La sangre ansía respirar - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 El Bosque Vigila a los Que Aún Respiran La noche cayó con un manto pesado sobre la selva.
Cada rama, cada hoja parecía respirar con vida propia, y el murmullo constante del viento se mezclaba con el crujir de raíces y hojas bajo los pies de Etzel y sus compañeros.
Sus pasos eran silenciosos, medidos, conscientes de que algo los observaba desde las sombras.
No era miedo lo que sentían; era respeto, la sensación de que la selva misma mantenía sus ojos sobre ellos, cuidando que no se desviaran de su destino.
Y allí estaba él, el nahual que los seguía cada noche: un puma de ojos brillantes, tan oscuro como la sombra que proyectaban los árboles, cuya mirada los acompañaba, nunca atacante, pero siempre vigilante.
Etzel podía sentir su presencia incluso cuando sus ojos apenas distinguían la forma en la oscuridad.
El puma los guiaba, los retaba, y al mismo tiempo parecía advertirles que cualquier desviación podría costarles caro.
Etzel dormía poco.
Cada noche las pesadillas lo reclamaban con fuerza renovada.
Soñaba con su hermana gemela perdida, con su risa atrapada entre los árboles, y con caminos que se cerraban a cada paso que intentaba avanzar.
Los gritos mudos de su hermana lo despertaban, y siempre el puma estaba ahí, en el borde de su visión, sus ojos penetrando la penumbra.
No podía tocarla, no podía salvarla aún, pero la visión lo impulsaba a tomar fuerza, a reunir cada fragmento de coraje que quedaba en su cuerpo fatigado.
—No puedo fallarle —susurraba al despertar, las manos aferradas al suelo húmedo, la respiración agitada.
Cada latido le recordaba que el peligro estaba más allá de los sueños, en la selva que lo esperaba despierta.
Rui caminaba unos pasos detrás de él, con la mirada clavada en cada sombra, cada movimiento del bosque.
Kai y Toti se habían acostumbrado a no hablar de lo que los atormentaba.
Zat, como siempre, mantenía la calma de piedra, pero incluso él lanzaba de vez en cuando un vistazo a la oscuridad, como buscando la figura de aquel puma que parecía no perderlos de vista ni por un instante.
El silencio era profundo, cargado de presencia.
Cada uno caminaba con la certeza de que el bosque los observaba, y que no solo ellos caminaban por destino propio, sino que alguien o algo más los vigilaba desde la sombra.
Etzel sentía esa mirada incluso cuando cerraba los ojos.
El nahual no juzgaba, no atacaba, solo esperaba.
Y cada noche le recordaba que su fuerza no solo sería medida por sus armas, sino por su voluntad de seguir adelante, pese a la ausencia de su hermana.
— Al mismo tiempo, lejos de la selva que avanzaba Etzel, Itzel despertó.
Sus ojos se abrieron ante un cuarto iluminado tenuemente por leña encendida, el humo de incienso de amate danzando en espirales, impregnando el aire con un aroma dulce y terroso, cargado de significado ancestral.
No entendía dónde estaba; la memoria de su aldea y su familia permanecía intacta, pero el espacio que la rodeaba era extraño y ceremonial.
Mujeres en círculo se movían alrededor de ella, entonando cánticos que vibraban en el pecho y en la tierra.
Cada palabra parecía invocar algo antiguo, espiritual y la atmósfera estaba saturada de un poder silencioso, pesado, que la hizo estremecerse.
Itzel intentó incorporarse, pero su cuerpo se sentía débil, las piernas como hechas de agua.
Una anciana se acercó, con ojos profundos que parecían leer la esencia de su ser.
—Tú eres… tú eres la elegida para él —dijo, con voz firme y temblorosa a la vez.
Itzel parpadeó, confundida.
—¿Elegida?
—preguntó, sin comprender— ¿Para quién?
La anciana no respondió, solo la miró con intensidad.
Era como si intentara comunicarle algo más allá de las palabras, una verdad que solo su espíritu podría aceptar.
El sonido de los cánticos continuaba, y el humo del incienso de amate se enredaba entre los cabellos de Itzel, rozando su piel, haciendo que cada respiración fuera un ritual en sí misma.
El cacique apareció entonces, ingresando con reverencia hacia las mujeres.
Cada paso suyo parecía medir la gravedad del momento.
Hizo un gesto de respeto hacia las ancianas y luego se inclinó ante Itzel.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó con calma.
Itzel lo miró, temblando, y no respondió.
No había palabras para explicar su confusión, su miedo, la desesperación por su familia, por su hermano, por todo lo que había dejado atrás.
El cacique la estudió en silencio, y tras unos instantes, simplemente se retiró, dejando que el ritual continuara a su alrededor.
Itzel se incorporó lentamente.
—Quiero irme… ¿Dónde está mi familia?
¿Mi hermano?
—preguntó, con la voz quebrada.
Las mujeres no respondieron, pero comenzaron a rodearla con ramas de ruda, haciendo círculos a su alrededor mientras seguían cantando hacia la luna y hacia el sol.
El humo del incienso de amate subía en espirales, llenando el espacio de un aroma que parecía sostener el poder del bosque y del cielo juntos.
—Ésta es tu nueva familia —dijo una de ellas, finalmente, con voz suave, casi cantada.
Itzel las miró, perpleja.
—No… no puedo… —susurró— Tengo un hermano, abuelos, mi gente… ¿Dónde están?…
los extraño.
Las mujeres no respondieron.
Solo continuaron con el ritual, moviendo la ruda, entonando cantos que hablaban de estrellas, de destino, de quien nace para cumplir la voluntad de los ancestros.
—La estrella que buscábamos —cantaron— ya está entre nosotros, la que traerá al próximo heredero de la tribu.
Itzel sintió un frío recorrerle la espalda.
No entendía.
La presión de la mirada de la anciana, el aroma del incienso, el peso de los cantos… todo conspiraba para dejarla sin palabras.
Sabía que debía moverse, correr, huir hacia su hermano, hacia Etzel… pero algo en el aire le decía que no podía aún.
Que su destino estaba allí, en ese humo, en esos cánticos, en esa ceremonia que no comprendía.
Se sentó en el suelo, la espalda recta, los ojos fijos en el círculo de mujeres.
Su corazón latía con fuerza, entre miedo y rabia, entre la necesidad de su familia y la aceptación de lo que parecía inevitable.
Afuera, la selva respiraba con ella, y el mundo parecía detenerse para observar cómo una niña se enfrentaba a su destino sin entenderlo completamente.
— De vuelta en la selva, Etzel despertó otra vez entre la oscuridad, jadeando, el corazón golpeando contra su pecho.
La pesadilla había sido más intensa esa noche: su hermana atrapada en un lugar desconocido, el puma observándolo desde un ángulo imposible, los árboles retorciéndose en figuras humanas, voces que lo llamaban y desaparecían.
Se incorporó, los músculos tensos, y respiró profundo.
El grupo dormía aún, apretado alrededor de fogatas pequeñas, los ojos cerrados pero la presencia alerta.
El puma seguía allí, en la distancia, sus ojos brillando como faroles en la negrura, recordándole que no podían desviarse de su camino.
Etzel se levantó lentamente, y por un instante, dejó que la mirada del nahual lo atravesara.
Sintió una fuerza fluir desde dentro, una mezcla de miedo y decisión.
Cada noche era un recordatorio de lo que estaba en juego, y cada pesadilla le enseñaba algo que ninguna conversación podría transmitir: debía encontrar a su hermana, debía avanzar pese a todo, y debía hacerlo con fuerza, astucia y respeto por aquello que los protegía desde la sombra.
La selva lo envolvió de nuevo, y la presencia del puma fue un susurro constante: camina derecho, sigue tu destino, protege lo que amas y no te pierdas en la oscuridad.
Etzel respiró hondo, apretando los puños.
La noche era larga, y el camino más incierto que nunca, pero algo dentro de él se había encendido: un fuego silencioso, paciente, profundo, que no se apagaría hasta que encontrara a su hermana.
Y mientras el humo del incienso de amate subía, en un lugar lejano, Itzel estaba despierta, escuchando los cantos de la tribu, la ruda que rozaba su piel, y sintiendo que un destino mayor comenzaba a tejerse alrededor suyo.
Dos mundos, dos almas, conectadas por la memoria, por la pérdida y por la promesa de que el bosque y sus guardianes vigilaban a quienes aún respiraban.
La noche continuó, silenciosa y viva, y el puma los siguió, firme, paciente, hasta que el amanecer volviera a filtrarse entre las hojas y que aventura y reto sea alcanzado.
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