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LA REENCARNACIÓN SUPREMA - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 5 Insondable Parte 6 - Sombra de Ónix
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31: Capítulo 5: Insondable (Parte 6) – Sombra de Ónix 31: Capítulo 5: Insondable (Parte 6) – Sombra de Ónix —Vaya…

no solo avanzaron un Gran Reino, sino que incluso saltaron un nivel extra.

Parece ser que tenían una cantidad obscena de energía latente acumulada en sus cuerpos.

Por suerte, estas píldoras son excelentes para recolectar y asimilar ese poder residual sin desperdiciar nada.

Asher los observó con una ceja levantada, impresionado a pesar de sí mismo.

—Seguramente necesitarán tiempo para acostumbrarse a los cambios drásticos en su fisiología.

Búsquenme en cuanto logren controlar su propia fuerza sin romper el suelo al caminar.

Mientras Asher se alejaba tranquilamente, Zhen y Kai permanecían congelados en la misma posición, vibrando con un poder que apenas comenzaban a comprender.

Dos años pasaron en un suspiro.

Durante este tiempo, Asher continuó guiando a sus discípulos, quienes no dejaban de asombrarse ante la profundidad insondable del conocimiento de su maestro.

Todo continuó con una relativa normalidad, hasta que una tarde…

—Oye, Kai, ¿por qué tardaste tanto?

—cuestionó Zhen, apoyado en la entrada de la cueva de Asher, jugando con una pequeña esfera de energía entre sus dedos.

Kai aterrizó suavemente, sacudiendo un poco de polvo de su túnica.

—Lo siento.

Ya sabes que últimamente han ocurrido varios “incidentes molestos” en la región.

—Tienes toda la razón —suspiró Zhen—.

Entre el aumento de los saqueos de bandidos, la sequía de dos años y la amenaza de esa guerra civil en el reino vecino, también he estado bastante ocupado limpiando el desorden.

—Sí, por suerte nuestra fuerza ha aumentado bastante últimamente.

De lo contrario, estoy seguro de que estaríamos en graves problemas.

Cualquiera de estas situaciones —sequías masivas, guerras civiles, ejércitos de bandidos— hubiera representado una catástrofe apocalíptica para un cultivador normal.

Pero para los actuales Zhen y Kai, no eran más que “incidentes molestos”, tareas rutinarias antes del almuerzo.

Esto hablaba por sí solo de cuánto había aumentado su fuerza.

Su nivel de cultivo se había estabilizado en el Nivel 7 del Reino Semidios (Clase S).

Con ese nivel de poder, su fuerza era prácticamente incomparable en este sector de la galaxia; solo los mayores expertos del Mundo Divino Marcial serían capaces de mantener un intercambio de golpes con ellos.

Se sentían invencibles, felices y, sobre todo, profundamente agradecidos con Asher.

Para ellos, sin embargo, seguían sintiéndose insignificantes frente a su maestro, a quien consideraban la existencia más poderosa del universo.

En cuanto a la persona en cuestión, no podría estar más en desacuerdo.

Asher ahora conocía muy bien los límites de Zhen y Kai.

Este par de alumnos eran monstruosamente talentosos y su poder había crecido a pasos agigantados, mientras que él…

bueno, él había permanecido estancado, logrando un progreso que, siendo generosos, podría llamarse “insignificante”.

Cuando los conoció, Asher apenas podía intercambiar algunos movimientos con ellos gracias a su técnica y experiencia.

Pero si lo intentara ahora, estaba seguro de que sería abusado como un perro callejero en una pelea contra dragones.

«Bueno…

tal vez si uso eso, me sería posible aguantar un poco», pensó Asher, recordando su única carta de triunfo real, un as bajo la manga que prefería no tener que usar.

Pero antes de que pudiera reflexionar más sobre su propia debilidad, un sentimiento ominoso descendió sobre él, helándole la sangre.

Casi al mismo tiempo, el Sentido Divino de Zhen y Kai detectó una perturbación masiva aproximándose desde el espacio profundo.

Inmediatamente, sus posturas relajadas desaparecieron, reemplazadas por una alerta máxima.

—¿Qué diablos es eso?

—murmuró Zhen, mirando al cielo.

—Son muchos cuerpos…

se acercan al planeta a una velocidad vertiginosa.

—¿Acaso es una lluvia de meteoritos?

—No…

la energía es ordenada.

Eso es diferente.

—No me digas que…

Antes de que Asher pudiera terminar su frase, unas sombras colosales rompieron las nubes en el horizonte, revelando su identidad al bloquear la luz del sol.

—Esas son…

¡Arcas Espaciales!

—exclamó Zhen.

Todos los artistas marciales conocían este tipo de transporte.

A diferencia de las naves tecnológicas comunes, las Arcas eran híbridos de tecnología antigua y magia rúnica, impulsadas por hornos de Ki masivos para viajar entre sistemas estelares.

—Pero, ¿qué hace una flota tan grande en un planeta remoto como este?

—se preguntó Kai.

—Mmm, ese símbolo en el casco…

me parece conocido —dijo Zhen, entrecerrando los ojos.

—Tienes razón, yo también recuerdo haberlo visto antes en los registros antiguos.

Espera…

¿No es ese el emblema del Imperio Xian?

—respondió Kai, mientras una gota de sudor frío se deslizaba por su sien.

—Sí…

puedo confirmar que son ellos —dijo de pronto Asher.

Su voz había cambiado.

Ya no había sarcasmo ni burla.

Su mirada se llenó de una hostilidad tan densa que la temperatura a su alrededor pareció descender varios grados.

No era la primera vez que veía esas naves.

Asher todavía no olvidaba el día, hace muchas vidas, en que esas mismas insignias ondearon y consumieron a su madre y a su hermana.

Miles de Arcas se reunieron en la órbita baja, tapando el sol y sumiendo al mundo en una penumbra antinatural.

El Imperio Xian era ampliamente conocido por su infamia dentro del Mundo Marcial.

Se les atribuía el título de la facción “ortodoxa” más despiadada y corrupta del universo conocido.

Eran tan poderosos que ni siquiera la Alianza del Mundo Marcial Divino se atrevía a provocarlos abiertamente, rivalizando en poder con razas antiguas como los Altos Elfos o la civilización de los Humes.

«¿Podríamos pararlos?», pensaron Kai y Zhen al mismo tiempo, intercambiando miradas preocupadas.

En los últimos años su fuerza había crecido hasta situarlos entre los expertos más fuertes, pero no eran ingenuos.

Si solo consideraban el nivel de cultivo, el Imperio Xian seguramente tenía más de una docena de Generales y Ancianos con una fuerza similar a la suya.

Sin embargo, Zhen y Kai tenían una ventaja: bajo la tutela de Asher, su control sobre el Ki y las Leyes había evolucionado a un nivel conceptual.

Creían que, trabajando juntos, quizás serían capaces de enfrentar incluso a un Semidios Marcial de Nivel 10.

Lamentablemente, el Gran Maestro del Imperio Xian era una leyenda de terror.

Se decía que en una ocasión había enfrentado a tres expertos del mismo rango simultáneamente y los había masacrado.

Mientras debatían mentalmente sus próximos pasos, una voz amplificada mágicamente resonó en todo el planeta, haciendo vibrar hasta las piedras del suelo.

—Buen día, se…

seres inferiores.

Les habla el Emi…

cof, cof…

el Emisario del Gran Maestro del Imp…

perio Xian.

La voz sonaba sumamente decrépita y temblorosa, como la de un anciano al borde de la muerte escupiendo sus últimas palabras, pero extrañamente, llevaba una carga de entusiasmo fanático y enfermizo.

—Siéntanse bendecidos…

cof, cof…

debido a que el Gran Ma…

Maestro ha decidido tomar este planeta.

Librándolos de su mi…

miserable existencia para alimentar su gloria.

Algo en aquella voz le sonó familiar a Asher.

Le hizo reflexionar, buscando en los archivos de sus memorias milenarias.

Un momento después, su rostro se iluminó con una comprensión oscura.

«¿Acaso podría ser…?

¿Son los mismos bastardos de aquella vez?» se preguntó interiormente.

Él sabía que la esperanza de vida de los artistas marciales aumentaba exponencialmente según su nivel de cultivo.

Un Semidios (Clase S) podía vivir fácilmente varios cientos de miles de años, incluso millones si usaban técnicas prohibidas de extensión de vida.

Por su parte, Asher, maldito con su ciclo de reencarnación, apenas vivía unos 2 o 3 mil años por vida como mucho, y eso si tenía mucha suerte.

Al analizar esto, se dio cuenta de que era perfectamente posible que los asesinos de su familia, aquellos que le arrebataron todo hace eras, aún estuvieran vivos, conservados por su propio poder monstruoso.

Asher nunca había sido alguien que buscara activamente la venganza.

Siempre atribuía cualquier desgracia a su propia “Maldición de la Suerte”, interiorizando la culpa.

Pero aun así…

si había alguien en todo el multiverso a quien Asher recordara con puro, destilado y absoluto rencor, eran estos bastardos.

—Quizás sea este el momento de hacerlos pagar, con intereses, por lo que hicieron —susurró.

Por primera vez, su odio no estaba dirigido hacia sí mismo, sino hacia un enemigo tangible.

Se giró hacia sus discípulos.

—Zhen, Kai.

No tiene sentido seguir esperando.

Esos tipos no escucharán razones ni súplicas.

Ahora que han llegado, la única opción es la aniquilación total.

Pero tengan cuidado…

puedo sentir una presencia con un poder asombroso en la nave principal.

Incluso para ustedes será difícil vencerlo.

Zhen y Kai asintieron con rostros serios.

Sin decir una palabra más, estallaron en un aura de poder y salieron disparados hacia el cielo como dos cometas inversos, rompiendo la barrera del sonido al instante.

Asher los vio alejarse, quedándose solo en la entrada de la cueva.

—Esperen…

—murmuró, y luego gritó con todas sus fuerzas—.

¡ESPEREN!

¡BASTARDOS, LLÉVENME CON USTEDES!

Vio cómo los puntos de luz desaparecían en las nubes.

—Esos imbéciles…

—masculló, pateando una piedra—.

¿Acaso no entienden que todavía no puedo volar tan rápido como ellos?

Mientras tanto, en la estratosfera, la flota invasora se cernía como una plaga de langostas metálicas.

En el corazón de la formación flotaba la nave insignia, una monstruosidad de casi mil kilómetros de longitud conocida como el Leviatán de Ónix.

Su interior era tan vasto como una ciudad y tan opulento como un palacio imperial, aunque decorado con una estética oscura que gritaba dominación.

En el Salón del Trono, docenas de sirvientes y oficiales de alto rango se encontraban postrados, con las frentes pegadas al suelo frío, sin atreverse a respirar demasiado fuerte.

Frente a ellos, sentado en un trono tallado a partir de huesos de bestias divinas, se encontraba un hombre.

Aunque su cabello era blanco como la nieve y algunas arrugas marcaban las comisuras de sus ojos, su vitalidad era abrumadora.

Su cuerpo, cubierto por una magnífica armadura negra con gemas que palpitaban como corazones vivos, emanaba una presión física que distorsionaba el aire a su alrededor.

Su sola presencia hacía que el espacio crujiera, como si la realidad misma tuviera dificultades para contener su existencia.

Este era el Gran Maestro Xin, el Patriarca del Imperio Xian.

Un joven oficial, temblando ligeramente, se adelantó y se arrodilló.

—Gran Maestro Xin, estamos en posición.

Este planeta alberga algunas sectas marciales primitivas, por lo que es probable que ofrezcan una resistencia simbólica.

Sin embargo, según mis escaneos, los seres más poderosos aquí son apenas practicantes del Reino Emperador (Clase A).

Si desplegamos a nuestros Ejecutores de Élite, la conquista será cuestión de minutos.

Xin abrió los ojos.

Sus pupilas no tenían blanco; eran pozos de oscuridad absoluta.

—Bien —dijo con una voz que sonaba como rocas moliéndose—.

Envía unos pocos Semidioses (Clase S) a purgar esas sectas.

Haz que el resto de la flota incinere las ciudades mortales.

Quiero que este mundo entienda el significado de la desesperación antes de morir.

—Como usted ordene —respondió el joven, llamado Corin, agachando aún más la cabeza.

Xin tamborileó sus dedos sobre el reposabrazos del trono.

—Por otro lado…

¿Han logrado encontrar el paradero de Tian?

Corin tragó saliva, el sudor perlaba su frente.

—No…

lo siento, Gran Maestro.

Después de que recibimos informes de su escape de la prisión de Ifrid hace unos meses, el rastro se enfrió.

No hemos podido encontrar más noticias sobre él.

El Gran Maestro bufó, una exhalación que causó una onda de choque menor en la sala.

—Ese idiota.

¿Cuándo piensa regresar?

¿Es que acaso no puede ser un poco responsable?

Ya es momento de que se haga cargo del Imperio, pero sigue tan despreocupado como siempre.

Corin dudó un momento, pero la curiosidad —o quizás la estupidez— le ganó al miedo.

—Gran Maestro, disculpe mi descortesía, pero…

tiene cerca de cien hijos más disciplinados y con gran talento, todos capaces de heredar el trono.

Entonces, ¿por qué está tan decidido en que sea el Joven Maestro Tian quien herede las riendas del Imperio?

Xin lo miró.

Por un segundo, Corin sintió que su alma iba a ser arrancada de su cuerpo.

—Corin, ¿sabes cuál es la regla principal que todos los Maestros del Imperio Xian han cumplido desde su creación?

El joven se quedó en silencio, buscando la respuesta correcta, pero Xin no esperó.

—No se trata de sabiduría.

No se trata de inteligencia.

Ni siquiera se trata de talento.

Es el Poder Absoluto.

Y la crueldad necesaria para usarlo.

Xin se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose sobre el oficial.

—La razón principal por la que nuestros seguidores nos obedecen no es por los beneficios que les otorgamos, ni por una lealtad estúpida.

Es solo porque respetan nuestra fuerza y nos temen.

Por eso, el Emperador del Imperio Xian siempre debe ser el monstruo más grande del estanque.

—Hay algunos de mis hijos que tienen esa crueldad —continuó Xin—, pero solo Tian posee la capacidad de establecer un dominio absoluto.

Es un talento nunca antes visto.

Su fuerza cuando se fue ya estaba casi a la par de la mía.

Creo que él tiene la capacidad de lograr lo que yo nunca pude: superar el Reino de los Semidioses y tocar la verdadera Divinidad.

—Tal vez tenga razón, Maestro —admitió Corin con voz temblorosa—, pero me temo que el Joven Maestro Tian no tiene el más mínimo interés en el Imperio.

¿No sería mejor que la Joven Ama Leiry se encargara de ese puesto?

Ella es diligente y…

—¡Estupideces!

—bramó Xin.

El grito fue acompañado por una ráfaga de Ki invisible que golpeó a Corin en el pecho como un martillo de guerra.

El joven salió disparado hacia atrás, cruzando todo el salón hasta estrellarse contra la pared opuesta.

¡CRAACK!

El muro de aleación reforzada se agrietó como una telaraña.

Corin cayó al suelo, tosiendo sangre mezclada con fragmentos de órganos.

Si no fuera un cultivador avanzado, ese simple grito lo habría convertido en pasta de carne.

—¡Una mujer no puede llegar a ser la Maestra del Imperio Xian!

—rugió Xin, poniéndose de pie—.

¡Y mucho menos Leiry!

Ella ya ha demostrado que carece de la determinación necesaria.

¡Es débil!

—G-Gran Maestro…

en esa ocasión…

ella solo perdonó la vida de algunos niños inocentes…

—intentó justificar Corin desde el suelo, jadeando.

—¡Exacto!

—interrumpió Xin—.

Se le ordenó purgar el planeta.

“Todos” significa “todos”.

La piedad es un defecto, una grieta en la armadura por donde entra la muerte.

No quiero escuchar una palabra más sobre ella.

—Mis…

disculpas…

Gran Maestro…

—Vete.

No quiero ver más tu cara hoy.

Y agradece que estoy de buen humor.

El sirviente asintió frenéticamente y se retiró cojeando, dejando un rastro de sangre.

—Gran Maestro…

cof, cof…

Veo que, en efecto, se encuentra misericordioso hoy…

cof, cof…

En cualquier otra ocasión, no habría dejado salir a ese insolente con la cabeza sobre los hombros…

cof, cof.

La voz provenía de una figura encorvada junto al trono.

Era un anciano tan decrépito que parecía un cadáver disecado.

Su piel era gris y colgaba de sus huesos, y cada respiración sonaba como un fuelle roto.

—Ziranis —dijo Xin, volviendo a sentarse y calmando su aura—.

No es necesario que permanezcas a mi lado en estas reuniones aburridas.

Deberías estar en la cámara medicinal.

Tu vida útil ya casi se acaba.

Si continúas esforzándote, te desmoronarás en polvo antes de que termine el mes.

—No, por favor…

cof, cof…

Es precisamente porque se acaba mi tiempo que debo aprovecharlo para servirle.

Además…

quisiera pedirle un favor.

Permítame hacer el anuncio de su llegada por última vez, Gran Maestro.

Quiero ver el miedo en sus ojos una vez más.

Xin sonrió, una mueca depredadora.

—Está bien, viejo amigo.

Haz los honores.

Acabemos con esto rápido, aún tenemos que conquistar dos planetas más para completar nuestros preparativos antes de enfrentarnos al Reino Marcial Divino.

Ziranis sonrió, mostrando dientes podridos, y se acercó al panel de comunicaciones.

Pero justo cuando estaba a punto de activar la transmisión para ordenar el ataque final…

¡BOOOM!

Una explosión colosal sacudió el Leviatán de Ónix desde la proa hasta la popa.

—¡¿Qué diablos está pasando?!

—gritó un sirviente asustado, aferrándose a una columna cercana.

—¡Estamos bajo ataque!

—chilló otro oficial, mirando las pantallas en rojo.

—¿Qué?

¿Quién se atreve a atacarnos?

Mientras el pánico se apoderaba de las personas al lado del trono, corriendo como hormigas bajo la lluvia, el Gran Maestro permanecía en una calma absoluta, inmóvil como una estatua de obsidiana.

Para él, que había vivido varios cientos de milenios, el miedo era una emoción que se había erosionado hacía mucho tiempo; la experiencia estaba asentada en sus huesos, permitiendo que sus emociones estuvieran completamente bajo control.

—Son dos atacantes…

su fuerza está en los niveles superiores del Reino de los Semidioses —dijo el Gran Maestro con voz grave, mientras sus ojos se dirigían hacia la dirección de la explosión, como si pudiera ver a los invasores a través de las paredes blindadas.

Él ya había desplegado su Sentido Divino para escanear la perturbación, determinando un aproximado de la fuerza enemiga.

—Parece que la inteligencia recopilada presenta varios errores —murmuró, casi para sí mismo.

—¡Reúnan a los Generales de los regimientos tercero, quinto y sexto!

¡Hagan que se enfrenten a los intrusos de inmediato!

—ordenó el Gran Maestro, mientras se levantaba lentamente de su trono, su armadura emitiendo un sonido metálico pesado.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—Muy bien.

No sé quiénes son esos sujetos, pero llegan en buen momento.

Creo que me servirán para desempolvar mis habilidades.

—¡Gran Maestro!

—gritó un sirviente leal, arrojándose al suelo frente a él para bloquear su paso—.

¡No hay necesidad de que usted vaya a enfrentarlos personalmente!

¡Nuestros ejércitos pueden encargarse!

Xin lo miró con desdén.

—No seas estúpido.

Puedo sentirlo.

Las fuerzas del enemigo son sobresalientes.

Aunque su nivel de cultivo fluctúa alrededor del nivel 7, la densidad de su Ki es comparable a la de un nivel 8 o superior.

No será fácil para los Generales vencerlos.

Lo mejor es que vaya personalmente a su encuentro, o de lo contrario podríamos tener algunas…

dificultades innecesarias.

Mientras tanto, en el cielo del planeta, Zhen y Kai libraban una batalla campal contra la vanguardia de la flota.

Su poder era monstruoso; con cada movimiento de sus manos, ondas de choque barrían el aire, haciendo que miles de soldados enemigos cayeran como moscas, perdiendo la vida antes de siquiera tocar el suelo.

Sin embargo, la masacre se detuvo abruptamente.

Tres figuras aparecieron frente a ellos, rasgando el aire con su mera velocidad.

Vestían armaduras relucientes de una calidad que eclipsaba todo lo visto hasta el momento.

Sus auras no eran simples llamaradas de energía, sino océanos profundos y sofocantes, claramente superiores a los soldados anteriores.

Dos de ellos portaban armaduras de un plateado inmaculado, mientras que el último, posicionado en el centro y ligeramente adelantado, brillaba con el resplandor de una armadura dorada.

—Zhen, cuidado —advirtió Kai, tensando su cuerpo en guardia.

Pero su advertencia era innecesaria; Zhen ya tenía los ojos fijos en los recién llegados, sus instintos de batalla gritando en alerta roja.

—Vaya, vaya…

¿Quién diría que no todos los habitantes de este planeta remoto son basura?

—dijo uno de los guerreros de armadura plateada, cruzándose de brazos con arrogancia—.

E incluso hay un par de Semidioses de Nivel 7 aquí.

—Cierto.

Normalmente, este nivel solo está presente entre los patriarcas de las sectas más poderosas de los sistemas centrales.

Entonces, ¿qué hacen dos ratas de su calibre escondidas en este basurero?

—agregó el otro general plateado.

—Lo más probable es que sean solo cultivadores errantes que tuvieron la mala suerte de pasar por aquí el día de su muerte —concluyó el primero, riendo entre dientes.

Los tres hombres intercambiaron palabras con una calma insultante, discutiendo como si estuvieran decidiendo qué comer para la cena en lugar de estar en un campo de batalla.

Su despreocupación no era infundada.

Conocían la diferencia abismal que existía entre cada nivel del Reino Semidios.

Los dos Generales de armadura plateada, comandantes del Quinto y Sexto Regimiento, se encontraban en el Octavo Nivel del Reino Semidios.

Un nivel entero por encima de Zhen y Kai.

En términos marciales normales, esta diferencia era como la de un adulto peleando contra un niño.

Pero su verdadera garantía era el hombre de la armadura dorada: el General del Tercer Regimiento.

Su poder alcanzaba el Noveno Nivel, la cúspide antes de la perfección.

En sus mentes, la derrota era un concepto imposible.

—Zhen, será mejor que acabemos rápidamente con ellos antes de que lleguen más refuerzos, o incluso nosotros podríamos tener dificultades —susurró Kai, acumulando energía silenciosamente en su espada.

El General del Quinto Regimiento (plateado) alcanzó a escucharlo y soltó una carcajada estruendosa.

—¡Jajaja!

¿Escuchaste eso?

¡Dice que van a “acabar con nosotros”!

¡Puedes creer la confianza que tienen estos pueblerinos!

—Vaya, pero qué ternura.

Parece que nunca han conocido a alguien verdaderamente poderoso.

Es casi lástima tener que matarlos…

Dijeron con tono burlón.

Pero antes de que pudieran pronunciar su siguiente frase, un escalofrío de alarma recorrió sus espinas dorsales.

Era el instinto primario de la presa ante el depredador.

Ambos eran guerreros veteranos, curtidos en innumerables guerras galácticas, por lo que reaccionaron al instante, haciendo circular su poder a máxima potencia para levantar barreras defensivas.

Pero incluso su reacción veterana fue dolorosamente lenta ante la técnica que se les venía encima.

—¡Espada Infinita!

—gritó Kai.

El espacio alrededor de su espada no solo tembló; se distorsionó, plegándose sobre sí mismo y emitiendo un zumbido ominoso que dolía en los oídos.

Al instante siguiente, la lógica de la distancia se rompió.

La hoja de su espada pareció extenderse ilimitadamente, ignorando el espacio físico entre él y los generales.

Los Generales de Nivel 8 abrieron los ojos desmesuradamente.

Vieron, con horror, cómo sus barreras protectoras de Ki —capaces de resistir impactos de meteoritos— se rompían como cristal barato en una fracción de segundo.

La energía de la espada estaba a milímetros de sus gargantas.

—¡ESQUIVEN, IDIOTAS!

—rugió el General del Tercer Regimiento (dorado).

Moviéndose más rápido que el pensamiento, agarró a ambos subordinados por la nuca y los presionó violentamente hacia abajo.

¡ZHIING!

Un zumbido agudo pasó por donde habían estado sus cabezas hace un microsegundo.

Un mechón de cabello de cada general plateado flotó suavemente en el aire antes de desintegrarse.

—Tsk…

los salvó.

Casi me llevo sus cabezas de trofeo —dijo Kai, chasqueando la lengua con molestia mientras retraía su postura.

Los generales del Quinto y Sexto Regimiento levantaron la vista, pálidos como fantasmas.

Gotas de sudor frío corrían por sus frentes al darse cuenta de que habían escapado de la muerte por un margen inexistente.

La velocidad y penetración de ese ataque habían sido absurdas.

Siendo ellos Nivel 8, jamás imaginaron que un Nivel 7 pudiera romper sus defensas con tal facilidad.

Si no fuera por el General del Tercer Regimiento, ahora serían cadáveres decapitados flotando en la estratosfera.

Por su parte, el General de armadura dorada también miraba a Kai con una expresión nueva: cautela.

Él era conocido como el general más veloz del Imperio, pero incluso usando su máxima velocidad, apenas había logrado reaccionar a tiempo para salvar a sus compañeros.

—¡Zhen, bastardo!

¿Por qué no aprovechaste esta oportunidad para atacarlos mientras estaban distraídos?

—reprendió Kai, exasperado, sin quitar la vista de los enemigos.

—Sabes bien que no me gustan los ataques sorpresa.

Le quitan la diversión —respondió Zhen, estirando el cuello.

—¡Cállate!

¿No ves que la situación es desventajosa?

¿Acaso no sentiste la presencia de ese otro sujeto acercándose?

—Sí, parece ser muy fuerte…

mucho más que estos tres payasos —dijo Zhen con una sonrisa llena de entusiasmo maníaco, mientras apretaba los puños haciendo crujir el aire—.

¡Eso es lo que lo hace emocionante!

—Maldito maníaco de las batallas…

la fuerza de ese sujeto no es para bromear.

¿Acaso no entiendes que no es momento para jugar?

Si él llega y se une a estos tres, estamos muertos.

—No te preocupes, yo me encargaré de él cuando llegue.

Tú encárgate de la basura dorada.

—Ja, aunque me encantaría ver cómo te patean el trasero para que aprendas humildad, ahora tenemos problemas más urgentes.

Espera…

ya no importa.

Ya está aquí —suspiró Kai, tensándose por completo mientras su mirada se dirigía hacia el horizonte, donde una presión negra y asfixiante comenzaba a llenar el cielo, eclipsando al sol.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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