La prometida del General Divino - Capítulo 41
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Capítulo 41: La coronación del Rey Lobo
La nieve olía a metal, a ceniza ya algo más agudo que la sangre: la costumbre de quienes han aprendido a no sorprenderse por nada. El viento corría en tijeras por la ladera donde, hasta la noche anterior, un cuartel improvisado fue un cráter de humo, botellas rotas y órdenes que nacían con el estruendo de explosiones. Ahora la luz era gris y corta; la gente se mueve con pasos medidos, como quien carga el remordimiento y lo envuelve en rutina.
Armand Moore se movía en esa rutina con la misma eficacia con que tomaba una mesa de mando: la mirada puesta en líneas, la respiración marcada por el hábito de no confiar en el silencio. Llevaba todavía la costra de la noche en la mejilla; el uniforme olía a carbón ya lejía. A su lado, Storm caminaba con la distancia de siempre: firme, síncopa, como una sombra que pesa. Entre los hombres que se acercaban estaban los que hasta hacía tres días habían sido rescatados en un estado penoso, hoy eran presentados como la élite 8, una guardia que respondía al coronel Nataniel Cruz. Cruz ya no respiraba; lo había entregado todo en la explosión que mordió el patio del cuartel: un nombre que había sido pieza y víctima en una telaraña demasiado grande.
César Díaz reapareció entre los hombres que formaban parte del círculo de Nataniel Cruz: la piel curtida, el parche en la ceja que le daba la mirada de quien ha sobrevivido a más de un combate. Era una figura conocida entre la élite del ejército del norte — antiguo instructor militar, siempre con palabras que llevaban a la calma. Habló sin alardes, con la puntualidad de quien trae una oferta concreta.
“General Moore” dijo. “La élite 8 pone a disposición al grupo. No venimos con orgullo, sino con orden. Queremos servir bajo su bandera”.
Armand le estudió el rostro. La guerra no da regalos; Ofrece convenios y alianzas hechos de necesidad. “Bien, acepto su disposición mayor Díaz y la de su élite 8”
César mostró un rostro perplejo, Armand adivinando su conmoción respondió: “A partir de hoy estará bajo mi mando directamente y como jefe militar te asciendo a Mayor”. “Si la entrega es sincera”, instó Armand, “aquí habrá un lugar para quien obedezca con cabeza y corazón. No tolera traiciones”.
“Ahora ve y recluta a los soldados más fuertes y leales a nuestra nación, necesitamos más soldados poderosos como ustedes”. Díaz inclinó la cabeza. No prometió palabras grandes; sólo el acto. A pocos pasos, los hombres de la élite 8 asintieron, el frío les marcó el gesto en la cara.
Junto al grupo apareció el doctor Ronda, cirujano neuro‑especialista del hospital militar: una figura delgada, ojos de vidrio que habían visto demasiadas cabezas abiertas. Traía consigo una maleta técnica y la calma que los médicos saben terminar cuando la herida es más profunda que el cuerpo.
“General Moore” dijo Ronda. “He venido por los heridos y por las pruebas. Si me lo permite, instalaré una mesa de urgencias y puedo trabajar sobre los que necesiten neuro‑evaluación ahora mismo”.
Armand lo aprobó con un ligero movimiento. La guerra dejaba ruina dentro de los hombres; la prueba y la reparación corrían por caminos ligados.
El mayor César Díaz tembló ligeramente antes de aceptar fervorosamente la orden y con un saludo marcial se despidió para cumplir con su deber.
Al final del día Armand y su séquito estaban invitados a la ceremonia de asunción.
La sala comunal de la manada de licántropos — una vieja casa de piedra, puertas de roble — había sido limpiada, perfumada con humo de junco y cubierta con pieles. Las llamas de unos cuantos cuencos corrían en círculos pequeños; el olor a hierro y carne cocida se mezclaba con algo parecido a la solemnidad. Diana, la Luna de la facción, aguardaba en el centro. Sus ojos eran claros como la hora temprana del invierno; su cabello, blanco a la manera en que la nieve parece robar color a las cosas. Ella no necesitó presentar codicilo de poder: la manada la mencionaba en los susurros como la Luna más poderosa de la historia.
Armand entró sin pasos ceremoniosos: el militar que también conoce el significado de liturgias. La manada guardó silencio. Storm quedó en el borde de la sala, con la mano junto a la funda del arma; Mónica y Amaya cerraban el círculo. Presente, también estaban, la élite 8 en uniforme y, entre ellos, César Díaz que tenía la expresión de quien espera la decisión de un rey.
El rito de la manada no era liturgia para los forasteros. Diana llevó a Armand por la mano hacia el centro; allí, ella mostró las plumas, la correa de cuero bordada con nombres, el amuleto de jade tallado por generaciones. Franjas finas describieron el aire. Fausto, el anciano sacerdote de la manada pronunció palabras en la lengua del clan: sonidos que doblaban la garganta y que parecían coser la piel con memoria.
“Que quien tome la corona no la haga por deseo de gloria” dijo el anciano, “sino por la responsabilidad de ser la primera voz cuando la luna cae y el lobo aúlla. Deberás probar tu sangre o tu temple” añadió, y la sala se tensó porque lo que venía era tradición: la prueba.
Para alguien como Armand que era el postulante a ser Rey Lobo de la manada más importante del mundo de los licántropos sin ser realmente un hombre lobo, todos apostaban a que caería en esta prueba.
Cinco hombres se adelantaron. Eran los pretendientes de Diana: guerreros forjados en la frontera, hombres que la sangre había curvado y que la manada respetaba. Eran licántropos, al menos en leyenda y en la sombra que desplegaban, y no esperaron a cambiar su forma para empezar la prueba. El movimiento fue animal: posturas bajas, músculo que se tensaba, colmillos dibujados con sombra. No eran monstruos sin rumbo; Eran la liturgia del ataque, un ritual que escarbaba en la fuerza.
Armand se sonrojó apenas. Ser Rey Lobo no era un título de etiqueta: exigía escuchar la furia y devolver el control. El primer enemigo se lanzó con la velocidad de quien tiene todo que perder; Armand lo recibió con la calma de quien ha librado batallas. Sus manos no iban a golpes al azar; cada desplazamiento era ley de palanca, cada bloqueo un cálculo militar.
La pelea fue breve y precisa. Armand se movió como si las lecciones de la montaña fuesen una gramática: desviaba, tomaba la cadena del golpe y la convertía en inercia que lanzaba al contrario contra la piel del suelo. Cuando el licántropo intentó tirar del cuello con grifos, Armand abrió una ventana de lado y mandó al hombre rodando como un tronco. No hubo exhibicionismo, sino eficacia. Al segundo y tercer reto, los otros aprendieron que la fuerza pura no bastaba: la técnica rompía huesos y la estrategia dominaba el campo.
Por el cuarto, uno de ellos logró rasguñar la ceja de Armand; la sangre hizo un surco bajo el hueso orbital, y por un instante el orgullo de la manada se encendió. Armand, con la luz fría de su mirada, reconoció la herida y, con una mano, cerró el surco en la piel del primer asaltante como quien devuelve la dignidad a un derrotado.
El quinto intentó la transformación completa: la figura humana se encorvó, la columna cambió, los huesos parecían estirarse y, en un aroma agudo, la bestia emergió. Era diferente: más alto, la piel afeitada por la bruma, la boca curvó colmillos. La manada contuvo el aliento.
Armand no titubeó. Saltó en la línea del cuello, no en la garganta: buscó palanca y punto débil. Su puño provocó una cascada de sangre; Fue un movimiento quirúrgico que puso fin a la transformación: el licántropo perdió la simetría que mantenía la forma y cayó herido, jadeando. La manada quedó en silencio más por el asombro que por la violencia: el extraño había vencido donde muchos esperaban que fuera vencido él.
Cuando el último guerrero se apartó en señal de respeto, Diana avanzó hacia Armand. Sus manos —frías como luna— tomaron la suya; Hubo un intercambio de palabras sin testigos: un desafío sin frontera.
“Has probado lo que la manada pide” murmuró Diana. “Mereces ser nuestro Rey”.
El anciano tomó la corona: no era metal sino un aro simple de cuero y plumas, con incrustaciones de jade en el interior. Dijo las palabras que la manada reconocía. Cuando Fausto colocó la corona en la cabeza de Armand se oyó un latido colectivo: la manada había aceptado a su nuevo Rey.
El pacto se cerró con la ceremonia del entrelazado de manos: Diana hizo un nudo con una cinta en la muñeca de Armand; él devolvió el gesto con la misma solemnidad. Era una unión elegida y una promesa militar: la manada y las fuerzas del general combinarían poder y armas. El juramento quedó sellado por la mirada de la guardia.
La noche sería larga. La manada ofreció una vivienda y, por costumbre, la noche de la unión se celebraba en privado, sin testigos —salvo la manada, que en su modo respetuoso se apartaba.
Diana y Armand subieron a una cámara que olía a madera caliente y hierbas. Las pieles del lecho crujieron cuando se sentaron y la calma escoltó un gesto que podría haber sido un beso suave. Los labios se encontraron con la sensación de dos seres que han debatido sangre y han acordado destino.
La escena que siguió fue íntima y reservada. Hay cosas que se narran en el brillo de los ojos: las manos encontraron cuerpos, las voces se hicieron bajas, los nombres se dijeron con tono de secreto. No hubo crudeza; hubo intimidad ofrecida con el pudor de quien hace un voto. Las manos de Diana eran suaves y delicadas; las de Armand, firmes y calientes. La unión fue onírica en la medida en que fue sensual: caricias que deshicieron la dureza de la guerra, risas pequeñas, respiraciones que se mezclaron como ventilación compartida. La prosa no necesita describir lo indecible; basta con decir que los dos se ofrecieron y que la manada, fuera, mantuvo la vigilia.
Cuando el amanecer comenzó a empujar su luz fría por la rendija de las tablas, Armand y Diana yacían con la ropa en desorden y la respiración aún seria. El lazo ya no era sólo palabra: tenía calor, reconocimiento y una deuda que era también protección. El cuerpo de Diana estaba emitiendo un brillo dorado intenso, era el momento en el que la leyenda se hizo realidad, había despertado la poderosa Luna Divina. Este poder era insondable, pero necesitaba estabilizarlo. Armand la abrazó y capturó sus labios nuevamente, “eres una mujer muy fuerte, te ayudaré para que puedas estabilizar tu poder y te convertirás en la más poderosa”, inmediatamente con una sonrisa Diana respondió “Gracias Rey Lobo, siempre seré tu leal súbdita”.
Armand acarició su mejilla izquierda y le dio un suave beso en los labios, “eres la Reina de la manada, mi compañera, no serás una súbdita”.
Con el peso de la corona en la cabeza y la alianza con la manada asegurada, la segunda mitad del día se transformó en trabajo sobre el terreno: el subnivel del laboratorio exigía orden y evidencias que no eran opinables.
La puerta del laboratorio se abrió de nuevo. Era un espacio bajo, carcomido por el calor directo de las explosiones, con tornos rotos, mecheros derretidos y bandejas contusas. Había frascos rotos y en algunos, cristales con líneas —restos de incubación—. Sobre una mesa metálica, en bolsas etiquetadas, yacían discos duros, memorias, cuadernos con páginas quemadas parcialmente y sobres con transferencias impresas.
“Cadena de custodia” ordenó Storm. “Nadie toca nada salvo los forenses”.
El equipo se desplegó con la precisión de un hospital en combate. La sargento Mónica Biel, experta en informática y sistemas, estaba con el portátil encendido y un programa de clonación, preparó el dispositivo de copia en frío. Amaya, con su traje aún manchado de niebla, observó los archivos como quien mira cuentas y no lágrimas.
“Déjanos trabajar” murmuró Amaya. Si hay un nombre en esos archivos, lo haremos escribir en piedra.
Mónica empezó el proceso: archivo bat, hash, sello temporal, todo en orden militar. Tomaron fotogramas de cada etiqueta, de cada sello de exportación. El Doctor Ronda se inclinó sobre un cuaderno con páginas a medio orden; entre las líneas, con la paciencia de quien ha leído anatomías, sacó diagramas de tejidos y rutas de administración.
“Han estado trabajando en modificadores neuronales” dijo Ronda. No es solo regeneración: hay trazas de vectores dirigidos a reacción comportamental. La cosa tiene manos de guerra.
Armand organizó una reunión y los convocó. La guerra había iniciado.
“Prioridad uno” dijo: clonar discos, asegurar muestras y proteger testigos. Patrick, preparen el rastreo financiero. Investigar a los bancos y a las casas de envíos. Ronda, pon a tu equipo en la sala de pruebas móviles con la farmacéutica Salvavidas. Necesitamos evaluación médica y financiera.
Grecia que estaba en su oficina tomó el teléfono. Salvavidas, la farmacéutica que acababa de nacer en Ciudad del Dragón apoyaba sobre los escombros de la tragedia, desplegó su camión laboratorio con la disciplina de una unidad militar: PCR portátil, reactivos y cajas para suero. El personal puso estaciones de análisis al borde del lugar: la limpieza de evidencia se transformó en una estación de contención humana y de toma de muestras para los rescatados.
“Rastrearemos pronto” dijo Patrick. “Estas transacciones tienen rutas. Si hay uno que manda, supongamos que es una cuenta offshore o una fiduciaria. Buscaremos ABAs, SWIFT, patrones de transferencias y las líneas de mensajería que les sirven”.
Mientras trabajaban, una de las memorias se abrió en la pantalla de Patrick: líneas de SWIFT, horas, montos y la etiqueta de destino: «ALBA–CIELO / ACCOUNT SWITZERLAND». A la vez, un pdf replicó con fechas que tenían correspondencia con compras de equipo y con un número de referencia patrón cuyo patrón coincidía con facturas encontradas en la oficina del doceavo civil que habían detenido la noche anterior.
“Alba–Cielo” anunció Patrick con voz corta. “Cuenta fiduciaria suiza. Esto sube la cosa al extranjero. Necesitamos una carta rogatoria y apoyo diplomático. Y lo más rápido posible”.
Penélope clavó la mirada en la pantalla. Sus dedos hicieron una mueca táctil sobre la tableta con su renovada confianza y deseo de justicia.
“No esperaremos la burocracia” dijo. “Podemos activar algunos canales con petición formal en 24 horas, y en paralelo exigir el congelamiento provisional en las corresponsales. Y… general Armand Moore” añadió, bajando la voz: “necesitamos una orden ejecutiva para bloquear movimiento físico: almacenes, puertos, rutas. Si mueven mercancía, el dinero se evapora”.
Armand escuchó sin disimulo. La política tocó al borde de la mesa: el apellido que no querían ver en sus pruebas asomaría si no accionaban con otra rapidez.
“Hará falta la cooperación de Thompson” dijo. “Si él nos da la ventana, lo hacemos sin esperar a que la alfombra se mueva. Pero nadie debe saber que se la pedimos hasta que la tengamos”.
Patrick dejó cargar el último hash. En la pantalla apareció un pdf: un listado con transferencias recientes. Un nombre vino en la línea de una remesa: «Crown Trust / FLORCROWN / BENEFICIARY». La palabra latió en la pantalla como si el archivo respirara.
“¿Qué les dije?” susurró Felicia.
Nadie habló. El entorno se sacudió como en la víspera de una tormenta. El apellido Crown llevaba consigo prestigio, guerras internas y envíos de sombra. Había sido hace pocas semanas en la cabecera de la ciudad capital: el linaje de las familias que compraban silencios.
“Si esto se confirma” dijo Patrick con la voz rasposa, “tenemos un problema que no se resuelve con cartas. Esto toca a la ciudad capital y a mucha gente con la influencia para frenar órdenes”.
Armand miró a Storm: su mano reposaba sobre la culata de su arma como un sello. La manada esperaba su palabra; el país —quizás— observaría su próximo paso. La corona sobre su cabeza era todavía cuero y plumas, pero se sentía como metal.
“Lo sabremos esta noche” dijo. “Guarden las copias. No dejen que nadie salga del perímetro sin orden expresa. Storm: manda a cerrar puertos y notificar a las corresponsales, con órdenes por mi despacho como jefe militar. Patrick: prepara la secuencia de arrestos en el caso de corroboración y, si hace falta, toma medidas para tapar el ruido mediático.
La pantalla se congeló. En la periferia del campamento alguien subió un transceptor. Un mensajero llegó corriendo: un papel doblado con la tinta fresca de la ciudad.
“Señor” dijo el mensajero, entregando el pliego. “Ha llegado esto desde la capital. Ha pasado por manos de un contacto de la Casa del Canciller”.
Armand rompió el sello con la precisión de quien abre una bomba. Les leyó la línea en voz alta y el nombre cayó en la sala como una piedra lanzada a un lago en calma: «Crown».
La nieve, fuera, siguió siendo gris. Adentro, la promesa de un conflicto mayor comenzó a nacer. Armand Moore se quedó de pie con la corona encajada en la cabeza y la mano cerrada en realidad: la manada, la ciencia, la ley y la sangre estaban ahora en el mismo tablero.
“Que nadie lo sepa todavía” ordenó. “Esta noche yo haré una llamada. Y que nadie mueva las piezas hasta entonces”.
Storm miró a Armand, acercándose con la dureza que ya era acostumbrada. Penélope cerró sus dedos sobre su tableta y los bellos de la mano le temblaron apenas.
En el umbral, Diana apoyó la frente un segundo contra el pecho de Armand, sin palabras. Salió hacia la nieve con la manada a su lado. El juramento había sido sellado. Pero el mundo más allá del valle no llevaba juramentos: llevaba dinero, cuentas y abogados. Y en la capital, alguien ya observaba.
“Prepara la lista” murmuró Armand, mientras el ruido del cuartel se convertía en un motor de órdenes. Doce horas para la acción inicial. Y que se preparen todos.
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