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La sangre ansía respirar - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 El Despertar del Viento y el Agua El río susurraba en la distancia, un murmullo grave y prolongado que parecía brotar del corazón de la tierra, como si esta estuviera herida y gimiera en silencio.

Aquellas aguas, normalmente claras como el cielo del amanecer, ahora parecían llevar en su corriente un lamento antiguo, una advertencia que solo los oídos atentos podían escuchar.

La tribu de Telut había vivido durante generaciones junto al Tzonzacat, venerando su cauce como una arteria sagrada que mantenía la vida.

Ellos no cazaban más de lo necesario ni herían la tierra sin antes pedir permiso.

Sus chozas estaban hechas de barro endurecido y techos de palma, y alrededor de ellas crecían jardines donde el maíz y las flores convivían en armonía.

Los hombres y las mujeres vestían mantas de algodón tejidas a mano, teñidas con tintes naturales que imitaban los tonos de la tierra y el follaje.

Ataban en su cabeza lazos de fibra de ceiba, suaves pero resistentes, adornados con una pluma de torogoz, símbolo del equilibrio entre el cielo y la selva.

Sus pies descalzos sentían el pulso de la tierra, y sus corazones latían al ritmo del viento y el canto de los pájaros.

Sin embargo, un destino diferente a su cotidianidad iba ser corrompida sin aviso alguno.

…

Etzel se inclinó sobre su hermana gemela, Itzel, tendida en el suelo polvoriento de la choza.

Su cuerpo temblaba de manera convulsa, y sus ojos, habitualmente llenos de vida, ardían ahora con un rojo intenso, como brasas encendidas en la penumbra.

El veneno del río se abría paso por sus venas y arterias, devorando lentamente su fuerza y arrastrándola hacia una muerte incierta.

—¡Itzel!

—clamó Etzel, la voz quebrada, agitándola con desesperación.

Pero sus intentos fueron inútiles: el veneno había avanzado con rapidez.

Sus labios se tornaban morados, y un sudor frío le perlaba la frente, empapando su piel pálida debido al envenenamiento.

El aire era espeso, cargado de humedad y de un presagio oscuro.

Afuera, los sonidos del bosque —el murmullo de las hojas, el zumbido de los insectos— parecían haberse detenido, como si la misma naturaleza contuviera el aliento.

A la entrada de la choza, la figura del Cacique Telut se dibujaba en sombras contra la luz tenue.

Era su abuelo, líder de la tribu, cuya presencia imponía respeto y reverencia.

De él, Etzel e Itzel habían heredado no solo la sangre ancestral, sino también las expectativas y la esperanza de toda su tribu.

—Es el veneno del río, Etzel… El agua ha sido corrompida —dijo Telut, con una voz grave y lenta, casi un susurro cargado de dolor.

Dio unos pasos hacia el interior, sus ojos centenarios reflejando tanto sabiduría como un pesar insondable—.

La Serpiente Cuyancúa ha mancillado las aguas.

El veneno viaja en su cauce… y está llevándola al abismo.

Cuyancúa.

El nombre resonó en la mente de Etzel como un trueno distante.

Desde niño había escuchado historias junto al fuego sobre aquella serpiente antigua, guardiana y enemiga a la vez, una fuerza de la naturaleza que despertaba solo cuando el equilibrio del mundo corría peligro.

Pero nunca imaginó que la leyenda bajaría del mito para morder la realidad.

La rabia y el horror atenazaron el pecho de Etzel, pero se obligó a contenerlos.

Él era el hermano mayor, el protector.

No podía permitirse la dicha de quebrarse.

—¿Hay alguna forma de salvarla, abuelo?

—preguntó al fin, con un hilo de voz que temblaba entre la esperanza y el miedo.

El silencio se apoderó de la choza.

Telut cerró los ojos por un momento, como buscando en el eco de los ancestros las palabras adecuadas.

Finalmente habló: —Existe un santuario al norte del río Tzonzacat, donde nacen las aguas puras.

Solo los más valientes han osado cruzar sus aguas sagradas.

Allí, entre rocas y susurros de viento, crecen el chichipince y la yerba buena, plantas sagradas de nuestros ancestros.

Con ellas, el Torogoz puede destilar la esencia curativa y llevarla al Árbol de la Vida.

¡Es nuestra única esperanza, Etzel!

Solo tú, heredero del Cacique, puedes emprender este camino.

Debes partir antes de que el veneno complete su obra.

Etzel pensó en su tribu: en las ancianas que tejían historias en las mantas, en los niños que corrían descalzos entre las ceibas, en los hombres que, al pescar, susurraban oraciones al río para devolver lo que tomaban.

Aquella forma de vivir en paz, respetando el pulso de la naturaleza, era lo único que conocía.

Y ahora, todo pendía de un hilo envenenado.

La determinación comenzó a encenderse en su corazón, a pesar de las dudas que lo asediaban.

El sacrificio de su hermana y el destino de su tribu pesaban más que cualquier miedo.

—¿Cómo llegaré al santuario, abuelo?

—preguntó, con un dejo de inseguridad—.

El viaje es largo y peligroso… no puedo hacerlo solo.

Telut esbozó una sonrisa triste, sus ojos iluminados por un fulgor que Etzel no supo interpretar.

—No estarás solo.

Los espíritus de nuestros ancestros caminarán a tu lado, y el Jaguar será tu guía.

Escucha su rugido, sigue su sombra, y el camino se revelará.

Etzel asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad y, al mismo tiempo, una chispa de coraje y valentía.

—Iré por las plantas, abuelo.

Iré al santuario.

Telut colocó una mano firme sobre su hombro, un gesto que llevaba la fuerza de generaciones y la esperanza de toda la tribu.

—Cuando obtengas el chichipince y la yerba buena, llévalos a la montaña del Maquilishuat más antiguo.

Allí el Torogoz te aguardará para completar el ritual.

Recuerda, Etzel: este viaje no solo salvará a tu hermana, sino también a nuestra tribu y nuestro hogar.

Los cuatro elementos están siendo corrompidos.

Restaurar el equilibrio depende de ti.

Tu prueba comienza ahora.

Etzel percibió cómo el aire a su alrededor se agitaba, como si la tierra misma lo empujara hacia adelante.

No podía fallar: no solo por Itzel, sino por todos aquellos que dependían de su valor.

Antes de partir, Telut le entregó una cuerda sagrada, tejida con fibra de ceiba, símbolo de protección y unión con los ancestros.

Le dio también un amuleto de jaguar tallado en piedra volcánica, para mantenerlo conectado a la tierra y a las fuerzas que velaban en el bosque.

—Ve, Etzel.

El tiempo no espera, y el recorrido es largo…

¡El Viaje Comienza!

El viento azotaba con fuerza mientras Etzel se alejaba de la choza.

Detrás quedaba su hermana, confiada a los cuidados impotentes de su familia.

Delante de él, el río rugía con furia, como un guardián decidido a impedirle el paso.

Su misión no era solo salvar a Itzel, sino devolver el equilibrio al bosque que conocían.

El Santuario del Nacimiento del Río lo esperaba, oculto entre montañas y leyendas que se susurran en el viento.

Con el amuleto del jaguar colgando de su cuello y la cuerda de ceiba en su cabeza, Etzel dio el primer paso de un viaje que marcaría su destino para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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