La Regresión del Espadachín: Redespertado como Nigromante - Capítulo 148
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- Capítulo 148 - 148 Batalla Psíquica
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148: Batalla Psíquica 148: Batalla Psíquica Percival usó inmediatamente la Habilidad a su favor.
Blandió su espada y disparó las llamas, matando a los Demonios más rápido de lo que lo habría hecho con Fuego del Alma.
Invocó a sus Esqueletos para ayudar con la superioridad numérica y, aunque eran eficaces, al estar potenciados por maná, era fácil causarles daño.
Lewis, siguiendo las palabras de Percival, empezaba a hacerse una idea de lo que era capaz de hacer.
Cuando un Vampiro de la Mansión se abalanzó sobre él, lanzó su báculo hacia adelante, filtrando el maná ambiental de la sala y capturando el del Demonio.
Luego, haciendo uso de su Fuerza y Destreza, desgarró el maná y, al mismo tiempo, hizo pedazos al Vampiro.
Él se quedó de piedra.
¿Percival?
No tanto.
Sabía que un Arcanista de ese nivel era lo bastante fuerte como para hacer algo así y que solo lo contenían personas que no querían que lo usara contra ellas.
Mercius, mientras tanto, se encontraba en el centro de la batalla.
Usaba la Espada Paragón para ejecutar a los Vampiros y, sobre todo, a los Espectros, que querían huir de él desesperadamente.
Un ser que no podía morir, pero que podía matarlos con su magia sagrada.
Estaban aterrorizados.
En su demoníaca opinión, Percival y Lewis eran objetivos más fáciles.
Chispas verdes brotaban por doquier mientras Mercius los asesinaba.
Demonio tras Demonio detonaba hasta convertirse en cenizas mientras el Carnicero de Bracken les daba la bienvenida a su matadero.
Percival pivotó sobre sus talones, con la mano aferrada a la empuñadura del Basilisco.
La Vaina de Espada en su espalda le sirvió de contrapeso mientras giraba, con la hoja gritando al rebanar la cara de un Vampiro: con los colmillos al aire y todo.
Sin el alcance de su guadaña, confiaba en la eficacia de la espada.
Al fin y al cabo, era a lo que estaba acostumbrado.
Era más rápida, afilada y letal en un combate a corta distancia como este.
Dos Vampiros avanzaron por su flanco, sus garras se alargaron hasta convertirse en lanzas de energía verde.
El tajo de Percival los alcanzó a ambos.
La hoja se hundió profundamente en su carne de maná, atravesando la caja torácica y la columna vertebral, y se disolvieron en mitad de su avance, con sus chillidos ahogados por las detonaciones de sus propias formas.
Pero la chica… Ella no paraba de gritar.
—¿¡POR QUÉ NO ME AYUDAN!?
—suplicó ella.
La fuerza psíquica de aquello golpeó a Percival como si fuera material.
Su visión dio vueltas mientras la sala se transformaba en visiones… recuerdos, al parecer.
Pero no eran los suyos.
Eran de ella.
Su vida.
Su sufrimiento.
Su deshonra a manos de los aldeanos.
Alguien como ella no merecía ese destino, no después de todo por lo que había pasado.
Tenía que salvarla.
El ⸢Aura de Desesperación⸥ que irradiaban los Espectros se sumaba a este sufrimiento psíquico.
Percival sintió que su determinación se resquebrajaba, el dolor de la chica pesaba sobre sus hombros.
Se mordió el labio.
Con fuerza.
La aguda punzada de dolor —el regusto a cobre de la sangre, la sensación de su propia carne que lo anclaba a la realidad— le despejó la cabeza una fracción de segundo.
Forzó la apertura de sus ojos, se obligó a ver el campo de batalla, no las visiones.
Tres Vampiros acercándose por la izquierda.
Dos Espectros flotando cerca del techo, con sus espadas espectrales goteando energía.
Otro Vampiro volviendo a formarse de la niebla cerca del armario.
La chica en el centro, presionando esa daga de plata contra su garganta, con una única gota de color rubí recorriendo su pálida piel.
Su mirada se desvió hacia un lado y vio a Lewis caminando.
Se dirigía de nuevo hacia la chica.
—¡Lewis, NO!
Percival se abalanzó, agarró al chico del hombro y lo lanzó hacia atrás con todas sus fuerzas.
Lewis se estrelló detrás del muro del escudo de Mercius, y el impacto lo sacó del trance.
Un Espectro atacó a Percival y este paró el golpe rápidamente con su espada, calculando al mismo tiempo.
«Necesito usar ⸢Esclavizar⸥.
¡Pero son demasiados!
Incluso con mis Esqueletos.
Y sus niveles son altos.
Nivel 70 y 80.
Mi Carisma y Constitución no son lo bastante altos como para dominar un enjambre de este tamaño.
Si intento atarlos a todos a la vez, el retroceso de maná dañará mis núcleos».
Miró su Anillo de Anclaje tras abatir al Espectro.
—Morado.
Definitivamente, no puedo con esto.
Aun así, sabía que estos Demonios —los Vampiros y los Espectros— eran útiles.
Incorporarlos a sus Invocaciones significaba tener más guerreros que poder usar como armas.
Pero primero, tendría que reducir sus números.
Reducirlos a una cantidad manejable que pudiera ser esclavizada.
—¡Tenemos que reducir su número!
—dijo Percival al darse cuenta de que sus Esqueletos estaban fallando y que el número de Demonios no disminuía.
Salió disparado hacia adelante, con sus movimientos impulsados por una agilidad pura y desesperada.
La Hoja de Basilisco en sus manos se convirtió en un huracán de muerte negra; cada golpe era calculado, económico, brutal.
Vampiros y Espectros morían.
Pero otros los reemplazaban.
—¡POR FAVOR!
El chillido de la chica volvió a sonar mientras apretaba la daga una fracción más contra su piel.
Otra gota de sangre —de un rojo rubí imposiblemente brillante— trazó un camino por su cuello.
La visión de aquello intensificó de nuevo la magia persuasiva, atrayendo a Percival y a Lewis para que la ayudaran.
Lewis gritó de frustración.
Pero Percival lo agarró por el hombro, obligándole a quedarse quieto.
Varios Vampiros se lanzaron sobre él para chupar su sangre.
—¡No puedo!
¡No puedo más!
La carga mental es demasiada.
¿Por qué me llama para que la salve y a la vez me dice que no puedo?
¿¡Por qué son tan aterradores estos Vampiros!?
El Arcanista cayó con fuerza al suelo, gimiendo de frustración, mientras Mercius lo protegía de los Vampiros chupasangre y de los Espectros que blandían sus espadas.
Percival se quedó allí, con el pecho agitado y el sudor escociéndole en los ojos, mientras el ⸢Aura de Desesperación⸥ minaba implacablemente su aguante.
Sentía como si la Vaina de Espada de su espalda pesara mil kilos.
Cada aliento era una batalla.
Observó la sala: la lujosa estancia, la cama con dosel, las cortinas de terciopelo, el interminable enjambre de constructos verdes que se arrastraban desde cada sombra.
¿Dónde demonios estaba la Fuente de Demonio?
No importaba a cuántos mataran, la sala los reponía.
La carne de maná se reformaba.
El enjambre persistía.
Las muertes daban EXP, pero ¿cuánto tiempo podrían aguantar antes de consumirse?
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que se rindieran a la seducción y murieran a causa del aura que rodeaba a esa chica?
¿Qué clase de Zona de Encuentro era esta?
¿Qué clase de Mundo de Puertas era este?
Respiró hondo, recobrando la calma mientras usaba ⸢Lluvia de Espadas⸥ para matar a un gran número de Demonios, convirtiendo el suelo en ceniza demoníaca.
—¡Levántate!
—gritó, levantando a Lewis del suelo—.
¡Mientras la Fuente esté activa, seguirán viniendo!
¡Tenemos que encontrar la FUENTE DE DEMONIO!
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