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La sangre ansía respirar - Capítulo 11

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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 Esperanza Bajo el Volcán El bosque, siempre vigilante, parecía jugar con ellos esa mañana.

Los pasos de Etzel y los hombres se volvían cada vez más cautelosos, el aire pesado con olor a tierra húmeda y hojas en descomposición.

No habían avanzado mucho cuando un tirón repentino detuvo a todos en seco.

Rui cayó de rodillas, y Kai gritó cuando su pie quedó atrapado en algo invisible pero firme.

Toti y Zat también se detuvieron, y en segundos, comprendieron lo que había pasado: redes colgantes de fibras gruesas los habían atrapado, sujetándolos como marionetas en silencio cruel.

La tensión de la cuerda le apretaba el cuerpo, los hombros, la espalda y los brazos, y cada movimiento provocaba un dolor sordo que se extendía por sus músculos fatigados.

—¡Púchica!

—gruñó Kai, contorsionándose para liberarse—.

¿Qué es esto?

Etzel examinó con rapidez.

Las redes estaban diseñadas con precisión, pensadas para atrapar animales grandes.

Pero estos hombres… no eran presas comunes.

El suspenso se instaló cuando escucharon hojas moverse detrás de ellos.

De la penumbra surgieron figuras femeninas, ágiles, silenciosas, cada una con la destreza de un depredador que conoce su terreno.

No había duda: eran cazadoras, pero la sorpresa de ver hombres atrapados las cambió de inmediato.

Sin pronunciar palabra, se acercaron, y una de ellas, claramente líder, levantó una cuchilla de ámbar y cortó las sogas con precisión quirúrgica.

Los hombres cayeron al suelo, quejándose del dolor de los golpes y la tensión de los músculos.

Kai rodó sobre su hombro y se quedó boquiabierto.

Sus ojos recorrían con fascinación y desconcierto los cuerpos de las mujeres.

Cada brazo, cada pierna, estaba adornado con tallas negras que parecían contar historias de sangre y de caza, símbolos que se extendían desde los hombros hasta los pies, como tatuajes de una cultura perdida.

Atléticas, fuertes y a la vez armoniosas, irradiaban poder y gracia.

Y para Kai… hermosas.

Etzel, más alerta, no se dejó distraer.

La líder, que parecía medirlo con la mirada, se acercó con paso firme.

En la mano sostenía una estaca de madera oscura y señaló directamente al pecho de Etzel, donde las marcas de lunares se agrupaban en un patrón extraño, casi ritualístico.

—La leyenda —dijo ella, con voz firme pero cargada de misterio—.

Etzel la miró, sin comprender, perplejo.

La mujer se inclinó, acercándose, como si pudiera leer su alma a través de la mirada.

—¿Tu parte complementaria?

—preguntó, y su voz bajó, casi como un susurro ceremonial.

Etzel parpadeó, sorprendido.

—¿Qué… qué parte?

—dijo—.

No entiendo… —Tu compañera de vida —replicó ella, con la seguridad de quien conoce un destino escrito.

Etzel rió, nervioso, sin humor en el gesto.

—No tengo compañera de vida —dijo—.

Solo… tengo a mi hermana gemela.

La mujer frunció el ceño, evaluándolo con calma, como si su risa hubiera sido un error que debía corregirse.

—La marca de la leyenda dice que debes tener a alguien del sexo opuesto que comparta tu señal… que será tu compañera de vida.

—No —replicó Etzel—.

Mi complementariedad es mi hermana gemela.

Ella se quedó quieta, midiendo cada palabra, y lo observó profundamente.

—¿Dónde está ella?

—preguntó finalmente.

El silencio de Etzel fue absoluto.

Ninguna palabra salió.

Solo la sombra de su incertidumbre llenó el espacio.

Rui se acercó y habló, intentando suavizar la tensión: —Suponemos que sigue viva… aún no sabemos.

Las mujeres intercambiaron miradas breves, evaluando entre ellas la situación.

Finalmente, la líder dio un paso atrás y señaló un camino apenas visible entre los árboles.

—Vengan con nosotros —dijo.

Sin más explicación, comenzaron a guiar a los hombres, que, aunque cautelosos, no tenían opción.

Los pasos los llevaron a un sendero que descendía lentamente.

El aire se volvía más húmedo y cálido, y el sonido de la selva quedó atrás, reemplazado por un murmullo constante de agua y roca.

Finalmente llegaron a una entrada oculta: un túnel subterráneo, apenas iluminado por antorchas adheridas a las paredes de roca, que se retorcían como raíces petrificadas.

Los hombres contuvieron la respiración.

Cada paso revelaba un ingenio desconocido: los pasajes estaban sostenidos por pilares de piedra tallada, y la ventilación mantenía el aire respirable, como si toda la estructura hubiera sido pensada por una civilización experta en coexistir con la lava y el calor del volcán cercano.

Cuando finalmente emergieron, sus ojos no podían creer lo que veían.

Una ciudad subterránea, iluminada por lava controlada, donde la arquitectura y la ingeniería parecían fusionarse con la geografía del volcán.

El calor no quemaba, sino que parecía sostener la vida de aquel lugar: casas construidas en roca, puentes de piedra sobre ríos de magma encendido, y habitantes que se movían con la seguridad de quienes conocen cada grieta y cada pasaje secreto.

—Esto… esto es increíble —susurró Kai, sin palabras suficientes para describir la maravilla ante sus ojos.

Las mujeres lo guiaron hasta una zona donde ancianas preparaban atoles y tamales.

El aroma era irresistible, una mezcla de maíz, especias y humo del incienso de amate que aún flotaba en el aire.

La líder se acercó a las ancianas y les indicó que dieran comida a los recién llegados.

Etzel, con hambre acumulada de días, alzó la voz, intentando llamar la atención de la mujer que lo había interrogado: —¡Espera!

¿Cómo te llamas?

—gritó.

Ella solo sonrió, un gesto tranquilo y enigmático, y se retiró, dejando que las ancianas sirvieran.

Los hombres, al recibir la comida y bebida, comenzaron a devorarla casi desesperadamente.

Cada bocado era un alivio que les recorría los huesos, cada sorbo de agua y atole parecía calmar un poco la fatiga acumulada de días de caminata y tensión.

Zat se detuvo un momento, mirando alrededor con desconfianza.

—¿Qué hacemos?

—preguntó para sí mismo, más que para los demás—.

¿Nos matan?

¿O somos parte de algún ritual de sacrificio?

Kai negó con la cabeza, tratando de calmarse.

—No creo… — dijo, señalando la comida—.

Si quisieran matarnos, no nos estarían alimentando.

Esto parece un gesto de bienvenida.

Etzel asintió lentamente, todavía observando los símbolos en los cuerpos de las mujeres, las marcas de la ciudad subterránea y la lava que sostenía la vida alrededor.

Todo era un equilibrio extraño, casi surrealista.

El peligro estaba presente, sí, pero la hospitalidad también, y eso era desconcertante.

Comieron en silencio al principio, dejando que el calor de la comida y la seguridad relativa del lugar penetraran sus cuerpos cansados.

Cada bocado les recordaba que esta tribu subterránea había logrado algo que ellos jamás hubieran imaginado: convivir con la fuerza de un volcán, dominar la roca y la lava, y crear vida donde el mundo exterior solo ofrecía destrucción.

Kai, entre un sorbo y otro, observaba a la líder, intentando descifrar su expresión.

Ella parecía medirlos, como si evaluara no solo su fuerza física, sino la resistencia de sus espíritus.

Etzel se limitó a comer, respirando hondo y concentrándose en cada sensación: la textura de la masa, el dulzor del atole, el aroma del humo del incienso de amate que se colaba por el aire.

Mientras tanto, la líder desapareció entre la multitud, dejando que la ceremonia silenciosa continuara.

Las ancianas los miraban, sus movimientos cuidadosos y rítmicos, ofreciendo comida y bebida sin palabras innecesarias.

La sensación de estar en un lugar que vivía según reglas propias, que coexistía con el volcán y la lava, era abrumadora.

Etzel comprendió que habían sido elegidos no solo para sobrevivir, sino para ser observados, medidos, y quizás… aceptados por esta comunidad que parecía tan avanzada y a la vez tan misteriosa.

Cuando terminaron de comer, el silencio volvió a dominar el lugar.

Nadie habló, pero los hombres compartieron miradas cómplices.

El temor, la curiosidad y la fascinación se mezclaban en sus mentes.

La tribu subterránea no solo los había salvado, sino que había transformado su percepción del mundo y de lo que la humanidad podía lograr cuando se alineaba con la naturaleza y el fuego de la tierra.

Etzel respiró hondo, sabiendo que aquel día marcaría un antes y un después.

La presencia de las mujeres, sus símbolos, las marcas de lunares, y la misteriosa pregunta sobre su compañera de vida, todo estaba destinado a quedarse grabado en su memoria.

No entendía todo, pero sabía que debía mantenerse atento, fuerte, y aprender todo lo que pudiera sobre este nuevo mundo subterráneo que los había acogido.

Mientras las llamas del volcán iluminaban suavemente la ciudad subterránea, los hombres se acomodaron, llenos de comida, sed y curiosidad, esperando que la hospitalidad fuera genuina y no el preludio de otra prueba más.

El bosque los había vigilado hasta aquí, y ahora, la tribu bajo el volcán los observaría, silenciosa y paciente, evaluando cada uno de sus pasos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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