La prometida del General Divino - Capítulo 43
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Capítulo 43: Los tres comandantes leales a Nataniel
El campamento estalló en órdenes y confusión. Armand apareció entonces, como un faro en la tormenta: una figura que a la vez calmaba y quemaba. Tigre, apoyado en hombres, luchaba por seguir de pie; la sangre en su costado marcaba su respiración irregular. Estaba al borde de la muerte: costillas fracturadas, un pulmón que ya no inflaba con normalidad. Si no se evacuaba pronto, sus ojos se irían apagando.
Storm, sin perder la compostura, se volcó hacia Amaya y le aplicó un bloqueo en el pecho con un toque sutil de sus dedos para contener la toxina que corría por sus venas. Era un gesto técnico y tierno a la vez: reprimió la paralización que la daga había inoculado. La capitana respiró con dificultad, y los dedos de Storm buscaron su pulso con urgencia.
Mika, a pesar de la paralización, empujó de algo profundo. La descarga que la mantenía inmóvil había sido corta, y le quedaba una fracción de conciencia: vio a su hermana huir entre las sombras hacia la línea de camiones. En sus ojos, el terror, la obediencia a órdenes y una rendija de amor fraterno se mezclaban.
Mika supo entonces lo que haría. Con la boca, con un último hilo de fuerza, mordió la esquina de una pequeña pastilla que llevaba escondida —un dispositivo químico de humo y confusión que había guardado por si la captura la dejaba sin alternativas— y la aplastó con los dientes. Un silbido casi inaudible; un cartucho que había ocultado en la bota voló unos metros y explotó en una nube de humo y chispas a su alrededor.
La cortina abrió el camino. Mila aprovechó la confusión: el reiki desplegado por Armand la siguió y estaba a punto de ir sobre ella, pero la figura de su hermana cayendo como una sombra detrás de la cortina. Una mano le rozó el hombro; Mika, con la boca teñida de sangre, escupió una palabra apenas audible:
“Corre…”
Mila no miró hacia atrás. Corrió tan rápido como pudo.
La explosión de humo no fue grande, pero lo suficiente para bloquear líneas visuales y hacer dudar a las patrullas. Cuando se disipó, Mika estaba en el suelo, inmóvil, con el pulso apagándose. Storm llegó a su lado, y aunque su técnica había consumido la mayor parte de su poder, la capitana no era insensible: sostuvo la cara de la muchacha moribunda con manos que sabían de heridas.
Mika murmuró, con la voz como un hilo:
“Diles… que lo siento”.
Armand se arrodillo junto a Storm. Tigre fue llevado a la carpa médica con urgencia: la hemorragia interna exigía quirófanos móviles. Amaya fue colocada en camilla; la técnica de Storm la había mantenido con vida, pero las próximas horas serán el veredicto.
En la lejanía, Mila se perdió por la línea de alambradas, su silueta encogiéndose entre camiones y barro; su escape fue posible por el sacrificio de la hermana que él mismo Ruy había enviado a matar. Cuando la niebla se mezcló con la sangre en la tierra, quedó la imagen del campamento transformado: dos cuerpos, una traición revelada y la certeza de que, de esa noche, pocas cosas quedarían iguales.
“No la busquen” dijo Armand en voz baja, mirando hacia el norte. “Ella volverá”.
Storm posó una mano en el pecho de Armand; sus ojos, duros como acero, no brillaron de misericordia, sino de una tristeza que conoció el precio de las decisiones. Y mientras los hombres corrían, y las ambulancias se llevaban a Tigre, Mika y Amaya, la sombra de Mila se alargó en la distancia: una traición que ahora llevaba la firma de sangre y el gesto final de una hermana que, en la playa del deber, eligió salvar la vida de su hermana. Esta pérdida no podía digerirse fácilmente.
Cuando la carpa de mando cerró sus tonos a la noche, Armand miró la mancha roja en la tierra y, por un instante, la pregunta que nunca quiso hacer se volvió punzante: ¿quiénes eran, en verdad, los que peleaban en la frontera? La respuesta tardaría en llegar, pero la venganza ya se estaba cociendo en la mirada de los que quedaron vivos.
La noche había limpiado la lluvia, pero el olor a hierro permanecía denso. Mila volvió sin ruido: se pegó a las sombras de los camiones, observando con la respiración contenida. La nube de humo y la explosión que Mika había activado habían hecho su trabajo: cubrieron la retirada de la gemela. Mila había corrido, había cruzado alambradas, había creído en la certeza de que la toxina y el estallido las separarían para siempre. Sin embargo, desde el fondo de su corazón no quería creer y finalmente sus pies la dirigieron de vuelta al lugar de la escena. Desde su escondite la vio: Armand arrodillado junto a Amaya y Mika, con manos que no eran bruscas sino precisas, mirada que no se rendía ante la sangre ni ante el veneno.
Mila presionó los puños hasta que las uñas sangraron. El espectáculo que vio le pertenecía a un mundo al que ella nunca pensó presenciar: un milagro clínico y algo más que ciencia. Armand estaba tomando las delicadas manos de las dos bellezas heridas de muerte y de pronto ambas empezaron a respirar tranquilamente, incluso sus mejillas tomaban color. Mika se veía en paz respirando suavemente como si estuviera soñando en un jardín corriendo tras su hermana Mila con risas sensibles. Sin la tormenta de su vida como espías aleccionadas para ser máquinas mortales para un uso degenerado del general maniático del país insular.
Armand abrió un pequeño frasco con una etiqueta sencilla, que la mostró deliberadamente —PÍLDORA DE SALUD— y, tras comprobar el pulso de Mika y Amaya, puso la píldora entre los labios de Amaya con palabras suaves y firmes. Luego sus manos levantaron suavemente la cabeza de la capitana, y la antigua técnica de Storm se desactivó, el calor de la píldora recorrió el cuerpo de Amaya con un brillo terso que quemaba el frío.
“No te vayas” murmuró él, sabiendo que alguien más los escuchaba. “Quédate conmigo ahora”.
Amaya gimió; el veneno luchó por cimentar su dominio, pero la píldora y las caricias dirigidas de Armand comenzaron a desmontar la química traidora, como si cada molécula se rindiera a la voluntad de aquel que sabía curar y guiar.
Mila no creía en milagros vio a su gemela respirando tranquilamente. Sin embargo, las piernas que segundos antes estaban pesadas como el plomo por el impacto, comenzaron a moverse con esfuerzo; Los ojos de Amaya se abrieron en una noche que no esperaba ser cálida. Mientras Armand trabajaba, la tensión emocional del campamento se relajó en cordones: soldados cargaban heridos, órdenes rasgaban la lona, pero en esa esquina el mundo se volvió pequeño, íntimo.
Cuando la capitana pudo sostener la cabeza, Armand la miró con una mezcla de autoridad y ternura que la desarmó.
“Respira” le indicó. “Deja que el pulso vuelva a su ritmo. Te voy a enseñar a sentir la energía bajo la piel. No es sólo curación, Amaya: es un camino”.
La capitana, aún débil, rio con la incredulidad de quien recibe una oferta imposible.
“Un camino… de cultivo?” preguntó, con la voz rota y cálida a la vez.
“Sí” dijo Armand. “Si aceptas, te enseñaré cómo convertir el dolor en raíz y la ira en foco. Te guiaré esta noche”.
Lo que siguió no fue una escena de técnicas en frío, ni en un laboratorio como en el caso de las gemelas que sufrieron tanto dolor que olvidaron la sensibilidad de su cuerpo. Sino una iniciación envuelta en calor humano. Armand apoyó las manos en su pecho, le susurró instrucciones de respiración, le mostró cómo detectar meridianos y luego cómo abrir uno sencillo. Entre indicación y toque, la distancia entre salvador y salvada se evaporó; una intimidada que tenía algo de ceremonia y algo de confesión. La noche cubrió su cómplice cercanía. No hubo palabras grandilocuentes: hubo respiraciones compartidas, cercanía que generaba calor contra la fría brisa, una caricia que se transformó en beso breve y reverente. Fue una noche de pasión: Amaya no solo invocó su cuerpo al cultivo, también abrió su corazón al amor por primera vez, despertó una energía contenida, y la pasión que brotó fue la de dos seres que descubren confianza en lo más frágil.
Mila lo vio todo desde la sombra. Lo que debía ser desprecio se transformó en algo que no supo nombrar: asombro, casi gratitud, y una culpa que ardía diferente a las órdenes recibidas. La asesina que siempre había sido no podía explicarse por qué su pecho se apretaba. Se quedó rondando, observando cómo Armand susurraba enseñanzas y cómo la piel de Amaya respondía al roce de la guía. La idea de que la píldora, la técnica y la ternura hubieran salvado una vida contra todo cálculo la dejó atónita. En el caso de Mika, si la sustancia y la explosión debían matarla, entonces lo que Mila veía no era sólo medicina: era una raíz de algo parecido a la redención.
Mientras tanto, la carpa de mando se agitaba con reclutas y promesas. Storm y César Díaz salen a la noche con una misión clara: recibir a los Trece Caballeros Legendarios. Además, el rumor que corría como electricidad dio sus frutos: tres siluetas se recortaron contra el cielo azul oscuro, figuras conocidas para César que habían sido rescatadas de las cápsulas del laboratorio y que juraban lealtad a Nataniel Cruz. El comandante de artillería, Iván Chelo —apodado Fuego— llegó de frente, con la voz rasgada y la sonrisa siempre a punto; Henry Gonzo, la bestia de la marina, conocida como Máquina Asesina, caminó con la calma de quien ha mandado tormentas; y Esval Aquino, el hombre del contraespionaje, apodado Destructor, aportó la fría lógica que despeja victorias.
Se presentaron a la mesa, y sus nombres tuvieron el efecto esperado: en la carpa se sintió que la retina del enemigo iba a encontrar resistencia. Storm y César trabajaron sin pausa para integrar a los trece caballeros, también rescatados de las capsulas de vidrio en el que estaban atrapados: guerreros incansables, mercenarios reformados y con viejas deudas hacia Nataniel aceptaron la causa. El gesto tuvo también un brillo personal: con esos hombres coordinados, la ofensiva contra la coalición ganaría músculo y técnica. La coronel Storm los asignó como comandantes de sus respectivos cuerpos de artillería, marítima e inteligencia.
Penélope, que había seguido la reunión con ojos calculadores, se adelantó con una propuesta estratégica. Sobre la mesa de mapas, señaló nodos logísticos vulnerables, líneas de suministro que podían cortarse con ataques quirúrgicos y falsos ejes para desgastar al enemigo. Su plan era guerrilla con corte quirúrgico: con sabotajes a la retaguardia, saturación en puntos de mando y ofensivas relámpago en los pasos, las defensas no podrían sostenerse.
“Cortamos su cadena de mando y los obligamos a fragmentarse” dijo Penélope, incisiva. “No necesitamos ganar en número; Necesitamos que se vuelvan incapaces de coordinar. Además, tenemos a los licántropos dispuestos a ejecutar esa misión”.
Storm la miró, incisiva. Sus manos jugaron con un lápiz mientras reevaluaba la logística.
“Funciona en teoría” replicó. “Pero una coalición con soldados mejorados y cadenas financieras detrás necesitarán algo más que golpes quirúrgicos. Si los dispersamos sin un contraataque central, nos quedamos vulnerables. Propongo mantener ejes defensivos firmes mientras abrimos los frentes que proponemos”.
La discusión subió de tono: datos, moral de tropas, riesgos. Penélope acusó a Storm de conservadurismo; Storm respondió que la audacia sin fondo logístico era muerte segura. César y los nuevos comandantes aportaron datos de artillería y mar; Fuego y Máquina Asesina dibujaron la manera de supeditar la retaguardia con barreras de fuego y control naval; Destructor informó de puntos de inteligencia vulnerables.
Al amanecer hubo una síntesis. Storm, tras una última mirada a Penélope, aumentó y rediseñó parcialmente la estrategia: integrar la propuesta de Penélope para dislocar líneas logísticas, mantener guarniciones capaces de resistir en puntos clave y emplear a los Trece Caballeros como lanzadores de golpes precisos donde la coalición creyera tener seguridad. Fue un compromiso frío y eficaz, ganado en la tensión de la discusión.
Mila continuó rondando al borde del campamento, a veces a la vista de nadie, a veces tan cerca que podía oír las voces de la planificación. Había llegado para cumplir una orden; Se encontró viendo un milagro, una pasión naciente entre salvador y salvada, y un ejército que regresaba a recomponerse. En su pecho, una emoción –nueva y peligrosa– comenzó a crecer como una raíz que rompe piedra.
Cuando Armand salió de la carpa, la primera luz lo cegó. No vio a Mila, pero su gesto fue el de quien guarda una deuda con la vida. Mila, sin decidir aún su destino, se alejó en silencio. La noche había cambiado algunas cosas para siempre; el día que vendría prometía guerra, pero también la posibilidad de que algunos corazones, aunque sean de hielo, encuentren un lugar donde calentarse.
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