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La prometida del General Divino - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Surge una segunda misión
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4: Surge una segunda misión 4: Surge una segunda misión “No, solo puedo ver que será un error colocarle esa aguja en la zona del cráneo”, Armand se encogió de hombros.

Luna permanecía en pie, los puños apretados hasta hacer palidecer las venas de las manos.

El Dr.

Arthur, impecable en su bata, se movía con la seguridad de quien ha pasado la vida sosteniendo cabezas y reputaciones.

Había preparado su kit de agujas, jarras de hierbas y fórmulas; era un hombre que conoció el temple del paciente y el temple de la tradición.

Esta vez, sin embargo, su rostro mostró un tinte de cansancio que ningún remedio le había permitido ocultar.

—He seguido el protocolo —dijo en voz alta, midiendo cada palabra—.

Los meridianos han respondido, la inflamación retrocedió por el tratamiento, pero la obstrucción residual en las fuentes cerebrales requiere cautela.

La última aguja que deseo poner es delicada; la zona craneal es riesgosa si la circulación se concentra en un punto equivocado.

Hagrid negó con la cabeza, furioso por la incertidumbre.

“Entonces ¿Qué esperas?” explotó.

“¡Si no haces algo nos quedamos sin el amo Crown!

El doctor Arthur alzó la vista con calma.

“No es cuestión de prisa” repuso.

“Es cuestión de técnica y de tiempo.

Un movimiento en falso y podríamos agravar la hemorragia”.

Julián, todavía ajustándose a la postura del cuerpo que habitaba, se acercó sin estridencias.

Había en su expresión una mezcla de curiosidad y de la insolencia tranquila que le era propia.

Observó la disposición de las manos del médico, el trazo de los meridianos anotado en unas hojas, y el modo en que el viejo Amo respiraba, lánguida y superficial.

Sin levantar la voz, como si hablara con uno de sus subordinados en el frente, comentó: “Doctor, si me permite una observación: la circulación en las arterias meníngeas se está congestionando por una obstrucción venosa.

Clavar en la cabeza ahora podría aumentar la presión en ese punto.

Pienso que necesitamos facilitar el drenaje y redistribuir el flujo antes de tocar la zona superior”.

El silencio que siguió fue una presión tangible.

El Dr.

Arthur frunció el ceño, sorprendiéndose por primera vez en el día.

“¿Y cómo propone eso exactamente?” preguntó, con un dejo de desafío profesional.

“Apertura en el meridiano del pecho, drenaje en el vaso gobernador y una estimulación en la periferia para inducir descarga” dijo Julián con precisión.

“No es magia.

Es lógica de flujo; una maniobra auxiliar y, si falla, paramos”.

Las palabras tenían la frialdad de quien había hecho aquello muchas veces en silencio.

El problema fue que, en la voz del recién llegado, se escuchaba algo más: no sólo el cálculo militar, sino la certeza de quien había sostenido la mano de los heridos en la línea de fuego.

Arthur Carraspeó.

El rumor de incredulidad cruzó la habitación.

Había algo que defender: el orgullo profesional no era un accesorio que se dejara en la percha.

“No niego que existen las variaciones” replicó, con la guardia alta.

“Pero mis protocolos han salvado vidas en climas que usted no ha conocido.

¿Quién es usted para cuestionarlos?”.

Soy un aprendiz muy serio de lo que el Viejo maestro me enseñó”, respondió Armand, sin elevar el tono.

“No vengo a menospreciar, sino a ofrecer una alternativa que disminuya el riesgo de hipertensión intracraneal.

Si lo desea, primero hará una palpación y puntos de desbloqueo.

Si hay reacción negativa, retiraremos inmediatamente”.

El comentario cayó como un guante en una mano firme: una oferta de medición y control, no una afrenta.

El doctor.

Arthur Vaciló.

La sala contuvo el aliento.

“Muy bien” dijo al fin, con voz más baja.

“Encárgate de la palpación.

Adelante”.

Armand se acercó y, con manos que eran ahora de general y de hombre que había aprendido a leer cuerpos, tocó la nuca del Amo.

Hizo presión suave sobre puntos que la mayoría llamaría “acu presión”.

A cada toque el hombre en la cama emitía pequeños cambios de tensión, respiraba un poco más fácil o aguantaba.

Julián anotó con la mirada: puntos reactivos en la clavícula, pulso desplazado en el meridiano del pecho.

“El drenaje venoso no presenta ruptura” informó.

“Podemos intentar la maniobra periférica: aguja en el meridiano del pecho, luego estimulación con ventosa leve hacia el vaso gobernador y masaje de punto compresivo en la base del cuello para activar el drenaje.

Todo controlado.

Pero requeriré su consentimiento, doctor”.

El Dr.

Arthur respiró, como si soltara una tensión interna.

Por orgullo, por miedo a fallar, por la responsabilidad que pesaba sobre él, por el hombre sobre la cama.

“Supongo que mi deber es salvar al paciente” dijo al fin.

“Hazlo”.

Linda preparó las agujas; luego acercó un frasco con una plantilla de infusión.

Julián posó la primera aguja en el meridiano del pecho, con la atención de quien coloca una condición en el tablero.

Fue lento, meticuloso.

Luego aplicó una pequeña ventosa y realizó un masaje rítmico en la base del cuello.

Al principio ocurrió lo temido: el Amo Crown se agitó más, una tos pequeña y seca expulsó algo negro como tinta de sus pulmones.

Un suspiro crujiente recorrió la estancia.

Los ojos del Dr.

Arthur se agrandaron; Por un instante pareció que su orgullo iba a romperse en un gesto de ira.

Pero, contra toda presión dramática, la tensión volvió.

El pulso, que había sido irregular, tomó una cadencia más amplia; la respiración se profundizó.

En la frente de Hagrid asomó un primer brillo de expectación.

“Es una respuesta de descarga” explicó Julián con voz firme.

“La congestión se está redistribuyendo.

Mantengan la calma”.

La sala, que hasta hacía minutos pendía del hilo de la neurosis, se fue apagando.

El doctor Arthur permaneció en silencio largo tiempo; su pecho subía y bajaba con la modulación de quien repasa errores y aciertos al mismo tiempo.

“No fue un milagro” dijo finalmente, con voz más contenida.

“Fue un resultado lógico de la maniobra.

Admito que me equivoqué en subestimar la complejidad del caso y agradeceré poder discutirlo más a fondo contigo, con calma”.

No hubo genuflexión pública ni despliegue inmediato de gratitud exaltada.

El gesto fue más pequeño y, por eso, más real: el doctor apartó la mirada, se tocó la nuca con gesto de vergüenza profesional y murmuró: “Hacerlo funcionar no borra mi responsabilidad frente a un error.

Te lo agradezco, joven… te debo una conversación técnica.

¿Me permitirás revisarlo a tu lado?”, Julián curvó las comisuras de sus labios suavemente, no por vanidad, sino porque había ganado algo más valioso que el ruego: el reconocimiento profesional que no humillaba a nadie.

“Cuando guste” contestó.

“No busco aplausos.

Sólo la verdad de lo que funciona”.

Esa noche, mientras los Crown evacuaban un poco el espanto y el Dr.

Arthur reorganizaba sus apuntes con la calma de quien ha aprendido una lección, alguien más observaba: en un recoveco del pasillo, una sombra había notado el intercambio.

No dijo nada.

Sólo escrito en la memoria de quien escucha: un forastero que ha entrado en la familia y que no es ni brujo ni impostor, sino otra cosa más peligrosa para los que planean destruir a la familia Crown: alguien capaz de cambiar el rumbo con manos firmes y decisiones justas.

Armand se acercó a Linda y al doctor Arthur y les dijo: “Los visitaré para conversar, déjenme su número de contacto”.

“El Amo Crown era un viejo amigo de mi maestro, así que no podía dejarlo morir”.

Luego pensó: “De lo contrario, el viejo no me dejaría en paz hasta la muerte”.

El Amo Crown había estado en cama más de un mes, hoy por fin abrió los ojos y buscó a su nieta querida, cuando la encontró, “Luna, mi preciosa nieta”.

Luna se dejó caer en los brazos de su abuelo y estaba con los ojos rojos y llenos de lágrimas que surcaban sus hermosas mejillas.

Hagrid y sus hermanos se acercaron al Amo Crown gritando “¡¡¡Papá!!!”.

Entonces el doctor Arthur se preguntó mirando con desdén hacia Bruno: “¿Este hijo de verdad siente algo por su padre?”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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