.
Si quieren nombres: hubo delegados de Japón, Corea, India.
Corporaciones europeas de defensa que entregaban equipos.
Y sí, hubo intermediarios que se conectaron con consejeros cercanos a la corona británica y con despachos de contratistas en Estados Unidos.
No traje órdenes directas de embajadas —eso sería imprudente—, pero los nexos existían”.
Era una declaración gélida.
Armand, con la gravedad de quien tiene la mano de hierro en el mazo, presentó correos electrónicos cruzados, recibos con sellos internacionales y pasaportes de diplomáticos que habían pasado por las oficinas.
Las pruebas no eran acusaciones de Estado a Estado; Eran la red de intereses privados y militares que buscaban explotar la inestabilidad para crear un producto vendido como “solución” de seguridad.
Helen se rompió.
Cayó en llanto explicando técnicas: fases Alpha a Omega, la fragilidad biológica que los doctores no quisieron ver, la presión de Mardonio, los ofrecimientos en noches cerradas.
Dijo que las familias eran moneda de cambio.
Dijo que muchos de los que hoy estaban en camillas habían sido reclutados por listas de talentos marciales, y por las mismas manos que buscaban “mejorar” soldados, las vidas fueron manipuladas.
Volkov, sin embargo, se mantuvo frío.
Miró a Armand y dijo, con una neutralidad aterradora: “Si buscan culpables máximos, miren las transferencias y las firmas.
No todas las manos llevan uniforme.
Algunas manos llevan chequeras y oficinas en el extranjero.
Si el Estado mayor quiere perseguir a un nombre político, hay toda una arquitectura de empresas pantalla que lo blanquea.
Yo fui científico; Cumplí órdenes.
No me importa más”.
Sus palabras fueron una puñalada: ofrecían pistas, no arrepentimiento.
Dijo nombres de empresas, de oficinas de enlace: “AgencyX Tokio”, “Han-Kor Logistics”, “Bharat Armaments”, “Crown Trust” (un vehículo financiero), “Patron Group EU”, y una cuenta en Delaware vinculada a un despacho de seguridad estadounidense.
Armand tomó nota mental.
No era inocente: el complot bordeaba lo internacional.
La sala quedó en un silencio tenso.
Storm pidió que secuestraran las comunicaciones y pistas; Amaya, por su parte, entregó el dato que había jurado: el lugar en Mónaco.
Las piezas empezaron a encajar en un mapa oscuro.
“Helen” dijo Armand con voz grave.
“Si nos ayuda a identificar los nombres y dejar pruebas verificables, te garantizo que tu cooperación será tenida en cuenta.
No habrá venganza por mano propia”.
Ella se planteó entre sollozos y comenzó a dar nombres y ubicaciones: laboratorios satélites en Corea, una fundación privada en Londres que facilitaba pasaportes, y empresas de seguridad en Delaware que sirvieron de pagadores.
Volkov permaneció hermético, pero cuando los soldados le colocaron esposas y lo condujeron, dejó caer una advertencia en voz baja, más fría que amenaza: “No crean que con mi salida esto se detiene.
Las estructuras no dependen de nosotros.
Ellos cambiarán de manos”.
Armand le respondió solo con una mirada que mezclaba pena y resolución.
La ira roja extensa; La persecución sería larga.
Antes de ponerse en marcha, Armand volvió a la sala donde Penélope acababa de ser provista de un uniforme.
La mujer sostenía en sus manos el álbum de su pequeña Reyna y lloró en voz baja cuando Armand le dijo que la niña estaba a salvo.
Había en su mirada una mezcla de gratitud y algo que tocó a Armand con más fuerza de la que esperaba: una atracción sin nombre que crecía, mientras la ternura que se quedó en el borde de la acción lo llevó a contenerse.
La operación había puesto al descubierto una maquinaria que no era solo militar: era financiera, diplomática y corporativa.
Armand tenía nombre de jugadores, ubicaciones y una promesa: el cerco empezaba.
Pero también una certeza que pesaba en su pecho: la guerra política que vendría después sería larga, y para ganarla necesitaría no solo pruebas, sino aliados.
Cuando el sol se perdió tras una nube, Armand dejó a Reyna con Storm y subió a la torre de control improvisada.
Miró la ciudad, el humo que ya empezaba a disiparse y, pensando en los nombres que Volkov había dejado caer, murmuró para sí: “Que empiece la cacería”.
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