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La sangre ansía respirar - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 La Voz de la Tierra Encendida El calor del volcán envolvía todo a su alrededor, constante y profundo, como un latido que recorría la roca y el aire.

La ciudad subterránea parecía respirar junto a ellos, iluminada únicamente por ríos de lava que fluían cuidadosamente por canales tallados en la piedra y por pozos incandescentes que sostenían la luz como el corazón mismo de la montaña.

No había sol, no había sombras definidas; solo un resplandor dorado que acariciaba la piel, reflejando cada gesto, cada mirada, cada marca en sus cuerpos.

Etzel caminaba junto a Kai, Rui, Zat y Toti, observando con fascinación cómo la tribu se movía con naturalidad entre aquel fuego controlado.

Niños jugaban sobre rocas cálidas; mujeres hilaban fibras negras; hombres derretían hierro y le daban forma en la lava ardiente; ancianos murmuraban cánticos mientras el humo del incienso de amate se elevaba en columnas ligeras, impregnando el aire con su aroma dulce y terroso, como si la Tierra misma exhalara y hablara.

La líder del grupo que los encontró, la mujer que había interrogado a Etzel sobre su compañera, descendió desde una terraza de piedra.

Sus ojos brillaban con reflejos plateados de la lava, y la luz dorada del fuego parecía abrazarla, dándole un aura mística.

—Hay una razón por la que llegaron hasta aquí —dijo con voz profunda, resonando entre las paredes de roca—.

La Tierra reconoce su sangre.

Etzel la observó con atención.

Algo en ella lo inquietaba y lo fascinaba a la vez.

Su presencia era serena, poderosa, y al mismo tiempo misteriosa.

Durante días, sus pensamientos habían vuelto a ella como un eco.

—¿Cuál es tu nombre?

—preguntó, finalmente, sin poder evitar la intriga que sentía.

Su voz estaba tranquila, pero cargada de curiosidad.

Ella lo miró directamente, la luz de la lava reflejándose en sus ojos.

Sonrió con suavidad, sin arrogancia, y respondió: —Mi nombre es Metzi.

¿Y el de ustedes?

— Mi nombre es Etzel — siguió.

Él es Kai, Toti, Rui y Zak.

Los demás asintieron.

Etzel asintió levemente, dejando que su corazón se agitara en silencio.

La belleza de la mujer no estaba solo en sus rasgos, sino en cómo parecía pertenecer a la montaña y al fuego a la vez.

No podía mostrarse interesado de manera evidente, pero quería conocerla más, quería entenderla.

Metzi hizo un gesto para que los siguieran.

Los llevó a una cámara más amplia, donde una columna de lava iluminaba símbolos tallados en las paredes.

Estos grabados contaban historias de equilibrio, de jaguares, pumas, torogoz, ríos y árboles; todos entrelazados con el fuego que sostenía la vida bajo la tierra.

—Este es el corazón de nuestra leyenda —dijo Metzi—.

Aquí escuchamos la voz de la Tierra.

Hace generaciones, cuando la superficie comenzó a enfermar por la ambición de los hombres, la Tierra eligió guardianes: gemelos marcados por el fuego y el agua.

Son quienes restauran el equilibrio perdido.

Etzel bajó la mirada a su pecho, donde los lunares formaban un patrón singular de equilibrio.

La lava los iluminaba de manera que parecían brillar por sí mismos, como si respondieran a su presencia.

—¿Y nuestra misión… es parte de esa leyenda?

—preguntó Rui, con incredulidad y cansancio en la voz.

—Todo lo que hacen tiene significado —respondió Metzi—.

Ustedes han llegado sin codicia, sin violencia.

Su sangre es la llave que el bosque y el fuego reconocen.

Kai frunció el ceño.

—¿Equilibrio?

Apenas podemos sobrevivir, y ahora nos dicen que somos parte de una profecía de gemelos.

Metzi asintió suavemente, sin reproche.

—El equilibrio no puede restaurarse con uno solo.

Necesitan comprender la Tierra, sus ritmos, sus elementos.

Etzel… tu hermana posee la otra mitad de la señal.

Solo juntos podrán completar la armonía.

El corazón de Etzel se apretó.

—¿Está viva?

—susurró.

—Si el símbolo de tu pecho no desvanece, ella sigue con nosotros —dijo Metzi—.

Pero aún no despierta del todo.

Ella también escucha la Tierra, aunque de manera diferente.

El fuego te guía a ti, y el agua la guía a ella.

Zat miró a la líder con respeto.

—Arriba todo está destruido.

La codicia del hombre ha arrasado con ríos, bosques y pueblos.

Quizá ustedes… encontraron lo que nosotros perdimos.

Metzi sonrió apenas.

—Vivimos con la Tierra, no contra ella.

— Durante horas, la tribu mostró su forma de vida.

Sus casas estaban talladas en roca, con pasadizos secretos sostenidos por pilares de lava solidificada.

Usaban el calor del volcán para templar metales, secar hierbas y purificar el agua.

No talaban árboles, no cazaban más de lo necesario, y sus rituales mantenían el equilibrio con la Madre Tierra, a la que llamaban Tlatzini.

Etzel bebió agua de un cuenco que le ofreció una cazadora joven, sus ojos brillando con la luz del magma.

—Es agua viva —dijo ella—.

Escucha tus pensamientos.

Al probarla, Etzel sintió un escalofrío: un murmullo antiguo recorrió su mente, como la voz de su hermana llamándolo.

Cerró los ojos, y por un instante creyó escuchar: “Hermano…” Abrió los ojos sobresaltado.

Kai lo miraba preocupado.

—¿Qué pasa?

—Nada… solo el cansancio —mintió Etzel.

Pero sabía que la voz era real, que la conexión existía y que su hermana necesitaba de él.

— Al caer la tarde, los hombres fueron guiados al centro del santuario de lava, donde Metzi se colocó frente a ellos.

Su rostro estaba pintado con ceniza blanca, y sostenía una estaca ceremonial.

—Esta es la historia olvidada por los hombres de la superficie —dijo—.

La Cuyancúa ha tratado de advertirles durante generaciones.

Ella no castiga, solo recuerda.

Cada tormenta, cada sismo, cada volcán que despierta, es la voz pidiendo que escuchen y la Cuyancúa toma su deber para que la escuchen.

Etzel sintió un peso en el pecho.

La Tierra hablaba.

—La codicia cegó a las tribus del norte —continuó Metzi—.

Cortaron árboles sagrados, desviaron ríos, cazaron sin necesidad.

La tierra sangró, y ahora busca equilibrio.

Kai exhaló.

—Entonces no solo buscamos sobrevivir, sino sanar.

—Exactamente —replicó Metzi—.

Ustedes serán los que restauren lo que los hombres rompieron en el pasado y siguen rompiendo.

— Esa noche, los cinco fueron llevados a una cueva donde la tribu descansaba.

La luz provenía únicamente de lava y pozos incandescentes.

Zat se recostó en una roca plana, Toti afilaba su lanza, Rui observaba las sombras danzantes del fuego, y Kai murmuraba entre dientes, fascinado por la arquitectura y la armonía con el volcán.

Etzel se apartó y se apoyó en un balcón de roca que miraba al flujo de lava, reflejando su luz como un espejo rojo y dorado.

Metzi estaba cerca, observando cómo él y los demás se adaptaban.

La joven líder irradiaba calma y misterio.

Etzel la miró en silencio, queriendo saber más, intrigado por su presencia.

—Metzi… —susurró finalmente, sin esperar respuesta inmediata—.

Ella solo sonrió, su mirada plateada reflejando la lava, y volvió a la ceremonia de los ancianos.

Pero Etzel guardó en su mente cada gesto, cada palabra, y una certeza comenzó a formarse: esa conexión con Metzi era parte del camino, del equilibrio, del destino que los unía a él, a su hermana y a la Tierra misma.

— La noche avanzó y los cantos suaves de la tribu resonaban entre las cavernas, recordándoles a todos que la vida puede existir en armonía incluso dentro del fuego y la piedra.

Etzel cerró los ojos y sintió de nuevo esa voz: “Hermano, no te detengas.

La tierra, los árboles, ríos, aves del cielo y tierra, animales del bosque y las personas que amas aún respiran contigo.” Era como un cántico de cuna, que lo arruyó para entrar en un descanso tan profundo que sus párpados no vacilaron en cerrarse y entrar en reposo.

El fuego del volcán brilló intensamente en respuesta, como un corazón latiendo.

No era amenaza, sino promesa.

Una promesa de que la esperanza estaba viva, y que su misión, guiada por Metzi, su hermana y sus compañeros, apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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