La prometida del General Divino - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 La capitana Pantera
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8: La capitana Pantera 8: La capitana Pantera Antes de la luz que hoy la hacía brillar como comandante, antes de la placa y del apodo al que respondían con respeto, hubo barro.
Mucho barro y noches en las que el frío no era un elemento climático sino una forma de conciencia: se te pegaba a las costillas y te recordaba que el cuerpo es un huésped provisional que siempre puede ceder.
El nombre de Storm no venía de una metáfora poética sino de un apodo ganado entre dientes en una zanja de entrenamiento, en un puesto avanzado donde los novatos aprendían que la disciplina no era disciplina hasta que dolía.
Había llegado joven, con la firme intención de dejar atrás una infancia que olía a abandono y azufre: su casa había sido un montón de habitaciones vacías tras la partida de quienes debían sostenerla.
Aprendió pronto que la lealtad había que fabricarla; no era algo que regalara la familia ni la ciudad.
Se forjaba en la respiración compartida, en los turnos que te cubrían cuando caías, en la mirada que decías leer y que te devolvía la espalda cuando fallabas.
El curso fue crudo.
Las mañanas olían a agua sucia ya sudor.
Les hacían correr hasta que el cuerpo dejaba de razonar y la voluntad quedaba expuesta a juicio.
Los instructores median más con la indiferencia que con la voz: un paso en falso y tu nombre se convertía en lección para los demás.
En esas primeras estaciones Storm aprendió también el lenguaje de la sangre: dónde dolía un disparo, cómo se cosían las heridas para que el soldado no viera el miedo, qué ritmo de respiración mantenía a un hombre vivo hasta que llegaran los refuerzos.
Aprendió a fumar las manos con arena caliente para que la quemadura se distraiga al dolor.
Aprendió el silencio como táctica.
Murieron compañeros.
Uno por noche; otro por semanas.
No todos caían en combates heroicos; algunos se deshacían por el abandono logístico, por la fiebre que nadie interpretó a tiempo, por una munición defectuosa.
Storm vio morir a quienes la cuidaron en la primera noche, a quienes le enseñaron a ajustar la mira, a quienes la cubrieron mientras ella se arrastraba hacia una radio para pedir ayuda.
El barro se colmaba con esas ausencias y, cuando amanecía, las huellas en el lodazal eran la única nómina confiable: pasos que se interrumpían, botas huérfanas clavadas en la tierra como testigos mudos.
La rabia fue su primer escudo.
No quise llorar por mucho tiempo: llorar en aquel lugar equivalía a hacerse pequeño y los pequeños no sobrevivían.
Su rabia la convirtió en cuchillo: más precisa, más ágil, con manos que apretaban el gatillo con una certeza feroz.
Cuando la naciente división llamó a voluntarios, ella respondió con el mismo impulso que la había llevado a entrar: no quería volver a pedir; quería tomar.
Armand apareció en su vida como se aparece a veces en las colisiones de lo inevitable: sin brillos ni promesas, con una claridad que imponía orden.
No fue en un podio ni en una ceremonia; Fue en medio del barro, cuando la operación que se dirigía tuvo un giro que exigía tomas rápidas.
Las comunicaciones fallaron una noche, la artillería hizo blanco fuera del objetivo y el repliegue fue peor que la avanzada.
Armand llegó con calma, con la mirada templada de quien sabe que hay momentos para el fogonazo y momentos para la espera.
Se movía con una economía de gesto que los hombres acostumbrados a la charlatanería de la guerra no entendían.
Lo que ella recuerda con más nitidez no es una sola acción heroica sino ese gesto: una noche, tras un ataque que había partido a la compañía en dos, Storm vio a Armand arrodillarse en el barro para tenderle la mano a un cabo que había perdido más que piel.
Ella, que había aprendido a disimular la emoción, sintió algo desconocido: la ternura como estrategia.
No era paternalismo; era la medida exacta de la humanidad en un mando.
Armand no hizo discursos, no reclamó gratitud; Puso manos a la obra y pidió que se repusieran los heridos.
Esa escena, pequeña y sin testigos, plantó una admiración que fue creciendo y asentándose en horas largas de patrulla compartida.
Con Armand la lealtad dejó de ser una respuesta automática y se volvió a elegir.
Él veía a la persona detrás de la eficacia; respetaba la frontera entre dar la orden y exigir el alma.
Le confió tareas que no se dan a cualquiera: encargó la vigilancia inmediata de personas que solo el General proponía, la asignó como cabeza de un equipo que cubría sus salidas nocturnas.
Era una confianza que no se pronunciaba con palabras; se marcaba con privilegios precisos que la mantenían a su lado ya salvo.
La gratitud de Storm se mezcló con algo más sutil: un amor plano y alto, sin demanda de posesión, una devoción casi religiosa por la figura que equilibraba fuerza y respeto.
Era, pensaba ella, amor que se parecía a la fidelidad de quien jura no abandonar el puesto, aunque la sangre pida otra tregua.
El afecto nunca fue simple.
Storm sostenía, en secreto, deseos íntimos hacia Armand que alimentaba con sueños cortos: el calor de estar cerca, la reafirmación de que sus manos sujetaban algo que importaba, la posibilidad distinta de ser mujer y soldado sin tener que elegir.
Pero su amor era, en su propia definición, platónico y etéreo: un hilo de luz que le daba sentido y no iba a estrangular su juicio.
Eso la hacía más peligrosa —para ella misma— y, simultáneamente, más útil para la misión.
Porque la entrega sin demanda no nubla la cabeza; la aclaración.
El juramento que pronunció nunca tuvo altares.
Lo selló cuando, tras una emboscada donde perdió a alguien que consideraba hermano, la piel se le llenó de una furia que la dejó temblando.
Fue, en la quietud posterior, cuando tomó la insignia de su unidad entre las manos y la presionada con fuerza mientras le prometía a Armand, en voz baja, que lo cuidaría como a una patria: “Si me necesitas, estaráré.
Si debes caer, haré que tu nombre pese en la memoria de quien te busque.
No te dejaré solo”.
No había nada de melodrama en esas palabras; Eran acero, medida y contabilización.
Y la repitió, muchas noches, como quien vuelve a afinar un arma.
Cuando, por fin, ocurrió la explosión que casi lo mata, la culpa le cayó como una piedra que la dejó sin respiro.
No estaba con él.
Una cadena de relevos la había retenido en un punto de control donde los informes hablaban de fallas; recibió la notificación demasiado tarde: una señal cortada, una orden que llegó con retraso, la confusión habitual que en el barro mata.
Llegó al lugar del accidente con el olor a quemado clavado en la piel y el frío del arrepentimiento en la boca.
Ver la forma inerte de Armand fue una experiencia que la recalibró: su juramento se convirtió en una deuda viva.
Su investigación interna fue algo que hizo en silencio.
No por desobediencia sino por la certeza de que las pistas que ella veía no eran simples negligencias.
Había documentos con sellos cambiados, un convoy reprogramado sin autorización, informes que desaparecieron entre la burocracia: pequeñas pintadas que, juntas, formaban una imagen.
Algo —o alguien— en los mandos había movido piezas para dejar al General expuesto.
La idea le quemó la lengua y la lógica.
¿Quién querría romper así, desde adentro, a una pieza tan central?
A cada nombre que cruzaba en la lista de movimientos, su piel se erizaba.
No tuvo pruebas completas, pero sí indicios suficientes para desconfiar.
Alguien con capacidad de manipular logística y compra de silencio había orquestado el vacío de protección.
La traición no siempre muestra un rostro; a menudo es una suma de omisiones.
Storm lo entendió como quien ve que el mapa de la batalla tiene rutas marcadas por manos invisibles.
Desde entonces su cuidado por Armand cargó con más urgencia y con una sombra: no sólo vigilaría las cercanías y las rutas, sino también las intenciones.
Su lealtad se profesionalizó hasta el límite: no habría favoritismos en su tarea, sólo claridad y sangre fría.
Y en los instantes en que su afán de protección se convertía en deseo, recordaba la otra promesa: no usaría su cuerpo ni su calor para comprar silencios.
El amor que cuidaba sería limpio de chantajes; Sería una entrega que, aunque ardiente, no traicionara la dignidad de los dos.
Así Storm se volvió presencia y rojo.
Tenía todavía los pies acostumbrados al barro, las cicatrices escondidas bajo la ropa, la voz de quien no pregunta por el último sentido.
Y, en los ratos de soledad, cuando la noche le dejaba memoria, ella repasaba las órdenes que no se imprimen: la de ser férrea, la de ser justa, la de no permitirse la renuncia fácil.
Si por su ausencia Armand había podido casi morir, entonces su deber era más grande que la culpa: era actuar para que nada ni nadie volviera a sorprenderlos en fragilidad.
La lealtad no la había hecho ciega, pero sí la se había convertido en guardiana.
Y en esa vigilia encontró la forma de ser mujer sin perder el corazón: con un amor que no poseía, con un deseo que no exigía.
Storm supo, desde el barro, que la guerra enseña a elegir las alianzas que perduran.
Armand fue una de ellas.
Y por eso —por él y por lo que significaba— estaba dispuesta a hundirse otra vez en el lodo si eso garantizaba que su hombre permaneciera a salvo.
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