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La prometida del General Divino - Capítulo 42

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Capítulo 42: Las gemelas asesinas

La terraza de la villa de Luna quedaba al centro de la montaña Alas de Ángel: pinos que mordían la niebla, una plancha de piedra imponente y, en la distancia, la silueta humedecida de la Ciudad del Dragón. Luna esperaba con el pie firme sobre el mármol pulido, el Qipao ceñido a la cadera como una segunda armadura. El jade en sus delicadas manos que colgaba de su níveo cuello de cisne. No se buscaban ceremonias; buscaba mover sus fuerzas para apoyar al hombre que las unió. Había algo de dudas en su silencio, pero su corazón albergaba confianza: aquellas mujeres eran antes hermanas que amigas, y por eso su palabra pesaba tanto.

“Hermanas, gracias por venir” dijo Luna sin rodeos, pero con una sonrisa que encantaba. “Hoy no es protocolo: es una petición de hermanas”.

Ariana llegó primero, con esa calma de “Tigresa Siberiana” que la definió. Abrazó a Luna con ese cabello largo y blanco como la nieve que caía en cascada sobre sus curvilíneas caderas. Como si la presión del abrazo pudiera traspasar las emociones. Leia se acercó a su lado sin perder la guardia, pero dejó que una mano se apoyara en el hombro de Luna. Grecia apareció con su risa grácil, balanceando un maletín que parecía contener más caramelos que documentos, con Sophie, su hermana mayor, que llevaba una tableta llena de fórmulas que abrazaba con cariño. Felicia entró elegante, con la compostura que la hacía peligrosa incluso en un salón de amigas. Linda con esa mirada tierna y dulce que la hacía ver tan juvenil. Al final, el comandante Lince y Gastón se quedaron un poco atrás, con la expresión dura, pero los ojos suaves cuando nadie miraba.

“¿Otra vez el jade?” bromeó Grecia, tocando la delicada mano con la punta de los dedos. “Pensé que lo habías cambiado por una noche de pasión con el amo”.

“Lo cambié por una vida de amor” respondió Luna, con una media sonrisa tierna. “Y por recuerdos. Pero dejemos los recuerdos para luego. Hoy toca planear nuestro apoyo al Jefe Militar”. Sostuvo la mirada sobre todas dejando sentir su fuerza interior.

Ariana dio un paso adelante y, sin espectáculo, dejó salir un surco de viento por entre los dedos. No era para impresionar: era un recordatorio. Leia guardó la mirada fija y también se sintió un aura impresionante, Grecia soltó una risita contenida y su mano empezó a emanar fuego, Sophie apuntó algo en su cuaderno, pero sus ojos brillaron, Linda se sorprendió y Felicia no parpadeó, pero emitió un halo de protección hacia Linda.

“Entones también lo pudieron notar” empezó Luna, con la voz teñida de sorpresa.

Todas curvaron la comisura de sus labios y se abrazaron “es un gran avance en nuestro núcleo de poder” dijo Ariana.

“Si, lo sentí en la mañana” confirmó Grecia. “Ahora tengo seis meridianos abiertos”.

“También seis” dijo Sophie.

“Ocho” dijo Leia.

“También ocho” dijo Ariana con indiferencia.

Luna y Felicia se miraron sonriendo sin decir nada.

“Dos meridianos” se escuchó la voz tímida de Linda.

Todas la miraron extrañadas, entonces comprendieron algo tácito en sus mentes. Pensaron que este incremento sustancial en su poder estaba relacionado directamente con Armand.

Si esto era así, dedujeron que todas menos Linda habían estado relacionados íntimamente con Armand. Luna Abrió levemente la boca queriendo decir algo, pero su mente no conectó con su lengua.

Luego Felicia empezó “la coalición internacional que se está armando contra nuestras fronteras suma doscientos mil efectivos. Entre mercenarios y super soldados genéticamente formados. No es rumor; Hemos seguido movimientos financieros y operaciones logísticas. Armand y Storm aguantan en la línea; nosotros tenemos que ser el respaldo que les permita resistir y contraatacar. ¿Preguntas?”

Hubo un silencio. Después de hablar con Ariana, que siempre habló como quien tiene un mapa en la cabeza.

“Pitbull moviliza cinco mil hoy” dijo; “otros cinco mil quedan en la Ciudad del Dragón para controlar. Gastón coordina la guardia urbana. Nuestras fuerzas serán móviles, prioridades: puntos logísticos, bloqueo de flancos y seguridad de la caravana de Salvavidas”.

“Perfecto” asintió Luna. “Lince, en la ciudad queda a cargo con Gastón”.

El comandante hizo el saludo sin exageraciones.

“Protejo la ciudad y el patrimonio del general” dijo, lacónico. “Y digo a las patrullas que traten a la gente como civiles, no como sospechosos”.

“Ese es el tono” añadió Luna, aprobando con los ojos. “Grecia, cuéntame de la farmacéutica”.

Grecia se acomodó, más seria de lo habitual.

“Cinco mil médicos y técnicos listos” dijo. “El doctor Arthur coordina quirófanos móviles; Linda se encarga de los ejercicios preventivos para el personal; Sophie nos dejó las fórmulas base de estabilización rápida. Felicia ya liberó un fondo para reabastecer. Si aprobamos rutas, la primera caravana sale en dos horas”.

“¿Rutas?” preguntó Sophie, sin levantar la vista de su tableta. Calculó dos ejes: “terrestre por la sierra —lento pero seguro— y uno por la costa, más rápido pero expuesto. Las fórmulas de estabilización caben en kits de bolsillo; con tres equipos médicos por convoyes tendremos cobertura en una radio de cien kilómetros”.

“La costa corre bajo mi supervisión” dijo Grecia con una sonrisa, mirando a Felicia—. “¿Fondos listos?”

Felicia dejó caer unos documentos sobre la mesa desplegable que Ariana le ofreció a Luna.

“He adelantado liquidez para cubrir pérdidas inmediatas” informó. “No habrá cortes de suministro por cuestiones financieras. Además, propongo canales alternos para evitar la intercepción de pagos; los cortes deben afectarles a ellos, no a la gente”.

Luna repasó las rutas y los puntos de repostaje que Ariana le pasó en la pantalla.

“Pitbull mantendrá comunicaciones y seguridad en la franja. Leia escoltará la primera línea para proteger los convoyes médicos” ordenó. “Prioridad número uno: civiles y hospitales. Número dos: cortar las cadenas de pago y suministro del enemigo. Número tres: ajustar cuentas con los traidores, con controles y juicio, no con vendettas. No toleraremos represalias contra la gente común”.

“¿Y si Armand…?” preguntó Grecia, pero la frase quedó corta.

Luna respiró, y por un segundo el líder militar se cambió por la mujer que amaba en secreto.

“Si Armand es herido, me lo traen de inmediato” dijo. “Sin discusiones”.

Hubo quien soltó un leve: «¿otra vez con el corazón…?» pero nadie se atrevió a bromear demasiado. El afecto flotaba entre ellas; Eran amigas que habían compartido derrotas y pequeñas victorias, que se daban permiso de ser humanos antes de convertirse en estrategia.

“¿Algo más?” preguntó Luna.

Sophie apagó su tableta y alzó la vista.

“Si. Si esto se pone feo, prometemos no olvidar quiénes somos. Protegemos a la gente, sí; pero también nos cuidamos entre nosotras. Ninguna operación se hace sin un plan de extracción para todas”.

“Lo prometo” dijo Leia, con voz firme. “No dejo a nadie”.

Ariana sonó con dureza y agregó:

“En veinte horas la frontera nos debe ver como una sola muralla. Y en doce horas, deben estar en rumbo los primeros convoyes”.

Se abrazaron. No fue un ritual, fue un acuerdo, sellado con la distancia mínima entre amigas que se deben la vida.

Luna tomó el jade, como para sentir de nuevo la promesa que le hizo a Armand. La brisa mordía, pero algo ardía más fuerte dentro de ella.

“Entonces, manos a la obra” ordenó, y la orden sonó también a despedida de amigas. “Volvemos a vernos en la frontera norte. Cuídense”.

Salieron una a una, no como soldados que regresan a la trinchera, sino como amigas que se separan sabiendo que, al amanecer, volverán a ser la familia elegida que sostiene a una ciudad.

El batallón de felinos de Occidente llegó como una ola de hierro. El convoy rompió la llovizna al alba y, cuando las planchas blindadas se alinearon en la explanada frente al cuartel, la presencia de veinticinco mil hombres se volvió un latido ruidoso bajo la lluvia. El General Tigre descendió del último vehículo sin pompa: de mediana edad y estatura sobresaliente, el rostro cincelado por campañas victoriosas, los ojos de león cansados ​​que todavía miraban a los hombres a la cara. Llevaba la insignia que Armand le había dado colgando del pecho, con orgullo, asumiendo un nuevo deber.

Por la loma, los oficiales se enmudecieron unos segundos cuando Tigre cruzó el campamento y se plantó ante el mapa donde Storm, César Díaz y la capitana Amaya Quintanilla trazaron coordenadas.

“He venido a brindar apoyo” dijo Tigre, la voz gruesa. “Veinticinco mil hombres listos. Armand confió en mí; Mi lealtad está con el jefe militar”.

Storm lo miró con la calma afilada que reservaba para las cosas que se podían romper si alguien fallaba.

“Bienvenido” respondió ella. “La coalición suma doscientos mil entre mercenarios y soldados mejorados. No habrá gestos, habrá sincronía. Tus hombres tendrán su posición”.

Mientras las órdenes prendían en el campamento, una sombra se movió entre las lonas. Mika estaba ahí.

La espía japonesa surgió sin anunciarse: una figura delgada y delicada, ágil, movimiento de cuchilla veloz como un rayo que podía alterar levemente el espacio, pero podía cegar la vida de más de diez militares entrenados; siete meridianos abiertos la convertían en una máquina de precisión. Ruy Tanaka la había enviado con instrucciones simples y letales: silenciar testigos, robar pruebas. Se deslizó hasta un contenedor que contenía copias de transferencias y nombres. Sus dedos, rápidos, forzaron el cierre.

Dos escoltas la vieron a tiempo. Un crujido de lona, ​​un intercambio de llamadas. Mika no dudó: desenfundó una daga y atacó.

Tigre que estaba haciendo su ronda, llegó en tres pasos. No vino a teatralizar; vino a acabar. Con la velocidad de un veterano, empujó a una escolta y recibió la primera cuchillada que Mika había ensayado. La hoja rasgó carne y respiró hierro.

“¿Quién te envió?” gruñó Tigre, mientras las manos de ambos buscaban huecos y espacios. “¿Qué hay en ese contenedor?”.

Mika inclinó la cabeza hacia un lado con desdén, sonrisa fría.

“Ruy Tanaka te manda saludos” dijo. “Dile a tu general Moore que sus papeles compran mercenarios”.

Lo que siguió fue violencia pura: Mika explotó la ventaja de su cultivo con golpes diseñados para clausurar meridianos, cada pinchazo y tajo buscando el lugar donde la energía se estanca y muere. Tigre, sin ser un artista marcial refinado, era una fortaleza de maniobras aprendidas con sangre y sudor: bloqueó, contra atacó, volteó las tornas sorprendiendo a todos. Mika algo sorprendida de la resistencia de este militar, aún sin cultivo podía resistir sus ataques, lanzó una patada baja que debía partirle la pierna. Tigre nuevamente la sorprendió y la atrapó como quien atrapa hierro incandescente, pero con un giro salvaje, lo pateó en el rostro. La boca de Tigre se llenó de un sabor a metal rojo; un diente saltó.

El combate se volvió más cruel. Mika, herida en su orgullo y furiosa, sacó una técnica afilada: un corte que buscó la arteria cargada. Tigre gruñó, intentó esquivar: la hoja le pasó y algo en su costado cortó; se inclinó con un gemido profundo. La sangre empapó su camisa, goteó en la tierra como una traición. Por primera vez, el veterano vaciló: el golpe había llegado al lugar donde la vida se sostiene frágil.

Entonces Storm cayó sobre ellos como un relámpago esperado. Vino a salvar a Tigre porque se encontraba en clara desventaja, tenía que poner orden. Mika la miró y no pudo ver si era artista marcial, solo se veía como una militar normal; sin embargo, un solo movimiento: la palma abierta que no perdona golpeó en la boca del estómago, aparentemente un golpe suave y sin intención. Mika quedó aturdida, sin aliento. Storm no la dejó recuperarse. En el instante en que Mika buscó recuperarse, la coronel activó un golpe suave con el dedo sobre la nuca, una técnica diseñada para bloquear meridianos temporalmente: un pulso que dejó a Mika con las piernas de algodón y las manos sin respuesta.

La japonesa cayó sobre el barro del patio, ​​jadeante, paralizada por el poder de Storm.

“¡Rompan filas!” ordenó Tigre con voz cortada por dolor. “¡Lleven a los heridos al hospital!

Pero la escena aún no estaba completa. Entre la confusión, otro cuerpo emergió de las sombreadas tiendas: Mila, gemela de Mika, idéntica hasta el hilo de la expresión, pero con algo en los ojos que olía a traición. Había accionado silenciosamente, como un cuchillo con botas.

Mila se movió en cortos tramos, aprovechando que todos miraban a Mika. Se acercó hacia los soldados cerca de Amaya, pero la capitana no iba a ser una presa tan fácil, percibió el peligro y esquivo lo más rápido que pudo. Pero Mila una cultivadora de siete estrellas, en un gesto que fue veneno envuelto en acero, hundió una daga fina con veneno mortal en el costado de la capitana. El filo dejó una marca inmediata; Amaya cayó como si la gravedad hubiera decidido que era su turno. Gritó, sus piernas se volvieron de plomo.

“¡Amaya!” rugió Tigre, su voz quebrándose en dos. “¡¿Quien?!”

Amaya era un blanco de las espías, debido a que era una testigo clave.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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