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La prometida del General Divino - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 El nuevo Rey Lobo
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40: El nuevo Rey Lobo 40: El nuevo Rey Lobo Diana tenía los ojos enrojecidos y la frente perlada por el sudor.

Se movía inquieta, agitada por el dolor de cabeza que la martillaba desde dentro, cuando Armand se acercó.

Selene lo miró atónita; él la sujetó entre los brazos con cuidado y, con la voz firme pero suave, dijo: “Dame un momento, por favor”.

Luego le insertó Reiki para bloquear el dispositivo que se había activado y que le provocaba tanto sufrimiento.

La ira que había empezado a brotar en ella se templó en determinación.

Con el artefacto inmovilizado por el efecto del Reiki, Diana respiró hondo y poco a poco se calmó.

Alzó la mirada y encontró a Armand sonriendo, cansado pero satisfecho.

“Diana” dijo él, “sé que eres excepcional; por eso estaban experimentando contigo.

Necesito tiempo para destruir lo que te hizo daño”.

Ella lo miró con la voz todavía rasgada: “¿Qué debemos hacer?”.

Armand inclinó la cabeza y explicó con calma: “Para empezar, siéntate con las piernas cruzadas.

Selene, quédate delante de ella y toma sus manos; solo siente el flujo de energía conmigo”.

Diana vaciló un instante, pero luego asintió.

“Por favor” respondió.

“Estoy dispuesta a seguir tus instrucciones”.

Selene hizo un saludo militar con exagerada seriedad: “Como ordene, general Moore” y luego, sin poder contenerse, sacó la lengua en tono juguetón.

La sonrisa inesperada rompió la tensión y por un segundo el ambiente se alivianó.

Armand cerró los ojos un instante y concentró el Reiki.

Pasaron casi veinte minutos de concentración y esfuerzo; las gotas de sudor le recorrieron la frente.

Poco a poco, a través del conducto que se habían formado y del poder disolvente del Reiki, el dispositivo comenzó a ceder: sus piezas se degradaron y se transformaron en una sustancia líquida que se acumuló en una pequeña charca brillante sobre la mesa.

Cuando la última gota se disolvió, Diana sintió cómo el dolor que la había consumido se desvanecía como una marea que retrocede.

El alivio la aflojó por completo y sus hombros dejaron de temblar.

Abrió los ojos con calma y buscó a Armand; él todavía tenía las manos manchadas por la energía usada.

“Gracias” dijo Diana con voz firme.

“Me salvaste la vida”.

Armand no sabe de inmediato cómo responder.

Diana lo miró un instante más, como si decidiera algo en ese silencio, y luego añadió, más bajo: “Quisiera darte un presente”.

Se acercó con pasos medidos.

Él notó la determinación en su rostro; ya no había rastro de la confusión ni la neblina que acompañaban el dolor.

Antes de que pudiera reaccionar, Diana se detuvo frente a él y posó los dedos sobre su mejilla, comprobando que él también estaba allí, presente.

“¿Puedo?” preguntó ella, buscando en sus ojos no una respuesta obligada, sino una voluntad compartida.

Armand parpadeó, sorprendido por la petición.

La responsabilidad que sentía por ella tiraba de su prudencia, pero en la mirada de Diana no había manipulación, solo verdad.

Con voz baja y sincera respondió: “Sí”.

El beso comenzó suave, exploratorio, dos respiraciones encontrándose.

Diana apoyó la frente contra la de Armand antes de acercarse de nuevo, como si se anclara a la certeza del consentimiento.

El sabor a sal y cansancio se mezcló con el calor que fue haciéndose más profundo cuando él la rodeó con un brazo y ella apoyó la otra mano en su nuca.

No fue un acto impulsivo: fue un gesto agradecido y decidido, con ternura que aumentó sin perder delicadeza.

Selene, detrás de ellas, se llevó las manos a la boca y dejó escapar un sonido entre sorpresa y diversión; sus ojos brillaron.

Al separarse, Diana tenía las mejillas encendidas y los labios temblorosos.

Armand la miró con una mezcla de asombro y cuidado, como si quisiera asegurarse de que lo que acababan de compartir había sido verdadero y consensuado.

Diana suena con la respiración aún acelerada y rozó la mano de Armand en un gesto que buscaba tranquilizar más que cualquier palabra.

“Estoy bien” murmuró.

Él aflojó la tensión en los hombros y avanzando, recuperando su compostura de protector sin borrar la intimidad del momento.

Entonces, la realidad volvió con rapidez: Diana se enderezó la espalda y, con la voz firme que la caracterizaba, se volvió hacia el subordinado que estaba cerca, Lux, inmóvil por el bloqueo del Reiki.

“Ve a reunir a todos los subordinados” ordenó.

Diles que mañana se presentará el nuevo Rey Lobo y que se preparen para luchar contra las fuerzas enemigas.

Lux no podía mover las piernas; sus ojos hacían señas pidiendo ayuda.

Diana interpretó el gesto como desobediencia, y su ceño se frunció.

Selene, sin perder tiempo, miró a Armand y pidió: “General Moore, ¿puede ayudar a Lux?”.

Armand, todavía con la impresión del beso reciente en la piel, se volvió hacia Lux y, con un claro comando, dijo: “Ya puedes ir”.

En ese instante ocurrió el desbloqueo; Lux recuperó la movilidad y se marchó rápidamente para acatar la orden y evitar la ira de la Luna del nuevo Rey Lobo.

Apenas Lux desapareció, entró la sargento Mónica con paso firme.

“Mi general” dijo, “la coronel Pantera desea conversar con usted”.

Le entregó un comunicador y la voz de la coronel se escuchó un instante: “Mi general, por favor espere mi llegada” y la transmisión se cortó.

Armand, aun componiéndose, se quedó pensativo.

Ordenó con voz seca: “Llama a una docena de soldados para encargarse de honrar a estos héroes que murieron en cumplimiento de su deber”.

Luego dio media vuelta y, sujetando con suavidad a Diana por el codo, condujo a las hermanas hacia la habitación contigua.

Selene le lanzó a Diana una mirada cómplice y protectora; Diana correspondió con una expresión decidida, consciente de que al día siguiente todo tendría que definirse bajo la mirada de aliados y enemigos.

Mientras cruzaban el umbral, Armand cerró la puerta tras de sí y, por un segundo, dejó que el peso del día se posara en sus hombros.

Había salvado a Diana, sí, pero también sabía que la paz era frágil y que las decisiones venideras pondrían a prueba tanto la lealtad como los sentimientos que, inesperadamente, acababan de nacer entre ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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